«Las noches en calma chicha son las peores. En mitad del temporal hay demasiado ruido como para pensar; pero cuando la mar se queda quieta como un espejo negro, la cabeza empieza a hilar pensamientos como gusanos en la harina. Es ahí cuando los muertos que tiraste por la borda vuelven a flotar en tu memoria, pidiendo cuentas.»
— Halsgol «El Foque», veterano de los Grilletes.
TABLONES Y RECUERDOS
Minirelato de Reyes
Escrito originalmente por VICTORGI
Cronológicamente ubicado justo antes de:
EL DESCUENTO DE LA NAGA, capitulo narrado en:
El Ingobernable flotaba con un vaivén constante, distinto al de alta mar.
El aire pesaba, denso, casi irrespirable. Reyes escuchaba el crujir de la madera y se sentía agotado, no por un combate —que no había llegado a producirse— sino por haber liberado toda la tensión que llevaba acumulada en la cabeza.
Creía que se dormiría rápido, pero aquella noche los pensamientos solo conseguían moverse dentro de él como mercancía mal estibada.
El parlamento con el capitán KaiYen del Epitafio había ido sorprendentemente bien.
Un trato limpio: entregar el collar de platino y, a cambio, paz.
Paz para Lirael, para Arya, para Isaiah, para él mismo.
Pero lo que se le había quedado clavado no era el acuerdo.
Era Grunt, el semiorco.
Aquel guardaespaldas del Marqués, con su media sonrisa de quien disfruta teniendo información que otros no deberían poseer, había soltado nombres como si fueran piedras lanzadas a un estanque.
Su primo, Tommy Mediodedo.
Tina la Descalza.
Zenobia Vane. Su madre.
Reyes había respondido con la misma máscara de siempre: indiferencia, desprecio, un gesto ladeado que decía “no me impresionas”.
—Son negocios, Grunt. No te lo tomes como algo personal —había dicho con indiferencia, provocando casi el estallido de ira del mercenario.
Pero ahora, tumbado en su camastro entre cajas y el crujir de los tablones, la bravata del semiorco ya no sonaba a bravata.Sonaba a advertencia.
A deuda.
A pasado que no se había quedado tan atrás como él quería creer.
El barco respiraba alrededor de él. El mismo aire plomizo, salpicado por los ronquidos de la Bienhablada.
La madera vieja se quejaba suavemente, y el olor a brea y sal le traía recuerdos de Manigmar, del Arrabal, de las calles donde había aprendido a sobrevivir antes de aprender a pelear.
Pensó en Tina, en su risa rota y en cómo siempre encontraba un plato para él aunque no tuviera para sí misma.
Pensó en Tommy, ese idiota encantador que se metía en líos por deporte.
Pensó en Zenobia… y ahí el aire se le atascó un instante en el pecho.
El trabajito de hacía un año.
El que salió mal.
El que dejó cabos sueltos. El Marqués lo culpaba a él.
¿Y si sus hombres hubieran ido a Manigmar?
¿Y si habían entrado en el Arrabal?
¿Y si habían hecho daño a alguien?
Reyes apretó los dientes.
No tenía miedo. Era otra cosa.
El cabronazo de Tommy probablemente se merecía todo lo que le pasara. Reyes sospechaba que quien se cargó aquel negocio fué él, cuando el Marqués lo dejó fuera.
Su madre, que desapareció cuando él tenía once años en pos de bailar en lugares de alto linaje, era imposible de encontrar.
Alguien le había dicho que Zenobia había muerto de fiebres el invierno pasado.
Pero él recordaba sus palabras, el día que se fué y ató un nudo a su ojal:
—Nunca olvides tu valor. Eres descendiente de faraones, Reyes, el orgullo de nuestra raza. Siempre estaremos unidos, aunque estemos lejos, y todo el aire de mis pulmones te pertenece. Algún día entenderás por qué me voy.
Tal vez estuviese viva.
A Tina la Descalza… no podrían tocarla. Medio Arrabal —Tapón, El Anguila, La Parda, El Orejas, Afilada, Dormilón— adultos duros que habían sobrevivido de niños gracias a ella.
Siempre pensó que la Descalza estaba a salvo.
Tal vez no fuese así.
Una mezcla de rabia y culpa le apretó el pecho, esa sensación que solo aparecía cuando el pasado llamaba a la puerta con insistencia. Isaiah, desde su camastro cercano, lo observaba de reojo.
No dijo nada.
Nunca decía nada cuando Reyes se quedaba atrapado en sus pensamientos, pero siempre lo notaba.
El gnomo tenía esa habilidad incómoda de ver más de lo que se le mostraba.
Reyes cerró los ojos un momento, sintiendo el peso de los nombres, del año perdido, de la posibilidad de que alguien hubiera pagado por sus errores.
Y en esa quietud, decidió:Si el Marqués había tocado a los suyos, si había puesto un dedo sobre Tina, Tommy o Zenobia,entonces aquello ya no eran negocios.
Era personal.
Y los varisios se tomaban lo personal muy en serio.
LA VERDAD QUE MAS DUELE
Minirelato de Lirael
Escrito originalmente por Liselle
Cronológicamente ubicado justo antes de:
EL DESCUENTO DE LA NAGA, capitulo narrado en:
Había sido una noche agitada y sabía que le costaría dormir. Allí, en el estuario, lejos de los muelles, el aire parecía menos denso, aunque el calor seguía pegándose a la piel. Los demás se habían retirado a descansar y solo quedaban los pocos marineros que hacían guardia aquella noche. Había notado el alivio en sus rostros cuando el Epitafio se alejó en el horizonte y se perdió en la oscuridad.
Se sentó con la espalda apoyada contra las tablas del castillo de proa y dejó que la madera sostuviera parte del peso que llevaba dentro. Tenía la cabeza llena de preguntas, y ninguna parecía dispuesta a esperar su turno.
¿Magnus había comenzado todo aquello?
¿Por qué? ¿Cuándo? ¿La habían estado siguiendo?
¿Y qué demonios buscaban para estar dispuestos a sacrificarla por ello?
La respuesta le había dolido más de lo que quería admitir. Descubrir que Magnus estaba detrás de todo había sido como recibir otra puñalada por la espalda. Una más profunda que la de Kaylen, quizá precisamente porque esta vez no había sido un desconocido. El viejo capitán había sido lo más parecido a un padre que había conocido. Hasta que decidió que ya no quería que ella estuviera en su barco.
Y ahora resultaba que, después de echarla de su vida, todavía encontraba una utilidad para ella. Qué considerado.
Las palabras volvían una y otra vez a su cabeza.
Expón al activo al abismo, deja que el terror le arranque la voz.
El último eco moribundo de una leyenda que casi nadie recuerda
Nada tenía sentido.
Ese era, probablemente, el detalle más irritante de todos.
Los demás parecían saberlo todo sobre ella. Sobre el origen de unos poderes que nunca se había molestado en cuestionar, aceptándolos con la misma naturalidad con la que había aceptado tantas otras cosas extrañas que el mar había puesto en su camino. Eran suyos. Siempre habían estado allí. Nunca había necesitado una explicación.
Hasta ahora.
Todo parecía girar en torno a su voz. ¿Qué tenía de especial? Sí, era bonita. Sabía cantar y podía inspirar a otros, igual que hacían los bardos. Unas palabras adecuadas podían levantar el ánimo de una persona, y una buena canción podía hacer que alguien recuperase el valor. No era precisamente un milagro. Pero nunca había pensado que hubiera nada especial o extraordinario en ello.
¿O sí?
Sin saber muy bien por qué, sus pensamientos volaron hacia aquella noche en una habitación cualquiera de una taberna cualquiera.
Kaylen estaba en la bañera, desnudo dentro del agua, mientras ella le frotaba suavemente con un paño enjabonado y dejaba que su voz se deslizara junto a su oído, suave y baja. Había cantado casi sin pensar, apenas un murmullo convertido en melodía.—¿Qué… me estás haciendo? —le había preguntado él con voz entrecortada.—Cantar —le había respondido ella con una sonrisa.
Y, sin embargo, había sentido cómo él vibraba bajo sus manos.
¿Habría notado él algo distinto en su voz? ¿Algo que a ella se le escapaba?
Frunció el ceño.
Tal vez su voz no solo sirviera para cantar bien o para encontrar las palabras adecuadas. Tal vez tuviera un efecto que aún no sabía reconocer. Algo que ellos conocían y que se habían guardado para sí.
La idea le produjo un escalofrío.
Se sentía estúpida.
Una pieza de un juego del que no conocía ni las reglas ni el propósito, mientras todos los demás parecían haber recibido las instrucciones antes de sentarse a jugar.
Y lo peor era que ni siquiera sabía quién estaba moviendo las piezas. ¿El tal Marqués? Reyes no lo creía con suficiente poder o medios para aquel despliegue, aunque tampoco sabía explicar su participación en aquel asunto que se salía de sus negocios habituales.
Sin apenas darse cuenta, sus pensamientos la arrastraron de vuelta a la taberna del muelle. Al calor espeso, al olor a cerveza derramada y cuerpos sudorosos, a la música que no lograba cubrir del todo el murmullo de las conversaciones
Aquella noche la había sacudido de una forma que aún no lograba comprender del todo. Había habido instantes en los que el peso del estilete oculto contra su pierna se le había antojado casi irresistible: un gesto rápido, una hoja, y aquella sonrisa soberbia y fanfarrona habría dejado de mirarla con tanto descaro. Y, al mismo tiempo, estaba la forma en que Kaylen la miraba mientras bailaban, como si disfrutara demasiado de verla incómoda; aquella sonrisa endiablada que parecía desafiarla a acercarse un poco más, y la seguridad con la que la sostenía entre sus brazos. Cuando inclinaba el rostro y su respiración le rozaba el oído, el pulso se le aceleraba de una manera que se negaba a admitir delante de nadie.
Qué ironía.
Ella, que siempre se había movido por el mundo convencida de poder inclinar las cosas a su favor con una mirada, una sonrisa ladeada y el tono justo de voz, se descubría nerviosa cuando él estaba demasiado cerca. Como si de pronto el juego se le hubiera vuelto en contra.
Pero no todo había sido deseo ni provocación. La noche había comenzado a revelar algo más que simples juegos e intrigas mucho antes, cuando Reyes regresó de bailar con aquella mujer del muelle. La misma que había compartido cama con aquel canalla de sonrisa insolente. Le había hecho llegar un mensaje, un aviso cuidadosamente filtrado, deslizado entre risas y susurros para que nadie más pudiera atraparlo. Una primera grieta en el control que ejercían sobre Kaylen.
Porque aquella vigilancia era imposible de ignorar. Los dos semiorcos no se apartaban de él ni un instante. Enormes, silenciosos, demasiado atentos. No parecían simples guardaespaldas: los observaban a ambos, a él y a ella, con una atención que no dejaba resquicio al azar. Cada palabra, cada gesto, quedaba bajo su sombra.
Había sido precisamente esa presencia constante la que la empujó a buscar una forma de romperla. Un baile. Uno lo bastante íntimo, lo bastante prolongado, para que las palabras pudieran deslizarse entre ellos sin que nadie más las interceptara. Y él había aceptado.
Lo que Lirael no esperaba era que Kaylen supiera bailar así.
Apenas empezó la música, había tomado el control con una naturalidad desconcertante, guiándola con firmeza mientras ella trataba de seguirle el ritmo. Cada giro, cada cambio de dirección, cada acercamiento parecía calculado al milímetro. Bailaba con ella con una seguridad casi insolente, como si conociera de antemano cada uno de sus movimientos y disfrutara demasiado de obligarla a seguirle el paso.
| Un tango difícil de olvidar |
Ahora, con la distancia del estuario y la noche pesándole sobre los hombros, seguía sin saber qué hacer con todo aquello. ¿Había intentado ayudarla, sorteando a sus propios vigilantes, o no era más que otra capa de manipulación envuelta en cercanía y susurros?
No había sabido decidirlo entonces. Tampoco ahora.
Alzó la mirada hacia el horizonte.
El Epitafio había desaparecido por completo en la negrura de la noche. Solo quedaba el mar, oscuro y silencioso, como si también él supiera algo que se negaba a contarle.
Muy bien. Si querían utilizarla, tendría que averiguar para qué. Si Magnus sabía algo, descubriría qué era. Si Kaylen sabía algo, acabaría descubriéndolo también.
Y si su voz escondía algo que ninguno de ellos se había molestado en explicarle...
Entonces averiguaría qué demonios era.
No pararía hasta descubrir la verdad. Sobre lo que estaba pasando. Sobre ellos.
Pero, sobre todo, sobre sí misma.




No hay comentarios:
Publicar un comentario