domingo, 7 de junio de 2026

Calaveras y Grilletes - Lirael - Reyes Vane - INTERLUDIO: Sueños del Trono Profundo

SUEÑOS DEL TRONO PROFUNDO

...y las profundidades devolverán respuestas que nadie desea escuchar...

Minirelato de Lirael

Escrito originalmente por Liselle

Cronológicamente ubicado entre:
PENDIENTE DE TRANSCRIBIR (Siguiente episodio de la campaña)


Sintió que caía al agua. pero no encontró la calidez con la que siempre la recibía, ni aquella sensación reconfortante de pertenencia que el mar le ofrecía incluso en sus momentos más oscuros.

Un remolino la arrastraba hacia las profundidades junto a cadáveres de ahogados, hinchados y deformados por el tiempo que giraban a su alrededor mientras los peces arrancaban jirones de su carne Los muertos la observaban con ojos vacíos, inmóviles, y alargaban hacia ella brazos descarnados que parecían reclamarla como una más entre ellos. 

Intentó nadar, pero el terror le atenazó los músculos. Por mucho que luchara, su cuerpo se negaba a responder. Solo podía contemplar cómo las aguas se cerraban a su alrededor mientras la muerte danzaba lentamente en aquel remolino de sombras.

 

Duerme, niña de las olas... Duerme.

La voz llegó primero como un murmullo distante, grave y profunda, pero la siguiente palabra estalló en su mente con la violencia de un trueno.

PERO ESCUCHA…

El mundo cambió de forma abrupta.

Ya no estaba bajo el agua. Se encontraba sobre una estrecha pasarela de madera podrida, vencida por el tiempo y cubierta de percebes y moluscos. Las tablas crujían bajo sus pies y las aguas oscuras se agitaban a ambos lados, tan negras que parecían devorar la escasa luz que las rodeaba. Al final del tablón brillaba algo débilmente.

Era una estrella de mar.

Pequeña. Azulada. Familiar.

Se parecía tanto a su amuleto perdido que durante un instante sintió un nudo en el pecho. Echó a andar hacia ella, convencida de que podría alcanzarla en apenas unos pasos, pero la distancia permaneció inalterable. Caminó más deprisa. Después corrió. Aun así, la estrella seguía igual de lejos que al principio. Acabó preguntándose si era ella quien no avanzaba o si era aquella luz diminuta la que se alejaba cada vez que intentaba acercarse.


CAMINAS CIEGA AL FINAL DE LA TABLA. Y LO QUE ESPERA ABAJO NO ES EL MAR.

SOY YO

Las aguas que rodeaban la pasarela comenzaron a agitarse.

Durante un instante creyó distinguir el símbolo de Besmara dibujado entre las corrientes. El reconocimiento no le proporcionó consuelo alguno. Al contrario. Sintió cómo el miedo le recorría la espalda cuando comprendió que aquella presencia no se había molestado en ocultarse.

Y MIENTRAS DUERMES, MI SERVIDORA... MI INSTRUMENTO... ESPERA A SER DEVORADA.

Algo se movió bajo la superficie.

La oscuridad se abrió para revelar una criatura monstruosa. Lo primero que vio fue un único ojo rojo cuya pupila alargada recordaba a la de una serpiente. Después apareció una boca imposible, repleta de colmillos. Aquella cosa observaba a Sandara, que permanecía inmóvil en mitad de las aguas como una presa acorralada. Por primera vez desde que la conocía, la sacerdotisa parecía aterrada.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lirael.

 


TÚ, QUE TE LLAMAS BENDITA POR LAS OLAS, NO ERES MÁS QUE LA ÚLTIMA CHISPA DE UN FANAL QUE SE APAGA.

EL ÚLTIMO ECO MORIBUNDO DE UNA LEYENDA QUE CASI NADIE RECUERDA.


Entonces la vio.

Más allá de las aguas y de la oscuridad, distinguió una luz tenue. Era pequeña y lejana, pero también extrañamente familiar. Junto a ella percibió algo parecido a un pulso, un latido débil y agotado que luchaba por no extinguirse. Intentó acercarse, pero una vez más fue incapaz de alcanzarlo.

Y entonces la luz desapareció.

NO SABES NADA, NIÑA.

El mar se abrió.

De las profundidades emergió una figura tan inmensa que la mente de Lirael apenas podía comprenderla. Parecía un kraken formado por sombras, tormenta y océano. Sus ojos ardían con fuego carmesí mientras se elevaba por encima de barcos destrozados y montañas de restos naufragados que flotaban a su alrededor como juguetes abandonados.

EL TRONO PROFUNDO HA DE VER LA LUZ.

Y VOSOTROS HARÉIS QUE ESO SUCEDA.

Mira la mar y dime que no me temes, niña. Miénteme. Miéntete a ti misma. Como hizo Arron Hiedra. Ignora mi mandato.

Vuelve a tu barco y muere a manos de ese perro que ya ha decidido tu fin.

O quédate tras esa empalizada y deja que la fiebre te consuma. Llenaré tus últimos días con los mismos horrores que le regalé a él.

O CEDE A LA MAREA.

OBEDECE AL VIENTO QUE SOPLA MÁS FUERTE.

VE.

SÁLVALA.

Y VUESTRO MOTÍN CONTARÁ CON MIS BENDICIONES.



Lirael despertó sobresaltada y cayó a plomo sobre el suelo de la Bóveda. El impacto le arrancó el aire de los pulmones.

Estaba empapada en sudor frío. Temblaba. Todavía podía escuchar aquella voz resonando dentro de su cabeza.

Se abrazó a sí misma intentando recuperar el control de la respiración.

Las paredes de la Bóveda volvieron a tomar forma a su alrededor.

Los rostros de sus compañeros también. Todos la observaban. Algunos con preocupación. Otros con desconcierto.

Entonces alzó la vista.


Y vio a Reyes. Empuñaba el estoque. La punta del acero apuntaba directamente hacia ella. Por un instante no entendió por qué.

Luego recordó: la voz, la oscuridad, la caída. Y la forma en que todos la estaban mirando.

Habían visto algo. Lo suficiente para pensar que podía convertirse en una amenaza.

Y aun así el golpe llegó.

Seco. Doloroso. Como una hoja hundiéndose entre las costillas.

Porque el hombre que había prometido protegerla era el único que sostenía un arma.

—Aparta ese acero de mí —dijo ella con la voz ronca.

Reyes no bajó el arma de inmediato.

Vaciló. Solo un instante. Pero fue suficiente. Porque una parte de él seguía preguntándose si debía mantenerla apuntada.

Y esa duda dolió más que el propio acero.

Cuando por fin recuperó el aliento se puso en pie y salió de la Bóveda.

Y gritó.

Gritó de rabia. De frustración. De tristeza. Maldijo la isla. A sus habitantes. A Besmara. Y a cualquiera de los malditos dioses que creyera estar jugando con ellos.

Después se echó agua en la cara y permaneció inmóvil unos segundos.

Respirando.

Intentando contener aquel nudo que le cerraba la garganta.

Su mirada descendió hasta el hilo anudado en el ojal de su blusa.

El aire de mis pulmones te pertenece...

Te prometo ser el que use ese miedo para meterle un palmo de acero por la espalda a quien quiera dañarte.

Sus dedos rozaron el hilo.

Estuvo a punto de arrancarlo. Arrojarlo al suelo y dejar que el viento lo arrastrara.

Pero no lo hizo. Todavía no. Primero tenían que salir vivos de allí.

Cuando regresó junto a los demás, discutían qué hacer a continuación. Como si aún existiera alguna decisión que tomar.

Recogió su mochila.

—Nos vamos.

Rescatarían a Sandara. Y a Rosi.

Y cuanto antes lo hicieran, antes podría abandonar aquella isla que se había convertido en una pesadilla de la que no conseguía despertar.

Si en algún momento su mirada se cruzó con la de Reyes, él pudo ver con claridad lo que ella no estaba dispuesta a decir.

Decepción.


MEMORIA MUSCULAR

Minirelato de Reyes Vane

Escrito originalmente por VICTORGI

Si dormir pensando que puedes acabar como un ghoul ya jode bastante, despertarte con Lirael levitando a medio metro del suelo y gritando con una voz que no era del todo la suya te pone alerta de una forma que ni un cubo de agua fría en la cara igualaría. No fue la sorpresa lo que sacó la ropera. Fue el cuerpo, que ya había tomado la decisión antes de que el cerebro terminara de abrir los ojos. Primero el acero. Luego las preguntas. Así funciona esto cuando llevas suficiente tiempo en sitios donde el orden inverso te cuesta la vida.

Puede que protegerla incluya también a cualquier diosa que haya decidido anidar en su pecho sin avisar. Puede que no. Pero mientras eso no quedara claro, la hoja se quedó donde estaba. Quieta. Esperando. No la aparté hasta que habló con su voz, la suya, no la de Besmara ni la de nada que no fuera ella: "Quita de ahí ese acero". Entonces sí.

El mensaje de la diosa era lo de menos. Lo que me importaba de verdad era el dato que vino con él: Sandara estaba viva. Después de lo que llevábamos encima en esa isla —los pastores de hueso, las ghouls con sus vestidos de seda podrida, las páginas del diario de Arron Hiedra describiendo página a página cómo la cosa que mordió a los suyos los fue convirtiendo sin remedio en algo hambriento— tener una sanadora en el mismo pedazo de tierra valía más que cualquier mensaje divino.

La fiebre de ghoul no esperaba. No preguntaba si estabas ocupado. Y cualquiera de nosotros podía estar incubando algo sin saberlo todavía, lo cual era un pensamiento con el que llevaba días durmiendo mal y que no se iba aunque no lo nombraras. Sandara viva significaba que eso tenía solución. Lo demás —si era realmente la diosa, si Lirael estaba rompiéndose por dentro, si aquello podía ir a peor— eran preguntas que admitían espera. La fiebre de ghoul, no.

Pero su mirada había cambiado. Lo noté cuando se le asentó la respiración y volvió a ser del todo ella. Hay una versión de Lirael que conozco desde que nos despertaron a patadas en la bodega del Amargura, y esa versión tenía algo que esta ya no tenía igual. No sabría nombrarlo con precisión. Una cierta distancia entre ella y las cosas que pasan, como si el golpe llegara y ella tardara un instante en recibirlo, en vez de recibirlo de lleno. Puede que la muchacha estuviera cediendo terreno a algo más curtido. Una mujer de mar. Lo pensé sin querer pensarlo. Me pareció bien y me pareció una pérdida al mismo tiempo, que son las dos cosas en las que suele consistir crecer, cuando lo miras desde fuera.