jueves, 10 de septiembre de 2026

Calaveras y Grilletes - 2.2 - Bailando con el Diablo

O sobre secretos sellados con brea, sonrisas que cortan más que un sable y el arte de no mirar atrás

«La tregua de un traidor dura exactamente lo que tarda en consumirse su cigarro. Si te ofrece Parlamento al atardecer, reza para que la marea alta se lleve su cuerpo antes de que termine la noche.»
—Vargo Hale.

Cronológicamente ubicado entre: 

SECRETOS BAJO EL FANGO

Sellado el Parlamento con el Epitafio, la oficialidad de El Ingobernable se reunió bajo la toldilla antes de desembarcar. El veredicto de los oficiales fue unánime y tajante: mantendrían un hermetismo absoluto y evitarían rebelar cualquier información que pudiera ser de utilidad para el enemigo. Con las consignas claras y las bocas selladas con brea, bajaron a tierra firme para presentar sus respetos al hombre que gobernaba aquel astillero clandestino.

Merluza el Destartalado los recibió en su muelle privado. El viejo carpintero de ribera demostró ser un tipo rudo, directo y profundamente amante de su oficio, de los que aborrecen por sistema los problemas ajenos. Merluza les explicó sin rodeos que sus hombres se encontraban dando los últimos retoques al Epitafio, cuyas reformas concluirían esa misma tarde, y que a la mañana siguiente subiría a bordo de El Ingobernable para tasar las reparaciones. A ojo de buen cubero, el artesano estimó que el coste del embozo rondaría las 2.000 piezas de oro, una tasación preliminar que Arya aceptó tras demostrarle que conocía perfectamente el oficio y que contaban con suficiente liquidez en el cofre del barco y prometer solemnemente que acatarían las escasas pero estrictas normas de paz del lugar.

Merluza el Destartalado

La aspereza en el semblante de Merluza se quebró de forma providencial cuando sus ojos glaucos se fijaron en el gnomo de la tripulación. Al escuchar el apellido de Isaiah, el viejo carpintero de ribera soltó un juramento rancio y se golpeó la pierna con fuerza: Tidirian Huxli, el mentor que le dio al gnomo su nombre y su oficio, le había salvado esa misma extremidad de las fauces de un tiburón años atrás en Puerto Peligro. La vieja cicatriz y la gratitud nunca se hunden del todo en los Grilletes. Tras descubrir que el pequeño cirujano dominaba el arte de remendar carne, Merluza no tardó en proponer un trato que aliviaría las maltrechas arcas del barco. El apaño se cerró entre sonrisas cómplices y el característico pragmatismo del estuario. A cambio de que el gnomo tratara a los enfermos y lisiados del asentamiento durante su estancia, Merluza ofreció un descuento del 10% sobre sus tarifas.

Buscando tomar el pulso al estuario, los oficiales se dirigieron a la taberna local: un chamizo rústico y decadente que flotaba sobre pilotes de madera carcomida. El antro estaba regentado por Jenny la Sorda, una veterana pirata jubilada a la que le faltaba una oreja y que gobernaba la barra con una mirada de pocos amigos. Fue el contramaestre Reyes Vane, desplegando su arsenal de lisonjas, sonrisas ladinas y sutiles encantos, quien logró ablandar la hosca fachada de la tabernera semielfa al calor de unas cuantas jarras de ron aguado, logrando que Jenny terminara por soltar una información de incalculable valor.

A juicio de la tabernera, los hombres que tripulaban el Epitafio no eran marineros comunes, sino militares profesionales que mantenían una vigilancia paranoica sobre el navío, prohibiendo terminantemente que nadie bajara a las cubiertas inferiores. Jenny reveló que se habían dejado una auténtica fortuna en armar y preparar aquel barco de contrabando con unas especificaciones técnicas sumamente inusuales y precisas. Para los oficiales, el mensaje quedó claro: alguien con inmenso poder político, influencia y oro de sobra estaba preparando una operación de gran envergadura en la región.

El contraste en la tripulación rival no se limitaba a la disciplina de a bordo. Su capitán, Kaylen, se comportaba como un auténtico dandy que se daba a la gran vida en tierra mientras mantenía a sus hombres confinados. El embaucador se había metido en el bolsillo al asentamiento entero, e incluso un par de trabajadoras del dique seco hablaban maravillas de su encanto tras haber compartido sábanas con él. Una fachada brillante que chocaba de lleno con sus dos sombras: los guardaespaldas semiorcos Grunt y Grak, dos colosos hoscos como perros guardianes mudos, especialmente el de la espantosa cicatriz en el rostro, que jamás apartaba la mano de su hacha.

Jenny cerró sus confidencias advirtiéndoles de las desgracias que asolaban el asentamiento. La severa sequía que diezmaba el agua dulce era atribuida por todos a la locura de Sanissa, una naga acuática respetada en la zona como doctora bruja que había perdido la cabeza después de que unos idiotas mataran a su nidada, maldiciendo el río con su ponzoña. Por si fuera poco, el miedo a los sahuagin flotaba en el ambiente; sus partidas de guerra se habían vuelto peligrosamente osadas bajo el estandarte de un gran cacique de las profundidades decidido a atormentar a los barcos de la costa.

Con la cabeza bullendo de información y la certeza de que el Epitafio ocultaba un nido de avispas bajo sus escotillas, los oficiales dieron por concluida la ronda. Tras estibar a bordo los limitados suministros que la sequía permitía adquirir, regresaron a la cubierta de El Ingobernable. Mientras el sol comenzaba a ahogarse en la jungla tiñendo el río de un rojo herrumbre, la tripulación dobló las guardias y se retiró a sus puestos, preparándose para una noche que prometía ser tan larga como peligrosa.

Jenny la Sorda, tabernera de oído fino



ESCARCEOS PRELIMINARES

El sol comenzó a ahogarse tras el espeso dosel de la jungla, tiñendo las mansas aguas del estuario de un tono rojizo que recordaba a la herrumbre y a la sangre vieja. Al finalizar la agobiante jornada de trabajo en los diques secos, los carpinteros de ribera y los calafates locales desembarcaron cansados en busca del escaso rancho y el ron templado de la taberna de Jenny. Los lugareños intentaban exprimir esos raros momentos de asueto al final del día, buscando una esquiva chispa de alegría de la misma forma en que los oficiales solían hacerlo durante sus miserables y escasas horas libres en la cubierta del Amargura. Sin embargo, el denso bochorno tropical, recalentado por la implacable sequía que asolaba la Costa Serpentina, enturbiaba los ánimos y pesaba en el aire como una mortaja húmeda de sudor y limo.

La oficialidad de El Ingobernable bajó pronto a tierra firme para controlar el terreno y posicionarse en la taberna flotante. Al principio, los rudos parroquianos los recibieron con un silencio espeso y cargado de recelo, midiendo con la mirada a los recién llegados de la misma manera que se mide la madera antes de meter la sierra. Fue Lirael quien dio el paso al frente para romper el hielo, seguida muy de cerca por Conchobhar Piedracorta, que lucía su sombrero púrpura ladeado con la arrogancia que solo una desmedida autoconfianza concede. Las desenfadadas y provocativas baladas del bardo, entrelazadas con la magnética voz de la primera oficial, caldearon la estancia con tanta rapidez que pronto los marineros comenzaron a dar palmas y a bailar sobre la carcomida tablazón, transformando la tensa cena en una bulliciosa fiesta pirata.

La alegría, sin embargo, era un espejismo tan fino como la bruma del río. Caída ya la noche profunda, los agudos ojos de Isaiah, capaces de perforar la penumbra bajo la luz de las estrellas tan bien como bajo el sol del mediodía, captaron un sutil chapoteo en el agua fangosa. Una chalupa procedente del Epitafio acababa de atracar silenciosamente en una sección apartada del muelle, desembarcando a doce hombres en la oscuridad. Tres de ellos eran Kaylen y sus dos sempiternos guardaespaldas semiorcos. Los otros nueve eran mercenarios fuertemente armados que avanzaban en formación, intentando ocultar de forma paranoica bajo sus casacas las brasas rojas de varias mechas encendidas.

El gnomo dio un discreto aviso a sus compañeros sobre la inminencia del peligro. Sin perder un instante, Isaiah se deslizó entre las sombras escoltado por la dura Rossie, siguiendo el rastro de la partida de mercenarios conforme estos trepaban colina arriba por el sinuoso sendero de la jungla. Oculto entre los helechos gigantes, el cirujano confirmó sus peores temores al ver que los hombres portaban lanzas de fuego; pesadas y arcaicas armas de pólvora de fabricación continental, sumamente difíciles de cebar y manejar en el fango, pero capaces de desatar una pegada devastadora a gran distancia. Se trataba de dos equipos de tiradores apostados con sus respectivos escoltas en posiciones elevadas de la colina, dominando por completo el desprotegido chamizo de Jenny la Sorda.

Kaylen con sus dos niñeras

Un crujido sordo de ramas secas estuvo a punto de delatar la presencia de los exploradores frente a los centinelas rivales. En un reflejo desesperado, Isaiah conjuró un trío de sutiles luces mágicas en dirección opuesta, imitando el destello de un farol de patrulla para desviar la atención de los tiradores. El truco funcionó, y Rossie e Isaiah se arrojaron de cabeza al interior de una zanja de lodo caliente, permaneciendo inmóviles y conteniendo el aliento mientras las botas de cuero de los guardias pasaban a escasos centímetros de sus cabezas. En mitad de aquella fosa pegajosa y oscura, bajo el zumbido de los insectos de la jungla, ambos compartieron unos tensos, húmedos y extrañamente íntimos momentos de complicidad silenciosa.

Mientras tanto, en el chiringuito flotante de la taberna, Kaylen hizo su entrada triunfal comportándose con la soberbia y la familiaridad de quien se sabe dueño absoluto del lugar. Los lugareños, encandilados por su carisma y su generosa bolsa, lo recibieron con palmadas en el hombro, y en pocos minutos el traidor ya contaba con ron de primera y la estrecha compañía de un par de trabajadoras del astillero que reían sus gracias. Detrás de él, los mellizos Grunt y Grak se mantenían firmes como dos amenazantes bloques de piedra, con las manos apoyadas en sus armas de abordaje. Reyes Vane mantuvo un perfil estrictamente bajo en una esquina de la barra, esquivando de forma paranoica la mirada de los semiorcos para evitar que los fantasmas de su pasado con el Marqués destruyeran su cobertura.

Lirael, no obstante, tenía planes muy distintos para esa noche y se negaba en redondo a mostrarse como una víctima asustada o una muchachita que suspiraba por su efímero amante. Con paso firme y una sonrisa desafiante en los labios, la oráculo se abrió paso por la taberna, agarró a Reyes del brazo y lo arrastró hacia el centro del torbellino de música improvisada por Concho. El varisio, cuya madre había sido la bailarina más legendaria y aguerrida de su pueblo, no rompió el ritmo. Lirael comenzó a bailar con una intensidad salvaje y sensual junto al contramaestre, clavando sus ojos de fuego en la mesa de Kaylen para demostrarle al traidor, ante la atenta mirada de toda la taberna, que su espíritu era completamente libre y que no le temía lo más mínimo.

Lira y Reyes calientan el ambiente

Kaylen recogió el guante. Con una sonrisa cargada de audacia, se plantó detrás del contramaestre y, con un descaro supremo, le pidió que le cediera un baile con la señorita. Reyes intercambió una rápida mirada con la oráculo y cedió la posición, esfumándose con felino sigilo entre el tumulto de la barra. El primer baile entre Lirael y Kaylen fue un duelo sin espadas: un intercambio afilado de dardos verbales, paradas y fintas cargadas de veneno donde el pícaro intentó hacer valer sus dotes de embaucador reviviendo el recuerdo de la tórrida noche que compartieron en el pasado. Lirael se mantuvo inexpugnable, sosteniendo la sonrisa y devolviendo cada estocada verbal, hasta que la capitana Arya irrumpió en la pista.

Con un movimiento felino, la tiefling apartó a su oficial para someter al capitán del Epitafio a un baile vigoroso y brutalmente físico, decidido a dejarle claro que Lirael no estaba sola o indefensa. Pese a la sorpresa inicial del violento relevo, Kaylen no tardó en recuperar la compostura; amoldó su paso con una maestría soberbia, desplegando un encanto tan devastador que terminó por dejar a la capitana de El Ingobernable medio patidifusa y con la respiración entrecortada, maldiciéndose internamente por el repentino impulso de lamer la piel de aquel descarado y magnético bastardo de encanto superlativo.

Mientras la taberna hervía en música y sudor, Isaiah se esforzaba en la jungla por mantener entretenidos a los tiradores apostados. Creando ruidos fantasmales y pequeñas ilusiones sonoras en el follaje, el gnomo se las ingeniaba para desorientar a los centinelas y entorpecer la línea de visión de los francotiradores bajo la atenta y nerviosa mirada de Rossie, consciente de que un solo error los dejaría vendidos ante nueve profesionales fuertemente armados y duros como diablos.

De vuelta en el chiringuito, Reyes aprovechó el revuelo del baile de Arya para acercarse a una de las trabajadoras locales que solía calentar las sábanas de Kaylen. Conduciendo a la muchacha a una danza discreta en la penumbra para sonsacarle información, el varisio se llevó la mayor sorpresa de la noche. En mitad del giro, cuidando de que sus palabras no cruzaran el umbral de los sordos oídos de Jenny, la joven le susurró al oído con urgencia:

"Él dijo que alguien vendría a interrogarme y a sonsacarme, y que entonces debía decirle lo siguiente: Rechaza la primera propuesta. Acepta la segunda. Es la única forma de salvar al viejo".

Reyes indagando

El críptico mensaje recibido en el secreto del baile dejó a Reyes helado sobre la pista. Aquella revelación descorrió el velo de una trama repleta de capas y sombras: el pícaro Kaylen estaba jugando su propio doble juego a espaldas de los dos amenazantes semiorcos que le custodiaban, quienes quizás actuaban más como carceleros  que como verdaderos guardaespaldas. Puede que aquel encantador pillo estuviera tan atrapado entre la espada y la pared como la propia oficialidad de El Ingobernable...



BAILAS CON EL DIABLO


LA LETRA

by Conchobhar Piedracorta

Bailas con el Diablo,
te has dejado arrastrar
por su mirada taimada
que te incita a pecar.

Te envuelve entre sus brazos,
te estrecha contra su pecho;
y yo siento que mi mundo
se derrumba aquí, deshecho.

Su mano busca tu cintura,
te hace girar al compás;
y tú te entregas lentamente,
sin querer mirar atrás.

Sus dedos rozan tu talle,
como quien conoce el mar;
él sabe dónde encontrarte,
él sabe dónde tocar.

Y cuando acerca sus labios
a la curva de tu cuello,
yo siento partirse mi alma
como un mástil contra el hielo.

Bailas con el Diablo,
y yo no puedo apartar
estos ojos que te buscan
mientras te veo naufragar.

Bailas con el Diablo,
sirena de ojos de mar;
él te envuelve con su sombra
y yo me hundo al verte amar.

Yo he desafiado tormentas,
he cruzado mares en llamas,
he visto romperse los barcos
contra arrecifes y escamas.

He tenido un sable en la mano,
he dormido bajo el temporal;
pero no existe enemigo
como el que te hace suspirar.

Porque un pirata sabe perder
una nave, un botín, un puerto;
pero nadie le enseña a un hombre
a ver morir lo que ha querido.

Y tú sigues entre sus brazos,
cada vez más cerca de él;
él te murmura alguna promesa
que no alcanzo a comprender.

Quizá te ofrece libertad,
quizá te promete el cielo;
yo solo veo cómo su boca
te roba poco a poco el miedo.

Y quisiera romper su hechizo,
sacar mi sable y luchar;
pero ¿Cómo se vence al Diablo
cuando tú lo dejas ganar?

Bailas con el Diablo,
te has dejado arrastrar
por sus manos, por sus ojos,
por su forma de mirar.

Bailas con el Diablo,
sirena de ojos verdes;
yo veo cómo te pierdes
y mi corazón se muere.

Que se hundan todas mis naves,
que se quiebre mi timón;
que el mar se trague mi nombre,
si no existe salvación.

Porque he vencido tempestades,
he desafiado al destino;
pero esta noche comprendo
que no puedo luchar contigo.

Tú eras mi sueño en la noche,
mi faro sobre el mar;
y ahora eres la tormenta
que no puedo atravesar.

Bailas con el Diablo...
y yo te veo sonreír.
Él te tiene entre sus brazos
y yo no sé cómo vivir.

Bailas con el Diablo,
sirena de ojos verdes;
él te lleva con su danza
y yo te miro perderte.

Que suenen las guitarras,
que nadie apague el candil;
dejad que termine el tango,
dejadme verla así.

Porque mañana habrá mareas,
habrá otro puerto y otro sol;
pero esta noche el Diablo
se ha llevado mi corazón.


Fue entonces cuando Conchobhar Piedracorta, con su habitual instinto para el melodrama y sintiendo su teatral corazón herido al ver a la oráculo en brazos de su antiguo amante, arremetió con el arco de su violín. De las cuerdas brotaron los acordes desgarrados, violentos y febriles de un tango improvisado. Concho, entregado al paroxismo del arte y la autocompasión, desgajó las notas de una composición trágica que narraba la desventura de una mujer pura cayendo irremediablemente en las garras del más vil de los hombres, mientras él, como un alma en pena, solo podía contemplar la caída desde la distancia, suspirando de forma exagerada entre verso y verso.

Bajo la luz de los faroles de aceite y al compás de aquella música melancólica, el segundo baile entre Lirael y Kaylen comenzó. El pícaro se esmeró a fondo, desplegando un virtuosismo técnico impecable, pero la danza era en realidad un duelo a cara de perro. Entre finto y finto, mientras sus cuerpos se rozaban con una tensión eléctrica, Lirael reclamó en un susurro sibilante el amuleto que él llevaba colgado al cuello. Kaylen le devolvió una sonrisa cargada de sarcasmo y una negativa rotunda, instándola de nuevo a abandonar a la tripulación de El Ingobernable y unirse a él como socia de pleno derecho en su misteriosa empresa. La semielfa rechazó el ofrecimiento con frialdad; no iba a vender su libertad para meterse a ciegas en un chanchullo del que desconocía las reglas.

Lirael y Kaylen entregados al tango de Concho

Fue en ese instante de máxima cercanía, aprovechando que un giro vigoroso los alejaba de la línea de visión de los semiorcos, cuando Kaylen desveló un detalle revelador que cambió el cariz de la noche. En un susurro apresurado que la música de Concho ahogó para el resto de la taberna, el dandy confesó que la operación no era suya, sino del «viejo». El también había sido reclutado, atraído por el botín, pero habían terminado asociándose con la gente equivocada y todo se había torcido.

Mientras los parroquianos contenían el aliento ante un tango que resultaba sencillamente espectacular, la violencia real buscaba su propio cauce en la barra. Reyes Vane fue interceptado por Grunt, el semiorco de la cicatriz espantosa que le recordaba al varisio por qué odiaba tanto los sótanos de Magnimar. El matón se apoyó en la madera húmeda, exhalando un aliento fétido a ron, y amenazó a Reyes con una voz pastosa pero cargada de promesas de muerte. El contrabandista, manteniendo una calma fría y escurridiza, se limitó a aconsejarle que se relajara y disfrutara de la noche.

Pero Grunt subió la apuesta un peldaño más, mentando con desprecio los nombres de Tommy Mediodedo, de su difunta madre Zenobia y de Tina la Descalza. El semiorco sugirió, con una sonrisa sádica, que todos ellos habían tenido o tendrían un final horrible en el continente, buscando golpear al varisio en el recuerdo más doloroso de su juventud: el de aquella chaqueta arrebatada fríamente que se llevó consigo el último nudo de su madre. Reyes apretó los dientes hasta hacer crujir la mandíbula, pero sostuvo la mirada del bruto y devolvió la pulla con su cinismo habitual, comentando que Grunt debería estar agradecido, pues la cicatriz del rostro al menos le hacía parecer casi guapo. Solo la oportuna intervención de Grak, que atenazó el brazo de su hermano mellizo con la fuerza de un golem y lo arrastró fuera de la taberna, evitó que el acero dictara sentencia en ese mismo instante.


Lejos de allí, en la linde oscura donde la jungla devoraba los muelles, la capitana Arya se había escurrido entre las sombras para batir el terreno en busca de Isaiah y Rossie. El gnomo y la marinera llevaban un buen rato jugando al ratón y al gato con la partida de mercenarios del Epitafio, intentando entorpecer a los tiradores apostados en las alturas. Sin embargo, su precaria cobertura terminó por quebrarse en el fango y se vieron obligados a correr para salvar el pellejo bajo la densa maleza del estuario. Justo cuando parecía que les darían alcance, la imponente silueta de la tiefling se interpuso en el camino, con la mano apoyada firmemente en la empuñadura de su pesado alfanjón.

Al reconocer la fría e implacable presencia de la capitana de El Ingobernable, los mercenarios optaron por retirarse ordenadamente hacia las sombras del río. Tenían órdenes estrictas de sus verdaderos patronos: no debían iniciar bajo ningún concepto un combate abierto que pudiera alertar a la villa entera o arruinar la paz forzosa del astillero de Merluza. Con el peligro disipado temporalmente y el pulso aún desbocado, los oficiales se reagruparon de nuevo en la destartalada taberna, cada vez mas vacía mientras la hora señalada para sentarse a parlamentar se acercaba inexorablemente.


DEUDA TASADA EN PLATINO

Conforme la noche avanzaba estancándose sobre el estuario, el chiringuito flotante de Jenny la Sorda fue vaciándose paulatinamente de los cansados trabajadores del astillero, calafates y carpinteros de ribera que al día siguiente debían levantarse al alba para ganarse el pan en los diques secos. En la rústica taberna al aire libre solo quedó un puñado de borrachos adormecidos, la hosca Jenny la Sorda limpiando la barra con su ballesta pesada al alcance de la mano, y el viejo Merluza rodeado de unos pocos veteranos del estuario. El curtido constructor de ribera parecía olerse en el bochorno de la noche que la calma era fingida y que los Embozos estaban a punto de albergar serios problemas.

Había llegado, por fin, la hora del Parlamento formal bajo las leyes de los Hermanos de la Costa.

Kaylen intentó dominar la escena desde el principio, organizando una mesa central a su gusto para proyectar una posición de superioridad e invitarles a sentarse bajo sus términos. Sin embargo, la capitana Arya le saboteó el número de inmediato: con fría insolencia y paso firme, se sentó justo en el extremo opuesto de la sala, en otra mesa, desafiando su pretendida autoridad solo por fastidiarle. El pícaro capitán del Epitafio puso los ojos en blanco con un suspiro de resignación y arrastró su propia silla de madera, haciéndola chirriar con un molesto gemido sobre las tablas del muelle flotante, hasta sentarse finalmente frente a ellos.

Los primeros intercambios fueron un rapidísimo y afilado duelo de pullas, paradas y estocadas verbales. Kaylen, curtido en las intrigas y el regateo, se mostró más que capaz de defenderse con ingenio en un "uno contra todos", mientras que a su espalda, sus dos guardaespaldas semiorcos, Grunt y Grak, guardaban un silencio de tumba, intentando fundir a Reyes con miradas cargadas de un odio homicida.

Por fin, Kaylen dejó a un lado el cinismo de salón para entrar en la negociación propiamente dicha. Su primera propuesta fue directa: Lirael se uniría a la tripulación del Epitafio por su propia y libre voluntad, actuando como primera oficial y socia en todo con plenos derechos de botín. A cambio, como indemnización por la pérdida, la tripulación de El Ingobernable recibiría las 3.000 piezas de oro del resto del pago originalmente pactado con el difunto señor Plugg por la cabeza de la oráculo. La oferta fue recibida con burlas secas y absoluto desprecio, especialmente por parte de Arya, que se mostró ferozmente protectora con su oficial de confianza. Ante la negativa, Kaylen subió la apuesta a 4.500 piezas de oro, pero el grupo se mantuvo firme y la rechazó de inmediato.

El aire en el chiringuito se volvió tenso, cargado con el olor a brea y pólvora fría de las mechas de la colina.

Kaylen enumerando las tres opciones

Eligiendo las palabras con exquisita premeditación, Kaylen deslizó entonces su segunda oferta, revelando que en previsión del rechazo de la primera, había obtenido la aprobación de sus socios para ofrecer una alternativa viable. Les contó que existía un collar de platino en manos de los sahuagin de la Costa Serpentina que cumpliría el mismo propósito que los dones de Lirael en el golpe que estaban preparando. Les aclaró únicamente que el colgante estaba en manos de uno de los jefes que servían al gran cacique de los hombres pez, el nuevo señor de la guerra que asolaba el archipiélago.

—Si me traéis el collar en un plazo de dos semanas, consideraremos el asunto resuelto y la deuda saldada para siempre— sentenció el pícaro.

Los oficiales de El Ingobernable intentaron regatear los términos del trato y el plazo de entrega, pero Kaylen les detuvo con un gesto seco de la mano. Les advirtió con seriedad que la segunda opción no estaba sujeta a negociación: era un "lo tomáis o lo dejáis". Con la discusión enconándose sobre la madera crujiente, Kaylen se inclinó hacia delante y, con un tono desprovisto de su habitual ironía y teñido de una gravedad absoluta, les planteó la existencia de la tercera vía:

—Si rechazáis traer el collar, me obligaréis a ejecutar la tercera opción. Yo no puedo volver ante mis socios con las manos vacías si aprecio mi propio pellejo. Mis órdenes me obligarían a alejar el Epitafio lo justo para mantener vigilado este estuario y, en cuanto asoméis el casco, os cazaremos en mar abierto para tomar lo que precisamos por la fuerza. Tengo cincuenta tripulantes profesionales y artillería pesada que reducirá vuestro Ingobernable a astillas para el fuego en diez minutos.

Ante el crudo realismo de la amenaza, Isaiah rompió el tenso silencio de la mesa recurriendo a su habitual desparpajo gnomo, soltando con sorna que si ese era el plan, la tripulación de El Ingobernable bien podía quedarse a vivir de gorra en el astillero de los Embozos hasta que él mismo muriese de viejo, un chiste de humor negro considerando la inmensa longevidad de su raza. Reyes Vane se sumó de inmediato a la pulla con una mueca burlona y un sarcasmo que hizo que Grunt diese un paso al frente, amenazándole con un sordo gruñido de pocas palabras por meter baza donde no le llamaban. Kaylen le paró los pies a su esbirro semiorco con un ademán tajante, manteniendo la compostura.

—Podríais intentar atrincheraros aquí, no lo dudo, y yo respetaría este Parlamento mientras estemos bajo la tregua del astillero— replicó Kaylen con una sonrisa fría—. Pero mis socios no tienen nuestro romanticismo pirata. Y cuando se cansen de esperar y decidan venir a por vosotros sin contemplaciones ni intermediarios, os aseguro que todo adquirirá un cariz infinitamente más desagradable para todos.

Los oficiales sopesaron el abismo de sus opciones. Sabían que el barco no estaba en condiciones de resistir un asalto del Epitafio en su estado actual, y la búsqueda de la joya les daría el tiempo necesario para reparar el casco, pertrecharse y descubrir qué cartas jugaba realmente el traidor. Tras intercambiar una mirada de consenso con Arya y Reyes, Lirael asumió la voz del grupo y aceptó el encargo, pero exigió una última concesión de forma tajante:

—Quiero mi amuleto. Ahora.

Kaylen torció el gesto, dudando un instante, pero terminó por ceder con su habitual pragmatismo.

—Si me traes el collar de platino en dos semanas, intercambiaremos amuleto por amuleto— propuso el dandy, dirigiendo una intensa mirada a la semielfa, que se demoró un par de latidos antes de asentir con rigidez.

Arya dio un paso al frente con su habitual aplomo y estrechó con firmeza la mano de Kaylen, sellando formalmente el pacto entre capitanes bajo la ley de los Hermanos de la Costa y ante la atenta mirada de Merluza y Jenny la Sorda.

Al deshacerse el agarre, Lirael se inclinó junto a su antiguo amante para deslizar un susurro en su oído, con un tono gélido y pausado que le caló hasta los huesos:

—Eres una decepción, Kaylen.

El pícaro encajó el golpe con entereza y le devolvió una sonrisa amarga y cansada, acomodándose la chaqueta antes de dar la vuelta.

—Cuando sea asquerosamente rico, Lira... ese será el lema de mi casa nobiliaria.

Sin añadir una sola palabra más, la delegación del Epitafio dio la espalda al chiringuito flotante y se retiró hacia sus botes en la penumbra del muelle. Pocos minutos después, el susurro del viento trajo el crujido de los cabrestantes y el despliegue del velamen del navío de contrabando, que partió de inmediato aprovechando el reflujo de la marea nocturna para adentrarse en la negrura del Mar Febril, dejando atrás un estuario cargado de promesas de sangre.





EL DESCUENTO DE LA NAGA

Cuando la noche profunda terminó por imponer su letargo en las entrañas de El Ingobernable, el silencio del estuario envolvió a los oficiales en sus respectivos camarotes. Cada uno rumió en soledad las sombrías implicaciones del tenso Parlamento con Kaylen, las esquivas confesiones sobre el «viejo» y las peligrosas cartas que el Epitafio jugaba en el Mar Febril. Sin embargo, para la capitana Arya, el verdadero descanso volvió a ser esquivo. En cuanto el sueño venció a la tiefling, la fría bruma del limbo onírico la arrastró de nuevo hacia el corazón del Espino de Hierro.

Recordando las advertencias y los testimonios que Concho y Lirael le habían transmitido tras sus propios trances, Arya mantuvo la templanza y logró establecer por primera vez una comunicación telepática directa con la sombría entidad encarcelada entre los relieves del leñocasco. A través de los dolorosos, antiquísimos y gélidos susurros que resonaron en su mente, la capitana confirmó la regla fundamental que regía el artefacto: la criatura solo podía alimentarse de la sangre que la capitana dispusiera, y aquel vínculo servil e indisoluble subsistiría únicamente mientras Arya mantuviera su autoridad y el mando efectivo sobre el barco.

Movida por un feroz sentido del deber y su negativa rotunda a permitir que su tripulación pagara un tributo desconocido, la tiefling tomó una decisión en firme. Con tono imperativo, le ordenó a la entidad que, por el momento, solo se alimentaría de su propia sangre, rechazando categóricamente cualquier sacrificio ajeno, aunque otros se ofrecieran voluntarios. La figura acorazada aceptó la orden en silencio, inclinando la cabeza entre las cadenas, y el dominio del sueño se disolvió de inmediato.

Lo que mora en el Espino de Hierro

Al amanecer, la luz dorada y sofocante del estuario trajo consigo el crujido de los botes de Merluza el Destartalado. Cumpliendo su promesa, el anciano carpintero de ribera subió a bordo para realizar la inspección técnica del casco e iniciar los trabajos en el dique seco. Fiel a la palabra empeñada tras descubrir el linaje de Isaiah, Merluza fijó el coste base del embozo y la reparación del casco en las 2.000 piezas de oro acordadas. A este presupuesto se sumaron las peticiones específicas de la oficialidad:

  • 800 piezas de oro por forjar un imponente alfanjón para Arya, empleando como materia prima la aterradora mandíbula del Cercenador recuperada en la guarida de los grindylows de la Isla Quiebrahuesos.
  • 500 piezas de oro por la instalación de compartimentos ocultos de contrabando en los mamparos, solicitados por la astucia de Reyes Vane.
  • 500 piezas de oro por el acondicionamiento de un laboratorio alquímico completo en bodega para las preparaciones de Isaiah.
  • 200 piezas de oro por habilitar un pequeño camarote privado para Lirael.

Con el importe total ascendiendo a 4.000 piezas de oro, comenzó el regateo. Fue Reyes quien puso sobre la mesa uno de los rumores más jugosos que le había sacado a Jenny la Sorda al calor de la barra: la locura de Sanissa, la naga acuática venerada antaño como doctora bruja en la región, cuya ira por la muerte de sus crías mantenía amedrentado al asentamiento y secos los pozos del río. Para evidente disgusto de Arya, que no deseaba acometer riesgos innecesarios ni desviarse de la misión principal, Lirael y Reyes tantearon abiertamente a Merluza sobre qué descuento estarían dispuestos a ofrecer si ellos mismos libraban a los Embozos del martirio de la naga.

Merluza soltó una carcajada rancia y burlona, mirando al grupo con sorna y considerando que semejante amenaza les quedaba ridículamente grande a unos piratas tan novatos. Sin embargo, ante la fría insistencia y la serenidad de los oficiales, el viejo constructor escupió al agua y les lanzó un envite tajante: si realmente eran capaces de solucionar el problema de Sanissa, les dejaría toda la factura de las reparaciones y mejoras a mitad de precio.

Sin dar margen a que se siguieran negociando asuntos de sangre con un extraño, Arya cortó la conversación de seco y ordenó una reunión inmediata de la mesa de oficiales a bordo. Reunidos a puerta cerrada en el camarote de gobierno, la cuestión se sometió a votación formal, evaluando fríamente los beneficios económicos y tácticos frente a los mortales peligros de adentrarse en la jungla.

Tras un intenso debate a puerta cerrada, la decisión se resolvió por mayoría a favor de ir tras la naga, respaldada por razones de un peso aplastante: ineludiblemente estarían varados en los Embozos durante al menos cuatro días mientras los calafates de Merluza trabajaban en el casco y la estructura del barco; dado que Sanissa era antes lo más parecido a una doctora bruja respetada en la región, cabía la posibilidad real de razonar con ella y curar su aflicción en lugar de matarla brutalmente; y, sobre todo, una criatura de tan vasto saber místico podía ser la clave definitiva para responder a las preguntas que los atenazaban sobre los oscuros secretos y el verdadero origen del Espino de Hierro.

Con el acuerdo cerrado y la votación sellada, la oficialidad de El Ingobernable preparó sus pertrechos. Era hora de dejar las aguas mansas del estuario y remontar el río hacia el corazón de la selva.



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