Cronológicamente ubicado entre: PRÓXIMO EPISODIO DE LA CAMPAÑA
EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE VIAJE
La marcha hacia el norte dejó atrás las últimas hogueras de los Sklar-Quah, adentrándose en el corazón de las áridas y hostiles extensiones del Bastión de Belkzen. El terreno pronto se volvió abrupto y desolado, un yermo volcánico flanqueado por los imponentes riscos de las montañas Kodar que se alzaban contra un cielo encapotado. En estos parajes, donde el aire a menudo arrastraba el hedor a azufre y ceniza, los wyverns y otros depredadores salvajes anidaban en las grietas de la piedra.
Gracias a los meticulosos conocimientos de supervivencia de Korag para orientarse en entornos salvajes y evitar las letales amenazas del erial, combinados con la sutil magia de ocultación de Humbra, el largo viaje transcurrió sin incidentes fatales. En varias ocasiones, el grupo se vio obligado a ponerse a cubierto bajo los salientes de roca basáltica para evitar ser avistados por las patrullas de gárgolas y otras monstruosidades que dominaban los cielos. El silencio de las Tierras Cenicentas era absoluto, interrumpido únicamente por el constante trote de sus monturas y el presentimiento de que se dirigían hacia un destino inevitable.
Fue en las estribaciones de estos desfiladeros donde el destino volvió a cruzar sus caminos con la Hermandad de los Huesos. La aparición de Laori Vaus y el Conde Sombrío Sial cortó el paso del grupo, desatando un encuentro cargado de tensión y sospechas mutuas.
Laori se mostró tan extravagantemente amistosa, optimista y risueña como de costumbre. Su inusual alegría contrastaba de manera casi blasfema con los símbolos de Zon-Kuthon que portaba, su armadura de púas y su cadena armada. Para la elfa, el dolor y la cercanía de la muerte no eran motivos de aflicción, sino una experiencia placentera y sublime que deseaba compartir con aquellos a quienes ya consideraba sus "coleguis oscuros". A su lado, el Conde Sombrío Sial se erigía como la antítesis de su compañera: refinado, adusto, vestido con sedas carmesí y negras, y gobernado por una fría y pragmática lógica chelia. Un paso por detrás, impasible y amenazante, se alzaba Asyra, su eidolón kyton, cuya mera presencia física hacía que el aire a su alrededor se volviera gélido.
Desde el principio quedó claro que ambos mantenían una difícil asociación, en la que Sial se elevaba con superioridad y desdén sobre los impulsos infantiles de Laori, maltratándola de palabra y acto en cada ocasión que se le presentaba.
Sial admitió sin rodeos que habían estado siguiendo de cerca los pasos del grupo mediante conjuros de adivinación y escudriñamiento, con el fin de recuperar las reliquias de Kazavon, que su credo considera malditas. Esta confesión despertó un rechazo instintivo en los Rompevelos. Gûnther Rhâl, estoico y severo en su fe, se opuso con firmeza a cualquier trato con los kuthonitas. El clérigo de Pharasma consideraba una afrenta colaborar con quienes adoraban al dios del dolor, mientras su cuervo Hugin graznaba inquieto sobre su hombro, como si compartiera su desprecio. Korag, con los colmillos apretados y el pelaje erizado, gruñó fieros comentarios de advertencia, mientras la turba de espíritus de sus ancestros se agitaba con violencia a su alrededor ante la presencia del eidolón sombrío.
Sin embargo, Humbra intervino imponiendo el sentido común sobre la furia. El mediano recordó a sus compañeros que la astucia debía prevalecer: era infinitamente mejor tener a aquellos dos bajo su atenta mirada, al frente de la marcha, que vigilándolos en la sombra a sus espaldas. Además, el mediano esgrimió un argumento pragmático e incontestable: Laori ya los había ayudado de forma crucial en dos ocasiones previas. Primero, al colaborar para derrocar al demente Emperador Pilt Swastel en el Viejo Korvosa; y segundo, al cooperar en Kaer Maga para acabar con el tirano Sanguinus.
Drogodor, fiel a su naturaleza oportunista y pragmática, contempló la llegada de los kuthonitas desde una perspectiva radicalmente distinta. Para el bardo varisiano, cualquier aliado dispuesto a blandir un acero en aquel yermo era bienvenido, sin importar lo retorcido de su fe. Acariciándose el labio aún marcado por los pasados encuentros con la elfa, Drogo calculó rápidamente su jugada con la astucia de un jugador de trasquilón: si los recien llegados resultaban ser demasiado problemáticos, estaba seguro de poder ganarse el favor de la extravagante Laori, explotando la descarada fascinación y el afecto que ella sentía por él. Eso dejaría a sus compañeros con las manos libres para encargarse de Sial si las cosas se ponían feas en el trayecto. Con una sonrisa ladina que ocultaba el cansancio de su demacrado y rúnico semblante, el bardo respaldó de inmediato la propuesta de Humbra, ansioso por sumar hilos a un tablero que ya empezaba a tejer en su mente.
Rhorcyn Jalento, manteniendo su acostumbrado semblante pétreo y estoico, permaneció inmóvil mientras sus dedos se apretaban con fuerza alrededor del metálico astil de la Siegadestinos. Como Ujier Mortal de la Señora de las Tumbas, Rhorcyn experimentaba el mismo rechazo visceral y la misma indignación espiritual que Gûnther ante la sola idea de marchar junto a los sirvientes de la deidad del dolor; sin embargo, la severa disciplina y la frialdad marcial que Harkon Brazofuerte había forjado en su carácter se impusieron sobre su repugnancia. Analizando la situación con frialdad, el elfo asintió despacio, aceptando la aplastante lógica de Humbra: en el asalto inevitable que se avecinaba, era un suicidio estratégico dejar que tales hilos se movieran a sus espaldas sin control directo. Su gélida capitulación terminó por inclinar la balanza.
Unidos bajo un precario pacto, el grupo reanudó la marcha conjunta hacia el norte. Al cabo de unas millas, el desolado paisaje se abrió ante ellos para revelar su imponente destino: el cráter de un antiguo volcán durmiente. En el centro del inmenso y oscuro lago del cráter, rodeado por una bruma espectral y perpetua que se alzaba de las aguas negras, se erigía la colosal y siniestra silueta del Castillo Muro Cicatriz, esperando a que los Rompevelos cruzaran su calzada para enfrentarse a su destino.
LOS GUARDIANES DEL MURO
Al alcanzar el borde del inmenso cráter, el desolado paisaje de las Tierras Cenicientas se abrió ante los Rompevelos para revelar la imponente y siniestra silueta del Castillo Muro Cicatriz, flotando sobre las aguas negras de la caldera volcánica. En la península meridional, protegiendo el único acceso terrestre a la calzada, se alzaban las ruinas de la barbacana, coronadas por las hogueras de la tribu orca de los Guardianes de los Muertos.
Sin embargo, los orcos no eran una simple banda de centinelas degradados. Eran una hueste numerosa y formidable, liderada por brutales bárbaros que canalizaban poderes espirituales de furia no muy distintos de los que Korag había despertado en su Ol-gesher. Pero la verdadera y sacrílega diferencia radicaba en sus chamanes: habían aprendido a manipular el flujo invisible de la fortaleza, la cual actuaba como un colosal sifón de almas que atraía a los espíritus errantes hacia sus muros. En lugar de dejarlos fluir, los chamanes orcos robaban estos espíritus para potenciar la fuerza de sus mejores guerreros y, sobre todo, para alimentar a su creación más terrible: un inmenso troll atiborrado de almas, una aberración monstruosa que no estaba viva ni muerta.
Los Rompevelos dedicaron un día y una noche enteros a observar el enclave desde las alturas del cráter. Trazaron meticulosamente el patrón de las patrullas orcas, que no solo custodiaban la calzada principal, sino que enviaban cazadores a las escarpadas estribaciones del volcán. La conclusión, basada en el consejo estratégico de Cressida Kroft, era inapelable: para explorar el castillo con una mínima seguridad, debían aniquilar primero a los orcos. Si no despejaban la barbacana, el grupo no tendría un refugio seguro al que replegarse cuando necesitaran descansar de los horrores del interior.
Durante esa tensa espera, la certeza de que el tiempo se agotaba se hizo física. El castillo estaba despertando. Una pulsación sorda, un latido enfermo que no se había escuchado en siglos, comenzó a resonar en las profundidades de la piedra de Muro Cicatriz. El propio Korag sintió una opresión insoportable; la turba de espíritus de sus ancestros, que siempre le rodeaba en un torbellino, estaba aterrorizada. Los fantasmas de su tribu Ol-gesher gemían y se agitaban con desesperación, sintiendo cómo el hambriento sifón de almas del castillo tiraba de ellos con una fuerza implacable, amenazando con devorarlos por completo y asimilarlos en los muros de la fortaleza.
En medio de la gélida atmósfera del cráter, el estoico sacerdote de Pharasma, Gûnther Rhâl, experimentó un cambio en su habitual severidad. Su desprecio hacia Laori Vaus se transformó en una piedad sombría al observar de cerca la compleja fe de la elfa. Sial, el arrogante conde de Nidal, la maltrataba de palabra continuamente, burlándose de su devoción alegre con un sadismo refinado. Tras la máscara de optimismo de Laori, Gûnther vislumbró por primera vez el trágico y herido espíritu de una mujer que buscaba en el dolor sagrado una respuesta a su propia soledad.
Al caer la noche, el frío de las Tierras Cenicientas se coló en los huesos de Rhorcyn Jalento, quien se sumergió en una terrible pesadilla. En su sueño, su hermanastro Amin Jalento se le presentó como un espectro pálido en mitad de la bruma del Gris. Con voz gélida, Amin le anunció que la ofensiva final de las Doncellas Grises en El Gris había acabado con todos los rebeldes y el clero de Pharasma.
«Mi alma está condenada, hermano, y solo puedes salvarme si...»
Antes de que el espectro pudiera pronunciar la condición de su salvación, Gûnther Rhâl sacudió al elfo sin contemplaciones, despertándolo de golpe de la asfixiante visión.
Alterado y con el corazón desbocado, Rhorcyn suplicó de inmediato a Humbra que utilizara su magia para contactar con los rebeldes en Korvosa; necesitaba confirmar si su hermano seguía con vida. Al intentar incorporarse, el elfo apenas pudo articular palabra para explicar el horror de su sueño. Fue el observador Gûnther quien se percató del verdadero peligro: el anillo de Sanguinus que Rhorcyn había tomado como botín en Kaer Maga había comenzado a gangrenar su dedo. La piel bajo el metal lucía un tono grisáceo cruzado por finas venas negras que ascendían por la mano, y el maldito objeto se resistía violentamente a ser extraído. Haciendo uso de sus talentos y conocimientos combinados, sus compañeros lograron finalmente arrancarle la joya, dejando una marca renegrida en su carne.
Al poco tiempo, la respuesta mágica de los rebeldes llegó a través de la distancia. El mensaje era claro: aunque la Resistencia se encontraba bajo una presión asfixiante en las criptas del Gris, todo el Consejo Rebelde, incluido Amin, seguía con vida. El sueño había sido una trampa mental. La proximidad de Muro Cicatriz, con su latido impío, había despertado la latente maldición del anillo de Sanguinus, intentando valerse de los temores del Ujier Mortal para corromperlo... tal y como Zellara vaticinó en la lectura que les hizo tiempo atrás, antes de abandonar Korvosa para dirigirse al norte.
Con la marca del anillo aún ardiendo en la mano del Ujier Mortal y el eco del latido de la fortaleza resonando en las mentes de todos, los Rompevelos comprendieron que no podían demorar sus observaciones eternamente. El Muro Cicatriz estaba hambriento, y debían tomar una decisión inmediata sobre el asalto a la barbacana.
LA EMBOSCADA
Presionados por las exhalaciones azufradas de la caldera volcánica y la helada brisa que descendía de las majestuosas montañas Kodar, los Rompevelos sabían que el tiempo jugaba en su contra. No solo el aire envenenado del erial amenazaba con mermar sus fuerzas, sino que la extrema presión a la que se veía sometida la Resistencia en las criptas del Gris de Korvosa resonaba en sus pensamientos como un recordatorio de que la ciudad se desangraba. A esto se sumaba la fría impaciencia del Conde Sombrío Sial, cuyos modales adustos y pragmáticos urgían a iniciar las hostilidades. Fue bajo esta densa atmósfera de urgencia donde el grupo decidió que el primer movimiento no sería un asalto frontal, sino una emboscada quirúrgica al amanecer.
El plan se trazó aprovechando una brecha en la disciplina de los Guardianes de los Muertos. Durante sus observaciones, determinaron que el relevo de las patrullas orcas carecía de orden riguroso: en lugar de encontrarse en la calzada vigilada del castillo, la patrulla de refresco y la saliente se cruzaban a medio camino, descendiendo por las laderas del cráter. Aprovechando las sombras remanentes de la noche y la sutil magia de ocultación de Humbra, los Rompevelos se posicionaron en el punto de encuentro exacto.
Cuando los refuerzos orcos llegaron a su posición, el grupo cayó sobre ellos con una letalidad devastadora y eficiente. El choque de aceros rompió el sepulcral silencio del cráter. De inmediato, los orcos demostraron que no eran rivales comunes: con los rostros pintados de blanco ceniciento, desataron una furia espiritual necrótica que erizó el pelaje de Korag y heló la sangre de los presentes, canalizando las almas robadas del gran sifón del castillo para insuflar en sus cuerpos una dureza sobrehumana. Sus grandes hachas hendieron el aire y las flechas impregnadas en veneno buscaron mermar las fuerzas físicas del grupo.
Sin embargo, los orcos subestimaron a quienes tenían enfrente. Los Rompevelos ya no eran los mismos huérfanos desvalidos que alguna vez buscaron venganza en la vieja pesquería de Gaedren Lamm. Las duras e implacables pruebas de los últimos meses —desde las catacumbas infestadas de derros hasta el horror del Hospicio, pasando por la caída del tirano de Kaer Maga y el descenso al vientre ígneo de las Fauces de la Ceniza— los habían forjado en el yunque de la adversidad. Se habían convertido en un instrumento de guerra impecable y letal.
Rhorcyn encabezó la carga, y su lanza Siegadestinos trazó mortales arcos de plata alquímica y frío energía que segaron las primeras líneas de defensa orcas. A su flanco, Gûnther Rhâl descargó el peso de su pico de guerra bendecido, aplastando y consagrando los huesos de los caídos bajo el severo juicio de la Señora de las Tumbas.
Desde la retaguardia, Korag se deslizó por la pared vertical de basalto para desatar la devastadora potencia de su mandoble de obsidiana, Luto y Ruina, partiendo escudos y desmembrando enemigos.
El control absoluto del terreno de combate, sin embargo, perteneció a Humbra. El mediano, alzando su mano marcada por la brillante Marca Estelar, invocó las fuerzas que latían en su interior. Con un agudo susurro, la piedra bajo los pies de los orcos se fracturó, abriéndose un profundo y asfixiante pozo mágico que engulló a varios guerreros en su negrura antes de que pudieran empuñar sus hachas. De inmediato, el hechicero alzó un muro infranqueable para dividir el contingente enemigo y, de las grietas de la realidad, convocó a criaturas informes y aberrantes, imposibles de catalogar, que atenazaron a los supervivientes y modificaron la geografía de la batalla a su antojo.
Entre el caos del repliegue orco, Drogodor se deslizó como una exhalación grisácea, apuñalando espaldas y arrojando con letal puntería sus cartas de presagiar, cargadas con una magia verdosa que detonaba al contacto con las corazas de los Guardianes.
La extraña alianza con la Hermandad de los Huesos cobró entonces su propio matiz sangriento: mientras el Conde Sombrío Sial orquestaba barreras tácticas y fosos de ácido con fría soberbia intelectual, Laori Vaus se adueñó de la primera línea de la matanza. Su cadena de púas silbaba en el aire mientras la elfa reía con un deleite extravagante, danzando sin temor alguno entre los filos enemigos
La emboscada fue rápida, absoluta y carente de piedad. Cuando el eco de la última risa de Laori se apagó y solo quedó el silbido del viento arrastrando la ceniza, los Rompevelos contemplaron los cuerpos inertes que yacían sobre el basalto. Más animados y con la moral renovada tras este primer éxito táctico, el grupo comenzó a urdir el asalto definitivo sobre la barbacana, listos para reclamar el umbral de Muro Cicatriz.
EL ASALTO A LA BARBACANA
La victoria en las faldas de la caldera insufló una renovada determinación en los Rompevelos, pero el tiempo seguía corriendo en su contra. Sabedores de que no podrían explorar el castillo Muro Cicatriz con seguridad sin despejar primero su barbacana, los compañeros urdieron una estratagema para dividir a las fuerzas de los Guardianes de los Muertos. Durante el penoso viaje a través del erial, el grupo se había visto obligado a ponerse a cubierto para evitar a los colosales mamuts que conformaban la letal megafauna de la región. Aprovechando la conocida predilección de los orcos por la caza mayor, Humbra proyectó una detallada ilusión en el borde del cráter: una frenética y desesperada escena de caza donde una patrulla ficticia parecía incapaz de derribar a un inmenso mamut.
La treta superó todas las expectativas. Al avistar la supuesta lucha, los centinelas de la barbacana cayeron en el engaño y una patrulla de refresco comenzó a ascender rápidamente por la pendiente basáltica. Sin embargo, el plan cobró un tinte sumamente peligroso cuando la vanguardia orca se adelantó a toda velocidad. A lomos del colosal troll tumulario de la tribu, una aberración necrótica atiborrada de almas robadas del gran sifón del castillo, cabalgaba el mismísimo Uri Sietecalaveras, el líder de la tribu. El choque resultante fue de una violencia salvaje; un combate desesperado donde los Rompevelos y sus aliados kuthonitas sudaron sangre para contener las acometidas de la bestia regenerativa y los embates del líder orco, cuyo mandoble Akeraum hendía el aire amenazando con cortarles en pedazos.
Fue en el momento más crítico de la contienda cuando Drogodor, agazapado entre las rocas, ejecutó su sutil jugada. Canalizando la esquiva magia de su herencia, el bardo varisiano fijó sus ojos en el caudillo orco y lanzó un poderoso conjuro de encantamiento que doblegó la voluntad de Uri Sietecalaveras, adueñándose de su mente por completo. Con el líder orco repentinamente aletargado y convertido en un títere, las tornas de la batalla giraron de inmediato. En un esfuerzo coordinado y coral, los Rompevelos se volcaron sobre el indefenso monstruo: la lanza Siegadestinos de Rhorcyn abrió profundas heridas de plata en su carne corrupta, el mandoble Luto y Ruina de Korag cercenó sus extremidades y el pico de guerra de Gûnther purgó los restos de la aberración bajo el severo juicio de Pharasma, desintegrando al troll en una lluvia de ceniza y almas liberadas.
Sin perder un solo instante, los Rompevelos se lanzaron al asalto definitivo de la barbacana. Precedidos por dos inmensos elementales de aire que Humbra convocó descorriendo los velos de la realidad, el grupo asaltó la fortificación habitación por habitación. Los torbellinos mágicos barrieron las defensas orcas en los parapetos, facilitando una limpieza metódica y sangrienta. En el corazón de las ruinas, los compañeros acorralaron y dieron muerte a una tétrica bruja orca que intentaba reagrupar a los defensores, provocando que el resto de los supervivientes huyera despavorido hacia los desolados desfiladeros de Belkzen.
Sin embargo, el bastión aún guardaba un último sobresalto. En los compases finales del asalto, la férrea voluntad de Uri Sietecalaveras logró fracturar el influjo mental de Drogodor. Al recobrar la consciencia y verse derrotado, el caudillo orco desató su furia, canalizando los espíritus de la barbacana para imbuir su imponente cuerpo de una dureza sobrehumana. El último duelo contra el líder de la tribu exigió el esfuerzo unísono de todos: Rhorcyn y Gûnther contuvieron las brutales acometidas de Akeraum con su disciplina marcial, Drogodor hostigó sus flancos con detonaciones de cartas mágicas y Korag, reclamando la fuerza de sus ancestros, descargó el tajo definitivo que puso fin a la vigilia del orco.
Con la barbacana finalmente en tomada y en silencio, el umbral de Muro Cicatriz quedó expedito ante ellos.



















