miércoles, 26 de agosto de 2026

La Maldición del Trono Carmesí - 5.1 - Los Esqueletos de Muro Cicatriz

Cronológicamente ubicado entre: 
PRÓXIMO EPISODIO DE LA CAMPAÑA

EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE VIAJE

La marcha hacia el norte dejó atrás las últimas hogueras de los Sklar-Quah, adentrándose en el corazón de las áridas y hostiles extensiones del Bastión de Belkzen. El terreno pronto se volvió abrupto y desolado, un yermo volcánico flanqueado por los imponentes riscos de las montañas Kodar que se alzaban contra un cielo encapotado. En estos parajes, donde el aire a menudo arrastraba el hedor a azufre y ceniza, los wyverns y otros depredadores salvajes anidaban en las grietas de la piedra.

Gracias a los meticulosos conocimientos de supervivencia de Korag para orientarse en entornos salvajes y evitar las letales amenazas del erial, combinados con la sutil magia de ocultación de Humbra, el largo viaje transcurrió sin incidentes fatales. En varias ocasiones, el grupo se vio obligado a ponerse a cubierto bajo los salientes de roca basáltica para evitar ser avistados por las patrullas de gárgolas y otras monstruosidades que dominaban los cielos. El silencio de las Tierras Cenicentas era absoluto, interrumpido únicamente por el constante trote de sus monturas y el presentimiento de que se dirigían hacia un destino inevitable.

Fue en las estribaciones de estos desfiladeros donde el destino volvió a cruzar sus caminos con la Hermandad de los Huesos. La aparición de Laori Vaus y el Conde Sombrío Sial cortó el paso del grupo, desatando un encuentro cargado de tensión y sospechas mutuas. 

Laori se mostró tan extravagantemente amistosa, optimista y risueña como de costumbre. Su inusual alegría contrastaba de manera casi blasfema con los símbolos de Zon-Kuthon que portaba, su armadura de púas y su cadena armada. Para la elfa, el dolor y la cercanía de la muerte no eran motivos de aflicción, sino una experiencia placentera y sublime que deseaba compartir con aquellos a quienes ya consideraba sus "coleguis oscuros". A su lado, el Conde Sombrío Sial se erigía como la antítesis de su compañera: refinado, adusto, vestido con sedas carmesí y negras, y gobernado por una fría y pragmática lógica chelia. Un paso por detrás, impasible y amenazante, se alzaba Asyra, su eidolón kyton, cuya mera presencia física hacía que el aire a su alrededor se volviera gélido.

Desde el principio quedó claro que ambos mantenían una difícil asociación, en la que Sial se elevaba con superioridad y desdén sobre los impulsos infantiles de Laori, maltratándola de palabra y acto en cada ocasión que se le presentaba.

Sial admitió sin rodeos que habían estado siguiendo de cerca los pasos del grupo mediante conjuros de adivinación y escudriñamiento, con el fin de recuperar las reliquias de Kazavon, que su credo considera malditas. Esta confesión despertó un rechazo instintivo en los Rompevelos. Gûnther Rhâl, estoico y severo en su fe, se opuso con firmeza a cualquier trato con los kuthonitas. El clérigo de Pharasma consideraba una afrenta colaborar con quienes adoraban al dios del dolor, mientras su cuervo Hugin graznaba inquieto sobre su hombro, como si compartiera su desprecio. Korag, con los colmillos apretados y el pelaje erizado, gruñó fieros comentarios de advertencia, mientras la turba de espíritus de sus ancestros se agitaba con violencia a su alrededor ante la presencia del eidolón sombrío.

Sin embargo, Humbra intervino imponiendo el sentido común sobre la furia. El mediano recordó a sus compañeros que la astucia debía prevalecer: era infinitamente mejor tener a aquellos dos bajo su atenta mirada, al frente de la marcha, que vigilándolos en la sombra a sus espaldas. Además, el mediano esgrimió un argumento pragmático e incontestable: Laori ya los había ayudado de forma crucial en dos ocasiones previas. Primero, al colaborar para derrocar al demente Emperador Pilt Swastel en el Viejo Korvosa; y segundo, al cooperar en Kaer Maga para acabar con el tirano Sanguinus.

Drogodor, fiel a su naturaleza oportunista y pragmática, contempló la llegada de los kuthonitas desde una perspectiva radicalmente distinta. Para el bardo varisiano, cualquier aliado dispuesto a blandir un acero en aquel yermo era bienvenido, sin importar lo retorcido de su fe. Acariciándose el labio aún marcado por los pasados encuentros con la elfa, Drogo calculó rápidamente su jugada con la astucia de un jugador de trasquilón: si los recien llegados resultaban ser demasiado problemáticos, estaba seguro de poder ganarse el favor de la extravagante Laori, explotando la descarada fascinación y el afecto que ella sentía por él. Eso dejaría a sus compañeros con las manos libres para encargarse de Sial si las cosas se ponían feas en el trayecto. Con una sonrisa ladina que ocultaba el cansancio de su demacrado y rúnico semblante, el bardo respaldó de inmediato la propuesta de Humbra, ansioso por sumar hilos a un tablero que ya empezaba a tejer en su mente.

Rhorcyn Jalento, manteniendo su acostumbrado semblante pétreo y estoico, permaneció inmóvil mientras sus dedos se apretaban con fuerza alrededor del metálico astil de la Siegadestinos. Como Ujier Mortal de la Señora de las Tumbas, Rhorcyn experimentaba el mismo rechazo visceral y la misma indignación espiritual que Gûnther ante la sola idea de marchar junto a los sirvientes de la deidad del dolor; sin embargo, la severa disciplina y la frialdad marcial que Harkon Brazofuerte había forjado en su carácter se impusieron sobre su repugnancia. Analizando la situación con frialdad, el elfo asintió despacio, aceptando la aplastante lógica de Humbra: en el asalto inevitable que se avecinaba, era un suicidio estratégico dejar que tales hilos se movieran a sus espaldas sin control directo. Su gélida capitulación terminó por inclinar la balanza.

Unidos bajo un precario pacto, el grupo reanudó la marcha conjunta hacia el norte. Al cabo de unas millas, el desolado paisaje se abrió ante ellos para revelar su imponente destino: el cráter de un antiguo volcán durmiente. En el centro del inmenso y oscuro lago del cráter, rodeado por una bruma espectral y perpetua que se alzaba de las aguas negras, se erigía la colosal y siniestra silueta del Castillo Muro Cicatriz, esperando a que los Rompevelos cruzaran su calzada para enfrentarse a su destino.



LOS GUARDIANES DEL MURO

Al alcanzar el borde del inmenso cráter, el desolado paisaje de las Tierras Cenicientas se abrió ante los Rompevelos para revelar la imponente y siniestra silueta del Castillo Muro Cicatriz, flotando sobre las aguas negras de la caldera volcánica. En la península meridional, protegiendo el único acceso terrestre a la calzada, se alzaban las ruinas de la barbacana, coronadas por las hogueras de la tribu orca de los Guardianes de los Muertos.

Sin embargo, los orcos no eran una simple banda de centinelas degradados. Eran una hueste numerosa y formidable, liderada por brutales bárbaros que canalizaban poderes espirituales de furia no muy distintos de los que Korag había despertado en su Ol-gesher. Pero la verdadera y sacrílega diferencia radicaba en sus chamanes: habían aprendido a manipular el flujo invisible de la fortaleza, la cual actuaba como un colosal sifón de almas que atraía a los espíritus errantes hacia sus muros. En lugar de dejarlos fluir, los chamanes orcos robaban estos espíritus para potenciar la fuerza de sus mejores guerreros y, sobre todo, para alimentar a su creación más terrible: un inmenso troll atiborrado de almas, una aberración monstruosa que no estaba viva ni muerta.

Los Rompevelos dedicaron un día y una noche enteros a observar el enclave desde las alturas del cráter. Trazaron meticulosamente el patrón de las patrullas orcas, que no solo custodiaban la calzada principal, sino que enviaban cazadores a las escarpadas estribaciones del volcán. La conclusión, basada en el consejo estratégico de Cressida Kroft, era inapelable: para explorar el castillo con una mínima seguridad, debían aniquilar primero a los orcos. Si no despejaban la barbacana, el grupo no tendría un refugio seguro al que replegarse cuando necesitaran descansar de los horrores del interior.

Durante esa tensa espera, la certeza de que el tiempo se agotaba se hizo física. El castillo estaba despertando. Una pulsación sorda, un latido enfermo que no se había escuchado en siglos, comenzó a resonar en las profundidades de la piedra de Muro Cicatriz. El propio Korag sintió una opresión insoportable; la turba de espíritus de sus ancestros, que siempre le rodeaba en un torbellino, estaba aterrorizada. Los fantasmas de su tribu Ol-gesher gemían y se agitaban con desesperación, sintiendo cómo el hambriento sifón de almas del castillo tiraba de ellos con una fuerza implacable, amenazando con devorarlos por completo y asimilarlos en los muros de la fortaleza.

En medio de la gélida atmósfera del cráter, el estoico sacerdote de Pharasma, Gûnther Rhâl, experimentó un cambio en su habitual severidad. Su desprecio hacia Laori Vaus se transformó en una piedad sombría al observar de cerca la compleja fe de la elfa. Sial, el arrogante conde de Nidal, la maltrataba de palabra continuamente, burlándose de su devoción alegre con un sadismo refinado. Tras la máscara de optimismo de Laori, Gûnther vislumbró por primera vez el trágico y herido espíritu de una mujer que buscaba en el dolor sagrado una respuesta a su propia soledad.

Al caer la noche, el frío de las Tierras Cenicientas se coló en los huesos de Rhorcyn Jalento, quien se sumergió en una terrible pesadilla. En su sueño, su hermanastro Amin Jalento se le presentó como un espectro pálido en mitad de la bruma del Gris. Con voz gélida, Amin le anunció que la ofensiva final de las Doncellas Grises en El Gris había acabado con todos los rebeldes y el clero de Pharasma. 

«Mi alma está condenada, hermano, y solo puedes salvarme si...» 

Antes de que el espectro pudiera pronunciar la condición de su salvación, Gûnther Rhâl sacudió al elfo sin contemplaciones, despertándolo de golpe de la asfixiante visión.

Alterado y con el corazón desbocado, Rhorcyn suplicó de inmediato a Humbra que utilizara su magia para contactar con los rebeldes en Korvosa; necesitaba confirmar si su hermano seguía con vida. Al intentar incorporarse, el elfo apenas pudo articular palabra para explicar el horror de su sueño. Fue el observador Gûnther quien se percató del verdadero peligro: el anillo de Sanguinus que Rhorcyn había tomado como botín en Kaer Maga había comenzado a gangrenar su dedo. La piel bajo el metal lucía un tono grisáceo cruzado por finas venas negras que ascendían por la mano, y el maldito objeto se resistía violentamente a ser extraído. Haciendo uso de sus talentos y conocimientos combinados, sus compañeros lograron finalmente arrancarle la joya, dejando una marca renegrida en su carne.

Al poco tiempo, la respuesta mágica de los rebeldes llegó a través de la distancia. El mensaje era claro: aunque la Resistencia se encontraba bajo una presión asfixiante en las criptas del Gris, todo el Consejo Rebelde, incluido Amin, seguía con vida. El sueño había sido una trampa mental. La proximidad de Muro Cicatriz, con su latido impío, había despertado la latente maldición del anillo de Sanguinus, intentando valerse de los temores del Ujier Mortal para corromperlo... tal y como Zellara vaticinó en la lectura que les hizo tiempo atrás, antes de abandonar Korvosa para dirigirse al norte.

Con la marca del anillo aún ardiendo en la mano del Ujier Mortal y el eco del latido de la fortaleza resonando en las mentes de todos, los Rompevelos comprendieron que no podían demorar sus observaciones eternamente. El Muro Cicatriz estaba hambriento, y debían tomar una decisión inmediata sobre el asalto a la barbacana.




LA EMBOSCADA

Presionados por las exhalaciones azufradas de la caldera volcánica y la helada brisa que descendía de las majestuosas montañas Kodar, los Rompevelos sabían que el tiempo jugaba en su contra. No solo el aire envenenado del erial amenazaba con mermar sus fuerzas, sino que la extrema presión a la que se veía sometida la Resistencia en las criptas del Gris de Korvosa resonaba en sus pensamientos como un recordatorio de que la ciudad se desangraba. A esto se sumaba la fría impaciencia del Conde Sombrío Sial, cuyos modales adustos y pragmáticos urgían a iniciar las hostilidades. Fue bajo esta densa atmósfera de urgencia donde el grupo decidió que el primer movimiento no sería un asalto frontal, sino una emboscada quirúrgica al amanecer.

El plan se trazó aprovechando una brecha en la disciplina de los Guardianes de los Muertos. Durante sus observaciones, determinaron que el relevo de las patrullas orcas carecía de orden riguroso: en lugar de encontrarse en la calzada vigilada del castillo, la patrulla de refresco y la saliente se cruzaban a medio camino, descendiendo por las laderas del cráter. Aprovechando las sombras remanentes de la noche y la sutil magia de ocultación de Humbra, los Rompevelos se posicionaron en el punto de encuentro exacto.

Cuando los refuerzos orcos llegaron a su posición, el grupo cayó sobre ellos con una letalidad devastadora y eficiente. El choque de aceros rompió el sepulcral silencio del cráter. De inmediato, los orcos demostraron que no eran rivales comunes: con los rostros pintados de blanco ceniciento, desataron una furia espiritual necrótica que erizó el pelaje de Korag y heló la sangre de los presentes, canalizando las almas robadas del gran sifón del castillo para insuflar en sus cuerpos una dureza sobrehumana. Sus grandes hachas hendieron el aire y las flechas impregnadas en veneno buscaron mermar las fuerzas físicas del grupo.

Sin embargo, los orcos subestimaron a quienes tenían enfrente. Los Rompevelos ya no eran los mismos huérfanos desvalidos que alguna vez buscaron venganza en la vieja pesquería de Gaedren Lamm. Las duras e implacables pruebas de los últimos meses —desde las catacumbas infestadas de derros hasta el horror del Hospicio, pasando por la caída del tirano de Kaer Maga y el descenso al vientre ígneo de las Fauces de la Ceniza— los habían forjado en el yunque de la adversidad. Se habían convertido en un instrumento de guerra impecable y letal.

Rhorcyn encabezó la carga, y su lanza Siegadestinos trazó mortales arcos de plata alquímica y frío energía que segaron las primeras líneas de defensa orcas. A su flanco, Gûnther Rhâl descargó el peso de su pico de guerra bendecido, aplastando y consagrando los huesos de los caídos bajo el severo juicio de la Señora de las Tumbas. 

Desde la retaguardia, Korag se deslizó por la pared vertical de basalto para desatar la devastadora potencia de su mandoble de obsidiana, Luto y Ruina, partiendo escudos y desmembrando enemigos.

El control absoluto del terreno de combate, sin embargo, perteneció a Humbra. El mediano, alzando su mano marcada por la brillante Marca Estelar, invocó las fuerzas que latían en su interior. Con un agudo susurro, la piedra bajo los pies de los orcos se fracturó, abriéndose un profundo y asfixiante pozo mágico que engulló a varios guerreros en su negrura antes de que pudieran empuñar sus hachas. De inmediato, el hechicero alzó un muro infranqueable para dividir el contingente enemigo y, de las grietas de la realidad, convocó a criaturas informes y aberrantes, imposibles de catalogar, que atenazaron a los supervivientes y modificaron la geografía de la batalla a su antojo.

Entre el caos del repliegue orco, Drogodor se deslizó como una exhalación grisácea, apuñalando espaldas y  arrojando con letal puntería sus cartas de presagiar, cargadas con una magia verdosa que detonaba al contacto con las corazas de los Guardianes.

La extraña alianza con la Hermandad de los Huesos cobró entonces su propio matiz sangriento: mientras el Conde Sombrío Sial orquestaba barreras tácticas y fosos de ácido con fría soberbia intelectual, Laori Vaus se adueñó de la primera línea de la matanza. Su cadena de púas silbaba en el aire mientras la elfa reía con un deleite extravagante, danzando sin temor alguno entre los filos enemigos

La emboscada fue rápida, absoluta y carente de piedad. Cuando el eco de la última risa de Laori se apagó y solo quedó el silbido del viento arrastrando la ceniza, los Rompevelos contemplaron los cuerpos inertes que yacían sobre el basalto. Más animados y con la moral renovada tras este primer éxito táctico, el grupo comenzó a urdir el asalto definitivo sobre la barbacana, listos para reclamar el umbral de Muro Cicatriz.



EL ASALTO A LA BARBACANA

La victoria en las faldas de la caldera insufló una renovada determinación en los Rompevelos, pero el tiempo seguía corriendo en su contra. Sabedores de que no podrían explorar el castillo Muro Cicatriz con seguridad sin despejar primero su barbacana, los compañeros urdieron una estratagema para dividir a las fuerzas de los Guardianes de los Muertos. Durante el penoso viaje a través del erial, el grupo se había visto obligado a ponerse a cubierto para evitar a los colosales mamuts que conformaban la letal megafauna de la región. Aprovechando la conocida predilección de los orcos por la caza mayor, Humbra proyectó una detallada ilusión en el borde del cráter: una frenética y desesperada escena de caza donde una patrulla ficticia parecía incapaz de derribar a un inmenso mamut.

La treta superó todas las expectativas. Al avistar la supuesta lucha, los centinelas de la barbacana cayeron en el engaño y una patrulla de refresco comenzó a ascender rápidamente por la pendiente basáltica. Sin embargo, el plan cobró un tinte sumamente peligroso cuando la vanguardia orca se adelantó a toda velocidad. A lomos del colosal troll tumulario de la tribu, una aberración necrótica atiborrada de almas robadas del gran sifón del castillo, cabalgaba el mismísimo Uri Sietecalaveras, el líder de la tribu. El choque resultante fue de una violencia salvaje; un combate desesperado donde los Rompevelos y sus aliados kuthonitas sudaron sangre para contener las acometidas de la bestia regenerativa y los embates del líder orco, cuyo mandoble Akeraum hendía el aire amenazando con cortarles en pedazos.

Fue en el momento más crítico de la contienda cuando Drogodor, agazapado entre las rocas, ejecutó su sutil jugada. Canalizando la esquiva magia de su herencia, el bardo varisiano fijó sus ojos en el caudillo orco y lanzó un poderoso conjuro de encantamiento que doblegó la voluntad de Uri Sietecalaveras, adueñándose de su mente por completo. Con el líder orco repentinamente aletargado y convertido en un títere, las tornas de la batalla giraron de inmediato. En un esfuerzo coordinado y coral, los Rompevelos se volcaron sobre el indefenso monstruo: la lanza Siegadestinos de Rhorcyn abrió profundas heridas de plata en su carne corrupta, el mandoble Luto y Ruina de Korag cercenó sus extremidades y el pico de guerra de Gûnther purgó los restos de la aberración bajo el severo juicio de Pharasma, desintegrando al troll en una lluvia de ceniza y almas liberadas.

Sin perder un solo instante, los Rompevelos se lanzaron al asalto definitivo de la barbacana. Precedidos por dos inmensos elementales de aire que Humbra convocó descorriendo los velos de la realidad, el grupo asaltó la fortificación habitación por habitación. Los torbellinos mágicos barrieron las defensas orcas en los parapetos, facilitando una limpieza metódica y sangrienta. En el corazón de las ruinas, los compañeros acorralaron y dieron muerte a una tétrica bruja orca que intentaba reagrupar a los defensores, provocando que el resto de los supervivientes huyera despavorido hacia los desolados desfiladeros de Belkzen.

Sin embargo, el bastión aún guardaba un último sobresalto. En los compases finales del asalto, la férrea voluntad de Uri Sietecalaveras logró fracturar el influjo mental de Drogodor. Al recobrar la consciencia y verse derrotado, el caudillo orco desató su furia, canalizando los espíritus de la barbacana para imbuir su imponente cuerpo de una dureza sobrehumana. El último duelo contra el líder de la tribu exigió el esfuerzo unísono de todos: Rhorcyn y Gûnther contuvieron las brutales acometidas de Akeraum con su disciplina marcial, Drogodor hostigó sus flancos con detonaciones de cartas mágicas y Korag, reclamando la fuerza de sus ancestros, descargó el tajo definitivo que puso fin a la vigilia del orco.

Con la barbacana finalmente en tomada y en silencio, el umbral de Muro Cicatriz quedó expedito ante ellos.



martes, 4 de agosto de 2026

Calaveras y Grilletes - 2.1 - Nace el Ingobernable

O sobre nuevos comienzos, fantasmas del pasado y viejos enemigos

«El pasado no se hunde con los muertos. A veces vuelve a bordo con otro nombre, otra bandera y una deuda que creías olvidada.»
—Tessa Fairwind.


El sol de atardecer de la Isla Quiebrahuesos caía como plomo derretido sobre la cubierta del antiguo Promesa de Hombre, pero el calor más intenso no venía del cielo, sino del aliento contenido de una tripulación que, por primera vez, no esperaba un latigazo, sino una palabra. La sangre de Plugg y Azotes ya había sido lavada de los tablones, pero su ausencia había dejado un vacío de poder que el Mar Febril detestaba. Era el momento de decidir si eran algo mas que una horda de náufragos, y que nuevas manos tomasen el timón.

Arya se alzó en el castillo de popa del Promesa de Hombre y dejó que la mirada recorriera la cubierta antes de hablar. Su voz salió firme, con ese tono directo y áspero que la caracterizaba, sin necesidad de elevarla demasiado.

—¡Escuchad, tripulación! Mirad a vuestro alrededor y contemplad este barco. Ya no es la prisión flotante del tirano de Plugg, ni el nido de las ratas asesinas que lo secundaban y se alimentaban de nuestro miedo.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras calasen entre los marineros.

—Nos sublevamos no por codicia, sino por dignidad y justicia. Y que me hayáis aceptado para sostener el timón de esta nave... —detuvo un instante la voz— es el mayor honor de mi vida.

Arya apoyó una mano sobre la borda.

—Hoy dejamos atrás el hedor del abuso y la sombra de los azotes. Este barco ya no pertenece a un desalmado; nos pertenece a todos los que sudamos y sangramos sobre estas maderas.

Dejó transcurrir unos segundos antes de continuar, ahora con un tono más grave.

—La libertad no significa el caos, y para mantenernos a flote y vencer, necesitaremos un reglamento que nos proteja a todos por igual. Todos lo firmaremos. Quien no quiera hacerlo puede bajar en el puerto y nos desearemos suerte.

Su mirada se endureció.

—En este barco se acabaron los latigazos, los castigos crueles y el favoritismo. En este barco remamos juntos y comemos juntos; habrá comida abundante para cada uno de nosotros o nos moriremos de hambre todos juntos, sin distinciones. Saciaremos la sed día a día con agua fresca...

Una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro.

—Y cuando nuestra señora Besmara nos bendiga con conquistas, gloria y valiosos botines, nos emborracharemos con grog hasta que el mar tiemble con nuestro canto.

Arya miró entonces hacia el horizonte. Cuando volvió a dirigirse a la tripulación, su voz recuperó toda su firmeza.

—Tripulación, el horizonte es nuestro y el viento sopla a nuestro favor. No os prometo un viaje sin tempestades ni batallas sangrientas, pero sí os prometo que intentaré ser la capitana más justa que jamás haya surcado estos mares.

Dejó una última pausa antes de rematar el discurso.

—Mantened la cabeza alta, servid con orgullo a vuestros compañeros y defended este barco, porque a partir de este instante...

Alzó la voz.

—¡Somos dueños de nuestro propio destino!

Sus palabras no solo cortaron el aire pesado de la jungla, sino que se hundieron en los corazones de los marineros como un ancla en arena firme. Los rostros curtidos de los supervivientes del Amargura se iluminaron con una chispa que la tiranía de Harrigan casi había extinguido: la esperanza de un mando basado en el respeto y no en el capricho.

En el silencio que siguió a sus palabras, un albatros negro como la noche —una sombra desprendida del propio Maelstrom— descendió de los cielos con una fijeza sobrenatural. El ave se posó en la baranda, frente a la capitana, y con un movimiento preciso dejó caer en su mano una moneda con una calavera labrada.

Fue una señal inequívoca del favor de la Banshee del Mar. Los marineros, hombres curtidos cuya única brújula es la superstición, se descubrieron al unísono, quitándose los sombreros en un silencio reverencial que solo se rompió cuando el ave se perdió de vista en el horizonte. En ese instante, Arya dejó de ser una amotinada para convertirse en una capitana bendecida por Besmara.

Siguiendo la tradición que rige en los Grilletes, Arya sometió al juicio de la asamblea la identidad del navío. Tras semanas siendo una "presa" o un juguete de Plugg, el derecho a elegir un nombre parecía un lujo casi obsceno. Entre vítores y algún brindis anticipado, el consenso fue unánime: el navío fue rebautizado oficialmente como El Ingobernable. Un nombre que nacía como un escupitajo a la cara de los tiranos y una promesa de libertad absoluta.

Bajo este nuevo pabellón, la capitana presentó a su estado mayor, una oficialidad ratificada por el rugido de aprobación de la tripulación:

  • Lirael, la Perla del Mar: Primera Oficial y brújula mística del grupo.
  • Sandara Quinn: Ya nombrada como Capellana y ratificada mediante votación obligatoria como Intendente. Ella, guardiana de la fe y el ron, juró que la tradición de Besmara sería la ley en la bodega.
  • Reyes Vane: Contramaestre. El hombre que sobrevivió a las galeras chelias prometió una disciplina de hierro, pero sin el silbido del látigo.
  • Isaiah Huxli: Nombrado Carpintero, Arcano y Cirujano, el gnomo verde ya planeaba cómo convertir el barco en una fortaleza flotante. Se le asigna como aprendiz a Jack el Tallador para que asuma el puesto de carpintero en el futuro, cuando el alquimista tenga un laboratorio y necesite centrarse en sus experimento.
  • Rossie la Bien Hablada: Condestable, encargada de que nadie rompa la paz del Código sin pagar el precio en sangre.
  • Abrose "Tripas de Pez" Kroop: maestro de fogones, con Samms Toppin «la Descalza» como ayudante para mantenerle siempre aprovisionado de pescado y... vigilado.
  • Conchobhar Piedracorta: Bardo oficial y cronista de las futuras hazañas.

El anuncio de Reyes Vane como Contramaestre hizo que los murmullos recorrieron la cubierta como ratas: muchos recordaban a Reyes como el "favorito" de Plugg, el hombre marcado por la predilección venenosa de los antiguos oficiales.

Fue Lirael quien atajó la discordia antes de que se convirtiera en clamor. Situándose junto al varisio, la oráculo silenció las suspicacias con una sentencia que resonó en las cuadernas: les recordó que acababan de elegir a una capitana tiflin rompiendo todo prejuicio y que no permitiría que buscaran fantasmas en un hombre que había remado a su lado en la sentina. «O remamos juntos y nos fijamos en los méritos reales de cada uno, o nos iremos todos a pique», advirtió, dejando claro que en El Ingobernable solo importaba la lealtad presente.

Entonces llegó el momento de la verdad. Arya presentó el Código de Abordo que había escrito con la ayuda de Reyes (quien conocía bien la meticulosidad de los contratos). No era papel mojado; era el pacto sagrado que definía el reparto del botín, la prohibición de las pendencias a bordo y la obligación de poner cada talento al servicio del barco. Uno a uno, casi todos pasaron a estampar su firma o su marca de "X" sobre la barrica de pólvora, transformándose de "carne fresca" en piratas de pleno derecho. Unos pocos, como los marineros rhadomitas, decidieron postergar la decisión.

Pero el Código también exige justicia. Arya dictó la sentencia para aquellos que habían elegido la sombra de Plugg hasta el final: Tam Tate, Aretta Bansion, Fipps Chumlett, Chiste Ictérico y Syl la Escurridiza. Sin excepciones, los fieles al caído capitán fueron condenados al abandono. No serían ejecutados, pero la Isla Quiebrahuesos sería su hogar definitivo en cuanto la tripulación terminara de aprovisionarse y lograra arrancar el palo mayor del esqueleto del Infernus.

La sonrisa helada con la que Sandara miró a Tam Tate dijo cuanto hacía falta para rematar la sentencia. Pronto, de un modo u otro, todas las deudas pendientes quedarían saldadas.

Con la ley establecida y el rumbo fijado, la tensión estalló en una celebración que el Mar Febril recordará durante años. Ambrose «Tripas de Pez» Kroop obró milagros con las provisiones, sirviendo una cena que supo a gloria tras semanas de bizcocho salobre. El ron fluyó por orden de Sandara, lavando el sabor del miedo de las gargantas.

Un destello de humanidad iluminó la celebración cuando Lirael intentó rescatar algún rastro de identidad en el pozo vacío de la memoria de Oso Lechuza, preguntándole por sus padres o por el nombre que alguien le hubiera dado al nacer. El gigante, que hasta entonces solo había conocido el escarnio y la humillación, negó con la cabeza desde el abismo de sus limitadas facultades, pero su mirada se encendió al elegir para sí mismo el nombre de Bizcocho, un homenaje a su golosa debilidad por el único consuelo dulce que recordaba haber probado a bordo. Tras dar también por buenos los nombres de Timmie o Timón cuando se los propusieron, la criatura dejó atrás definitivamente su estatus de «mascota» para ser reconocida, entre brindis y salomas, como un camarada de pleno derecho bajo el pabellón de El Ingobernable.

El momento estelar de la noche llegó cuando Concho, con su sombrero púrpura ladeado y una elocuencia inflamada por el ron, dedicó una balada improvisada a Lirael. La canción fue un despliegue de metáforas tan espectacularmente empalagosas y públicas que la Primera Oficial, capaz de mirar a la muerte a los ojos sin pestañear, no pudo encontrar un rincón de la cubierta donde esconder su profunda vergüenza ante los vítores y las burlas cariñosas de sus camaradas.

La música y los bailes se prolongaron bajo las estrellas hasta que los cuerpos no pudieron más. Aquella noche nacía algo más que una tripulación: comenzaba la andadura de una nación de hombres y mujeres que, bajo el nombre de El Ingobernable, acababan de declarar la guerra al mundo entero.



Un secreto que compartir

Tras una noche donde el ron y las salomas silenciaron por unas horas el peso de la travesía, el amanecer en la Isla Quiebrahuesos trajo consigo la cruda realidad del mando. No basta con bautizar un barco; hay que alimentarlo y repararlo. Con la disciplina que solo el miedo al hambre impone, la capitana Arya dividió sus fuerzas: Rosie la Bien Hablada encabezó un destacamento hacia el interior de la selva, con la misión de asegurar provisiones suficientes para alcanzar los Embozos del Destartalado. Mientras tanto, El Ingobernable soltaba amarras para bordear la costa, buscando los dientes de coral donde el viejo Imperio dejó su huella.

Aprovechando el pausado rodeo del navío hacia los arrecifes orientales, Lirael convocó a sus camaradas más cercanos a una reunión de oficiales. El aire en el camarote estaba cargado de una tensión distinta a la del combate. La oráculo extrajo de entre sus ropajes las páginas que, con la presteza de un raquero, había sustraído de la bitácora de Plugg tras sus crípticas últimas palabras. 

—No quería enseñárselo a nadie más... esto podría complicarnos las cosas - confesó Lirael mientras extendía los papeles húmedos de salitre ante la mirada de Arya, Reyes e Isaiah.



Fragmentos del Cuaderno de Bitácora del Señor Plugg

Día 21: El Desglose del Lastre

Harrigan me ha entregado la llave de mi futuro envuelta en madera rahadoumita. Cree que me vigila a través de sus espías, pero no sospecha que cada "insubordinado" que he pedido para mi tripulación de presa ha sido seleccionado con la precisión de un carnicero. He cargado el Promesa del Hombre con el ruido y la furia de los que nadie echará de menos. Entre ellos, el activo principal. Harrigan ve en ella un estorbo místico; yo veo el oro que pagará las velas del Severo. El rumbo a Puerto Peligro es una mentira para los tontos; mi destino es la Costa Serpentina.

 Día 23: La Voluntad del Comprador

El cliente es un demente, pero su dinero no tiene mácula. Sus instrucciones son absurdas: "Expón al activo al abismo; deja que el terror le arranque la voz". Dice que esa resonancia que porta en la sangre solo despertará si camina sobre el filo de la navaja. Me irrita tener que arriesgar la mercancía de esta forma, pero el pago prometido compensa cualquier escrúpulo. Si sobrevive al proceso, el precio será doble. Si muere, el mar simplemente habrá cobrado su tasa. Yo solo tengo que entregar lo que quede al muchacho que ha de hacer de contacto en los Embozos del Destartalado y cobrar. Azotes me atosiga al respecto, dice que es mejor decir que se la tragó el mar y venderla al primer esclavista con el que tratemos. La verdad es que sacaríamos un buen pellizco por ella… Pero el riesgo es excesivo. Con ese hombre no se juega. Aún tengo tiempo para tomar una decisión…

 Día 25: El Regalo del Ojo

La tormenta de anoche no fue natural, y los arrecifes a los que nos arrastraron no estaban en mis cartas, pero el Mar Febril es una amante caprichosa. El Promesa ha encallado en esta roca olvidada por los dioses. Un capitán inferior vería el desastre; yo veo la oportunidad. La Isla Quiebrahuesos es un osario de naufragios y ghouls. Es el laboratorio perfecto. El azar me ha servido en bandeja el escenario de espanto que el chiflado de los Embozos tanto ansiaba.

 Día 26: El Catalizador

He ordenado a los alborotadores y al activo que bajen a tierra. Dicen que buscan agua dulce; yo sé que buscan su tumba. He instruido a Azotes para que no les proporcione apoyo; quiero que se sientan abandonados en el corazón de la selva. Si el comprador tiene razón y su "don" florece ante la muerte inminente, regresará con ese brillo que las gemas no pueden imitar. Y si no regresa... bueno, me habré librado del lastre y conservaré el depósito del contrato. Es un duelo en el que yo ya he ganado antes de que se dispare la primera salva. La paciencia es la virtud del tiburón, y esta isla está sedienta de sangre.


Concluida la lectura, el grupo comprendió que su llegada a los Embozos del Destartalado no sería el retiro tranquilo que esperaban para maquillar el barco; allí les aguardaban quienes esperaban la entrega de la oráculo. Sin embargo, en los Grilletes, una amenaza es solo una oportunidad con otro nombre. El consejo de oficiales acordó unánimemente que, en lugar de evitar el encuentro, intentarían echar el guante a los compradores, apropiándose del pago acordado por la cabeza de la semielfa antes de borrar definitivamente el rastro de El Ingobernable.

Sin tiempo para más conspiraciones, el barco alcanzó la zona de arrecifes donde el Infernus descansaba sus huesos. La escena era la de una geografía de pesadilla: con la bajamar de las primeras horas, el casco podrido del navío chelio emergía de las aguas como la caja torácica de una bestia devorada por el mar. En el centro de ese amasijo de madera podrida y coral muerto, el misteriosamente indemne palo mayor se alzaba hacia el cielo como un dedo acusador, desafiando el paso de los años.

El momento era crítico. La marea baja abría una oportunidad tan estrecha como el filo de un alfanjón. Se botó el esquife y los protagonistas, con el agua ya lamiéndoles las botas, se dirigieron hacia el pecio imperial. Sabían que el aire que rodeaba al Infernus era pesado y rancio, y que en su bodega inundada algo más que el eco del Imperio les estaba esperando entre las sombras. Había llegado la hora de mojarse los pies y reclamar lo que el Mar Febril aún no se había atrevido a digerir.



ESPINAS DEL VIEJO IMPERIO

El esquife golpeó el arrecife con un crujido sordo, abriéndose paso entre el coral muerto y las algas pegajosas que la marea baja había dejado al descubierto. Los oficiales de El Ingobernable saltaron al agua tibia, que les llegaba por la rodilla, sintiendo bajo sus botas el suelo irregular de un cementerio de madera y salitre. Frente a ellos, los restos del Infernus se alzaban con una fijeza obscena; la quilla partida y las cuadernas astilladas del navío chelio parecían garras que intentaban aferrarse a la superficie antes de que el océano reclamara su deuda definitiva.

Al internarse en la sección central del pecio, la luz del sol se filtraba entre los maderos podridos, creando un juego de sombras donde lo viejo y lo muerto cobraban una tridimensionalidad inquietante. Lirael no esperó a que el peligro se manifestara. Invocó la magia del Reloj de Muerte, y sus ojos, velados por el pulso de lo arcano, detectaron de inmediato los ecos mortecinos que acechaban entre los mamparos inundados. Gracias a su advertencia, los lacedones y los cadáveres hinchados que custodiaban el esqueleto del Imperio no tuvieron oportunidad de emboscada. El acero de Arya y el nuevo estoque chelio de Reyes se movieron con la presteza. Cada golpe fue un veredicto y cada disparo una sentencia, despejando el camino antes de que las criaturas pudieran siquiera emitir un lamento.


El registro detallado de los restos confirmó que el Infernus no era un simple explorador náufrago. Los protagonistas descubrieron las jaulas, cuyas barras de hierro reforzado, dobladas hacia fuera por una fuerza antinatural, hablaban de horrores que ni siquiera la selva de la Isla Quiebrahuesos podía digerir. Entre el limo y el moho, recuperaron un tubo de latón sellado que contenía órdenes militares sobre una «carga experimental» para la pacificación de los Grilletes, una prueba más de la meticulosa y fría ambición de la Casa Thrune que Reyes tanto despreciaba.

Sin embargo, el verdadero tesoro se alzaba en el centro del desastre estructural: el Espino de Hierro. Isaiah Huxli examinó la soberbia pieza de leñocasco, maravillado por una elasticidad y resistencia que desafiaban décadas de exposición al salitre. Con la precisión de un maestro carpintero, el gnomo diseñó una maniobra de ingeniería naval que convertiría el rescate en una obra de arte.



Antes de iniciar la titánica maniobra de izado, Arya se situó en la borda del pecio, de cara al mar abierto. Con un gesto seco, extrajo una pesada bolsa: monedas de diversos cuños que representaban el sudor y la sangre de la tripulación. Sin mediar palabra, las arrojó al abismo, dejando que el brillo del oro se perdiera en el azul turbio. Era un sacrificio para la Reina Pirata, un pago por adelantado para que Besmara no cobrara su tributo en vidas durante la operación.

A Lirael no le hizo ni pizca de gracia el gesto. La Perla del Mar, cuya conexión con el océano era algo más profundo y personal que una simple transacción, se encaró duramente con Sandara Quinn. El intercambio de palabras entre la oráculo y la sacerdotisa fue tenso, cargado del salitre de una discusión que venía de lejos: Lirael despreciaba la idea de «comprar» la voluntad de las olas, mientras que Sandara, firme en su fe, defendía que Besmara no reparte victorias baratas, sino oportunidades que tienen un precio en oro.

Sin tiempo para más disputas, la operación comenzó bajo la dirección técnica de Isaiah. Fue una danza de sincronía absoluta: Lirael luchó contra las corrientes para mantener a El Ingobernable en una posición milimétrica, mientras Arya operaba los cabrestantes con una fuerza que parecía arrancar la vida misma del coral. Reyes coordinó a la tripulación con una autoridad que no necesitó del látigo para que cada estacha y cada motón respondieran con perfección.

En el instante más delicado, cuando el peso de las toneladas de leñocasco amenazaba con reventar las bordas, una maroma cedió con un latigazo que hizo temblar la cubierta. Reyes salió despedido hacia el vacío que separaba el navío de las rocas afiladas del arrecife. Sin embargo, antes de que la gravedad dictara su sentencia, se produjo un fenómeno que nadie pudo explicar: una sacudida inesperada del casco, una embestida oblicua de agua contra la amura que hizo escorar el navío apenas unos grados, empujando al varisio lo justo para que recuperase el equilibrio, con la extraña sensación de que una mano invisible había rozado su nuca, dejando un extraño perfume a algas en sus cabellos.

La fortuna, caprichosa como las mareas del Mar Febril, sopló aquel día a favor de los amotinados con una generosidad casi antinatural. Lo que comenzó como una maniobra desesperada contra el tiempo y el mar se transformó bajo la dirección técnica de Isaiah, en una demostración de pericia que los marineros recordarían como un milagro del acero y la madera. En el instante crítico, cuando el peso de las toneladas de leñocasco amenazaba con reventar las bordas del navío, se produjo una sincronía perfecta, una de esas raras ocasiones donde el azar y el talento se funden en un solo movimiento: Lirael mantuvo el navío con una fijeza gélida sobre el pecio luchando contra las corrientes, mientras la fuerza bruta de Arya y la coordinación impecable de la tripulación bajo el mando de Reyes lograron lo imposible.


El Espino de Hierro emergió de las aguas no como un despojo, sino como un soberano reclamando su trono. Con un gemido de madera y metal que resonó en todo el arrecife, el palo mayor encajó en las cuadernas de El Ingobernable con una precisión quirúrgica, como si el barco hubiera estado esperando aquel pedazo de historia para estar finalmente completo. Al asegurar la pieza labrada con los exquisitos relieves de rosales espinosos, los oficiales sintieron que el navío adquiría una agilidad y un pulso nuevos: los de un verdadero depredador.

Tras ponderar cuidadosamente que aquel objeto de factura imperial era tanto una ventaja táctica invaluable como un faro que podría atraer la ira de Cheliax sobre sus cabezas, se dieron por satisfechos con el éxito obtenido, listos para que el nuevo palo mayor guiara su rumbo hacia la libertad definitiva.


DEUDA DE SAL

La selva de la Isla Quiebrahuesos devolvió finalmente al destacamento de Rosie la Bien Hablada, pero no lo hizo con la fanfarria de los conquistadores, sino con el silencio magullado de quienes han sido masticados por la maleza. El grupo regresó a la orilla arrastrando los pies, cubiertos de barro y picaduras, con sacos de víveres que apenas bastarían para que las tripas no rugieran más fuerte que el viento de camino a los Embozos del Destartalado. La presencia de Oso Lechuza —ahora rebautizado por su propia voluntad como Timmie «Timón» Bizcocho— solo había servido para convertir la expedición en un caos. El gigante, incapaz de entender la sutil gramática del sigilo, había demostrado ser un lastre de músculos y torpeza difícil de gobernar.



Con los suministros mínimos asegurados y el Espino de Hierro ya latiendo en las entrañas del navío, Sandara Quinn se acercó a la capitana. Su rostro, habitualmente sereno bajo el ala de su sombrero de tres picos, era ahora una máscara de determinación fría. 

—Si hemos terminado nuestros negocios en este agujero, capitana, es hora de soltar lastre— sentenció la clériga, señalando con la barbilla hacia el grupo de prisioneros que aguardaban su destino bajo vigilancia. 

Arya asintió con la brevedad de un veredicto, ignorando las súplicas que empezaron a burbujear entre los reos. Sandara, rechazando cualquier escolta, ordenó a los fieles de Plugg que bajaran a la barca. Ella sola los conduciría a su último destino: la orilla blanca de la playa que pronto se teñiría de un rojo distinto al del atardecer.

Desde la borda de El Ingobernable, la oficialidad observó la escena a través de los catalejos, como quien mira una representación teatral donde el guion ya está escrito con sangre. Al pisar tierra, la traición intentó un último y desesperado asalto. Syl «la Escurridiza», haciendo honor a su apodo incluso con las manos maniatadas, trató de abalanzarse sobre la clériga en un movimiento nacido de la rabia pura. Sandara no dudó. Con la frialdad de quien despacha una res en el matadero, desenfundó su acero y cortó el aire con dos sablazos precisos que silenciaron a la mujer para siempre. Ante el cadáver aún caliente, el resto de los condenados —Aretta, Fipps y Chiste— huyeron hacia la espesura de la selva, empujados por el terror y el eco de la justicia de Besmara que les pisaba los talones.

Solo quedaron dos figuras en la arena: la sacerdotisa y el enano Tam Tate. En un gesto que desafiaba toda lógica para quien no comprendiera el Código de la Reina Pirata, Sandara desató al prisionero y le arrojó un arpón a los pies. Se intercambiaron palabras que el viento se llevó antes de que llegaran al barco, pero la tensión era una cuerda de violín a punto de quebrarse. Tate se movió con la rapidez del rayo, lanzando el arma con una precisión letal que encontró su marca. Por un instante, Sandara se tambaleó, el cuerpo arqueado bajo el impacto, a punto de ser reclamada por la arena. Pero la pelirroja se mantuvo en pie por pura voluntad de hierro. Cruzó el espacio que la separaba de su agresor, quien, comprendiendo que su deuda estaba vencida, se dejó caer de rodillas alzando el mentón.

Sandara lo despachó con tres tajos de carnicero, una coreografía visceral que puso fin a toda la ponzoña acumulada.

Minutos después, la sacerdotisa regresó al esquife. El rastro de la lucha había desaparecido de su piel, borrado por la magia restauradora de su fe, pero su silencio era más pesado que cualquier herida. Al subir a cubierta, no hubo explicaciones ni necesidad de darlas. La deuda había quedado saldada, el lastre había sido arrojado y ya nada vinculaba a la tripulación con los pecados de la Isla Quiebrahuesos. Bajo las órdenes de Arya, El Ingobernable viró hacia el horizonte, dejando atrás el esqueleto de sus viejas cadenas mientras buscaba el refugio de los Embozos.



LA DISTANCIA JUSTA

Minirelato de Lirael y Reyes

Escrito originalmente por VICTORGI y Liselle

El almacén olía a madera húmeda, brea y cocos. Un olor honrado, dentro de lo que podía considerarse honrado teniendo en cuenta que era la bodega de un barco pirata. Había bajado a revisar los barriles. O a esconderse del olor a ron de cubierta. A esas alturas ya no estaba seguro.

Escuchó las botas detrás de él antes de verla. No se giró. Reconoció el paso.

Lirael. Claro. ¿Quién si no?

Ella se detuvo frente a él y sostuvo su mirada con aquellos ojos verdes, tan cálidos como insondables. Apoyó una mano sobre su pecho, no para acercarlo, sino para mantener la distancia.

Respiró hondo antes de hablar.

—Siento lo del otro día. Yo… no debí provocarte. Solo quería utilizarte para arrancarme de encima la frustración, el miedo y la rabia que llevaba acumulando durante días. Y... —bajó la voz— también quería vengarme.

Guardó silencio un instante. Su mirada se ensombreció.

—Me he dado cuenta de que no quiero descargar mis problemas sobre ti. Quizá con cualquier otro me habría dado igual. Ni siquiera habría tenido piedad. Pero contigo no quiero jugar. Ni hacerte daño.

Lo empujó apenas unos centímetros, obligándolo a dar un pequeño paso atrás.

—Me has hecho promesas que nunca nadie me había hecho. Y no quiero devolvértelas convirtiéndote en otro de mis naufragios. Así que mejor lo dejamos estar.

Reyes estuvo a punto de responder. Estuvo a punto. Su boca incluso empezó a moverse. Pero las palabras que aparecieron primero fueron: Veo que Concho va por buen camino. Luego: ¿No me digas que me he depilado para nada? Las enterró antes de que llegaran a la lengua. Por una vez.

—Además... me terminé la botella de ron —añadió ella con una sonrisa ladeada.

Y ahí estaba. La sonrisa. La maldita sonrisa. Sin darle tiempo a responder, se dio media vuelta y empezó a marcharse.

Reyes miró el vaso vacío que sostenía entre los dedos. Negó para sí.

—¿Pides disculpas...? — La voz le salió baja. Ronca. Torpe. Como si estuviera peleando contra ella. —¿Por qué pedirías perdón, Lirael?

Ella se detuvo y se giró.

Reyes dio un paso adelante. Solo uno. Justo hasta la línea donde ella había marcado la distancia. Ni un centímetro más.

—¿Por ser la única que vio algo bueno en mí cuando nadie más lo hizo? — Sintió un nudo desagradable en la garganta. — ¿Por defenderme hoy mismo, de los murmullos cuando me nombraron contramaestre? — La miró fijamente. Sin apartarse.  Sin esconderse detrás de un chiste. Esta vez no. —¿Por ser la primera persona que hace algo tierno por mí... como besarme sin pedirme nada a cambio?

Ella abrió la boca, pero Reyes siguió hablando. Porque si se detenía ahora quizá no volvería a encontrar valor para hacerlo.

—Yo creo que no, Lirael. — Se tocó el pecho donde ella lo había empujado. Todavía podía sentirlo, imaginaba que podía. Con ella nunca estaba seguro. — No hay deudas entre nosotros.
Bajó la vista hacia el vaso.

—Y yo no puedo ser un naufragio tuyo. — Alzó el recipiente vacío. — Porque tú estás muy lejos del lugar donde se hace daño.

Una sonrisa triste apareció un instante. Solo un instante.

—¿Ves este vaso? — Lo agitó suavemente. — Es media ración. Y no voy a pedir más. Hoy no.

Respiró hondo. El aire olía a humedad y a ese aroma fresco de mar al amanecer que acompañaba siempre a la semielfa.

—Tú haces que quiera ser un buen contramaestre. — Las palabras salieron simples. Desnudas.—Y una mejor persona.

Silencio. Luego añadió:

—Así que no habrá un naufragio. — Negó con la cabeza. — No contigo.

Lirael bajó la mirada durante un segundo. Solo uno. 

Reyes continuó.

—Tú quieres que la cosa quede ahí. Yo lo respeto. — Se encogió ligeramente de hombros. — Pero eso no puede borrar todo lo demás.

Lirael soltó una carcajada.

—Eyyy, para el carro, marinero. Que no es para tanto. —Levantó ambas manos en son de paz. —¿Todos los varisios sois tan intensos o solo tú?

La gravedad se rompió de golpe. Como una cuerda demasiado tensa. Y por fin apareció la sonrisa de Reyes. La de verdad. La peligrosa. La que prometía problemas.

—Solo señalo lo obvio. Todavía nos quedan unos cuantos hijos de puta que jubilar antes de que nuestros caminos se separen... Oráculo.

Ella sonrió, mientras asentía. De una forma diferente. Mas afilada.

—Venga. Preparémonos para atrapar hijos de puta, contramaestre. — Y le devolvió el guiño.

Antes de que Reyes pudiera añadir nada más, ella giró sobre los talones y volvió a cubierta.
Se quedó solo entre barriles y sombras. Miró el vaso vacío. Luego la puerta por donde la recién nombrada primera oficial había desaparecido. Después volvió a mirar el vaso.

—Bueno —murmuró—. Mira que me han llamado cosas, pero es la primera vez que me llaman “intenso”. —Se rió sólo de su propia ocurrencia, asumiendo que lo de “Ingobernable” cada vez tenía más sentido.

Y por primera vez en mucho tiempo, al contramaestre Reyes Vane no le pareció que el mundo estuviera intentando cobrarle una deuda. 

Sólo que le estaba concediendo una tregua. Breve, seguramente. 

La tregua que da paso a la sangre, y los gritos.