martes, 4 de agosto de 2026

Calaveras y Grilletes - 2.1 - Nace el Ingobernable

O sobre nuevos comienzos, fantasmas del pasado y viejos enemigos

«El pasado no se hunde con los muertos. A veces vuelve a bordo con otro nombre, otra bandera y una deuda que creías olvidada.»
—Tessa Fairwind.


El sol de atardecer de la Isla Quiebrahuesos caía como plomo derretido sobre la cubierta del antiguo Promesa de Hombre, pero el calor más intenso no venía del cielo, sino del aliento contenido de una tripulación que, por primera vez, no esperaba un latigazo, sino una palabra. La sangre de Plugg y Azotes ya había sido lavada de los tablones, pero su ausencia había dejado un vacío de poder que el Mar Febril detestaba. Era el momento de decidir si eran algo mas que una horda de náufragos, y que nuevas manos tomasen el timón.

Arya se alzó en el castillo de popa del Promesa de Hombre y dejó que la mirada recorriera la cubierta antes de hablar. Su voz salió firme, con ese tono directo y áspero que la caracterizaba, sin necesidad de elevarla demasiado.

—¡Escuchad, tripulación! Mirad a vuestro alrededor y contemplad este barco. Ya no es la prisión flotante del tirano de Plugg, ni el nido de las ratas asesinas que lo secundaban y se alimentaban de nuestro miedo.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras calasen entre los marineros.

—Nos sublevamos no por codicia, sino por dignidad y justicia. Y que me hayáis aceptado para sostener el timón de esta nave... —detuvo un instante la voz— es el mayor honor de mi vida.

Arya apoyó una mano sobre la borda.

—Hoy dejamos atrás el hedor del abuso y la sombra de los azotes. Este barco ya no pertenece a un desalmado; nos pertenece a todos los que sudamos y sangramos sobre estas maderas.

Dejó transcurrir unos segundos antes de continuar, ahora con un tono más grave.

—La libertad no significa el caos, y para mantenernos a flote y vencer, necesitaremos un reglamento que nos proteja a todos por igual. Todos lo firmaremos. Quien no quiera hacerlo puede bajar en el puerto y nos desearemos suerte.

Su mirada se endureció.

—En este barco se acabaron los latigazos, los castigos crueles y el favoritismo. En este barco remamos juntos y comemos juntos; habrá comida abundante para cada uno de nosotros o nos moriremos de hambre todos juntos, sin distinciones. Saciaremos la sed día a día con agua fresca...

Una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro.

—Y cuando nuestra señora Besmara nos bendiga con conquistas, gloria y valiosos botines, nos emborracharemos con grog hasta que el mar tiemble con nuestro canto.

Arya miró entonces hacia el horizonte. Cuando volvió a dirigirse a la tripulación, su voz recuperó toda su firmeza.

—Tripulación, el horizonte es nuestro y el viento sopla a nuestro favor. No os prometo un viaje sin tempestades ni batallas sangrientas, pero sí os prometo que intentaré ser la capitana más justa que jamás haya surcado estos mares.

Dejó una última pausa antes de rematar el discurso.

—Mantened la cabeza alta, servid con orgullo a vuestros compañeros y defended este barco, porque a partir de este instante...

Alzó la voz.

—¡Somos dueños de nuestro propio destino!

Sus palabras no solo cortaron el aire pesado de la jungla, sino que se hundieron en los corazones de los marineros como un ancla en arena firme. Los rostros curtidos de los supervivientes del Amargura se iluminaron con una chispa que la tiranía de Harrigan casi había extinguido: la esperanza de un mando basado en el respeto y no en el capricho.

En el silencio que siguió a sus palabras, un albatros negro como la noche —una sombra desprendida del propio Maelstrom— descendió de los cielos con una fijeza sobrenatural. El ave se posó en la baranda, frente a la capitana, y con un movimiento preciso dejó caer en su mano una moneda con una calavera labrada.

Fue una señal inequívoca del favor de la Banshee del Mar. Los marineros, hombres curtidos cuya única brújula es la superstición, se descubrieron al unísono, quitándose los sombreros en un silencio reverencial que solo se rompió cuando el ave se perdió de vista en el horizonte. En ese instante, Arya dejó de ser una amotinada para convertirse en una capitana bendecida por Besmara.

Siguiendo la tradición que rige en los Grilletes, Arya sometió al juicio de la asamblea la identidad del navío. Tras semanas siendo una "presa" o un juguete de Plugg, el derecho a elegir un nombre parecía un lujo casi obsceno. Entre vítores y algún brindis anticipado, el consenso fue unánime: el navío fue rebautizado oficialmente como El Ingobernable. Un nombre que nacía como un escupitajo a la cara de los tiranos y una promesa de libertad absoluta.

Bajo este nuevo pabellón, la capitana presentó a su estado mayor, una oficialidad ratificada por el rugido de aprobación de la tripulación:

  • Lirael, la Perla del Mar: Primera Oficial y brújula mística del grupo.
  • Sandara Quinn: Ya nombrada como Capellana y ratificada mediante votación obligatoria como Intendente. Ella, guardiana de la fe y el ron, juró que la tradición de Besmara sería la ley en la bodega.
  • Reyes Vane: Contramaestre. El hombre que sobrevivió a las galeras chelias prometió una disciplina de hierro, pero sin el silbido del látigo.
  • Isaiah Huxli: Nombrado Carpintero, Arcano y Cirujano, el gnomo verde ya planeaba cómo convertir el barco en una fortaleza flotante. Se le asigna como aprendiz a Jack el Tallador para que asuma el puesto de carpintero en el futuro, cuando el alquimista tenga un laboratorio y necesite centrarse en sus experimento.
  • Rossie la Bien Hablada: Condestable, encargada de que nadie rompa la paz del Código sin pagar el precio en sangre.
  • Abrose "Tripas de Pez" Kroop: maestro de fogones, con Samms Toppin «la Descalza» como ayudante para mantenerle siempre aprovisionado de pescado y... vigilado.
  • Conchobhar Piedracorta: Bardo oficial y cronista de las futuras hazañas.

El anuncio de Reyes Vane como Contramaestre hizo que los murmullos recorrieron la cubierta como ratas: muchos recordaban a Reyes como el "favorito" de Plugg, el hombre marcado por la predilección venenosa de los antiguos oficiales.

Fue Lirael quien atajó la discordia antes de que se convirtiera en clamor. Situándose junto al varisio, la oráculo silenció las suspicacias con una sentencia que resonó en las cuadernas: les recordó que acababan de elegir a una capitana tiflin rompiendo todo prejuicio y que no permitiría que buscaran fantasmas en un hombre que había remado a su lado en la sentina. «O remamos juntos y nos fijamos en los méritos reales de cada uno, o nos iremos todos a pique», advirtió, dejando claro que en El Ingobernable solo importaba la lealtad presente.

Entonces llegó el momento de la verdad. Arya presentó el Código de Abordo que había escrito con la ayuda de Reyes (quien conocía bien la meticulosidad de los contratos). No era papel mojado; era el pacto sagrado que definía el reparto del botín, la prohibición de las pendencias a bordo y la obligación de poner cada talento al servicio del barco. Uno a uno, casi todos pasaron a estampar su firma o su marca de "X" sobre la barrica de pólvora, transformándose de "carne fresca" en piratas de pleno derecho. Unos pocos, como los marineros rhadomitas, decidieron postergar la decisión.

Pero el Código también exige justicia. Arya dictó la sentencia para aquellos que habían elegido la sombra de Plugg hasta el final: Tam Tate, Aretta Bansion, Fipps Chumlett, Chiste Ictérico y Syl la Escurridiza. Sin excepciones, los fieles al caído capitán fueron condenados al abandono. No serían ejecutados, pero la Isla Quiebrahuesos sería su hogar definitivo en cuanto la tripulación terminara de aprovisionarse y lograra arrancar el palo mayor del esqueleto del Infernus.

La sonrisa helada con la que Sandara miró a Tam Tate dijo cuanto hacía falta para rematar la sentencia. Pronto, de un modo u otro, todas las deudas pendientes quedarían saldadas.

Con la ley establecida y el rumbo fijado, la tensión estalló en una celebración que el Mar Febril recordará durante años. Ambrose «Tripas de Pez» Kroop obró milagros con las provisiones, sirviendo una cena que supo a gloria tras semanas de bizcocho salobre. El ron fluyó por orden de Sandara, lavando el sabor del miedo de las gargantas.

Un destello de humanidad iluminó la celebración cuando Lirael intentó rescatar algún rastro de identidad en el pozo vacío de la memoria de Oso Lechuza, preguntándole por sus padres o por el nombre que alguien le hubiera dado al nacer. El gigante, que hasta entonces solo había conocido el escarnio y la humillación, negó con la cabeza desde el abismo de sus limitadas facultades, pero su mirada se encendió al elegir para sí mismo el nombre de Bizcocho, un homenaje a su golosa debilidad por el único consuelo dulce que recordaba haber probado a bordo. Tras dar también por buenos los nombres de Timmie o Timón cuando se los propusieron, la criatura dejó atrás definitivamente su estatus de «mascota» para ser reconocida, entre brindis y salomas, como un camarada de pleno derecho bajo el pabellón de El Ingobernable.

El momento estelar de la noche llegó cuando Concho, con su sombrero púrpura ladeado y una elocuencia inflamada por el ron, dedicó una balada improvisada a Lirael. La canción fue un despliegue de metáforas tan espectacularmente empalagosas y públicas que la Primera Oficial, capaz de mirar a la muerte a los ojos sin pestañear, no pudo encontrar un rincón de la cubierta donde esconder su profunda vergüenza ante los vítores y las burlas cariñosas de sus camaradas.

La música y los bailes se prolongaron bajo las estrellas hasta que los cuerpos no pudieron más. Aquella noche nacía algo más que una tripulación: comenzaba la andadura de una nación de hombres y mujeres que, bajo el nombre de El Ingobernable, acababan de declarar la guerra al mundo entero.



Un secreto que compartir

Tras una noche donde el ron y las salomas silenciaron por unas horas el peso de la travesía, el amanecer en la Isla Quiebrahuesos trajo consigo la cruda realidad del mando. No basta con bautizar un barco; hay que alimentarlo y repararlo. Con la disciplina que solo el miedo al hambre impone, la capitana Arya dividió sus fuerzas: Rosie la Bien Hablada encabezó un destacamento hacia el interior de la selva, con la misión de asegurar provisiones suficientes para alcanzar los Embozos del Destartalado. Mientras tanto, El Ingobernable soltaba amarras para bordear la costa, buscando los dientes de coral donde el viejo Imperio dejó su huella.

Aprovechando el pausado rodeo del navío hacia los arrecifes orientales, Lirael convocó a sus camaradas más cercanos a una reunión de oficiales. El aire en el camarote estaba cargado de una tensión distinta a la del combate. La oráculo extrajo de entre sus ropajes las páginas que, con la presteza de un raquero, había sustraído de la bitácora de Plugg tras sus crípticas últimas palabras. 

—No quería enseñárselo a nadie más... esto podría complicarnos las cosas - confesó Lirael mientras extendía los papeles húmedos de salitre ante la mirada de Arya, Reyes e Isaiah.



Fragmentos del Cuaderno de Bitácora del Señor Plugg

Día 21: El Desglose del Lastre

Harrigan me ha entregado la llave de mi futuro envuelta en madera rahadoumita. Cree que me vigila a través de sus espías, pero no sospecha que cada "insubordinado" que he pedido para mi tripulación de presa ha sido seleccionado con la precisión de un carnicero. He cargado el Promesa del Hombre con el ruido y la furia de los que nadie echará de menos. Entre ellos, el activo principal. Harrigan ve en ella un estorbo místico; yo veo el oro que pagará las velas del Severo. El rumbo a Puerto Peligro es una mentira para los tontos; mi destino es la Costa Serpentina.

 Día 23: La Voluntad del Comprador

El cliente es un demente, pero su dinero no tiene mácula. Sus instrucciones son absurdas: "Expón al activo al abismo; deja que el terror le arranque la voz". Dice que esa resonancia que porta en la sangre solo despertará si camina sobre el filo de la navaja. Me irrita tener que arriesgar la mercancía de esta forma, pero el pago prometido compensa cualquier escrúpulo. Si sobrevive al proceso, el precio será doble. Si muere, el mar simplemente habrá cobrado su tasa. Yo solo tengo que entregar lo que quede al muchacho que ha de hacer de contacto en los Embozos del Destartalado y cobrar. Azotes me atosiga al respecto, dice que es mejor decir que se la tragó el mar y venderla al primer esclavista con el que tratemos. La verdad es que sacaríamos un buen pellizco por ella… Pero el riesgo es excesivo. Con ese hombre no se juega. Aún tengo tiempo para tomar una decisión…

 Día 25: El Regalo del Ojo

La tormenta de anoche no fue natural, y los arrecifes a los que nos arrastraron no estaban en mis cartas, pero el Mar Febril es una amante caprichosa. El Promesa ha encallado en esta roca olvidada por los dioses. Un capitán inferior vería el desastre; yo veo la oportunidad. La Isla Quiebrahuesos es un osario de naufragios y ghouls. Es el laboratorio perfecto. El azar me ha servido en bandeja el escenario de espanto que el chiflado de los Embozos tanto ansiaba.

 Día 26: El Catalizador

He ordenado a los alborotadores y al activo que bajen a tierra. Dicen que buscan agua dulce; yo sé que buscan su tumba. He instruido a Azotes para que no les proporcione apoyo; quiero que se sientan abandonados en el corazón de la selva. Si el comprador tiene razón y su "don" florece ante la muerte inminente, regresará con ese brillo que las gemas no pueden imitar. Y si no regresa... bueno, me habré librado del lastre y conservaré el depósito del contrato. Es un duelo en el que yo ya he ganado antes de que se dispare la primera salva. La paciencia es la virtud del tiburón, y esta isla está sedienta de sangre.


Concluida la lectura, el grupo comprendió que su llegada a los Embozos del Destartalado no sería el retiro tranquilo que esperaban para maquillar el barco; allí les aguardaban quienes esperaban la entrega de la oráculo. Sin embargo, en los Grilletes, una amenaza es solo una oportunidad con otro nombre. El consejo de oficiales acordó unánimemente que, en lugar de evitar el encuentro, intentarían echar el guante a los compradores, apropiándose del pago acordado por la cabeza de la semielfa antes de borrar definitivamente el rastro de El Ingobernable.

Sin tiempo para más conspiraciones, el barco alcanzó la zona de arrecifes donde el Infernus descansaba sus huesos. La escena era la de una geografía de pesadilla: con la bajamar de las primeras horas, el casco podrido del navío chelio emergía de las aguas como la caja torácica de una bestia devorada por el mar. En el centro de ese amasijo de madera podrida y coral muerto, el misteriosamente indemne palo mayor se alzaba hacia el cielo como un dedo acusador, desafiando el paso de los años.

El momento era crítico. La marea baja abría una oportunidad tan estrecha como el filo de un alfanjón. Se botó el esquife y los protagonistas, con el agua ya lamiéndoles las botas, se dirigieron hacia el pecio imperial. Sabían que el aire que rodeaba al Infernus era pesado y rancio, y que en su bodega inundada algo más que el eco del Imperio les estaba esperando entre las sombras. Había llegado la hora de mojarse los pies y reclamar lo que el Mar Febril aún no se había atrevido a digerir.



ESPINAS DEL VIEJO IMPERIO

El esquife golpeó el arrecife con un crujido sordo, abriéndose paso entre el coral muerto y las algas pegajosas que la marea baja había dejado al descubierto. Los oficiales de El Ingobernable saltaron al agua tibia, que les llegaba por la rodilla, sintiendo bajo sus botas el suelo irregular de un cementerio de madera y salitre. Frente a ellos, los restos del Infernus se alzaban con una fijeza obscena; la quilla partida y las cuadernas astilladas del navío chelio parecían garras que intentaban aferrarse a la superficie antes de que el océano reclamara su deuda definitiva.

Al internarse en la sección central del pecio, la luz del sol se filtraba entre los maderos podridos, creando un juego de sombras donde lo viejo y lo muerto cobraban una tridimensionalidad inquietante. Lirael no esperó a que el peligro se manifestara. Invocó la magia del Reloj de Muerte, y sus ojos, velados por el pulso de lo arcano, detectaron de inmediato los ecos mortecinos que acechaban entre los mamparos inundados. Gracias a su advertencia, los lacedones y los cadáveres hinchados que custodiaban el esqueleto del Imperio no tuvieron oportunidad de emboscada. El acero de Arya y el nuevo estoque chelio de Reyes se movieron con la presteza. Cada golpe fue un veredicto y cada disparo una sentencia, despejando el camino antes de que las criaturas pudieran siquiera emitir un lamento.


El registro detallado de los restos confirmó que el Infernus no era un simple explorador náufrago. Los protagonistas descubrieron las jaulas, cuyas barras de hierro reforzado, dobladas hacia fuera por una fuerza antinatural, hablaban de horrores que ni siquiera la selva de la Isla Quiebrahuesos podía digerir. Entre el limo y el moho, recuperaron un tubo de latón sellado que contenía órdenes militares sobre una «carga experimental» para la pacificación de los Grilletes, una prueba más de la meticulosa y fría ambición de la Casa Thrune que Reyes tanto despreciaba.

Sin embargo, el verdadero tesoro se alzaba en el centro del desastre estructural: el Espino de Hierro. Isaiah Huxli examinó la soberbia pieza de leñocasco, maravillado por una elasticidad y resistencia que desafiaban décadas de exposición al salitre. Con la precisión de un maestro carpintero, el gnomo diseñó una maniobra de ingeniería naval que convertiría el rescate en una obra de arte.



Antes de iniciar la titánica maniobra de izado, Arya se situó en la borda del pecio, de cara al mar abierto. Con un gesto seco, extrajo una pesada bolsa: monedas de diversos cuños que representaban el sudor y la sangre de la tripulación. Sin mediar palabra, las arrojó al abismo, dejando que el brillo del oro se perdiera en el azul turbio. Era un sacrificio para la Reina Pirata, un pago por adelantado para que Besmara no cobrara su tributo en vidas durante la operación.

A Lirael no le hizo ni pizca de gracia el gesto. La Perla del Mar, cuya conexión con el océano era algo más profundo y personal que una simple transacción, se encaró duramente con Sandara Quinn. El intercambio de palabras entre la oráculo y la sacerdotisa fue tenso, cargado del salitre de una discusión que venía de lejos: Lirael despreciaba la idea de «comprar» la voluntad de las olas, mientras que Sandara, firme en su fe, defendía que Besmara no reparte victorias baratas, sino oportunidades que tienen un precio en oro.

Sin tiempo para más disputas, la operación comenzó bajo la dirección técnica de Isaiah. Fue una danza de sincronía absoluta: Lirael luchó contra las corrientes para mantener a El Ingobernable en una posición milimétrica, mientras Arya operaba los cabrestantes con una fuerza que parecía arrancar la vida misma del coral. Reyes coordinó a la tripulación con una autoridad que no necesitó del látigo para que cada estacha y cada motón respondieran con perfección.

En el instante más delicado, cuando el peso de las toneladas de leñocasco amenazaba con reventar las bordas, una maroma cedió con un latigazo que hizo temblar la cubierta. Reyes salió despedido hacia el vacío que separaba el navío de las rocas afiladas del arrecife. Sin embargo, antes de que la gravedad dictara su sentencia, se produjo un fenómeno que nadie pudo explicar: una sacudida inesperada del casco, una embestida oblicua de agua contra la amura que hizo escorar el navío apenas unos grados, empujando al varisio lo justo para que recuperase el equilibrio, con la extraña sensación de que una mano invisible había rozado su nuca, dejando un extraño perfume a algas en sus cabellos.

La fortuna, caprichosa como las mareas del Mar Febril, sopló aquel día a favor de los amotinados con una generosidad casi antinatural. Lo que comenzó como una maniobra desesperada contra el tiempo y el mar se transformó bajo la dirección técnica de Isaiah, en una demostración de pericia que los marineros recordarían como un milagro del acero y la madera. En el instante crítico, cuando el peso de las toneladas de leñocasco amenazaba con reventar las bordas del navío, se produjo una sincronía perfecta, una de esas raras ocasiones donde el azar y el talento se funden en un solo movimiento: Lirael mantuvo el navío con una fijeza gélida sobre el pecio luchando contra las corrientes, mientras la fuerza bruta de Arya y la coordinación impecable de la tripulación bajo el mando de Reyes lograron lo imposible.


El Espino de Hierro emergió de las aguas no como un despojo, sino como un soberano reclamando su trono. Con un gemido de madera y metal que resonó en todo el arrecife, el palo mayor encajó en las cuadernas de El Ingobernable con una precisión quirúrgica, como si el barco hubiera estado esperando aquel pedazo de historia para estar finalmente completo. Al asegurar la pieza labrada con los exquisitos relieves de rosales espinosos, los oficiales sintieron que el navío adquiría una agilidad y un pulso nuevos: los de un verdadero depredador.

Tras ponderar cuidadosamente que aquel objeto de factura imperial era tanto una ventaja táctica invaluable como un faro que podría atraer la ira de Cheliax sobre sus cabezas, se dieron por satisfechos con el éxito obtenido, listos para que el nuevo palo mayor guiara su rumbo hacia la libertad definitiva.


DEUDA DE SAL

La selva de la Isla Quiebrahuesos devolvió finalmente al destacamento de Rosie la Bien Hablada, pero no lo hizo con la fanfarria de los conquistadores, sino con el silencio magullado de quienes han sido masticados por la maleza. El grupo regresó a la orilla arrastrando los pies, cubiertos de barro y picaduras, con sacos de víveres que apenas bastarían para que las tripas no rugieran más fuerte que el viento de camino a los Embozos del Destartalado. La presencia de Oso Lechuza —ahora rebautizado por su propia voluntad como Timmie «Timón» Bizcocho— solo había servido para convertir la expedición en un caos. El gigante, incapaz de entender la sutil gramática del sigilo, había demostrado ser un lastre de músculos y torpeza difícil de gobernar.



Con los suministros mínimos asegurados y el Espino de Hierro ya latiendo en las entrañas del navío, Sandara Quinn se acercó a la capitana. Su rostro, habitualmente sereno bajo el ala de su sombrero de tres picos, era ahora una máscara de determinación fría. 

—Si hemos terminado nuestros negocios en este agujero, capitana, es hora de soltar lastre— sentenció la clériga, señalando con la barbilla hacia el grupo de prisioneros que aguardaban su destino bajo vigilancia. 

Arya asintió con la brevedad de un veredicto, ignorando las súplicas que empezaron a burbujear entre los reos. Sandara, rechazando cualquier escolta, ordenó a los fieles de Plugg que bajaran a la barca. Ella sola los conduciría a su último destino: la orilla blanca de la playa que pronto se teñiría de un rojo distinto al del atardecer.

Desde la borda de El Ingobernable, la oficialidad observó la escena a través de los catalejos, como quien mira una representación teatral donde el guion ya está escrito con sangre. Al pisar tierra, la traición intentó un último y desesperado asalto. Syl «la Escurridiza», haciendo honor a su apodo incluso con las manos maniatadas, trató de abalanzarse sobre la clériga en un movimiento nacido de la rabia pura. Sandara no dudó. Con la frialdad de quien despacha una res en el matadero, desenfundó su acero y cortó el aire con dos sablazos precisos que silenciaron a la mujer para siempre. Ante el cadáver aún caliente, el resto de los condenados —Aretta, Fipps y Chiste— huyeron hacia la espesura de la selva, empujados por el terror y el eco de la justicia de Besmara que les pisaba los talones.

Solo quedaron dos figuras en la arena: la sacerdotisa y el enano Tam Tate. En un gesto que desafiaba toda lógica para quien no comprendiera el Código de la Reina Pirata, Sandara desató al prisionero y le arrojó un arpón a los pies. Se intercambiaron palabras que el viento se llevó antes de que llegaran al barco, pero la tensión era una cuerda de violín a punto de quebrarse. Tate se movió con la rapidez del rayo, lanzando el arma con una precisión letal que encontró su marca. Por un instante, Sandara se tambaleó, el cuerpo arqueado bajo el impacto, a punto de ser reclamada por la arena. Pero la pelirroja se mantuvo en pie por pura voluntad de hierro. Cruzó el espacio que la separaba de su agresor, quien, comprendiendo que su deuda estaba vencida, se dejó caer de rodillas alzando el mentón.

Sandara lo despachó con tres tajos de carnicero, una coreografía visceral que puso fin a toda la ponzoña acumulada.

Minutos después, la sacerdotisa regresó al esquife. El rastro de la lucha había desaparecido de su piel, borrado por la magia restauradora de su fe, pero su silencio era más pesado que cualquier herida. Al subir a cubierta, no hubo explicaciones ni necesidad de darlas. La deuda había quedado saldada, el lastre había sido arrojado y ya nada vinculaba a la tripulación con los pecados de la Isla Quiebrahuesos. Bajo las órdenes de Arya, El Ingobernable viró hacia el horizonte, dejando atrás el esqueleto de sus viejas cadenas mientras buscaba el refugio de los Embozos.



LA DISTANCIA JUSTA

Minirelato de Lirael y Reyes

Escrito originalmente por VICTORGI y Liselle

El almacén olía a madera húmeda, brea y cocos. Un olor honrado, dentro de lo que podía considerarse honrado teniendo en cuenta que era la bodega de un barco pirata. Había bajado a revisar los barriles. O a esconderse del olor a ron de cubierta. A esas alturas ya no estaba seguro.

Escuchó las botas detrás de él antes de verla. No se giró. Reconoció el paso.

Lirael. Claro. ¿Quién si no?

Ella se detuvo frente a él y sostuvo su mirada con aquellos ojos verdes, tan cálidos como insondables. Apoyó una mano sobre su pecho, no para acercarlo, sino para mantener la distancia.

Respiró hondo antes de hablar.

—Siento lo del otro día. Yo… no debí provocarte. Solo quería utilizarte para arrancarme de encima la frustración, el miedo y la rabia que llevaba acumulando durante días. Y... —bajó la voz— también quería vengarme.

Guardó silencio un instante. Su mirada se ensombreció.

—Me he dado cuenta de que no quiero descargar mis problemas sobre ti. Quizá con cualquier otro me habría dado igual. Ni siquiera habría tenido piedad. Pero contigo no quiero jugar. Ni hacerte daño.

Lo empujó apenas unos centímetros, obligándolo a dar un pequeño paso atrás.

—Me has hecho promesas que nunca nadie me había hecho. Y no quiero devolvértelas convirtiéndote en otro de mis naufragios. Así que mejor lo dejamos estar.

Reyes estuvo a punto de responder. Estuvo a punto. Su boca incluso empezó a moverse. Pero las palabras que aparecieron primero fueron: Veo que Concho va por buen camino. Luego: ¿No me digas que me he depilado para nada? Las enterró antes de que llegaran a la lengua. Por una vez.

—Además... me terminé la botella de ron —añadió ella con una sonrisa ladeada.

Y ahí estaba. La sonrisa. La maldita sonrisa. Sin darle tiempo a responder, se dio media vuelta y empezó a marcharse.

Reyes miró el vaso vacío que sostenía entre los dedos. Negó para sí.

—¿Pides disculpas...? — La voz le salió baja. Ronca. Torpe. Como si estuviera peleando contra ella. —¿Por qué pedirías perdón, Lirael?

Ella se detuvo y se giró.

Reyes dio un paso adelante. Solo uno. Justo hasta la línea donde ella había marcado la distancia. Ni un centímetro más.

—¿Por ser la única que vio algo bueno en mí cuando nadie más lo hizo? — Sintió un nudo desagradable en la garganta. — ¿Por defenderme hoy mismo, de los murmullos cuando me nombraron contramaestre? — La miró fijamente. Sin apartarse.  Sin esconderse detrás de un chiste. Esta vez no. —¿Por ser la primera persona que hace algo tierno por mí... como besarme sin pedirme nada a cambio?

Ella abrió la boca, pero Reyes siguió hablando. Porque si se detenía ahora quizá no volvería a encontrar valor para hacerlo.

—Yo creo que no, Lirael. — Se tocó el pecho donde ella lo había empujado. Todavía podía sentirlo, imaginaba que podía. Con ella nunca estaba seguro. — No hay deudas entre nosotros.
Bajó la vista hacia el vaso.

—Y yo no puedo ser un naufragio tuyo. — Alzó el recipiente vacío. — Porque tú estás muy lejos del lugar donde se hace daño.

Una sonrisa triste apareció un instante. Solo un instante.

—¿Ves este vaso? — Lo agitó suavemente. — Es media ración. Y no voy a pedir más. Hoy no.

Respiró hondo. El aire olía a humedad y a ese aroma fresco de mar al amanecer que acompañaba siempre a la semielfa.

—Tú haces que quiera ser un buen contramaestre. — Las palabras salieron simples. Desnudas.—Y una mejor persona.

Silencio. Luego añadió:

—Así que no habrá un naufragio. — Negó con la cabeza. — No contigo.

Lirael bajó la mirada durante un segundo. Solo uno. 

Reyes continuó.

—Tú quieres que la cosa quede ahí. Yo lo respeto. — Se encogió ligeramente de hombros. — Pero eso no puede borrar todo lo demás.

Lirael soltó una carcajada.

—Eyyy, para el carro, marinero. Que no es para tanto. —Levantó ambas manos en son de paz. —¿Todos los varisios sois tan intensos o solo tú?

La gravedad se rompió de golpe. Como una cuerda demasiado tensa. Y por fin apareció la sonrisa de Reyes. La de verdad. La peligrosa. La que prometía problemas.

—Solo señalo lo obvio. Todavía nos quedan unos cuantos hijos de puta que jubilar antes de que nuestros caminos se separen... Oráculo.

Ella sonrió, mientras asentía. De una forma diferente. Mas afilada.

—Venga. Preparémonos para atrapar hijos de puta, contramaestre. — Y le devolvió el guiño.

Antes de que Reyes pudiera añadir nada más, ella giró sobre los talones y volvió a cubierta.
Se quedó solo entre barriles y sombras. Miró el vaso vacío. Luego la puerta por donde la recién nombrada primera oficial había desaparecido. Después volvió a mirar el vaso.

—Bueno —murmuró—. Mira que me han llamado cosas, pero es la primera vez que me llaman “intenso”. —Se rió sólo de su propia ocurrencia, asumiendo que lo de “Ingobernable” cada vez tenía más sentido.

Y por primera vez en mucho tiempo, al contramaestre Reyes Vane no le pareció que el mundo estuviera intentando cobrarle una deuda. 

Sólo que le estaba concediendo una tregua. Breve, seguramente. 

La tregua que da paso a la sangre, y los gritos.


La brisa fresca acarició la piel de Lirael cuando regresó a cubierta. Cerró los ojos apenas un instante y respiró el aire salado con una calma que casi había olvidado.

No sabes nada, Reyes Vane...

Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Después se encaminó hacia sus nuevas obligaciones. Qué extraño era no tener que fregar cubiertas ni subir a las jarcias. Aún más raro era descubrir que, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de huir de cubierta... ni de nadie. 

Hasta que el próximo puerto le recordara que hay mareas de las que nadie escapa.





PRECIO TASADO EN SANGRE

El primer día de navegación tras dejar atrás los lodos de la Isla Quiebrahuesos transcurrió con una calma casi insultante. El Ingobernable hendía las aguas del Mar Febril con una ligereza desconocida, gracias al pulso nuevo y predador que el Espino de Hierro inyectaba en sus cuadernas. Pero la paz en el mar es siempre una tregua prestada, y los secretos de procedencia imperial nunca descansan en silencio. 

Cuando la noche cayó sobre la cubierta y la tripulación se retiró al sollado, el silencio de la mar calma dio paso a un letargo de pesadilla. Arya se descubrió caminando descalza sobre las maderas de un navío extraño, bajo un cielo espeso y desprovisto de estrellas. El suelo bajo sus pies estaba tibio y húmedo, impregnado con la textura rancia de una lluvia de sangre vieja. No había velas ni jarcias en el horizonte de su mente; solo se alzaba ante ella el inmenso palo mayor, devorado por tallos de madera que cobraban vida propia, enredándose y reptando en una danza lenta de espinas y brotes oscuros. 

Fue entonces cuando un tintineo sutil, casi delicado, emergió de las entrañas de la madera. Al abrirse los capullos de las rosas con un chasquido sordo, Arya vislumbró una silueta arrodillada en el corazón del mástil, una figura sombría acorazada en acero ennegrecido cuyas cadenas se fundían con los rosales y la propia estructura del barco. Sin alzar la cabeza, la prisionera habló con una certeza exenta de amenazas, una voz que arrastraba el frío del abismo.

—Cuando vuelva a tener hambre... lo sabrás. Elige entonces bien.

Una espina invisible atravesó la palma de la capitana; no hubo dolor, sino un cansancio devastador que le arrebató el aliento, como si el océano mismo hubiera bebido una parte de su alma. Con el último suspiro del sueño, una frase cargada de una tristeza infinita resonó en la penumbra.

—Toda travesía tiene un precio…


Arya despertó de golpe, con el sudor frío pegado a la frente y una punzada real en la mano. En el centro de su palma, una herida fresca manaba un hilo de sangre que olía sutilmente a rosas frescas. Durante todo el día, la capitana guardó el secreto bajo el vendaje, sintiendo el peso de la cicatriz como un presagio. Al caer la noche, convocó a la oficialidad en el camarote. La reunión, que originalmente debía centrarse en los preparativos para la llegada a los Embozos del Destartalado, cambió de rumbo de inmediato cuando Arya expuso su preocupación. Con la palma expuesta ante la luz mortecina de los faroles, la tiefling confesó su temor: creía que habían subido a bordo un artefacto maldito que exigiría la sangre de la tripulación, desatando escenarios siniestros en su cabeza.

Las reacciones dividieron la mesa con la misma rapidez con la que se desata una galerna. Isaiah Huxli, con su pragmatismo arcano, asintió preocupado compartiendo los temores de la capitana sobre la naturaleza ponzoñosa del mástil. Reyes Vane, sin embargo, no tardó en calcular el frío valor de cambio del leñocasco imperial; para un hombre forjado en la dureza de las galeras, una obra maestra tasada en doce mil piezas de oro era una fortuna demasiado jugosa como para no intentar venderla en los diques clandestinos. Lirael, por el contrario, miró la herida con la indiferencia de quien ya está acostumbrada a pagar cada uno de sus dones místicos con sal y sangre de sus propias venas; no veía en la criatura un peligro inminente, sino una transacción habitual en un mundo donde nada es gratuito.

Ante el estancamiento de los argumentos, los oficiales buscaron el consejo de sus camaradas más cercanos. Rossie escupió al suelo y propuso una solución directa: hacer astillas el mástil maldito y no tentar más a la suerte. Concho, escandalizado, tachó la idea de barbarie propia de hombres sin un ápice de gusto por la aventura, defendiendo que deshacerse de un misterio tan singular era un desperdicio imperdonable. Sandara Quinn, con la prudencia de la experiencia, recomendó templanza: si el Espino de Hierro portaba verdaderamente una maldición, deshacerse de él no sería tan sencillo como venderlo en un astillero ordinario. Era primordial recabar información por su cuenta o buscar a alguien que pudiera contarles más antes de tomar una decisión irrevocable.

Durante la enconada discusión, tanto Lirael como Concho se ofrecieron voluntarios para alimentar el mástil con su propia sangre, pero Arya se negó en redondo; como capitana, no permitiría que sus hombres pagaran un tributo cuya magnitud aún desconocían. Finalmente, la asamblea acordó mantener el Espino de Hierro en su sitio, navegando con cautela mientras buscaban a alguien capaz de desentrañar los secretos que el Imperio había sepultado en el leñocasco.

Otra jornada de esforzado bregar bajo el sol inclemente dejó a la tripulación al límite de sus fuerzas. Con los hombres justos en las jarcias para gobernar el velamen y las provisiones medidas al gramo para evitar que el hambre se adelantara a su llegada a los Embozos del Destartalado, el silencio de la fatiga se apoderó de El Ingobernable al caer la noche. Fue en ese letargo pesado donde el limbo onírico del Espino de Hierro volvió a reclamar su tributo, arrastrando esta vez tanto a Lirael como a Conchobhar a su fría y muda penumbra. En mitad de aquella calma absoluta y sin estrellas, ambos oficiales se descubrieron ante la colosal silueta del mástil, del que brotaba un sutil murmullo de cadenas y espinas que parecían cobrar vida propia en la oscuridad.



Frente a ellos, entre las ramas talladas que se desenredaban con un chasquido sordo, vislumbraron a la prisionera: una figura arrodillada y envuelta en placas de acero ennegrecido, tras la cual se adivinaban unas alas de sombra que parecían absorber la escasa luz del sueño. Lirael y el bardo percibieron de inmediato el cansancio extremo y la angustia que atenazaban a la criatura, quien, con una voz grave y antiquísima que resonaba desde todas partes a la vez, les preguntó si verdaderamente deseaban alimentarla por su propia voluntad. Al responder afirmativamente, el ser declinó temporalmente el ofrecimiento, advirtiéndoles que no podía tomar nada sin el consentimiento de la capitana; explicó entonces que la propia Arya podía alimentarla, permitir que lo hicieran sus subordinados voluntarios, o utilizar a los prisioneros atados al leñocasco. Sin dar margen a más preguntas, la entidad los despidió, disolviendo el limbo onírico a la velocidad de la marea.

Mientras tanto, ajena al trance de sus compañeros, Arya cubría la guardia nocturna en cubierta. Fue el desvío oblicuo de la luz de las estrellas lo que llamó su atención hacia la densa madera del palo mayor; desde aquel ángulo preciso, los relieves del leñocasco parecieron revelar lo que la luz del día ocultaba: la silueta apenas insinuada de una mujer alada que extendía desesperadamente la mano hacia el atractivo rostro de un joven de facciones élficas. 

Esa misma noche, Giffer Tibbs encontró al pie del mástil una rosa fresca que entregó a Arya. La capitana decidió conservarla, solo para encontrarla convertida en madera la mañana siguiente. Un enigma mas que sumar a la lista.

Al amanecer, la mesa de oficiales volvió a llenarse de susurros y notas compartidas sobre el destino del mástil. Pese a las siniestras opciones que la prisionera les había planteado en sueños, la determinación de la capitana no flaqueó: Arya se negó en redondo a sacrificar a otros. La oficialidad ratificó su decisión inicial: mantendrían el mástil en su sitio, navegando con cautela, resueltos a desentrañar el enigma en los astilleros clandestinos de los Embozos antes de que la criatura reclamara, de manera inevitable, su próximo tributo.





EMBOZOS

Al doblar el alto promontorio de la costa Serpentina, el azul limpio del Mar Febril murió de forma abrupta. El Ingobernable se adentró en la desembocadura de un ancho río sin nombre, cuyas aguas mansas y fangosas ensuciaban el océano como si de un feo morado se tratara. El aire allí, atrapado bajo el dosel asfixiante de la jungla que colgaba sobre los muelles rústicos, era denso, pesado y apestaba a limo podrido, brea caliente e insectos zumbantes. Aquel rincón recóndito del estuario no era un puerto, sino una herida abierta donde los barcos sin patria acudían a morir y resucitar con otra identidad; el infame dique seco clandestino de los Embozos del Destartalado.

Sin embargo, antes de aproximarse a los pilotes de madera carcomida, la marea trajo consigo un fantasma del pasado. Amarrado en uno de los muelles, con las reformas de su casco a medio terminar para camuflar su silueta original, descansaba un navío recién rebautizado como Epitafio. Pero las modificaciones del astillero eran inútiles ante los ojos de Lirael. La oráculo, que se había criado entre las cuadernas de aquel velero ágil y de poco calado, sintió un vuelco helado en el pecho. Tras los tablones repintados y el aparejo alterado, reconoció al instante las líneas maestras de la nave donde había aprendido cuanto sabía sobre si misma y sobre el mar: el Presagio.

La sorpresa inicial se transformó en rabia cuando Lirael alzó el catalejo. Sobre la cubierta del pecio reconstruido, moviéndose con la soberbia de quien se sabe dueño del mundo, se encontraba Kaylen. El maldito traidor lucía una sonrisa fácil y, brillando firmemente en su pecho, llevaba el amuleto que le había robado antes de atraerla a la trampa de Puerto Peligro. Lirael comprendió al instante que el juego era mucho más sucio de lo que imaginaban.


Al pasarle el lente a Reyes Vane, la situación se volvió aún más turbia. El varisio sintió que la sangre se le congelaba al distinguir sobre la tablazón a Grunt y a su hermano mellizo Grak. Acto seguido, se arrojó cuerpo a tierra tras la amurada para no ser reconocido. Desde el suelo de la cubierta, Reyes confesó con la respiración contenida que tenía negocios pendientes con el patrón de esos dos mellizos: el Marqués, un perista letal que bien podría estar financiando la captura de la oráculo.

La estupefacción les duró lo justo para que Lirael se percatara de que la lente del traidor apuntaba directamente hacia ella. Sin dar margen a que el miedo gobernara el reencuentro, la oráculo se adelantó hacia la amurada y, sosteniendo la mirada de Kaylen a través de la distancia, le lanzó un beso con un ademán burlón que cruzó desafiante las aguas fangosas del estuario. Al otro lado de la lente, lejos de ordenar que armaran las balistas, el truhan correspondió con un ademán socarrón y una leve inclinación de cabeza, rompiendo la tensión con la insolencia de quien se sabe con mejores cartas en la mesa.

Poco después, banderas de señales subieron por las jarcias del Epitafio, pidiendo tregua temporal bajo la ley de los Hermanos de la Costa, que Arya aceptó sin dudar. El parlamento quedó fijado para la noche, en la única y decadente taberna que se alzaba sobre las ruinas de la antigua villa del Destartalado.

Allí, entre paredes de pintura desvaída y susurros de traición, se decidiría quién saldría con vida de los Embozos





COMPARTIENDO HUMO 

Minirelato de Reyes Vane

Escrito originalmente por VICTORGI


El humo del puro llegó antes que Reyes.

Se apoyó en la borda, junto a Sandara, y le tendió otro sin decir palabra.

Le acercó una de las lámparas para encenderlo y observó durante unos instantes el estuario. El astillero del Merluza apenas se distinguía entre los manglares y la maraña de canales.

—Te seré sincero, Sandara.

La punta del puro brilló en la penumbra.

—Cuando la capitana quiso proponerte como intendente pensé que era una mala idea.

Sus labios se curvaron apenas.

—Creí que te desplumarían.

Dio una calada.

—Eres buena con la gente. Mejor que yo, seguramente. Pero los comerciantes, los armadores y los hijos de puta profesionales llevan toda la vida haciendo esto.

Apoyó los antebrazos sobre la borda.

—Aun así, apoyé tu nombramiento. Y si voy a respaldarte como intendente, más vale que empiece a compartir algunas cosas que me enseñaron. Mañana tendrás que hablar con él.

Sandara dio una larga calada al cigarro, sosteniéndolo con tres dedos. Después, muy a su pesar, tosió levemente mientras contemplaba las brasas ardientes del extremo encendido.

—Joder... Es bueno. Y fuerte de cojones.

Volvió a fumar, esta vez con más cuidado. Por la forma en que sujetaba el cigarro, Reyes sospechó que era la primera vez que fumaba tabaco liado. No le sorprendió. Aquello era una costumbre del norte, casi una afición, algo que requería tiempo y maña. Por lo que había visto, Sandara siempre había preferido el tabaco barato de pipa.

—Verás, Reyes. No todo lo que hace un intendente tiene que ver con el cling de las monedas. Pero entiendo a qué te refieres.

Otra calada.

—No soy una lerda orgullosa, varisio. Cualquier indicación o consejo es bienvenido. Toma nota. Tu novedoso sistema sin castigos físicos va a requerir mi atención, casi seguro. Pronto te arrepentirás de haber sido tan bondadoso. No hace falta que me expliques por qué lo haces. Ya te he dicho que no soy una lerda. Pero a menudo la gente solo entiende un idioma. Y cuando beban en tierra y lo cuenten, nos hará parecer blandos. Espero que lo hayas pensado bien. Porque dudo que esta invención tuya la sacases de las galeras chelaxianas.


Reyes soltó una risa auténtica por la nariz.

—Eso último te lo puedo garantizar.

Dio una calada y observó el humo perderse sobre el agua negra del estuario.

—En una galera chelaxiana, si alguien hubiera propuesto trabajo extra en lugar de azotes, lo habrían arrojado por la borda para ahorrarse la discusión.

Se quedó mirando el astillero del Merluza durante unos segundos.

—Y probablemente con razón.

Permaneció tranquilo.

—No digo que sea el mejor sistema. Digo que es el mío.

Otra calada.

—Yo habría preferido ser intendente, y lo sabes. Lo de los latigazos fue mi pequeña condición para aceptar el puesto de contramaestre.

Se encogió ligeramente de hombros.

—He visto suficientes espaldas abiertas para saber que el látigo funciona.

Hizo una pausa.

—Pero una tripulación no es una cadena de forzados. Al menos no si quieres confiarle un barco.

Su mirada regresó al agua.

—Ya veremos cómo sale. Puede que hasta termine siendo un buen reclamo para reclutar gente.

Dio otra calada.

—Y no te preocupes. Ya sé que no eres una lerda.

La punta encendida dibujó un pequeño arco cuando señaló el puerto.

—Precisamente por eso estoy teniendo esta conversación.

Sonrió apenas.

—Con otra persona me limitaría a dejar que se estrellase y aprendiese. Pero no contigo. Y tampoco podemos permitirnos esos lujos. Nos esperan auténticos hijos de puta deseosos de jodernos, te lo garantizo.

Luego volvió al asunto importante.

—Respecto al Merluza... voy a decirte lo que yo haría.

Su tono se volvió más serio. Más profesional.

—Tenía preparadas para ti toda una serie de reglas varisias de negociación. Pensaba deleitarte con ellas.

Una sonrisa cruzó fugazmente su rostro.

—Pero lo he pensado mejor. Esa charla me la guardo para otro puro contigo, si la Diosa lo quiere.

Señaló el astillero oculto entre los manglares.

—Porque los trucos no van a servir con este. No es un comerciante. Tampoco un contrabandista. Creo que es un profesional.

Observó el lugar durante unos instantes.

—Ese viejo lleva veinte años convirtiendo barcos perseguidos en barcos respetables. Su negocio no consiste en exprimir a los clientes.

Expulsó lentamente una nube de humo.

—Consiste en hacer las cosas bien y ser discreto.

Su mirada se afiló.

—En el fondo es una suerte que vayas tú. Una sacerdotisa le inspirará confianza si dejamos claras tres cosas.

Levantó un dedo.

—Primera. Que somos gente seria y vamos a pagar puntualmente.

Otro.

—Segunda. Que nuestra tripulación no va a emborracharse, provocar peleas ni convertir su puerto en un problema.

Y un tercero.

—Y tercera. Que, si durante nuestra estancia necesita algo, puede acudir a nosotros.

Bajó la mano.

—Una escolta. Un recado complicado. Algún matón al que haya que recordar buenos modales. Lo que sea.

Se encogió de hombros.

—Los favores suelen valer más que las monedas, en ciertas circunstancias.

Su sonrisa regresó.

—Bueno... quizá no lo plantees exactamente así. Es solo la idea general.

Miró hacia el barco. Aún era el Promesa del Hombre. Todavía demasiado reconocible. Pero no por mucho tiempo.

—Invítalo a comer con la capitana y conmigo. Pregúntale por su trabajo. No por trabajos concretos. Por su arte. Por los retos de cambiar la identidad de una nave.

Negó despacio.

—No le hables como a un carpintero.

La mirada de Reyes recorrió el casco.

—Porque no lo es.

Señaló la Promesa del Hombre con el puro.

—Un carpintero arregla barcos.

Otra calada.

—El Merluza los mata y los hace renacer con otro nombre.

Observó el estuario.

—Por ahí entra un barco... y sale otro.

Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Eso es poético, Sandara.

Hubo un breve silencio.

—Y un hombre que lleva veinte años haciendo algo así suele apreciar que alguien reconozca el mérito de su obra antes de empezar a discutir el precio.

Su mirada se posó sobre el navío una vez más.

—En el fondo, todos renaceremos un poco junto al Ingobernable.

Sandara escuchó todo el discurso con los ojos entrecerrados, sin dejar de fumar. Cuando terminó, asintió despacio y apagó el cigarro.

—En el fondo eres un sentimental, Vane. Pero voy a probar a tu manera. Acojonar a la gente con la ira de la Reina tiene sus límites.

Torció la comisura de los labios.

—Me voy a tragar que ni siquiera me hayas preguntado qué pensaba hacer. Aunque al instruirme como a una novata hayas dejado bastante claro lo que pensabas de mí.

Volvió a mirarlo.

—Porque el tabaco es bueno y la intención también. Pero ándate con ojo, varisio. Estas aguas están llenas de gente orgullosa. No todo el mundo tiene mi buen carácter.

La sonrisa se volvió ligeramente irónica.

—Y espero que esta lección de papi Reyes no sea porque ahora te doy penilla, contramaestre. 
Ni has hecho nada malo ni me debes nada. Y yo sigo siendo la misma hija de puta. El hecho de que ahora sepáis más sobre mí no cambia nada.

Alzó ligeramente la barbilla.

—Compartimos un sueño. Eso es lo único que importa.

Reyes soltó una carcajada baja. El humo se le escapó por la nariz.

—¿Sentimental?

Negó con la cabeza.

—Eso es una acusación muy seria, sacerdotisa.

Apoyó los codos en la borda.

—Si ese rumor empieza a extenderse, tendré que apuñalar a alguien para proteger mi reputación.

Tomó una última calada.

—Y no, no me das pena.

Su mirada siguió fija en el estuario.

—Me provocas muchas sensaciones desde el primer día, pero pena nunca ha sido una de ellas.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—La pena es para los inútiles. Tú eres peligrosa.

La sonrisa creció apenas un poco.

—Y bastante más inteligente de lo que me esperaba.

Después añadió:

—Eso era un halago. No te acostumbres.

Guardó silencio un instante.

—Y sí. Tendría que haberte preguntado qué pensabas hacer.

Se encogió de hombros.

—Defecto profesional, supongo.

La sonrisa regresó.

—La próxima vez, si quieres escuchar la sabiduría de Reyes, tendrás que venir tú. Con ron.

Luego se quedó pensativo.

—Y respecto a lo otro...

La observó durante unos segundos.

—No creo que se trate de si sigues siendo la misma hija de puta.

Negó despacio.

—Creo que ahora sabemos mejor qué clase de hija de puta eres. Y eso es bueno.

Se señaló el pecho con dos dedos.

—Tú también empiezas a saber qué clase de hijo de puta es Reyes Vane.

El nuevo mástil crujió suavemente sobre sus cabezas.

Reyes levantó la vista hacia él.

—Así que eso es lo que somos.

Volvió a mirar a Sandara.

—Hijos de puta un poco sentimentales que comparten un sueño.

Levantó el puro.

—Y tabaco. Por cierto. No me quedan muchos de estos.

Una sonrisa torcida.

—Habrá que racionar nuestras charlas, sacerdotisa.

La sonrisa de Sandara se ensanchó.

—Eso que dicen de los varisios debe ser verdad. Hijos de puta un poco sentimentales que comparten un sueño. Suena como música en mis oídos, contramaestre.

Miró la colilla apagada y se la colocó detrás de la oreja con gesto satisfecho.

—Intentaré no decepcionarte.

Luego añadió:

—Y en cuanto al tabaco... quizá Besmara te bendiga con una intendente comprensiva. Ve pensando qué darás en trueque, señor Vane.

Le guiñó un ojo y se alejó, rozando con los dedos el pasamanos desgastado del Ingobernable.

Reyes la observó marcharse.

Si la Diosa me bendice...

Se quedó un momento aspirando el leve aroma a tabaco y sudor fresco que había quedado en el aire. Entonces sintió un pequeño picor en la nuca, justo donde unos días antes había creído sentir la mano de la diosa.

Se rascó distraídamente y volvió la vista al estuario.

—Concéntrate, Reyes.

La voz sonó baja.

—Nos esperan los gemelos semiorcos de mala leche.

Su gesto se ensombreció.

—Y, lo que es peor, probablemente también nos espera su patrón.

La sonrisa desapareció.

El puto Marqués.





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