Había llegado, por fin, la hora del Parlamento formal bajo las leyes de los Hermanos de la Costa.
Kaylen intentó dominar la escena desde el principio, organizando una mesa central a su gusto para proyectar una posición de superioridad e invitarles a sentarse bajo sus términos. Sin embargo, la capitana Arya le saboteó el número de inmediato: con fría insolencia y paso firme, se sentó justo en el extremo opuesto de la sala, en otra mesa, desafiando su pretendida autoridad solo por fastidiarle. El pícaro capitán del Epitafio puso los ojos en blanco con un suspiro de resignación y arrastró su propia silla de madera, haciéndola chirriar con un molesto gemido sobre las tablas del muelle flotante, hasta sentarse finalmente frente a ellos.
Los primeros intercambios fueron un rapidísimo y afilado duelo de pullas, paradas y estocadas verbales. Kaylen, curtido en las intrigas y el regateo, se mostró más que capaz de defenderse con ingenio en un "uno contra todos", mientras que a su espalda, sus dos guardaespaldas semiorcos, Grunt y Grak, guardaban un silencio de tumba, intentando fundir a Reyes con miradas cargadas de un odio homicida.
Por fin, Kaylen dejó a un lado el cinismo de salón para entrar en la negociación propiamente dicha. Su primera propuesta fue directa: Lirael se uniría a la tripulación del Epitafio por su propia y libre voluntad, actuando como primera oficial y socia en todo con plenos derechos de botín. A cambio, como indemnización por la pérdida, la tripulación de El Ingobernable recibiría las 3.000 piezas de oro del resto del pago originalmente pactado con el difunto señor Plugg por la cabeza de la oráculo. La oferta fue recibida con burlas secas y absoluto desprecio, especialmente por parte de Arya, que se mostró ferozmente protectora con su oficial de confianza. Ante la negativa, Kaylen subió la apuesta a 4.500 piezas de oro, pero el grupo se mantuvo firme y la rechazó de inmediato.
El aire en el chiringuito se volvió tenso, cargado con el olor a brea y pólvora fría de las mechas de la colina.
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| Kaylen enumerando las tres opciones |
Eligiendo las palabras con exquisita premeditación, Kaylen deslizó entonces su segunda oferta, revelando que en previsión del rechazo de la primera, había obtenido la aprobación de sus socios para ofrecer una alternativa viable. Les contó que existía un collar de platino en manos de los sahuagin de la Costa Serpentina que cumpliría el mismo propósito que los dones de Lirael en el golpe que estaban preparando. Les aclaró únicamente que el colgante estaba en manos de uno de los jefes que servían al gran cacique de los hombres pez, el nuevo señor de la guerra que asolaba el archipiélago.
—Si me traéis el collar en un plazo de dos semanas, consideraremos el asunto resuelto y la deuda saldada para siempre— sentenció el pícaro.
Los oficiales de El Ingobernable intentaron regatear los términos del trato y el plazo de entrega, pero Kaylen les detuvo con un gesto seco de la mano. Les advirtió con seriedad que la segunda opción no estaba sujeta a negociación: era un "lo tomáis o lo dejáis". Con la discusión enconándose sobre la madera crujiente, Kaylen se inclinó hacia delante y, con un tono desprovisto de su habitual ironía y teñido de una gravedad absoluta, les planteó la existencia de la tercera vía:
—Si rechazáis traer el collar, me obligaréis a ejecutar la tercera opción. Yo no puedo volver ante mis socios con las manos vacías si aprecio mi propio pellejo. Mis órdenes me obligarían a alejar el Epitafio lo justo para mantener vigilado este estuario y, en cuanto asoméis el casco, os cazaremos en mar abierto para tomar lo que precisamos por la fuerza. Tengo cincuenta tripulantes profesionales y artillería pesada que reducirá vuestro Ingobernable a astillas para el fuego en diez minutos.
Ante el crudo realismo de la amenaza, Isaiah rompió el tenso silencio de la mesa recurriendo a su habitual desparpajo gnomo, soltando con sorna que si ese era el plan, la tripulación de El Ingobernable bien podía quedarse a vivir de gorra en el astillero de los Embozos hasta que él mismo muriese de viejo, un chiste de humor negro considerando la inmensa longevidad de su raza. Reyes Vane se sumó de inmediato a la pulla con una mueca burlona y un sarcasmo que hizo que Grunt diese un paso al frente, amenazándole con un sordo gruñido de pocas palabras por meter baza donde no le llamaban. Kaylen le paró los pies a su esbirro semiorco con un ademán tajante, manteniendo la compostura.
—Podríais intentar atrincheraros aquí, no lo dudo, y yo respetaría este Parlamento mientras estemos bajo la tregua del astillero— replicó Kaylen con una sonrisa fría—. Pero mis socios no tienen nuestro romanticismo pirata. Y cuando se cansen de esperar y decidan venir a por vosotros sin contemplaciones ni intermediarios, os aseguro que todo adquirirá un cariz infinitamente más desagradable para todos.
Los oficiales sopesaron el abismo de sus opciones. Sabían que el barco no estaba en condiciones de resistir un asalto del Epitafio en su estado actual, y la búsqueda de la joya les daría el tiempo necesario para reparar el casco, pertrecharse y descubrir qué cartas jugaba realmente el traidor. Tras intercambiar una mirada de consenso con Arya y Reyes, Lirael asumió la voz del grupo y aceptó el encargo, pero exigió una última concesión de forma tajante:
—Quiero mi amuleto. Ahora.
Kaylen torció el gesto, dudando un instante, pero terminó por ceder con su habitual pragmatismo.
—Si me traes el collar de platino en dos semanas, intercambiaremos amuleto por amuleto— propuso el dandy, dirigiendo una intensa mirada a la semielfa, que se demoró un par de latidos antes de asentir con rigidez.
Arya dio un paso al frente con su habitual aplomo y estrechó con firmeza la mano de Kaylen, sellando formalmente el pacto entre capitanes bajo la ley de los Hermanos de la Costa y ante la atenta mirada de Merluza y Jenny la Sorda.
Al deshacerse el agarre, Lirael se inclinó junto a su antiguo amante para deslizar un susurro en su oído, con un tono gélido y pausado que le caló hasta los huesos:
—Eres una decepción, Kaylen.
El pícaro encajó el golpe con entereza y le devolvió una sonrisa amarga y cansada, acomodándose la chaqueta antes de dar la vuelta.
—Cuando sea asquerosamente rico, Lira... ese será el lema de mi casa nobiliaria.
Sin añadir una sola palabra más, la delegación del Epitafio dio la espalda al chiringuito flotante y se retiró hacia sus botes en la penumbra del muelle. Pocos minutos después, el susurro del viento trajo el crujido de los cabrestantes y el despliegue del velamen del navío de contrabando, que partió de inmediato aprovechando el reflujo de la marea nocturna para adentrarse en la negrura del Mar Febril, dejando atrás un estuario cargado de promesas de sangre.

EL DESCUENTO DE LA NAGA
Cuando la noche profunda terminó por imponer su letargo en las entrañas de El Ingobernable, el silencio del estuario envolvió a los oficiales en sus respectivos camarotes. Cada uno rumió en soledad las sombrías implicaciones del tenso Parlamento con Kaylen, las esquivas confesiones sobre el «viejo» y las peligrosas cartas que el Epitafio jugaba en el Mar Febril. Sin embargo, para la capitana Arya, el verdadero descanso volvió a ser esquivo. En cuanto el sueño venció a la tiefling, la fría bruma del limbo onírico la arrastró de nuevo hacia el corazón del Espino de Hierro.
Recordando las advertencias y los testimonios que Concho y Lirael le habían transmitido tras sus propios trances, Arya mantuvo la templanza y logró establecer por primera vez una comunicación telepática directa con la sombría entidad encarcelada entre los relieves del leñocasco. A través de los dolorosos, antiquísimos y gélidos susurros que resonaron en su mente, la capitana confirmó la regla fundamental que regía el artefacto: la criatura solo podía alimentarse de la sangre que la capitana dispusiera, y aquel vínculo servil e indisoluble subsistiría únicamente mientras Arya mantuviera su autoridad y el mando efectivo sobre el barco.
Movida por un feroz sentido del deber y su negativa rotunda a permitir que su tripulación pagara un tributo desconocido, la tiefling tomó una decisión en firme. Con tono imperativo, le ordenó a la entidad que, por el momento, solo se alimentaría de su propia sangre, rechazando categóricamente cualquier sacrificio ajeno, aunque otros se ofrecieran voluntarios. La figura acorazada aceptó la orden en silencio, inclinando la cabeza entre las cadenas, y el dominio del sueño se disolvió de inmediato.
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| Lo que mora en el Espino de Hierro |
Al amanecer, la luz dorada y sofocante del estuario trajo consigo el crujido de los botes de Merluza el Destartalado. Cumpliendo su promesa, el anciano carpintero de ribera subió a bordo para realizar la inspección técnica del casco e iniciar los trabajos en el dique seco. Fiel a la palabra empeñada tras descubrir el linaje de Isaiah, Merluza fijó el coste base del embozo y la reparación del casco en las 2.000 piezas de oro acordadas. A este presupuesto se sumaron las peticiones específicas de la oficialidad:
- 800 piezas de oro por forjar un imponente alfanjón para Arya, empleando como materia prima la aterradora mandíbula del Cercenador recuperada en la guarida de los grindylows de la Isla Quiebrahuesos.
- 500 piezas de oro por la instalación de compartimentos ocultos de contrabando en los mamparos, solicitados por la astucia de Reyes Vane.
- 500 piezas de oro por el acondicionamiento de un laboratorio alquímico completo en bodega para las preparaciones de Isaiah.
- 200 piezas de oro por habilitar un pequeño camarote privado para Lirael.
Con el importe total ascendiendo a 4.000 piezas de oro, comenzó el regateo. Fue Reyes quien puso sobre la mesa uno de los rumores más jugosos que le había sacado a Jenny la Sorda al calor de la barra: la locura de Sanissa, la naga acuática venerada antaño como doctora bruja en la región, cuya ira por la muerte de sus crías mantenía amedrentado al asentamiento y secos los pozos del río. Para evidente disgusto de Arya, que no deseaba acometer riesgos innecesarios ni desviarse de la misión principal, Lirael y Reyes tantearon abiertamente a Merluza sobre qué descuento estarían dispuestos a ofrecer si ellos mismos libraban a los Embozos del martirio de la naga.
Merluza soltó una carcajada rancia y burlona, mirando al grupo con sorna y considerando que semejante amenaza les quedaba ridículamente grande a unos piratas tan novatos. Sin embargo, ante la fría insistencia y la serenidad de los oficiales, el viejo constructor escupió al agua y les lanzó un envite tajante: si realmente eran capaces de solucionar el problema de Sanissa, les dejaría toda la factura de las reparaciones y mejoras a mitad de precio.
Sin dar margen a que se siguieran negociando asuntos de sangre con un extraño, Arya cortó la conversación de seco y ordenó una reunión inmediata de la mesa de oficiales a bordo. Reunidos a puerta cerrada en el camarote de gobierno, la cuestión se sometió a votación formal, evaluando fríamente los beneficios económicos y tácticos frente a los mortales peligros de adentrarse en la jungla.
Tras un intenso debate a puerta cerrada, la decisión se resolvió por mayoría a favor de ir tras la naga, respaldada por razones de un peso aplastante: ineludiblemente estarían varados en los Embozos durante al menos cuatro días mientras los calafates de Merluza trabajaban en el casco y la estructura del barco; dado que Sanissa era antes lo más parecido a una doctora bruja respetada en la región, cabía la posibilidad real de razonar con ella y curar su aflicción en lugar de matarla brutalmente; y, sobre todo, una criatura de tan vasto saber místico podía ser la clave definitiva para responder a las preguntas que los atenazaban sobre los oscuros secretos y el verdadero origen del Espino de Hierro.
Con el acuerdo cerrado y la votación sellada, la oficialidad de El Ingobernable preparó sus pertrechos. Era hora de dejar las aguas mansas del estuario y remontar el río hacia el corazón de la selva.
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