domingo, 20 de septiembre de 2026

Calaveras y Grilletes - 2.3 - Las Lágrimas de la Ponzoña

O sobre como remontar un río moribundo para buscar una naga ancestral demente

«El error más común de los exploradores es creer que remontan el río para encontrar algo. En realidad, el río los lleva hacia algo que lleva mucho tiempo esperándoles»
- Conde Varian Jeggare, explorador y miembro de la Sociedad Pathfinder.


Mientras los astilleros clandestinos de Los Embozos comenzaban a desnudar y transformar el casco de El Ingobernable, la oficialidad decidió no perder el tiempo en los muelles de Merluza el Destartalado. Sandara Quinn y Rosie la Bien Hablada quedaron al mando del barco en la desembocadura, con la imponente presencia de Concho para apoyarlas. Aprovisionados con raciones de viaje, pólvora seca y armas bien engrasadas, Arya, Lirael, Reyes Vane e Isaiah Huxli abordaron la chalupa pequeña del navío para internarse en la cuenca fluvial.

Más allá de las ciénagas del estuario, las confidencias de Jenny la Sorda dibujaron un mapa de pesadilla para cualquiera que ose adentrarse en el corazón de Mwangi, dominado por dos tiranos sobrenaturales tan feroces como implacables. Hacia el interior, en las ruinas demoníacas de Usaro, se alza el Rey Gorila, una bestia monstruosa que exige tributos continuos de carne viva y sacrificios humanos. Hacia el sur, en la milenaria Mzali, gobierna Walkena, el Príncipe Niño, una momia infantil resucitada que masacra sin piedad a cualquier extranjero que pise sus tierras e imponiendo una teocracia tiránica sobre las tribus locales. Dos abominaciones primigenias frente a las cuales incluso los bucaneros más curtidos de los Grilletes prefieren mantener sus barcos bien lejos de la orilla.


Apenas las palas de los remos se hundieron en el agua, el soplo fresco del Mar Febril murió en seco. La desembocadura quedó atrás y el cauce sin nombre los devoró bajo una bóveda asfixiante de guayacanes y mangles gigantes. El río no fluía; era una masa de limo estancado, viscoso y dócil como aceite rancio. A las pocas horas de remonte, Isaiah inclinó su pequeña figura sobre la borda para recoger muestras del canal. Su veredicto alquímico no tardó en confirmar la sospecha: el deterioro del agua no respondía solo a la sequía. Suspendido en la corriente flotaba un residuo, una mezcla antinatural de reactivos químicos y trazas arcanas que se volvía más denso y concentrado a cada brazada que avanzaban hacia el interior.

La jungla no estaba desierta; los observaba. En las alturas del dosel, los Song'o —los elusivos medianos selváticos— seguían sus movimientos entre el follaje. Conscientes del peligro de un malentendido, los cuatro navegantes reaccionaron con calculada prudencia: mantuvieron las manos bien lejos de las empuñaduras, bajaron la vista y ofrecieron gestos abiertos de paz.


La respuesta llegó en un meandro del río donde un guayacán muerto yacía medio hundido en el fango. Sobre la madera podrida apareció un solo mediano, inmóvil y cubierto de barro seco. No pronunció palabra alguna; se limitó a alzar un brazo enjuto y trazar un gesto lento hacia la costa, recomendándoles volver por donde habían venido antes de desvanecerse entre los helechos.

Ignorando la advertencia, la chalupa se adentró en una bruma rancia que pronto se tiñó con el olor acre de la madera quemada y la grasa humana. El humo los guio hasta las ruinas de Mwari-Amo. La aldea Zenj estaba siendo consumida por las llamas: los supervivientes habían prendido fuego a las chozas de los infectados y a las piras donde se amontonaban los muertos envenenados por el río.

Embadurnados en arcilla blanca que les otorgaba el aspecto de cadáveres alzados de la tumba, los aldeanos contemplaron el paso de la embarcación. Ninguno alzó una lanza ni proferió un grito; los miraron con una indiferencia gélida y espectral, como si la muerte ya hubiera cerrado la cuenta entre ellos. Dejar atrás las hogueras de Mwari-Amo dejó un poso de profundo desasosiego en la tripulación.


Al atardecer, cuando el sol se ahogaba tras las crestas de la jungla tiñendo el cielo de un rojo herrumbre, alcanzaron por fin Cayo Barro, el lugar donde Merluza les había prometido encontrar puerto y una taberna para pernoctar. Lo que hallaron fue una fosa común. Cayo Barro era un asentamiento fantasmal, completamente desierto y sembrado de cadáveres hinchados por la peste.

La noche caía sobre la selva y el refugio esperado había resultado ser un cementerio.



LOS MUERTOS HAMBRIENTOS

El desembarco en la orilla de Cayo Barro se ejecutó con una prudencia casi religiosa. Los cuatro oficiales saltaron a la orilla manteniendo las armas listas y la mirada fija en las sombras de las edificaciones en ruinas. El silencio que envolvía el poblado no era la paz del abandono; era una ausencia de sonido densa, pesada y antinatural, donde ni siquiera las moscas se atrevían a zumbar sobre los charcos.

A medida que avanzaban entre las ruinas, las evidencias crudas del desastre comenzaron a dibujarse sobre el fango. No había marcas de un ataque exterior ni estandartes de incursionistas piratas. El patrón de los cortes en la madera y los impactos en los cadáveres que yacían medio sumergidos señalaba una verdad mucho más oscura: los habitantes de Cayo Barro se habían masacrado entre sí en un estallido de locura caníbal.

Buscando respuestas, el grupo dirigió sus pasos hacia un viejo aserradero. Fue entonces cuando se detuvieron en seco, con la mirada fija en el lodo. Dos de los cuerpos abotagados que habían visto al encallar la chalupa apenas unos minutos antes habían desaparecido. No había rastro de arrastre, ni huellas de botas, ni marabunta de pisadas en la arcilla blanda. Simplemente se habían evaporado.

Presintiendo el peligro, Lirael invocó la magia arcana de sus visiones, extendiendo sus sentidos para percibir la red de la vida y el pulso helado de lo que habita más allá de la tumba. Lo que descubrió le congeló la sangre. El cieno que cubría el poblado no era barro ordinario; funcionaba como una masa líquida y profana a través de la cual los cadáveres reanimados de los aldeanos se desplazaban con una rapidez escalofriante, emergiendo y sumergiéndose a voluntad en cualquier superficie anegada.



—¡Es una trampa! —gritó la semielfa, rompiendo el silencio un instante antes de que la emboscada se cerrara sobre ellos.

Del cieno que los rodeaba emergieron manos descarnadas y rostros grises inyectados en odio. Los engendros atacaron con una saña feroz. Reyes tomó la delantera en la retirada, buscando abrir un pasillo de vuelta hacia el muelle mientras la formación se resquebrajaba bajo la acometida. En medio de la confusión, Isaiah desenfundó y ejecutó un pistoletazo a bocajarro sobre la cabeza del no muerto más cercano; pero el trueno de la pólvora retumbó en la hondonada como un fúnebre reclamo, atrayendo a muchos más. 

Desde las chozas, las ventanas y las puertas rotas de Cayo Barro, los muertos comenzaron a brotar enloquecidos de hambre. Lirael rompió a cantar, alzando su voz sobre el estruendo del combate para sostener el animo y la cordura de sus compañeros cuando la marea amenazó con engullirlos. La refriega se volvió desordenada y sangrienta. Todos sufrieron dentelladas y cortes, pero el castigo más severo cayó sobre Reyes y Lirael.

Aislado en la vanguardia y acorralado por varios atacantes que le cerraban el paso hacia sus compañeros, Reyes luchó con la desesperación de un hombre que se niega a morir en el barro. Isaiah intentó nivelar la balanza lanzando una bomba alquímica sobre la multitud, pero la deflagración atrajo la atención de una de las criaturas. El no muerto se abalanzó vengativo sobre el gnomo, trabándolo por el cuello para sumergirlo y ahogarlo en la masa de cieno tóxico. Al borde de la asfixia bajo la densa sustancia, Isaiah tomó una decisión límite: hizo detonar una de sus bombas directamente contra el abdomen del engendro sumergido. La deflagración convirtió al monstruo en una nube de vísceras y proyectó al gnomo por los aires, haciéndolo aterrizar sobre el fango a varios metros de distancia.


En el centro del patio, Arya se convirtió en un torbellino de acero. Su alfanjón trazaba arcos circulares continuos, tajando carne podrida y decapitando a todo engendro que intentaba rebasar su guardia. Pero la presión era insoportable. Un garrazo brutal cruzó el rostro de Reyes, rasgando la piel y enviando al varisio inconsciente contra las tablas podridas del muelle.

Cubierto de arcilla roja y impulsado por un arrebato de furia demente, Isaiah corrió hacia la maltrecha Lirael, que intentaba sostener la posición con su espada. El gnomo se encaramó como un demonio sobre la espalda del no muerto que acosaba a la oráculo, hundiéndole su espada corta en la nuca una y otra vez con furia frenética, hasta que la criatura se desplomó inerte.

Aprovechando el respiro, Lirael corrió esquivando garras hasta el cuerpo caído de Reyes, interponiendo su propio acero para frenar a las criaturas que se abalanzaban para devorar al varisio inconsciente. Gracias a las últimas bombas de Isaiah y las estocadas finales de Arya, el grupo consiguió por fin exterminar a los últimos engendros de la horda.

Cuando el estruendo de la batalla se disipó y solo quedó el sonido del aliento agónico de los supervivientes, Lirael se arrodilló de inmediato sobre el barro junto a Reyes. Invocando su magia sanadora, presionó la herida abierta en el rostro del contrabandista para cerrar la hemorragia. 

Con un estertor ahogado, Reyes volvió a la vida de golpe, abriendo los ojos de par en par mientras el aire volvía a sus pulmones. Una vez más había llegado al final de la tabla; y una vez más había sido la voz y la mano de Lirael las que lo había traído de vuelta de las aguas de la muerte antes de que el desenlace fuera fatal.

Con el cuerpo molido y las heridas remendadas mediante conjuros y afeites alquímicos, los cuatro oficiales se pusieron en pie. Cojeando entre los restos exterminados de la horda, volvieron a adentrarse en las tripas de Cayo Barro, dispuestos a indagar en la triste y oscura historia que había condenado al poblado.



BALADA TRISTE DE CALLO BARRO

El silencio regresó a Cayo Barro con la pesadez de una mortaja húmeda. Sobre la marea de fango yacían los restos inertes de los no muertos, destrozados por la pólvora de Isaiah, los tajos de Arya y la determinación desesperada de Lirael y Reyes. Exhaustos, sangrando y con la ropa empapada en lodo rancio, los cuatro oficiales no se permitieron el lujo de dejarse vencer por la fatiga.

Impulsados por la necesidad de entender la naturaleza de la plaga que asolaba el río y de encontrar cualquier recurso útil para la travesía, comenzaron a registrar el poblado choza por choza, sin dejar una sola piedra ni un tablón sin remover.

El saqueo de Cayo Barro reveló una verdad desoladora. En los edificios del silencioso asentamiento no hallaron sacos de grano, ni redes de pesca, ni pertrechos de calafate. En su lugar, descubrieron el verdadero motor económico que había alimentado al pueblo en los últimos meses: jaulas de madera reforzada, grilletes de cuello y cadenas pesadas impregnadas en grasa rancia. Cayo Barro había abandonado el comercio maderero para convertirse en un eslabón intermedio en una red de tráfico de carne humana que abastecía a las potencias del interior y a las galeras del Mar Febril.

Entre los restos del aserradero, hallaron una indicio claro de quienes eran los nuevos socios comerciales de Cayo Barro. Debajo de unas cajas volcadas, hallaron un plano con todas las especificaciones necesarias para construir las jaulas, sellado con una marca inconfundible: la red Okeno.


Ubicada en la rocosa isla de Espina de Piedra, Okeno es célebre en todo Garund y el Mar Interior por albergar las «Ferias de la Carne», el mercado de esclavos más vasto, despiadado y lucrativo de la región. Inconfundibles en alta mar por el paño distintivo de sus velas amarillas, las galeras y bajeles de esta confederación de tratantes peinan las costas y cauces fluviales capturando «carga viva» para abastecer con mano de obra forzada tanto a los grandes mercados imperiales como a los tiranos y cultos oscuros del interior selvático. Para cualquier marinero veterano o contrabandista, el nombre de Okeno no representa una simple ciudad, sino el corazón de una maquinaria esclavista implacable donde la vida humana queda reducida a un frío apunte en un libro de contabilidad.

La pieza final del rompecabezas aguardaba en el edificio en mejores condiciones del asentamiento: la casona del capataz, una estructura levantada sobre gruesos pilotes de guayacán con muros de roble reforzado. En el piso superior, sobre un escritorio de teca salpicado de manchas de ron y cera de vela, encontraron el libro de contabilidad del poblado.

Página tras página, la caligrafía apretada del capataz revelaba la rápida espiral de degradación de Cayo Barro. Los lugareños, liderados por un hombre sin escrupulosos principios, habían cedido a la codicia, dejando de lado sus negocios habituales para dedicarse a algo mucho mas lucrativo. El diario registraba con fría burocracia la venta de docenas de cautivos a los intermediarios de Okeno contradiciendo los consejos de Merluza, que había recomendado mantener los tratos habituales con Cala Sangrienta.

Pero fue la última entrada del diario, fechada apenas cuatro semanas atrás, la que heló la sangre de los cuatro navegantes. Furioso por las injerencias de la naga en sus negocios, el capataz había sugerido a sus socios comerciales una incursión armada contra la poza sagrada de Sanissa.


En sus últimas líneas, el capataz registraba cómo el agua del río se había vuelto letal. La venganza de la naga no había sido un asalto de garras y dientes, sino una maldición de veneno y hiel vertida directamente en corriente. La ponzoña consumió la cordura de los habitantes del asentamiento en cuestión de días, desatando fiebres abrasadoras, alucinaciones paranoicas y una voracidad caníbal que llevó a los vecinos a devorarse entre sí, antes de que el propio cieno del río los alzara como cascarones hambrientos. Sabedor de cual era su destino, el codicioso artífice de la caída de Cayo Barro había decidido suicidarse, ingiriendo veneno junto a su mujer.

Con la amarga certeza de la tragedia en sus mentes y el horror de lo descubierto pesando en sus conciencias, los oficiales cerraron el libro. No había nada más que buscar en aquel desgraciado lugar.

Reuniendo las pocas provisiones intactas y los enseres que pudieron rescatar, trancaron las pesadas puertas de roble de una de las casas en mejor estado. Allí, acurrucados en la penumbra sobre mantas secas, pasaron una noche intranquila e insomne.





EL VENENO QUE NOS CONSUME POR DENTRO

Al dejar atrás el escenario dantesco de Cayo Barro, el río se estrechó dramáticamente hasta convertirse en un afluente sombrío sobrevolado por peñascos de arcilla y arenisca. Llegó un punto en que el canal quedó completamente bloqueado por bancos de fango y raíces entrelazadas; la chalupa no podía avanzar más. Con evidente renuencia, conscientes de que quedar aislados en la orilla los exponía a cualquier peligro, los cuatro oficiales amarraron la embarcación a un guayacán muerto y continuaron el último tramo a pie.

La jungla que custodiaba el acceso al risco rocoso guardaba un silencio sepulcral. Mientras se abrían paso a través de la densa maleza, la vegetación se agitó con una rapidez temible. Fueron emboscados por una manada de depredadores veloces y escamosos, unas bestias reptilianas de garras curvadas y letales. La hembra alfa se expuso abiertamente por el frente, fijando la atención y las armas del grupo con un gorgojeo similar al de un pájaro, mientras dos machos se deslizaban en silencio por los flancos. Uno de ellos saltó desde la espesura y atrapó a Isaiah, clavando sus garras en la casaca del gnomo para arrastrarlo frenéticamente hacia la sombra de los helechos.

Antes de perder a su compañero en la maleza, el grupo desbarató la trampa con letal coordinación. Isaiah y sus aliados abatieron a bocajarro al reptil que intentaba engullirlo en la espesura, rescatando al gnomo en el último instante, mientras Arya se interponía en el camino de la hembra alfa y la ejecutaba con un tajo limpio y brutal de su alfanjón. Viendo a su líder muerta, el macho restante huyó malherido hacia el interior de la jungla.


Reagrupándose con la respiración entrecortada, los cuatro navegantes alcanzaron por fin la gran grieta cavernosa que se abría en la base de un risco escarpado. El corredor de acceso era un pasadizo de pesadilla: el calor sofocante del exterior dio paso a un frío húmedo que apestaba a limo dulce, azufre y hiel rancia. Vetas de hongos bioluminiscentes arrojaban un resplandor azulado y cadavérico sobre las paredes de piedra. De las estalagmitas colgaban fetiches tétricos, conchas de caimán, espinas de pez globo y trenzas de algas secas colocados como advertencia ancestral.

El túnel desembocó finalmente en la cámara principal, una catedral de piedra abovedada donde una majestuosa catarata caía desde las alturas formando un velo atronador de agua blanca sobre el estanque. Pero antes de que la mirada pudiera remontar la cortina de agua para buscar la figura ominosa de la naga, el verdadero horror se impuso en el centro mismo de la estancia. Allí, rodeado por el murmullo del agua, yacía el nido de Sanissa: una lecho circular de gruesos juncos, arcilla y fibras marinas que aún conservaba su estructura intacta, pero cuya entraña albergaba un altar de profanación y muerte.

Sobre la cuna de caña se amontonaban los restos ya corruptos de la nidada masacrada, una masa informe de huevos destrozados a golpes de bota y hierro. Los fragmentos de cascarón permanecían sepultados bajo una pátina densa y viscosa de icor embrionario y bilis negra, una mancha rancia que se extendía en aureola sobre la roca desnuda como un horrendo testimonio del sacrilegio cometido. Aquella estampa de maternidad mutilada, donde el olor a putrefacción se mezclaba con el azufre del agua, era el monumento mudo a la masacre: el cimiento exacto sobre el que se había edificado la demencia de Sanissa y el detonante de la ponzoña que ahora consumía la vida del río.


Avanzando hacia el borde del estanque con las manos visibles y en actitud abierta de paz, los oficiales se mostraron ante la criatura. Sanissa los recibió con un estallido de amargura ardiente, un siseo que hizo vibrar el agua y las rocas, cargado a partes iguales de odio salvaje y demencia. Cada segundo en la caverna olía a desastre inminente.

Lirael fue la primera en abrir una grieta en la furia de la criatura. Con voz firme pero impregnada de empatía, la oráculo reconoció el dolor sagrado de la madre que ha perdido a su nidada, pero confrontó a la naga recordándole que su venganza no había castigado a los culpables, sino que había devorado por igual a las mujeres y a los niños inocentes de Cayo Barro. Ese reflejo de su propia monstruosidad hizo dudar a la criatura. Reyes aprovechó el respiro para desplegar su elocuencia, sugiriendo que El Ingobernable y sus oficiales podían ser el brazo ejecutor que le prestara un servicio para impartir verdadera justicia y ganarse su favor.

Finalmente, Isaiah, seco y directo como de costumbre, puso sobre la mesa la verdad más fría. El gnomo señaló que si Sanissa dejaba consumirse por el dolor y la fiebre hasta morir, el estuario quedaría desprotegido, dejando el camino expedito para que tiranos sobrenaturales como el Príncipe Niño de Mzali o el Rey Gorila de Usaro se apoderaran del territorio que ella había guardado durante generaciones.

La mención de sus antiguos enemigos y de los profanadores de su santuario pareció despertar algo en el interior la naga. El estruendo de la catarata pareció apagarse ante su rugido. Llena de rabia, Sanissa les dictó su ultimátum: debían traerle las cabezas de los esclavistas que habían destruido sus huevos y masacrado a sus crías. Solo cuando las cabezas de los culpables estuvieran a sus pies, decidiría si se daba o no por saciada.

Sin dudarlo, los cuatro oficiales aceptaron el trato y se retiraron a paso apresurado por el túnel de la grieta, temiendo que la criatura demente pudiera cambiar de opinión y cerrar las salidas antes de que volvieran a ver la luz del sol.



viernes, 11 de septiembre de 2026

Calaveras y Grilletes - Reyes - Lirael - INTERLUDIO: Insomnio

«Las noches en calma chicha son las peores. En mitad del temporal hay demasiado ruido como para pensar; pero cuando la mar se queda quieta como un espejo negro, la cabeza empieza a hilar pensamientos como gusanos en la harina. Es ahí cuando los muertos que tiraste por la borda vuelven a flotar en tu memoria, pidiendo cuentas.»
— Halsgol «El Foque», veterano de los Grilletes.




TABLONES Y RECUERDOS

Minirelato de Reyes

Escrito originalmente por VICTORGI

Cronológicamente ubicado justo antes de:
EL DESCUENTO DE LA NAGA, capitulo narrado en:

El Ingobernable flotaba con un vaivén constante, distinto al de alta mar. 

El aire pesaba, denso, casi irrespirable. Reyes escuchaba el crujir de la madera y se sentía agotado, no por un combate —que no había llegado a producirse— sino por haber liberado toda la tensión que llevaba acumulada en la cabeza.

Creía que se dormiría rápido, pero aquella noche los pensamientos solo conseguían moverse dentro de él como mercancía mal estibada.

El parlamento con el capitán KaiYen del Epitafio había ido sorprendentemente bien.

Un trato limpio: entregar el collar de platino y, a cambio, paz.

Paz para Lirael, para Arya, para Isaiah, para él mismo.

Pero lo que se le había quedado clavado no era el acuerdo.

Era Grunt, el semiorco.

Aquel guardaespaldas del Marqués, con su media sonrisa de quien disfruta teniendo información que otros no deberían poseer, había soltado nombres como si fueran piedras lanzadas a un estanque.

Su primo, Tommy Mediodedo.

Tina la Descalza.

Zenobia Vane. Su madre.

Reyes había respondido con la misma máscara de siempre: indiferencia, desprecio, un gesto ladeado que decía “no me impresionas”.

—Son negocios, Grunt. No te lo tomes como algo personal —había dicho con indiferencia, provocando casi el estallido de ira del mercenario.

Pero ahora, tumbado en su camastro entre cajas y el crujir de los tablones, la bravata del semiorco ya no sonaba a bravata.Sonaba a advertencia.

A deuda.

A pasado que no se había quedado tan atrás como él quería creer.

El barco respiraba alrededor de él. El mismo aire plomizo, salpicado por los ronquidos de la Bienhablada. 

La madera vieja se quejaba suavemente, y el olor a brea y sal le traía recuerdos de Manigmar, del Arrabal, de las calles donde había aprendido a sobrevivir antes de aprender a pelear.

Pensó en Tina, en su risa rota y en cómo siempre encontraba un plato para él aunque no tuviera para sí misma.

Pensó en Tommy, ese idiota encantador que se metía en líos por deporte.

Pensó en Zenobia… y ahí el aire se le atascó un instante en el pecho.

Zenobia Vane, bailarina legendaria

El trabajito de hacía un año.

El que salió mal.

El que dejó cabos sueltos. El Marqués lo culpaba a él.

¿Y si sus hombres hubieran ido a Manigmar?

¿Y si habían entrado en el Arrabal?

¿Y si habían hecho daño a alguien?

Reyes apretó los dientes.

No tenía miedo. Era otra cosa.

El cabronazo de Tommy probablemente se merecía todo lo que le pasara. Reyes sospechaba que quien se cargó aquel negocio fué él, cuando el Marqués lo dejó fuera.

Su madre, que desapareció cuando él tenía once años en pos de bailar en lugares de alto linaje, era imposible de encontrar.

Alguien le había dicho que Zenobia había muerto de fiebres el invierno pasado.

Pero él recordaba sus palabras, el día que se fué y ató un nudo a su ojal:

—Nunca olvides tu valor. Eres descendiente de faraones, Reyes, el orgullo de nuestra raza. Siempre estaremos unidos, aunque estemos lejos, y todo el aire de mis pulmones te pertenece. Algún día entenderás por qué me voy.

Tal vez estuviese viva.

A Tina la Descalza… no podrían tocarla. Medio Arrabal —Tapón, El Anguila, La Parda, El Orejas, Afilada, Dormilón— adultos duros que habían sobrevivido de niños gracias a ella.

Siempre pensó que la Descalza estaba a salvo.

Tal vez no fuese así.

Una mezcla de rabia y culpa le apretó el pecho, esa sensación que solo aparecía cuando el pasado llamaba a la puerta con insistencia. Isaiah, desde su camastro cercano, lo observaba de reojo.

No dijo nada.

Nunca decía nada cuando Reyes se quedaba atrapado en sus pensamientos, pero siempre lo notaba.

El gnomo tenía esa habilidad incómoda de ver más de lo que se le mostraba.

Reyes cerró los ojos un momento, sintiendo el peso de los nombres, del año perdido, de la posibilidad de que alguien hubiera pagado por sus errores.

Y en esa quietud, decidió:Si el Marqués había tocado a los suyos, si había puesto un dedo sobre Tina, Tommy o Zenobia,entonces aquello ya no eran negocios.

Era personal.

Y los varisios se tomaban lo personal muy en serio.




LA VERDAD QUE MAS DUELE

Minirelato de Lirael

Escrito originalmente por Liselle

Cronológicamente ubicado justo antes de:
EL DESCUENTO DE LA NAGA, capitulo narrado en:



Había sido una noche agitada y sabía que le costaría dormir. Allí, en el estuario, lejos de los muelles, el aire parecía menos denso, aunque el calor seguía pegándose a la piel. Los demás se habían retirado a descansar y solo quedaban los pocos marineros que hacían guardia aquella noche. Había notado el alivio en sus rostros cuando el Epitafio se alejó en el horizonte y se perdió en la oscuridad.

Se sentó con la espalda apoyada contra las tablas del castillo de proa y dejó que la madera sostuviera parte del peso que llevaba dentro. Tenía la cabeza llena de preguntas, y ninguna parecía dispuesta a esperar su turno.

¿Magnus había comenzado todo aquello?

¿Por qué? ¿Cuándo? ¿La habían estado siguiendo?

¿Y qué demonios buscaban para estar dispuestos a sacrificarla por ello?

La respuesta le había dolido más de lo que quería admitir. Descubrir que Magnus estaba detrás de todo había sido como recibir otra puñalada por la espalda. Una más profunda que la de Kaylen, quizá precisamente porque esta vez no había sido un desconocido. El viejo capitán había sido lo más parecido a un padre que había conocido. Hasta que decidió que ya no quería que ella estuviera en su barco.

Y ahora resultaba que, después de echarla de su vida, todavía encontraba una utilidad para ella. Qué considerado.

Las palabras volvían una y otra vez a su cabeza.


Expón al activo al abismo, deja que el terror le arranque la voz.

El último eco moribundo de una leyenda que casi nadie recuerda


Nada tenía sentido.

Ese era, probablemente, el detalle más irritante de todos.

Los demás parecían saberlo todo sobre ella. Sobre el origen de unos poderes que nunca se había molestado en cuestionar, aceptándolos con la misma naturalidad con la que había aceptado tantas otras cosas extrañas que el mar había puesto en su camino. Eran suyos. Siempre habían estado allí. Nunca había necesitado una explicación.

Hasta ahora.

Todo parecía girar en torno a su voz. ¿Qué tenía de especial? Sí, era bonita. Sabía cantar y podía inspirar a otros, igual que hacían los bardos. Unas palabras adecuadas podían levantar el ánimo de una persona, y una buena canción podía hacer que alguien recuperase el valor. No era precisamente un milagro. Pero nunca había pensado que hubiera nada especial o extraordinario en ello.

¿O sí?

Sin saber muy bien por qué, sus pensamientos volaron hacia aquella noche en una habitación cualquiera de una taberna cualquiera.


Kaylen estaba en la bañera, desnudo dentro del agua, mientras ella le frotaba suavemente con un paño enjabonado y dejaba que su voz se deslizara junto a su oído, suave y baja. Había cantado casi sin pensar, apenas un murmullo convertido en melodía.

—¿Qué… me estás haciendo? —le había preguntado él con voz entrecortada.

—Cantar —le había respondido ella con una sonrisa.


Y, sin embargo, había sentido cómo él vibraba bajo sus manos.

¿Habría notado él algo distinto en su voz? ¿Algo que a ella se le escapaba?

Frunció el ceño.

Tal vez su voz no solo sirviera para cantar bien o para encontrar las palabras adecuadas. Tal vez tuviera un efecto que aún no sabía reconocer. Algo que ellos conocían y que se habían guardado para sí.

La idea le produjo un escalofrío.

Se sentía estúpida.

Una pieza de un juego del que no conocía ni las reglas ni el propósito, mientras todos los demás parecían haber recibido las instrucciones antes de sentarse a jugar.

Y lo peor era que ni siquiera sabía quién estaba moviendo las piezas. ¿El tal Marqués? Reyes no lo creía con suficiente poder o medios para aquel despliegue, aunque tampoco sabía explicar su participación en aquel asunto que se salía de sus negocios habituales.

Sin apenas darse cuenta, sus pensamientos la arrastraron de vuelta a la taberna del muelle. Al calor espeso, al olor a cerveza derramada y cuerpos sudorosos, a la música que no lograba cubrir del todo el murmullo de las conversaciones

Aquella noche la había sacudido de una forma que aún no lograba comprender del todo. Había habido instantes en los que el peso del estilete oculto contra su pierna se le había antojado casi irresistible: un gesto rápido, una hoja, y aquella sonrisa soberbia y fanfarrona habría dejado de mirarla con tanto descaro. Y, al mismo tiempo, estaba la forma en que Kaylen la miraba mientras bailaban, como si disfrutara demasiado de verla incómoda; aquella sonrisa endiablada que parecía desafiarla a acercarse un poco más, y la seguridad con la que la sostenía entre sus brazos. Cuando inclinaba el rostro y su respiración le rozaba el oído, el pulso se le aceleraba de una manera que se negaba a admitir delante de nadie.

Qué ironía.

Ella, que siempre se había movido por el mundo convencida de poder inclinar las cosas a su favor con una mirada, una sonrisa ladeada y el tono justo de voz, se descubría nerviosa cuando él estaba demasiado cerca. Como si de pronto el juego se le hubiera vuelto en contra.

Pero no todo había sido deseo ni provocación. La noche había comenzado a revelar algo más que simples juegos e intrigas mucho antes, cuando Reyes regresó de bailar con aquella mujer del muelle. La misma que había compartido cama con aquel canalla de sonrisa insolente. Le había hecho llegar un mensaje, un aviso cuidadosamente filtrado, deslizado entre risas y susurros para que nadie más pudiera atraparlo. Una primera grieta en el control que ejercían sobre Kaylen.

Porque aquella vigilancia era imposible de ignorar. Los dos semiorcos no se apartaban de él ni un instante. Enormes, silenciosos, demasiado atentos. No parecían simples guardaespaldas: los observaban a ambos, a él y a ella, con una atención que no dejaba resquicio al azar. Cada palabra, cada gesto, quedaba bajo su sombra.

Había sido precisamente esa presencia constante la que la empujó a buscar una forma de romperla. Un baile. Uno lo bastante íntimo, lo bastante prolongado, para que las palabras pudieran deslizarse entre ellos sin que nadie más las interceptara. Y él había aceptado.

Lo que Lirael no esperaba era que Kaylen supiera bailar así.

Apenas empezó la música, había tomado el control con una naturalidad desconcertante, guiándola con firmeza mientras ella trataba de seguirle el ritmo. Cada giro, cada cambio de dirección, cada acercamiento parecía calculado al milímetro. Bailaba con ella con una seguridad casi insolente, como si conociera de antemano cada uno de sus movimientos y disfrutara demasiado de obligarla a seguirle el paso.

Un tango difícil de olvidar

Y, entre la cercanía de sus cuerpos y los giros lentos de aquella danza casi hipnótica, la voz de Conchobar se extendía en la noche, desgarradora, como si aquella canción improvisada hubiera nacido de su propio dolor al contemplarlos. Lirael no necesitaba mirar al bardo para saber que aquello no era precisamente una celebración. Kaylen la mantenía cerca, haciendo que cada movimiento pareciera demasiado íntimo para ser simplemente un baile. Y fue entonces cuando había hablado. Susurros bajos contra su oído. Información. Advertencias. O tal vez otra red de mentiras tejida con la misma destreza con la que sabía moverse.

Ahora, con la distancia del estuario y la noche pesándole sobre los hombros, seguía sin saber qué hacer con todo aquello. ¿Había intentado ayudarla, sorteando a sus propios vigilantes, o no era más que otra capa de manipulación envuelta en cercanía y susurros?

No había sabido decidirlo entonces. Tampoco ahora.

Alzó la mirada hacia el horizonte.

El Epitafio había desaparecido por completo en la negrura de la noche. Solo quedaba el mar, oscuro y silencioso, como si también él supiera algo que se negaba a contarle.

Muy bien. Si querían utilizarla, tendría que averiguar para qué. Si Magnus sabía algo, descubriría qué era. Si Kaylen sabía algo, acabaría descubriéndolo también.

Y si su voz escondía algo que ninguno de ellos se había molestado en explicarle...

Entonces averiguaría qué demonios era.

No pararía hasta descubrir la verdad. Sobre lo que estaba pasando. Sobre ellos.

Pero, sobre todo, sobre sí misma.




jueves, 10 de septiembre de 2026

Calaveras y Grilletes - Arya - INTERLUDIO: El Viento del Cambio

Minirelato de Arya

La capitana Arya al timón del Ingobernable

El timón temblaba bajo sus manos. O quizás eran sus manos las que temblaban.

Nadie lo habría dicho a simple vista. Desde la cubierta, la tripulación veía a su nueva capitana de pie en el alcázar, los picos de su pañuelo rojo moviéndose con el viento salado, los cuernos recortados contra el cielo del atardecer. Firme. Imponente. Exactamente lo que debía ser una capitana.

A unos metros, balanceándose suavemente con el vaivén del oleaje, dos figuras colgaban inertes de una gruesa soga. El capitán Plugg y su contramaestre, el temido Azotes. Muertos. Toda la tripulación respiraba un aire distinto, saboreando unos momentos dulces que parecían imposibles apenas unas horas antes. Se habían librado por fin de quienes ejercían un poder absoluto a base de castigos, humillaciones y palizas a veces mortales. Habían sido poco menos que esclavos, tripulantes forzosos, pero eso iba a cambiar.

Arya bajó la mirada hacia sus propias manos. Todavía sentía la vibración de los golpes: el momento exacto en que su alfanjón rasgó el aire y abrió el pecho de Plugg, y después volvió a caer sobre él una y otra vez. Recordaba la expresión de sus ojos; eran los ojos más sorprendidos que había visto en su vida, la mirada de un tirano que jamás pensó que el ganado aprendería a morder. Ella había vertido la primera sangre y había sido quien más duramente lo había golpeado, hasta que Lirael le asestó la última estocada. Justo después Arya había acabado con Azotes, extirpando de raíz el terror del barco.

Arya durante el motín

Prometió para sus adentros que las cosas serían diferentes. Sería una capitana justa, poderosa, alguien que inspirara lealtad y no pánico. Pero el camino no era fácil y el barco requería atención inmediata. Lo primero sería enviar botes a por los víveres y el agua dulce que habían encontrado en la isla. Después, la tarea más monumental: conseguir colocar el palo mayor del barco chelio medio hundido en el suyo, cuyo nombre definitivo aún estaba por decidirse.

Lo que la tripulación no veía era lo que bullía por dentro de la tiefling.

El capitán Harrigan —y luego Plugg— tenía una manera de mirar a los hombres. Ella lo recordaba con una claridad que le revolvía el estómago, esa mirada que los convertía en objetos, en herramientas, en cosas que se usan y se tiran al mar cuando ya no sirven. Había jurado, con cada hueso de su cuerpo tiefling, que jamás miraría así a nadie.

Pero esta mañana había gritado a un marinero que enrollaba las cuerdas mal.

Solo había sido un momento. Una fracción de segundo en que su voz había tenido ese filo. Ese filo que conocía demasiado bien porque lo había sufrido durante semanas. El muchacho había dado un paso atrás, instintivo, como hacen los que han aprendido que el dolor viene de arriba.

Ella había apartado la mirada antes de que él pudiera ver la expresión en su rostro.

—Capitana.

Reyes apareció a su lado sin hacer ruido, como hacen los espadachines varisianos cuando quieren que parezca casual pero en realidad han venido a algo. Se apoyó en la barandilla con esa elegancia suya que nunca terminaba de parecer real, y miró de reojo los cadáveres de Plugg y Azotes antes de hablar.

—La tripulación está hablando.

—¿Bien o mal?

—Las dos cosas, que es lo más parecido a bien que vas a conseguir en un barco. —Hizo una pausa—. Dicen que eres dura. Pero que eres justa. Y están ansiosos por desembarcar en la isla a por agua dulce.

Ella no respondió. No sabía si eso era un cumplido o una advertencia disfrazada de cumplido.

—También dicen que a veces los miras como si no supieras qué hacer con ellos.

—Porque no lo sé.

Lo dijo en voz más baja de lo que pretendía. Reyes se giró a mirarla, y ella odió ese momento, odió la posibilidad de que leyera algo en su cara, así que mantuvo los ojos en el mar.

—Harrigan nunca dudaba —dijo finalmente—. Plugg tampoco. Sabían exactamente qué hacer con la gente. Usarla. Eso es lo único que he visto hacer a los capitanes.

—Eso es lo único que has visto hacer a los malos capitanes.

—Puede que sea lo único que existe.

Reyes se apartó de la barandilla y ella pensó que se iba a marchar, pero en cambio se quedó un momento más.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y ellos?

—¿Aparte de la altura y los cuernos?

—Que a ti te importa la respuesta a esa pregunta. —Y se fue.

Esa noche, cuando la mayoría dormía, bajó a donde Isahia tenía montado su laboratorio entre barriles y cuerdas y el olor permanente a azufre que el gnomo había conseguido que se colara en la madera del barco. Lo encontró despierto, como siempre, inclinado sobre algo que burbujeaba.

Isaiah dedicado a su arte

—¿Vas a explotar el barco? —preguntó desde la puerta—. Sería una lástima ahora que tenemos que remolcar el mástil de ese maldito chelio.

—Técnicamente —dijo Isahia sin levantar la vista— es más probable que genere un gas levemente tóxico que una explosión. Mucho más sutil.

Ella se sentó en un barril y no dijo nada durante un rato. El gnomo siguió trabajando. Una de las cosas que apreciaba de Isahia era que no necesitaba que le dijeran qué estaba pasando para entender que algo estaba pasando.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Puedes preguntar lo que quieras. No garantizo respuestas útiles.

—¿Te arrepientes? Del motín. De... esto.

Isahia sí levantó la vista entonces. Tenía la cara salpicada de algo de color verde que probablemente no era peligroso.

—¿De haberte ayudado a abrirle el pecho a Plugg y tomar el mando? —dijo—. No. ¿De estar en este barco en general, embarcado a la fuerza, habiendo sido tratado como un esclavo? Sí. Pero ya no somos esclavos, Arya. Y eso no es culpa tuya, es gracias a ti, bueno, a todos...

—Podría ser mi culpa si tomo malas decisiones de ahora en adelante.

—Las vas a tomar. —Lo dijo con una serenidad absoluta, como un hecho climático—. Mañana mismo cuando intentemos encajar el palo mayor chelio, algo saldrá mal. Todo el mundo toma malas decisiones. La cuestión es qué haces después.

Lirael la encontró en cubierta antes del amanecer.

El oráculo tenía esa costumbre de aparecer en los momentos en que una quería estar sola pero en realidad no quería estar sola. Se sentó a su lado en silencio y miró el mar, que a esa hora era negro y quieto y olía a sal y a profundidad.

—¿Qué ves? —le preguntó ella, sabiendo que era una pregunta estúpida para hacerle a un oráculo.

—Muchas cosas —dijo Lirael—. Nada concreto. El futuro no es tan específico como la gente cree. Es más bien... una corriente. Puedes nadar con ella o contra ella, pero el agua es la misma.

- Estoy un poco acojonada. Quiero hacerlo bien. No quiero acabar siendo una tirana.

—Una capitana que tiene miedo de convertirse en monstruo —dijo prescindiendo de la logística— ya ha ganado la mitad de la batalla.

—La otra mitad es no convertirse.

—Sí. —Pausa—. Esa es la parte difícil.

Cuando el sol empezó a asomar por el horizonte, ella seguía en cubierta.

La tripulación empezaría a despertar pronto. Habría decisiones que tomar, raciones que repartir, un mástil chelio que encajar a fuerza de sudor y pericia, y un nuevo nombre que elegir para el navío que ahora les pertenecía. Habría momentos en que su voz tendría ese filo y tendría que aprender a guardarlo. Habría noches como esta, preguntándose si el poder te cambia o solo te muestra lo que ya eras.

Plugg nunca había dudado. Harrigan tampoco.

Ella iba a dudar cada día.

Quizás eso era lo único que la separaba de ellos. Quizás era suficiente. Quizás no lo sabría hasta que fuera demasiado tarde.

Puso las manos en el timón. Temblaban menos que antes.

Por ahora, pensó, con eso basta.



Calaveras y Grilletes - 2.2 - Bailando con el Diablo

O sobre secretos sellados con brea, sonrisas que cortan más que un sable y el arte de no mirar atrás

«La tregua de un traidor dura exactamente lo que tarda en consumirse su cigarro. Si te ofrece Parlamento al atardecer, reza para que la marea alta se lleve su cuerpo antes de que termine la noche.»
—Vargo Hale.

Cronológicamente ubicado entre: 

SECRETOS BAJO EL FANGO

Sellado el Parlamento con el Epitafio, la oficialidad de El Ingobernable se reunió bajo la toldilla antes de desembarcar. El veredicto de los oficiales fue unánime y tajante: mantendrían un hermetismo absoluto y evitarían rebelar cualquier información que pudiera ser de utilidad para el enemigo. Con las consignas claras y las bocas selladas con brea, bajaron a tierra firme para presentar sus respetos al hombre que gobernaba aquel astillero clandestino.

Merluza el Destartalado los recibió en su muelle privado. El viejo carpintero de ribera demostró ser un tipo rudo, directo y profundamente amante de su oficio, de los que aborrecen por sistema los problemas ajenos. Merluza les explicó sin rodeos que sus hombres se encontraban dando los últimos retoques al Epitafio, cuyas reformas concluirían esa misma tarde, y que a la mañana siguiente subiría a bordo de El Ingobernable para tasar las reparaciones. A ojo de buen cubero, el artesano estimó que el coste del embozo rondaría las 2.000 piezas de oro, una tasación preliminar que Arya aceptó tras demostrarle que conocía perfectamente el oficio y que contaban con suficiente liquidez en el cofre del barco y prometer solemnemente que acatarían las escasas pero estrictas normas de paz del lugar.

Merluza el Destartalado

La aspereza en el semblante de Merluza se quebró de forma providencial cuando sus ojos glaucos se fijaron en el gnomo de la tripulación. Al escuchar el apellido de Isaiah, el viejo carpintero de ribera soltó un juramento rancio y se golpeó la pierna con fuerza: Tidirian Huxli, el mentor que le dio al gnomo su nombre y su oficio, le había salvado esa misma extremidad de las fauces de un tiburón años atrás en Puerto Peligro. La vieja cicatriz y la gratitud nunca se hunden del todo en los Grilletes. Tras descubrir que el pequeño cirujano dominaba el arte de remendar carne, Merluza no tardó en proponer un trato que aliviaría las maltrechas arcas del barco. El apaño se cerró entre sonrisas cómplices y el característico pragmatismo del estuario. A cambio de que el gnomo tratara a los enfermos y lisiados del asentamiento durante su estancia, Merluza ofreció un descuento del 10% sobre sus tarifas.

Buscando tomar el pulso al estuario, los oficiales se dirigieron a la taberna local: un chamizo rústico y decadente que flotaba sobre pilotes de madera carcomida. El antro estaba regentado por Jenny la Sorda, una veterana pirata jubilada a la que le faltaba una oreja y que gobernaba la barra con una mirada de pocos amigos. Fue el contramaestre Reyes Vane, desplegando su arsenal de lisonjas, sonrisas ladinas y sutiles encantos, quien logró ablandar la hosca fachada de la tabernera semielfa al calor de unas cuantas jarras de ron aguado, logrando que Jenny terminara por soltar una información de incalculable valor.

A juicio de la tabernera, los hombres que tripulaban el Epitafio no eran marineros comunes, sino militares profesionales que mantenían una vigilancia paranoica sobre el navío, prohibiendo terminantemente que nadie bajara a las cubiertas inferiores. Jenny reveló que se habían dejado una auténtica fortuna en armar y preparar aquel barco de contrabando con unas especificaciones técnicas sumamente inusuales y precisas. Para los oficiales, el mensaje quedó claro: alguien con inmenso poder político, influencia y oro de sobra estaba preparando una operación de gran envergadura en la región.

El contraste en la tripulación rival no se limitaba a la disciplina de a bordo. Su capitán, Kaylen, se comportaba como un auténtico dandy que se daba a la gran vida en tierra mientras mantenía a sus hombres confinados. El embaucador se había metido en el bolsillo al asentamiento entero, e incluso un par de trabajadoras del dique seco hablaban maravillas de su encanto tras haber compartido sábanas con él. Una fachada brillante que chocaba de lleno con sus dos sombras: los guardaespaldas semiorcos Grunt y Grak, dos colosos hoscos como perros guardianes mudos, especialmente el de la espantosa cicatriz en el rostro, que jamás apartaba la mano de su hacha.

Jenny cerró sus confidencias advirtiéndoles de las desgracias que asolaban el asentamiento. La severa sequía que diezmaba el agua dulce era atribuida por todos a la locura de Sanissa, una naga acuática respetada en la zona como doctora bruja que había perdido la cabeza después de que unos idiotas mataran a su nidada, maldiciendo el río con su ponzoña. Por si fuera poco, el miedo a los sahuagin flotaba en el ambiente; sus partidas de guerra se habían vuelto peligrosamente osadas bajo el estandarte de un gran cacique de las profundidades decidido a atormentar a los barcos de la costa.

Con la cabeza bullendo de información y la certeza de que el Epitafio ocultaba un nido de avispas bajo sus escotillas, los oficiales dieron por concluida la ronda. Tras estibar a bordo los limitados suministros que la sequía permitía adquirir, regresaron a la cubierta de El Ingobernable. Mientras el sol comenzaba a ahogarse en la jungla tiñendo el río de un rojo herrumbre, la tripulación dobló las guardias y se retiró a sus puestos, preparándose para una noche que prometía ser tan larga como peligrosa.

Jenny la Sorda, tabernera de oído fino



ESCARCEOS PRELIMINARES

El sol comenzó a ahogarse tras el espeso dosel de la jungla, tiñendo las mansas aguas del estuario de un tono rojizo que recordaba a la herrumbre y a la sangre vieja. Al finalizar la agobiante jornada de trabajo en los diques secos, los carpinteros de ribera y los calafates locales desembarcaron cansados en busca del escaso rancho y el ron templado de la taberna de Jenny. Los lugareños intentaban exprimir esos raros momentos de asueto al final del día, buscando una esquiva chispa de alegría de la misma forma en que los oficiales solían hacerlo durante sus miserables y escasas horas libres en la cubierta del Amargura. Sin embargo, el denso bochorno tropical, recalentado por la implacable sequía que asolaba la Costa Serpentina, enturbiaba los ánimos y pesaba en el aire como una mortaja húmeda de sudor y limo.

La oficialidad de El Ingobernable bajó pronto a tierra firme para controlar el terreno y posicionarse en la taberna flotante. Al principio, los rudos parroquianos los recibieron con un silencio espeso y cargado de recelo, midiendo con la mirada a los recién llegados de la misma manera que se mide la madera antes de meter la sierra. Fue Lirael quien dio el paso al frente para romper el hielo, seguida muy de cerca por Conchobhar Piedracorta, que lucía su sombrero púrpura ladeado con la arrogancia que solo una desmedida autoconfianza concede. Las desenfadadas y provocativas baladas del bardo, entrelazadas con la magnética voz de la primera oficial, caldearon la estancia con tanta rapidez que pronto los marineros comenzaron a dar palmas y a bailar sobre la carcomida tablazón, transformando la tensa cena en una bulliciosa fiesta pirata.

La alegría, sin embargo, era un espejismo tan fino como la bruma del río. Caída ya la noche profunda, los agudos ojos de Isaiah, capaces de perforar la penumbra bajo la luz de las estrellas tan bien como bajo el sol del mediodía, captaron un sutil chapoteo en el agua fangosa. Una chalupa procedente del Epitafio acababa de atracar silenciosamente en una sección apartada del muelle, desembarcando a doce hombres en la oscuridad. Tres de ellos eran Kaylen y sus dos sempiternos guardaespaldas semiorcos. Los otros nueve eran mercenarios fuertemente armados que avanzaban en formación, intentando ocultar de forma paranoica bajo sus casacas las brasas rojas de varias mechas encendidas.

El gnomo dio un discreto aviso a sus compañeros sobre la inminencia del peligro. Sin perder un instante, Isaiah se deslizó entre las sombras escoltado por la dura Rossie, siguiendo el rastro de la partida de mercenarios conforme estos trepaban colina arriba por el sinuoso sendero de la jungla. Oculto entre los helechos gigantes, el cirujano confirmó sus peores temores al ver que los hombres portaban lanzas de fuego; pesadas y arcaicas armas de pólvora de fabricación continental, sumamente difíciles de cebar y manejar en el fango, pero capaces de desatar una pegada devastadora a gran distancia. Se trataba de dos equipos de tiradores apostados con sus respectivos escoltas en posiciones elevadas de la colina, dominando por completo el desprotegido chamizo de Jenny la Sorda.

Kaylen con sus dos niñeras

Un crujido sordo de ramas secas estuvo a punto de delatar la presencia de los exploradores frente a los centinelas rivales. En un reflejo desesperado, Isaiah conjuró un trío de sutiles luces mágicas en dirección opuesta, imitando el destello de un farol de patrulla para desviar la atención de los tiradores. El truco funcionó, y Rossie e Isaiah se arrojaron de cabeza al interior de una zanja de lodo caliente, permaneciendo inmóviles y conteniendo el aliento mientras las botas de cuero de los guardias pasaban a escasos centímetros de sus cabezas. En mitad de aquella fosa pegajosa y oscura, bajo el zumbido de los insectos de la jungla, ambos compartieron unos tensos, húmedos y extrañamente íntimos momentos de complicidad silenciosa.

Mientras tanto, en el chiringuito flotante de la taberna, Kaylen hizo su entrada triunfal comportándose con la soberbia y la familiaridad de quien se sabe dueño absoluto del lugar. Los lugareños, encandilados por su carisma y su generosa bolsa, lo recibieron con palmadas en el hombro, y en pocos minutos el traidor ya contaba con ron de primera y la estrecha compañía de un par de trabajadoras del astillero que reían sus gracias. Detrás de él, los mellizos Grunt y Grak se mantenían firmes como dos amenazantes bloques de piedra, con las manos apoyadas en sus armas de abordaje. Reyes Vane mantuvo un perfil estrictamente bajo en una esquina de la barra, esquivando de forma paranoica la mirada de los semiorcos para evitar que los fantasmas de su pasado con el Marqués destruyeran su cobertura.

Lirael, no obstante, tenía planes muy distintos para esa noche y se negaba en redondo a mostrarse como una víctima asustada o una muchachita que suspiraba por su efímero amante. Con paso firme y una sonrisa desafiante en los labios, la oráculo se abrió paso por la taberna, agarró a Reyes del brazo y lo arrastró hacia el centro del torbellino de música improvisada por Concho. El varisio, cuya madre había sido la bailarina más legendaria y aguerrida de su pueblo, no rompió el ritmo. Lirael comenzó a bailar con una intensidad salvaje y sensual junto al contramaestre, clavando sus ojos de fuego en la mesa de Kaylen para demostrarle al traidor, ante la atenta mirada de toda la taberna, que su espíritu era completamente libre y que no le temía lo más mínimo.

Lira y Reyes calientan el ambiente

Kaylen recogió el guante. Con una sonrisa cargada de audacia, se plantó detrás del contramaestre y, con un descaro supremo, le pidió que le cediera un baile con la señorita. Reyes intercambió una rápida mirada con la oráculo y cedió la posición, esfumándose con felino sigilo entre el tumulto de la barra. El primer baile entre Lirael y Kaylen fue un duelo sin espadas: un intercambio afilado de dardos verbales, paradas y fintas cargadas de veneno donde el pícaro intentó hacer valer sus dotes de embaucador reviviendo el recuerdo de la tórrida noche que compartieron en el pasado. Lirael se mantuvo inexpugnable, sosteniendo la sonrisa y devolviendo cada estocada verbal, hasta que la capitana Arya irrumpió en la pista.

Con un movimiento felino, la tiefling apartó a su oficial para someter al capitán del Epitafio a un baile vigoroso y brutalmente físico, decidido a dejarle claro que Lirael no estaba sola o indefensa. Pese a la sorpresa inicial del violento relevo, Kaylen no tardó en recuperar la compostura; amoldó su paso con una maestría soberbia, desplegando un encanto tan devastador que terminó por dejar a la capitana de El Ingobernable medio patidifusa y con la respiración entrecortada, maldiciéndose internamente por el repentino impulso de lamer la piel de aquel descarado y magnético bastardo de encanto superlativo.

Mientras la taberna hervía en música y sudor, Isaiah se esforzaba en la jungla por mantener entretenidos a los tiradores apostados. Creando ruidos fantasmales y pequeñas ilusiones sonoras en el follaje, el gnomo se las ingeniaba para desorientar a los centinelas y entorpecer la línea de visión de los francotiradores bajo la atenta y nerviosa mirada de Rossie, consciente de que un solo error los dejaría vendidos ante nueve profesionales fuertemente armados y duros como diablos.

De vuelta en el chiringuito, Reyes aprovechó el revuelo del baile de Arya para acercarse a una de las trabajadoras locales que solía calentar las sábanas de Kaylen. Conduciendo a la muchacha a una danza discreta en la penumbra para sonsacarle información, el varisio se llevó la mayor sorpresa de la noche. En mitad del giro, cuidando de que sus palabras no cruzaran el umbral de los sordos oídos de Jenny, la joven le susurró al oído con urgencia:

"Él dijo que alguien vendría a interrogarme y a sonsacarme, y que entonces debía decirle lo siguiente: Rechaza la primera propuesta. Acepta la segunda. Es la única forma de salvar al viejo".

Reyes indagando

El críptico mensaje recibido en el secreto del baile dejó a Reyes helado sobre la pista. Aquella revelación descorrió el velo de una trama repleta de capas y sombras: el pícaro Kaylen estaba jugando su propio doble juego a espaldas de los dos amenazantes semiorcos que le custodiaban, quienes quizás actuaban más como carceleros  que como verdaderos guardaespaldas. Puede que aquel encantador pillo estuviera tan atrapado entre la espada y la pared como la propia oficialidad de El Ingobernable...



BAILAS CON EL DIABLO


LA LETRA

by Conchobhar Piedracorta

Bailas con el Diablo,
te has dejado arrastrar
por su mirada taimada
que te incita a pecar.

Te envuelve entre sus brazos,
te estrecha contra su pecho;
y yo siento que mi mundo
se derrumba aquí, deshecho.

Su mano busca tu cintura,
te hace girar al compás;
y tú te entregas lentamente,
sin querer mirar atrás.

Sus dedos rozan tu talle,
como quien conoce el mar;
él sabe dónde encontrarte,
él sabe dónde tocar.

Y cuando acerca sus labios
a la curva de tu cuello,
yo siento partirse mi alma
como un mástil contra el hielo.

Bailas con el Diablo,
y yo no puedo apartar
estos ojos que te buscan
mientras te veo naufragar.

Bailas con el Diablo,
sirena de ojos de mar;
él te envuelve con su sombra
y yo me hundo al verte amar.

Yo he desafiado tormentas,
he cruzado mares en llamas,
he visto romperse los barcos
contra arrecifes y escamas.

He tenido un sable en la mano,
he dormido bajo el temporal;
pero no existe enemigo
como el que te hace suspirar.

Porque un pirata sabe perder
una nave, un botín, un puerto;
pero nadie le enseña a un hombre
a ver morir lo que ha querido.

Y tú sigues entre sus brazos,
cada vez más cerca de él;
él te murmura alguna promesa
que no alcanzo a comprender.

Quizá te ofrece libertad,
quizá te promete el cielo;
yo solo veo cómo su boca
te roba poco a poco el miedo.

Y quisiera romper su hechizo,
sacar mi sable y luchar;
pero ¿Cómo se vence al Diablo
cuando tú lo dejas ganar?

Bailas con el Diablo,
te has dejado arrastrar
por sus manos, por sus ojos,
por su forma de mirar.

Bailas con el Diablo,
sirena de ojos verdes;
yo veo cómo te pierdes
y mi corazón se muere.

Que se hundan todas mis naves,
que se quiebre mi timón;
que el mar se trague mi nombre,
si no existe salvación.

Porque he vencido tempestades,
he desafiado al destino;
pero esta noche comprendo
que no puedo luchar contigo.

Tú eras mi sueño en la noche,
mi faro sobre el mar;
y ahora eres la tormenta
que no puedo atravesar.

Bailas con el Diablo...
y yo te veo sonreír.
Él te tiene entre sus brazos
y yo no sé cómo vivir.

Bailas con el Diablo,
sirena de ojos verdes;
él te lleva con su danza
y yo te miro perderte.

Que suenen las guitarras,
que nadie apague el candil;
dejad que termine el tango,
dejadme verla así.

Porque mañana habrá mareas,
habrá otro puerto y otro sol;
pero esta noche el Diablo
se ha llevado mi corazón.


Fue entonces cuando Conchobhar Piedracorta, con su habitual instinto para el melodrama y sintiendo su teatral corazón herido al ver a la oráculo en brazos de su antiguo amante, arremetió con el arco de su violín. De las cuerdas brotaron los acordes desgarrados, violentos y febriles de un tango improvisado. Concho, entregado al paroxismo del arte y la autocompasión, desgajó las notas de una composición trágica que narraba la desventura de una mujer pura cayendo irremediablemente en las garras del más vil de los hombres, mientras él, como un alma en pena, solo podía contemplar la caída desde la distancia, suspirando de forma exagerada entre verso y verso.

Bajo la luz de los faroles de aceite y al compás de aquella música melancólica, el segundo baile entre Lirael y Kaylen comenzó. El pícaro se esmeró a fondo, desplegando un virtuosismo técnico impecable, pero la danza era en realidad un duelo a cara de perro. Entre finto y finto, mientras sus cuerpos se rozaban con una tensión eléctrica, Lirael reclamó en un susurro sibilante el amuleto que él llevaba colgado al cuello. Kaylen le devolvió una sonrisa cargada de sarcasmo y una negativa rotunda, instándola de nuevo a abandonar a la tripulación de El Ingobernable y unirse a él como socia de pleno derecho en su misteriosa empresa. La semielfa rechazó el ofrecimiento con frialdad; no iba a vender su libertad para meterse a ciegas en un chanchullo del que desconocía las reglas.

Lirael y Kaylen entregados al tango de Concho

Fue en ese instante de máxima cercanía, aprovechando que un giro vigoroso los alejaba de la línea de visión de los semiorcos, cuando Kaylen desveló un detalle revelador que cambió el cariz de la noche. En un susurro apresurado que la música de Concho ahogó para el resto de la taberna, el dandy confesó que la operación no era suya, sino del «viejo». El también había sido reclutado, atraído por el botín, pero habían terminado asociándose con la gente equivocada y todo se había torcido.

Mientras los parroquianos contenían el aliento ante un tango que resultaba sencillamente espectacular, la violencia real buscaba su propio cauce en la barra. Reyes Vane fue interceptado por Grunt, el semiorco de la cicatriz espantosa que le recordaba al varisio por qué odiaba tanto los sótanos de Magnimar. El matón se apoyó en la madera húmeda, exhalando un aliento fétido a ron, y amenazó a Reyes con una voz pastosa pero cargada de promesas de muerte. El contrabandista, manteniendo una calma fría y escurridiza, se limitó a aconsejarle que se relajara y disfrutara de la noche.

Pero Grunt subió la apuesta un peldaño más, mentando con desprecio los nombres de Tommy Mediodedo, de su difunta madre Zenobia y de Tina la Descalza. El semiorco sugirió, con una sonrisa sádica, que todos ellos habían tenido o tendrían un final horrible en el continente, buscando golpear al varisio en el recuerdo más doloroso de su juventud: el de aquella chaqueta arrebatada fríamente que se llevó consigo el último nudo de su madre. Reyes apretó los dientes hasta hacer crujir la mandíbula, pero sostuvo la mirada del bruto y devolvió la pulla con su cinismo habitual, comentando que Grunt debería estar agradecido, pues la cicatriz del rostro al menos le hacía parecer casi guapo. Solo la oportuna intervención de Grak, que atenazó el brazo de su hermano mellizo con la fuerza de un golem y lo arrastró fuera de la taberna, evitó que el acero dictara sentencia en ese mismo instante.


Lejos de allí, en la linde oscura donde la jungla devoraba los muelles, la capitana Arya se había escurrido entre las sombras para batir el terreno en busca de Isaiah y Rossie. El gnomo y la marinera llevaban un buen rato jugando al ratón y al gato con la partida de mercenarios del Epitafio, intentando entorpecer a los tiradores apostados en las alturas. Sin embargo, su precaria cobertura terminó por quebrarse en el fango y se vieron obligados a correr para salvar el pellejo bajo la densa maleza del estuario. Justo cuando parecía que les darían alcance, la imponente silueta de la tiefling se interpuso en el camino, con la mano apoyada firmemente en la empuñadura de su pesado alfanjón.

Al reconocer la fría e implacable presencia de la capitana de El Ingobernable, los mercenarios optaron por retirarse ordenadamente hacia las sombras del río. Tenían órdenes estrictas de sus verdaderos patronos: no debían iniciar bajo ningún concepto un combate abierto que pudiera alertar a la villa entera o arruinar la paz forzosa del astillero de Merluza. Con el peligro disipado temporalmente y el pulso aún desbocado, los oficiales se reagruparon de nuevo en la destartalada taberna, cada vez mas vacía mientras la hora señalada para sentarse a parlamentar se acercaba inexorablemente.


DEUDA TASADA EN PLATINO

Conforme la noche avanzaba estancándose sobre el estuario, el chiringuito flotante de Jenny la Sorda fue vaciándose paulatinamente de los cansados trabajadores del astillero, calafates y carpinteros de ribera que al día siguiente debían levantarse al alba para ganarse el pan en los diques secos. En la rústica taberna al aire libre solo quedó un puñado de borrachos adormecidos, la hosca Jenny la Sorda limpiando la barra con su ballesta pesada al alcance de la mano, y el viejo Merluza rodeado de unos pocos veteranos del estuario. El curtido constructor de ribera parecía olerse en el bochorno de la noche que la calma era fingida y que los Embozos estaban a punto de albergar serios problemas.

Había llegado, por fin, la hora del Parlamento formal bajo las leyes de los Hermanos de la Costa.

Kaylen intentó dominar la escena desde el principio, organizando una mesa central a su gusto para proyectar una posición de superioridad e invitarles a sentarse bajo sus términos. Sin embargo, la capitana Arya le saboteó el número de inmediato: con fría insolencia y paso firme, se sentó justo en el extremo opuesto de la sala, en otra mesa, desafiando su pretendida autoridad solo por fastidiarle. El pícaro capitán del Epitafio puso los ojos en blanco con un suspiro de resignación y arrastró su propia silla de madera, haciéndola chirriar con un molesto gemido sobre las tablas del muelle flotante, hasta sentarse finalmente frente a ellos.

Los primeros intercambios fueron un rapidísimo y afilado duelo de pullas, paradas y estocadas verbales. Kaylen, curtido en las intrigas y el regateo, se mostró más que capaz de defenderse con ingenio en un "uno contra todos", mientras que a su espalda, sus dos guardaespaldas semiorcos, Grunt y Grak, guardaban un silencio de tumba, intentando fundir a Reyes con miradas cargadas de un odio homicida.

Por fin, Kaylen dejó a un lado el cinismo de salón para entrar en la negociación propiamente dicha. Su primera propuesta fue directa: Lirael se uniría a la tripulación del Epitafio por su propia y libre voluntad, actuando como primera oficial y socia en todo con plenos derechos de botín. A cambio, como indemnización por la pérdida, la tripulación de El Ingobernable recibiría las 3.000 piezas de oro del resto del pago originalmente pactado con el difunto señor Plugg por la cabeza de la oráculo. La oferta fue recibida con burlas secas y absoluto desprecio, especialmente por parte de Arya, que se mostró ferozmente protectora con su oficial de confianza. Ante la negativa, Kaylen subió la apuesta a 4.500 piezas de oro, pero el grupo se mantuvo firme y la rechazó de inmediato.

El aire en el chiringuito se volvió tenso, cargado con el olor a brea y pólvora fría de las mechas de la colina.

Kaylen enumerando las tres opciones

Eligiendo las palabras con exquisita premeditación, Kaylen deslizó entonces su segunda oferta, revelando que en previsión del rechazo de la primera, había obtenido la aprobación de sus socios para ofrecer una alternativa viable. Les contó que existía un collar de platino en manos de los sahuagin de la Costa Serpentina que cumpliría el mismo propósito que los dones de Lirael en el golpe que estaban preparando. Les aclaró únicamente que el colgante estaba en manos de uno de los jefes que servían al gran cacique de los hombres pez, el nuevo señor de la guerra que asolaba el archipiélago.

—Si me traéis el collar en un plazo de dos semanas, consideraremos el asunto resuelto y la deuda saldada para siempre— sentenció el pícaro.

Los oficiales de El Ingobernable intentaron regatear los términos del trato y el plazo de entrega, pero Kaylen les detuvo con un gesto seco de la mano. Les advirtió con seriedad que la segunda opción no estaba sujeta a negociación: era un "lo tomáis o lo dejáis". Con la discusión enconándose sobre la madera crujiente, Kaylen se inclinó hacia delante y, con un tono desprovisto de su habitual ironía y teñido de una gravedad absoluta, les planteó la existencia de la tercera vía:

—Si rechazáis traer el collar, me obligaréis a ejecutar la tercera opción. Yo no puedo volver ante mis socios con las manos vacías si aprecio mi propio pellejo. Mis órdenes me obligarían a alejar el Epitafio lo justo para mantener vigilado este estuario y, en cuanto asoméis el casco, os cazaremos en mar abierto para tomar lo que precisamos por la fuerza. Tengo cincuenta tripulantes profesionales y artillería pesada que reducirá vuestro Ingobernable a astillas para el fuego en diez minutos.

Ante el crudo realismo de la amenaza, Isaiah rompió el tenso silencio de la mesa recurriendo a su habitual desparpajo gnomo, soltando con sorna que si ese era el plan, la tripulación de El Ingobernable bien podía quedarse a vivir de gorra en el astillero de los Embozos hasta que él mismo muriese de viejo, un chiste de humor negro considerando la inmensa longevidad de su raza. Reyes Vane se sumó de inmediato a la pulla con una mueca burlona y un sarcasmo que hizo que Grunt diese un paso al frente, amenazándole con un sordo gruñido de pocas palabras por meter baza donde no le llamaban. Kaylen le paró los pies a su esbirro semiorco con un ademán tajante, manteniendo la compostura.

—Podríais intentar atrincheraros aquí, no lo dudo, y yo respetaría este Parlamento mientras estemos bajo la tregua del astillero— replicó Kaylen con una sonrisa fría—. Pero mis socios no tienen nuestro romanticismo pirata. Y cuando se cansen de esperar y decidan venir a por vosotros sin contemplaciones ni intermediarios, os aseguro que todo adquirirá un cariz infinitamente más desagradable para todos.

Los oficiales sopesaron el abismo de sus opciones. Sabían que el barco no estaba en condiciones de resistir un asalto del Epitafio en su estado actual, y la búsqueda de la joya les daría el tiempo necesario para reparar el casco, pertrecharse y descubrir qué cartas jugaba realmente el traidor. Tras intercambiar una mirada de consenso con Arya y Reyes, Lirael asumió la voz del grupo y aceptó el encargo, pero exigió una última concesión de forma tajante:

—Quiero mi amuleto. Ahora.

Kaylen torció el gesto, dudando un instante, pero terminó por ceder con su habitual pragmatismo.

—Si me traes el collar de platino en dos semanas, intercambiaremos amuleto por amuleto— propuso el dandy, dirigiendo una intensa mirada a la semielfa, que se demoró un par de latidos antes de asentir con rigidez.

Arya dio un paso al frente con su habitual aplomo y estrechó con firmeza la mano de Kaylen, sellando formalmente el pacto entre capitanes bajo la ley de los Hermanos de la Costa y ante la atenta mirada de Merluza y Jenny la Sorda.

Al deshacerse el agarre, Lirael se inclinó junto a su antiguo amante para deslizar un susurro en su oído, con un tono gélido y pausado que le caló hasta los huesos:

—Eres una decepción, Kaylen.

El pícaro encajó el golpe con entereza y le devolvió una sonrisa amarga y cansada, acomodándose la chaqueta antes de dar la vuelta.

—Cuando sea asquerosamente rico, Lira... ese será el lema de mi casa nobiliaria.

Sin añadir una sola palabra más, la delegación del Epitafio dio la espalda al chiringuito flotante y se retiró hacia sus botes en la penumbra del muelle. Pocos minutos después, el susurro del viento trajo el crujido de los cabrestantes y el despliegue del velamen del navío de contrabando, que partió de inmediato aprovechando el reflujo de la marea nocturna para adentrarse en la negrura del Mar Febril, dejando atrás un estuario cargado de promesas de sangre.





EL DESCUENTO DE LA NAGA

Cuando la noche profunda terminó por imponer su letargo en las entrañas de El Ingobernable, el silencio del estuario envolvió a los oficiales en sus respectivos camarotes. Cada uno rumió en soledad las sombrías implicaciones del tenso Parlamento con Kaylen, las esquivas confesiones sobre el «viejo» y las peligrosas cartas que el Epitafio jugaba en el Mar Febril. Sin embargo, para la capitana Arya, el verdadero descanso volvió a ser esquivo. En cuanto el sueño venció a la tiefling, la fría bruma del limbo onírico la arrastró de nuevo hacia el corazón del Espino de Hierro.

Recordando las advertencias y los testimonios que Concho y Lirael le habían transmitido tras sus propios trances, Arya mantuvo la templanza y logró establecer por primera vez una comunicación telepática directa con la sombría entidad encarcelada entre los relieves del leñocasco. A través de los dolorosos, antiquísimos y gélidos susurros que resonaron en su mente, la capitana confirmó la regla fundamental que regía el artefacto: la criatura solo podía alimentarse de la sangre que la capitana dispusiera, y aquel vínculo servil e indisoluble subsistiría únicamente mientras Arya mantuviera su autoridad y el mando efectivo sobre el barco.

Movida por un feroz sentido del deber y su negativa rotunda a permitir que su tripulación pagara un tributo desconocido, la tiefling tomó una decisión en firme. Con tono imperativo, le ordenó a la entidad que, por el momento, solo se alimentaría de su propia sangre, rechazando categóricamente cualquier sacrificio ajeno, aunque otros se ofrecieran voluntarios. La figura acorazada aceptó la orden en silencio, inclinando la cabeza entre las cadenas, y el dominio del sueño se disolvió de inmediato.

Lo que mora en el Espino de Hierro

Al amanecer, la luz dorada y sofocante del estuario trajo consigo el crujido de los botes de Merluza el Destartalado. Cumpliendo su promesa, el anciano carpintero de ribera subió a bordo para realizar la inspección técnica del casco e iniciar los trabajos en el dique seco. Fiel a la palabra empeñada tras descubrir el linaje de Isaiah, Merluza fijó el coste base del embozo y la reparación del casco en las 2.000 piezas de oro acordadas. A este presupuesto se sumaron las peticiones específicas de la oficialidad:

  • 800 piezas de oro por forjar un imponente alfanjón para Arya, empleando como materia prima la aterradora mandíbula del Cercenador recuperada en la guarida de los grindylows de la Isla Quiebrahuesos.
  • 500 piezas de oro por la instalación de compartimentos ocultos de contrabando en los mamparos, solicitados por la astucia de Reyes Vane.
  • 500 piezas de oro por el acondicionamiento de un laboratorio alquímico completo en bodega para las preparaciones de Isaiah.
  • 200 piezas de oro por habilitar un pequeño camarote privado para Lirael.

Con el importe total ascendiendo a 4.000 piezas de oro, comenzó el regateo. Fue Reyes quien puso sobre la mesa uno de los rumores más jugosos que le había sacado a Jenny la Sorda al calor de la barra: la locura de Sanissa, la naga acuática venerada antaño como doctora bruja en la región, cuya ira por la muerte de sus crías mantenía amedrentado al asentamiento y secos los pozos del río. Para evidente disgusto de Arya, que no deseaba acometer riesgos innecesarios ni desviarse de la misión principal, Lirael y Reyes tantearon abiertamente a Merluza sobre qué descuento estarían dispuestos a ofrecer si ellos mismos libraban a los Embozos del martirio de la naga.

Merluza soltó una carcajada rancia y burlona, mirando al grupo con sorna y considerando que semejante amenaza les quedaba ridículamente grande a unos piratas tan novatos. Sin embargo, ante la fría insistencia y la serenidad de los oficiales, el viejo constructor escupió al agua y les lanzó un envite tajante: si realmente eran capaces de solucionar el problema de Sanissa, les dejaría toda la factura de las reparaciones y mejoras a mitad de precio.

Sin dar margen a que se siguieran negociando asuntos de sangre con un extraño, Arya cortó la conversación de seco y ordenó una reunión inmediata de la mesa de oficiales a bordo. Reunidos a puerta cerrada en el camarote de gobierno, la cuestión se sometió a votación formal, evaluando fríamente los beneficios económicos y tácticos frente a los mortales peligros de adentrarse en la jungla.

Tras un intenso debate a puerta cerrada, la decisión se resolvió por mayoría a favor de ir tras la naga, respaldada por razones de un peso aplastante: ineludiblemente estarían varados en los Embozos durante al menos cuatro días mientras los calafates de Merluza trabajaban en el casco y la estructura del barco; dado que Sanissa era antes lo más parecido a una doctora bruja respetada en la región, cabía la posibilidad real de razonar con ella y curar su aflicción en lugar de matarla brutalmente; y, sobre todo, una criatura de tan vasto saber místico podía ser la clave definitiva para responder a las preguntas que los atenazaban sobre los oscuros secretos y el verdadero origen del Espino de Hierro.

Con el acuerdo cerrado y la votación sellada, la oficialidad de El Ingobernable preparó sus pertrechos. Era hora de dejar las aguas mansas del estuario y remontar el río hacia el corazón de la selva.