O sobre como remontar un río moribundo para buscar una naga ancestral demente
Más allá de las ciénagas del estuario, las confidencias de Jenny la Sorda dibujaron un mapa de pesadilla para cualquiera que ose adentrarse en el corazón de Mwangi, dominado por dos tiranos sobrenaturales tan feroces como implacables. Hacia el interior, en las ruinas demoníacas de Usaro, se alza el Rey Gorila, una bestia monstruosa que exige tributos continuos de carne viva y sacrificios humanos. Hacia el sur, en la milenaria Mzali, gobierna Walkena, el Príncipe Niño, una momia infantil resucitada que masacra sin piedad a cualquier extranjero que pise sus tierras e imponiendo una teocracia tiránica sobre las tribus locales. Dos abominaciones primigenias frente a las cuales incluso los bucaneros más curtidos de los Grilletes prefieren mantener sus barcos bien lejos de la orilla.
LOS MUERTOS HAMBRIENTOS
BALADA TRISTE DE CALLO BARRO
Ubicada en la rocosa isla de Espina de Piedra, Okeno es célebre en todo Garund y el Mar Interior por albergar las «Ferias de la Carne», el mercado de esclavos más vasto, despiadado y lucrativo de la región. Inconfundibles en alta mar por el paño distintivo de sus velas amarillas, las galeras y bajeles de esta confederación de tratantes peinan las costas y cauces fluviales capturando «carga viva» para abastecer con mano de obra forzada tanto a los grandes mercados imperiales como a los tiranos y cultos oscuros del interior selvático. Para cualquier marinero veterano o contrabandista, el nombre de Okeno no representa una simple ciudad, sino el corazón de una maquinaria esclavista implacable donde la vida humana queda reducida a un frío apunte en un libro de contabilidad.
EL VENENO QUE NOS CONSUME POR DENTRO
Al dejar atrás el escenario dantesco de Cayo Barro, el río se estrechó dramáticamente hasta convertirse en un afluente sombrío sobrevolado por peñascos de arcilla y arenisca. Llegó un punto en que el canal quedó completamente bloqueado por bancos de fango y raíces entrelazadas; la chalupa no podía avanzar más. Con evidente renuencia, conscientes de que quedar aislados en la orilla los exponía a cualquier peligro, los cuatro oficiales amarraron la embarcación a un guayacán muerto y continuaron el último tramo a pie.
La jungla que custodiaba el acceso al risco rocoso guardaba un silencio sepulcral. Mientras se abrían paso a través de la densa maleza, la vegetación se agitó con una rapidez temible. Fueron emboscados por una manada de depredadores veloces y escamosos, unas bestias reptilianas de garras curvadas y letales. La hembra alfa se expuso abiertamente por el frente, fijando la atención y las armas del grupo con un gorgojeo similar al de un pájaro, mientras dos machos se deslizaban en silencio por los flancos. Uno de ellos saltó desde la espesura y atrapó a Isaiah, clavando sus garras en la casaca del gnomo para arrastrarlo frenéticamente hacia la sombra de los helechos.
Antes de perder a su compañero en la maleza, el grupo desbarató la trampa con letal coordinación. Isaiah y sus aliados abatieron a bocajarro al reptil que intentaba engullirlo en la espesura, rescatando al gnomo en el último instante, mientras Arya se interponía en el camino de la hembra alfa y la ejecutaba con un tajo limpio y brutal de su alfanjón. Viendo a su líder muerta, el macho restante huyó malherido hacia el interior de la jungla.
Reagrupándose con la respiración entrecortada, los cuatro navegantes alcanzaron por fin la gran grieta cavernosa que se abría en la base de un risco escarpado. El corredor de acceso era un pasadizo de pesadilla: el calor sofocante del exterior dio paso a un frío húmedo que apestaba a limo dulce, azufre y hiel rancia. Vetas de hongos bioluminiscentes arrojaban un resplandor azulado y cadavérico sobre las paredes de piedra. De las estalagmitas colgaban fetiches tétricos, conchas de caimán, espinas de pez globo y trenzas de algas secas colocados como advertencia ancestral.
Lirael fue la primera en abrir una grieta en la furia de la criatura. Con voz firme pero impregnada de empatía, la oráculo reconoció el dolor sagrado de la madre que ha perdido a su nidada, pero confrontó a la naga recordándole que su venganza no había castigado a los culpables, sino que había devorado por igual a las mujeres y a los niños inocentes de Cayo Barro. Ese reflejo de su propia monstruosidad hizo dudar a la criatura. Reyes aprovechó el respiro para desplegar su elocuencia, sugiriendo que El Ingobernable y sus oficiales podían ser el brazo ejecutor que le prestara un servicio para impartir verdadera justicia y ganarse su favor.
Finalmente, Isaiah, seco y directo como de costumbre, puso sobre la mesa la verdad más fría. El gnomo señaló que si Sanissa dejaba consumirse por el dolor y la fiebre hasta morir, el estuario quedaría desprotegido, dejando el camino expedito para que tiranos sobrenaturales como el Príncipe Niño de Mzali o el Rey Gorila de Usaro se apoderaran del territorio que ella había guardado durante generaciones.
La mención de sus antiguos enemigos y de los profanadores de su santuario pareció despertar algo en el interior la naga. El estruendo de la catarata pareció apagarse ante su rugido. Llena de rabia, Sanissa les dictó su ultimátum: debían traerle las cabezas de los esclavistas que habían destruido sus huevos y masacrado a sus crías. Solo cuando las cabezas de los culpables estuvieran a sus pies, decidiría si se daba o no por saciada.
Sin dudarlo, los cuatro oficiales aceptaron el trato y se retiraron a paso apresurado por el túnel de la grieta, temiendo que la criatura demente pudiera cambiar de opinión y cerrar las salidas antes de que volvieran a ver la luz del sol.




























