viernes, 9 de enero de 2026

Calaveras y Grilletes - Origen de PJ - Lirael

LO QUE ENTREGÓ EL MAR

By Liselle, publicado originalmente en el blog de "Principiante Roleando".

Lirael, oráculo semielfa, eco del mar y voz de las profundidades

Hace 15 años

El mar fue lo primero que intentó matarla.

No lo consiguió.

De eso, Lirael siempre se había sentido secretamente orgullosa.

No recordaba a sus padres. Solo fragmentos: un barco demasiado grande para aguas demasiado traicioneras, los cañones rugiendo con furia, gritos mezclados con el crujido de la madera, el agua helada cerrándose sobre ella como una boca hambrienta. Recordaba flotar, aferrada a un tablón, cantando entre sollozos porque era lo único que se le ocurría para no pensar que iba a morir.

Cuando despertó en la orilla, mucho después de que el barco dejara de existir, apenas era consciente de dónde estaba. Empapada, los dedos aún aferrados a un tablón astillado como si soltarlo significara desaparecer. Alrededor, restos del naufragio: maderas, cuerdas, un barril roto. 

Nada más.

Ni un cuerpo.

Ni una respuesta.

Una mano callosa la aferró, sacándola de su duermevela.

—Por todos los malditos dioses... —dijo una voz ronca—. La cría canta.

Ella estaba medio consciente, la garganta destrozada y la voz temblorosa, pero cantaba. Un murmullo sin palabras, apenas un hilo, como si el mar aún pudiera oírla.

El capitán Magnus nunca quiso admitirlo, pero fue esa voz —fina, clara, imposible en mitad del naufragio— la que le hizo detener el barco y recogerla.

—Si Besmara no la quiere —gruñó—, no voy a llevarle la contraria.

Colgaba de su cuello un amuleto: una pequeña estrella de mar, pulida por el tiempo y el roce, con un cordel gastado. Lo apretó con tanta fuerza que se le clavó en la palma.

Eso fue lo único que sobrevivió con ella.

No recordaba el rostro de su padre. Era demasiado pequeña cuando todo ocurrió. Pero recordaba sus manos grandes ajustándole el cordel al cuello, su voz grave diciendo algo como:

—Para que el mar te devuelva siempre.

Durante años, ese amuleto fue su única certeza de que había existido alguien antes del agua.


Entre sal y cuerdas

El capitán Magnus nunca habló de adopciones ni de destinos. Simplemente, un día, Lira despertó y tenía un sitio en el barco.

No era un sitio cómodo ni importante. Tenía un cubo, una escoba y una lista de tareas que nadie quería hacer. Pero era un sitio.

—Si estorbas, limpias —le dijo la primera mañana—. Y si limpias bien, estorbas menos.

Así que creció entre contrabandistas. O mejor dicho, honrados comerciantes libres, como preferían referirse a sí mismos.

Aprendió a anudar cabos antes que a leer, a maldecir antes que a rezar y a beber ron aguado antes que leche. Nadie la llamó "niña frágil", y el que lo intentó acabó limpiando cubierta con un diente menos.

Tenía la piel clara a pesar de las largas jornadas al sol, las orejas ligeramente puntiagudas que delataban su sangre semielfa y un cabello del color del aguaclara bajo la luna —aguamarina— que siempre olía a sal por mucho que intentara lavarlo. Y tenía una boca rápida, lengua afilada y un vocabulario que haría sonrojar a un sacerdote... si alguna vez se hubiera cruzado con uno.

—Cantas como los ángeles —le dijo una vez un marinero nuevo.

—Y tú hueles como si uno te hubiera vomitado encima—respondió ella sin levantar la vista.

Pero cuando cantaba, el barco entero callaba. Su voz era clara, profunda, hermosa de una forma que no encajaba con la mugre y el ron.

No sabía explicar de dónde venía. A veces, antes de entonar, sentía un cosquilleo detrás de los ojos, como si algo más grande que ella escuchara también. Cuando cantaba, los hombres remaban mejor, las heridas dolían menos y el miedo se retiraba un paso atrás. 

Y funcionaba. Siempre funcionaba.

—No es normal —gruñó el capitán una noche—. Pero mientras mantengas a la tripulación viva y de buen humor, canta lo que te dé la gana, me da igual si hablas con el mar.

Ella sonrió.

—El mar no habla. Pero escucha.

Creció y creció. Entre nudos y canciones, entre insultos cariñosos y miradas suspicaces. Aprendió a leer mapas, a reconocer cuándo una sonrisa ocultaba un cuchillo y a saber cuándo callar era más sabio que responder.

Magnus la observaba desde lejos. Siempre.

Nunca la llamó hija. Nunca la sentó a su mesa.

Pero si alguien alzaba demasiado la voz contra ella, al día siguiente ese alguien tenía el peor turno posible. Si enfermaba, aparecía una manta más en su litera. Si cantaba en cubierta, Magnus se aseguraba de que el timón estuviera firme.

Ella aprendió rápido. A escabullirse cuando los hombres discutían, a apartarse cuando las botellas volaban, a desaparecer cuando el ambiente se volvía espeso como una tormenta mal anunciada. Magnus tenía la costumbre de fruncir el ceño y mandarla a la bodega justo antes de que algo se torciera.

—Cuenta barriles —decía—. Y no subas hasta que te lo diga.

Con el tiempo, Lira entendió que aquello era una forma de protección. Magnus jamás lo habría llamado así.

En la bodega, entre el olor a ron y madera húmeda, cantaba en voz baja. Canciones sin letra, murmullos salados que parecían calmar al barco. Juraría que, cuando cantaba, el casco crujía menos.


Maldita por las Olas

Tenía ocho años cuando el alcance de su don se manifestó por primera vez.

Una noche de niebla espesa, el barco derivaba demasiado cerca de arrecifes traicioneros. El timón vibraba como un animal nervioso. Magnus estaba en cubierta, tenso, mascullando órdenes.

Lira cantó.

No fuerte. No para que la oyeran. Cantó para el mar, como había hecho aquella noche del naufragio, cuando no sabía hacer nada más.

La corriente cambió. Apenas un suspiro, pero suficiente.

El barco pasó.

Nadie dijo nada. Pero al día siguiente, un marinero escupió al pasar junto a ella.

—Bruja —murmuró.

Tal vez simplemente fue el azar. Pero en toda tripulación hay un cupo de zoquetes supersticiosos. No todos estaban cómodos con una niña que sobrevivía a naufragios y hablaba con el mar sin rezar a ningún dios.

La superstición creció como moho en la bodega.

—Desde que está a bordo, el viento cambia cuando le da la gana —dijo un marinero.

—Los peces nos rehúyen —asintió otro.

—Besmara no mira con buenos ojos a las que no se ahogan —afirmó un tercero.

El motín fue torpe, pero real. Una noche, tres hombres borrachos y un cuarto demasiado convencido intentaron arrojarla por la borda "para apaciguar las aguas".

No llegaron lejos.

Magnus no gritó. No desenvainó. Simplemente, cerró la puerta de la cabina... y cuando la volvió a abrir, uno de los hombres cojeaba, otro sangraba por la ceja y el tercero había aprendido a asentir en silencio.

—En este barco —dijo el capitán—, nadie tira nada al mar sin mi permiso. Y menos aún lo que el mar ya ha devuelto.

Después de eso, la llamaron Lira la maldita por las olas. A la cara, nunca. Pero ella oía los susurros.

Magnus empezó a enseñarle a defenderse.

—No porque vayas a buscar pelea —gruñó, entregándole un palo primero, luego una hoja sin filo—. Sino porque el mundo no avisa cuando decide morder.


El Don y su Precio

Tenía catorce años cuando todo volvió a cambiar.

Estaban fondeados cerca de una costa rocosa, descargando discretamente cierta mercancía que no constaba en ningún registro oficial. El mar estaba picado, el cielo encapotado, y la operación requería precisión. Las chalupas iban y venían entre el barco y la orilla, cargadas hasta los topes.

Magnus estaba en una de ellas, supervisando personalmente el último viaje. Lira lo veía desde cubierta, aferrada a la barandilla.

Entonces ocurrió.

Una ola inesperada. Un movimiento en falso. Magnus perdió el equilibrio justo cuando la chalupa se bamboleaba sobre las rocas. El golpe fue seco, brutal. El capitán cayó entre la embarcación y las piedras, su pierna atrapada en un ángulo imposible.

Los hombres gritaron. Alguien maldijo. Otro intentó apartar la chalupa antes de que el siguiente oleaje lo aplastara del todo.

Lira no pensó.

Cantó.

No fue como las otras veces. No fue para animar ni para entretener. Cantó algo antiguo, urgente, desesperado. Las palabras brotaron sin que supiera de dónde venían, en un idioma que no reconocía pero que el mar sí pareció entender.

Y entonces sucedió.

La siguiente ola —la que debería haber terminado de destrozar la pierna de Magnus, la que debería haberlo arrastrado bajo el agua— cambió. No se detuvo. Simplemente... se comportó diferente. Levantó la chalupa en lugar de hundirla. La empujó suavemente hacia el lado contrario, dándoles el segundo que necesitaban para sacarlo.

Pero Lira sintió el precio.

Algo se desgarró dentro de ella, como si una parte invisible de su ser fuera arrancada y arrojada al océano. Sangró por la nariz. Las piernas le fallaron. Se derrumbó en cubierta con un sabor a sal y hierro en la boca, y lo último que vio antes de que todo se volviera oscuro fue Magnus siendo izado de vuelta al barco, vivo.

Despertó horas después, empapada en sudor frío, con un dolor de cabeza que le partía el cráneo en dos. Todo su cuerpo temblaba. Magnus estaba sentado en un taburete junto a su litera, la pierna vendada y entablillada.

—No vuelvas a hacer eso —dijo, con voz ronca—. Sea lo que sea que hiciste.

—Funcionó —murmuró ella, la garganta áspera.

—Casi te mata —gruñó él—. Vi la sangre. Vi cómo caíste. Y vi lo que pasó con esa ola.

Hizo una pausa larga, incómoda.

—El mar te devolvió una vez, niña. Pero todo tiene un precio. Y lo que hiciste hoy... eso no fue cantar para darles ánimo a los hombres. Eso fue otra cosa.

La miró directamente a los ojos.

—El océano no regala nada. Ni siquiera a los que cree suyos. ¿Me entiendes?

Ella asintió, aunque no estaba segura de entenderlo del todo. Solo sabía que algo había cambiado. Que el mar había escuchado. Que había respondido.

Y que le había cobrado.

Desde entonces, cada vez que el instinto le gritaba que cantara —cuando veía a alguien a punto de resbalar en cubierta mojada, cuando una cuerda amenazaba con romperse en el momento equivocado— sentía esa conexión. Esa posibilidad.

Pero también recordaba el sabor a sangre. El agotamiento. La sensación de que algo le era arrancado.

Aprendió a reconocer cuándo el mar estaba cerca, cuándo su presencia era lo bastante fuerte como para que pudiera pedirle ayuda. Aprendió que solo funcionaba cuando el océano podía oírla de verdad, cuando las olas estaban lo bastante cerca como para responder.

Y aprendió que el mar no corregía heridas ni revertía muertes.

El mar cambiaba la suerte. Convertía el desastre en accidente. La caída mortal en un tropiezo. La pifia en un golpe de fortuna inesperado.

Pero siempre, siempre cobraba su tributo.


Nuevos comienzos

El día que cumplió dieciséis, Magnus la llamó a su camarote.

—Cierra la puerta.

Eso nunca era buena señal.

Ella obedeció, el corazón golpeándole fuerte.

El capitán sacó un sable viejo. Bien cuidado, pero con marcas de uso real. En la empuñadura, una M grabada de forma sencilla.

—Este fue mío antes de que el mar me quitara la paciencia —dijo—. Y antes de que yo aprendiera a quitársela a otros.

Se lo tendió.

—No puedes quedarte —añadió, antes de que ella pudiera decir nada—. No aquí. No así. El ambiente está más tenso que nunca. Y hay un precio que no estoy dispuesto a pagar.

Ella apretó la mandíbula.

—¿Me echas?

Magnus negó despacio.

—Te dejo ir. Hay una diferencia. Necesitas vivir tus propias aventuras. Ganarte el respeto de una tripulación que no te conozca desde niña ni te tema por lo que creen que eres.

Hizo una pausa, incómoda.

—Algún día dejarás de ser Lira la maldita por las olas... y serás Lira la Perla del Mar. Porque algún día alguien verá lo que yo percibo en ti.

Ella tragó saliva. Ajustó el sable al cinto y respiró hondo.

—¿Y tú?

Magnus se encogió de hombros.

—Yo soy viejo y cabezota. Pero si los vientos son favorables... quizá nos volvamos a ver.

No se abrazaron. Nunca lo habían hecho.

—Se le ha debido de meter un poco de pimienta en el ojo, Capitán —dijo, limpiándole con el pulgar una única lágrima que surcaba el curtido rostro del hombre—. Cantaré lo bastante alto como para que un día me encuentres, si decides buscarme.

Hizo una pausa mínima.

—Gracias por todo.

Magnus no respondió. Se limitó a asentir una vez, brusco, como si el cuello le pesara más de lo habitual. Luego alargó la mano y, con dos dedos, ajustó el cordel del amuleto en su cuello, comprobando que quedara bien firme, como había hecho tantos años atrás cuando ella era demasiado pequeña para hacerlo sola.

Después retiró la mano enseguida, carraspeó y miró hacia el horizonte.

—No dejes que nadie te diga quién eres —gruñó—. Y no mires atrás al bajar.

No la miró cuando se fue.

Cuando Lira bajó del barco con el sable al cinto y el amuleto asegurado contra el pecho, supo que aquel había sido su verdadero hogar... y que acababa de dejarlo atrás.



Lo que se llevó el mar

Durante un tiempo, Lira fue nadie.

Limpió cubiertas ajenas, peló patatas hasta que los dedos se le agrietaron, cantó en tabernas de mala reputación por una comida caliente o una cama decente. Aprendió que el mundo era más grande y más cruel de lo que un solo barco podía enseñar.

Y entonces, en un puerto cualquiera, conoció a un joven de sonrisa fácil y mano larga...


Hace unos meses

El puerto olía a sal, a madera mojada y a promesas que nadie pensaba cumplir.

—Te juro que no soy pirata —dijo él, levantando el vaso de ron como si fuera una declaración solemne.

Ella lo miró por encima del borde de su copa, una ceja alzada y una sonrisa ladeada.

—Claro que no —respondió—. Y yo soy una sacerdotisa de Abadar de vacaciones.

Él rio. Una risa fácil, sincera, de esas que hacen pensar que quizá, solo quizá, el mentiroso no es mala persona. Tenía el pelo revuelto por el viento marino y una cicatriz fina en la mandíbula, como si alguien hubiera intentado afeitarlo con una daga.

—Entonces estamos de acuerdo en que ambos mentimos fatal —dijo—. Brindemos por eso.

Brindaron.

Ese fue el primer error.

El segundo fue la música.

Un violín desafinado empezó a chirriar en un rincón de la taberna, acompañado de palmas torpes y una voz que cantaba demasiado alto. Él se levantó de un salto.

—Baila conmigo.

—No.

—Vamos.

—No.

—Prometo no pisarte.

Ella lo pensó durante medio segundo.

—Eso no ha sido nunca un buen argumento.

No pudo evitar tararear la canción que sonaba de fondo.

—Cantas.

—A veces.

—Cantas bien.

—No te emociones, guapo.

Bailaron entre mesas, entre marineros borrachos y risas ajenas, girando como si el suelo no estuviera pegajoso y el mundo no fuera un sitio peligroso. En algún momento, él se inclinó para susurrarle al oído:

—Si mañana me despierto sin cabeza, que sepas que ha merecido la pena.

—Si mañana te despiertas sin cartera, piensa lo mismo —replicó ella.

Él volvió a reír.

Ese fue el tercer error: la risa.


Se despertó con el sol entrando a traición por una ventana sucia y el sonido distante de gaviotas discutiendo por unas sardinas. Durante unos segundos, no supo dónde estaba ni con quién.

Luego lo recordó todo... y se giró.

La cama estaba vacía.

—Por supuesto —murmuró.

Se incorporó, buscando su ropa, su bolsa... y entonces lo notó. Se llevó la mano al cuello. Ese vacío pequeño, concreto, imposible de ignorar.

No estaba.

—No... no, no, no.

Se sentó en el borde de la cama, el corazón golpeándole las costillas, y entonces vio el papel doblado con demasiado cuidado sobre la mesilla.

Lo abrió.

La letra era clara. Bonita, incluso.


"No todo lo que se pierde quiere ser encontrado.

Pero algunas cosas disfrutan del viaje."


Debajo, un dibujo tosco: algo que parecía un ancla... rota. O incompleta.

—Hijo de... —empezó, y luego se detuvo.

No había firmado.

No hacía falta.

—Eres un canalla —dijo en voz alta, y se echó a reír, pese a todo—. Un canalla con estilo, pero un canalla.

El objeto robado no valía nada para nadie más. No era oro, ni mágico, ni llamativo.

Era suyo. Y eso lo hacía imperdonable. Su amuleto, la pequeña estrella de mar que era su único legado, el único recuerdo que conservaba de su padre.

Recogió sus cosas y abandonó el puerto ese mismo día.


La persecución

Pasaron semanas.

En el siguiente puerto, preguntó con cuidado.

—¿Un hombre así? —dijo el tabernero, rascándose la barba—. Sonrisa fácil, dice no ser pirata...

—Ese mismo.

—Se fue ayer. Preguntó por ti.

—¿Por mí?

—Ajá. Y dejó esto.

Era una canción. O, mejor dicho, una canción mal cantada, con un verso cambiado. Justo el verso que ella solía alterar cuando la cantaba, desde niña.

—¿Te dijo algo más?

El tabernero negó con la cabeza.

—Solo sonrió. Como si supiera que vendrías.

En un fondeadero cualquiera, un tabernero dijo:

—Un tipo simpático preguntó por ti. Dijo que cantarías cuando fuera el momento.

—¿Y qué momento es ese?

—No lo dijo. Solo sonrió.

En otro puerto, un marinero borracho la señaló con el dedo.

—¡Tú! ¡La del colgante!

Ella se tensó.

—No llevo ningún colgante.

—¡Exacto! —rio él—. El capitán dijo que cuando te faltara, sabrías dónde buscar.

—¿Tu capitán?

—Ajá. Dijo que el mar une lo que no debería separarse.

Ella apretó los dientes.

—¿Y también dijo si pensaba devolvérmelo?

El marinero se encogió de hombros.

—Dijo: "Depende de cómo me lo pida."

Una noche, sola en la cubierta de un barco que no era suyo, mirando el horizonte negro, se encontró hablando con el viento.

—No sé si me estás provocando o si eres simplemente cruel.

Ella sonrió de medio lado.

—Sea como sea... no creas que no voy a seguirte.

El mar respondió con un golpe suave contra el casco.

—No me conoces si crees que voy a dejarlo pasar.

Carraspeó, respiró hondo... y empezó a cantar. Una canción vieja, salada y peligrosa, que hablaba de promesas rotas y tesoros perdidos.

Algún día lo encontraría.

Y entonces averiguaría si aquel robo fue una invitación... o el peor error de su vida.



Lo que se cobró el ron

En la actualidad

Al final, fue su propia voz la que la traicionó.

No fue la espada.

Ni el amuleto robado.

Ni siquiera el pirata de sonrisa fácil y manos largas.

La última pista le llevó a otra taberna.

Una más. La Doncella Imponente. Un nombre pomposo para un antro de mala muerte en un puerto de peligrosa reputación. Oscura, ruidosa, con el suelo pegajoso y el aire cargado de humo. El tipo de sitio donde nadie pregunta de dónde vienes... mientras entretengas lo suficiente.

Se subió a una mesa, apoyó el pie entre dos jarras y afinó sin pedir permiso.

—¡Si vas a cantar, que sea algo alegre! —gritó alguien desde el fondo.

—Alegría tengo la justa —respondió ella—, pero historias me sobran.

Guiñó un ojo al público expectante.

Eso siempre funcionaba.

Cantó sobre el naufragio, aunque sin decirlo del todo. Cantó sobre una niña que llegó a la orilla abrazada a un tablón. Cantó sobre lobos de mar que rescatan lo que el mar no quiere. Entre verso y verso, habló. Improvisó. Bromeó. Insultó con gracia.

Hizo reír y callar a la vez.

—¡Otra! —pidieron.

—Esta va con advertencia —dijo—. Trata sobre un imbécil que roba lo único que no debe.

Las risas llenaron la sala.

Cantó sobre una estrella de mar que no brillaba, pero guiaba. Sobre un ladrón que deja pistas porque no sabe despedirse como las personas normales. Sobre una mujer que canta para no ahogarse.

Cuando terminó, la taberna entera aplaudía.

—¡Por ti! —bramó el tabernero, llenándole la copa—. Si no fueras pirata, te contrataría.

—¿Pirata yo? Honrada comerciante, señor.

Más risas en la sala.

Ella bebió.

Ese fue el error.

No vio al hombre que se levantó demasiado pronto.

No oyó la puerta cerrarse.

No notó la sombra que se quedó escuchando hasta el último verso.



Epílogo: Corrientes sombrías

Al mismo tiempo. En algún lugar de Los Grilletes

—¿La encontraste?

Su voz era áspera, ligeramente ronca. Estaba sentado en un rincón de la taberna, apenas iluminado. El rostro permanecía oculto bajo una capucha; quería pasar desapercibido... o al menos que así lo pareciera.

—¿Lo dudabas?

El joven depositó el pequeño amuleto sobre la mesa. Una estrella de mar desgastada, pulida por el tiempo, sujeta a un cordón viejo y gastado. El objeto emitió un leve sonido al tocar la madera.

—La última pista que le dejé en la Doncella Imponente debería traerla hasta aquí.

El hombre asintió una sola vez.

—¿Y cómo está?

La pregunta carecía de emoción, pero el brillo fugaz en sus ojos lo habría delatado de no ser por la sombra que proyectaba la capucha sobre su rostro.

El joven tardó un segundo de más en responder. Apenas un instante... suficiente.

—Se las apaña bien —dijo al fin, midiendo las palabras—. Teníais razón. Su voz es inquietantemente hermosa. Sabe ganarse al público con facilidad... y eso también la expone. No pasa desapercibida.

—Su voz... —repitió el hombre, como si saboreara la palabra—. Es un regalo.

Hizo una breve pausa.

—Pero no es su único don.

No añadió nada más.

El joven dio un paso atrás, dispuesto a marcharse, cuando la voz lo detuvo.

—Kaylen.

Se giró de inmediato.

—La necesito. Su conexión con el océano... —dijo el hombre, ahora más bajo—. Solo ella puede ayudarme a encontrarla.

Cerró la mano enguantada alrededor del amuleto.

—Protégela.

Una pausa mínima.

—Y mantén tus manos alejadas de ella.

Kaylen tragó saliva.

—Sí, señor.

Se alejó sin añadir nada más, con una inquietud creciente clavada entre los omóplatos. No era el tipo de hombre al que uno quisiera desobedecer... ni comprender del todo.

Lo que ninguno de los dos sabía era que, en ese mismo instante, la vida de Lira estaba a punto de dar un giro que iba a alterar de manera significativa sus planes.


Kaylen salió de la taberna sin mirar atrás.

El aire nocturno del puerto le golpeó el rostro con olor a sal, brea y pescado viejo. Normalmente aquello le aclaraba la cabeza. Esa noche no sirvió de nada.

Caminó despacio, con las manos hundidas en el abrigo, repasando mentalmente cada palabra de la conversación. Cada silencio. Cada orden no dicha.

"Protégela."

Eso podía hacerlo.

"Mantén tus manos alejadas de ella."

Eso era otra cosa.

Se detuvo al final del muelle, donde el agua golpeaba los pilotes con un ritmo lento, casi perezoso. El mar estaba tranquilo. Demasiado. Le recordó, inevitablemente, la primera vez que la oyó cantar.

No en una taberna. Ni sobre una mesa.

En cubierta.

Era la primera vez que la seguía. Antes de que ella comenzara a cantar, el joven ya estaba en cubierta, sentado junto a la amurada, un viejo violín apoyado en el muslo. La barba recién crecida ocultaba la cicatriz, la chaqueta de lona, el pañuelo cubriéndole el cabello y las botas manchadas de brea lo confundían con la tripulación. No buscaba esconderse, sino pasar desapercibido. Cuando ella pasó cerca no alzó la vista. Kaylen no era nadie en particular. Y así debía ser. Al menos por el momento...

Lira no cantaba para impresionar. Nunca lo hacía. Cantaba como quien respira, como si el silencio le pesara demasiado. Aquella noche él no supo explicar por qué dejó de fingir que afinaba el violín y se limitó a escuchar.

No fue solo la voz.

Fue la forma en que el viento pareció inclinarse hacia ella. Cómo el crujido del barco se acompasó al ritmo. Cómo, durante unos instantes, el océano pareció... atento.

"No es normal", había pensado entonces.

Ahora sabía que no lo era.

Kaylen cerró los ojos un momento. La imagen del amuleto sobre la mesa volvió a su mente con una punzada inesperada. Aquella pequeña estrella de mar no valía nada... y, sin embargo, había pesado más que cualquier bolsa de monedas que hubiera robado antes.

"No todo lo que se pierde quiere ser encontrado."

Había escrito esa frase con pulso firme, como si fuera una broma elegante. Como si no le hubiera costado nada marcharse.

Mentira.

Se apoyó en la barandilla del muelle y miró el reflejo distorsionado de las luces en el agua. Sabía que ella lo seguía. No porque fuera predecible, sino porque era terca. Porque cantaba para no ahogarse. Porque el mar no le quitaba cosas sin devolver algo a cambio.

—Vas a odiarme —murmuró al viento—. Y con razón.

El problema no era que Lira fuera peligrosa.

El problema era que otros lo sabían.

Y que él, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de estar en el lado correcto del juego.

Kaylen se enderezó y echó a andar de nuevo. Tenía que adelantarse un puerto más. Dejar otra pista. Algo que ella reconociera. Algo que solo ella entendiera.

Una canción mal cantada.

Un verso cambiado.

Una promesa que no sabía cómo cumplir.

Porque protegerla era una cosa.

Pero cuando llegara el momento... no sabía si sería capaz de entregarla.

Como tampoco sabía que en ese instante Lira tenía problemas más acuciantes que perseguir a un joven de sonrisa fácil y manos largas para recuperar un amuleto sin valor para nadie más que para ella.


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