O sobre nuevos comienzos, fantasmas del pasado y viejos enemigos
El sol de atardecer de la Isla Quiebrahuesos caía como plomo derretido sobre la cubierta del antiguo Promesa de Hombre, pero el calor más intenso no venía del cielo, sino del aliento contenido de una tripulación que, por primera vez, no esperaba un latigazo, sino una palabra. La sangre de Plugg y Azotes ya había sido lavada de los tablones, pero su ausencia había dejado un vacío de poder que el Mar Febril detestaba. Era el momento de decidir si eran algo mas que una horda de náufragos, y que nuevas manos tomasen el timón.
Arya se alzó en el castillo de popa del Promesa de Hombre y dejó que la mirada recorriera la cubierta antes de hablar. Su voz salió firme, con ese tono directo y áspero que la caracterizaba, sin necesidad de elevarla demasiado.
—¡Escuchad, tripulación! Mirad a vuestro alrededor y contemplad este barco. Ya no es la prisión flotante del tirano de Plugg, ni el nido de las ratas asesinas que lo secundaban y se alimentaban de nuestro miedo.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calasen entre los marineros.
—Nos sublevamos no por codicia, sino por dignidad y justicia. Y que me hayáis aceptado para sostener el timón de esta nave... —detuvo un instante la voz— es el mayor honor de mi vida.
Arya apoyó una mano sobre la borda.
—Hoy dejamos atrás el hedor del abuso y la sombra de los azotes. Este barco ya no pertenece a un desalmado; nos pertenece a todos los que sudamos y sangramos sobre estas maderas.
Dejó transcurrir unos segundos antes de continuar, ahora con un tono más grave.
—La libertad no significa el caos, y para mantenernos a flote y vencer, necesitaremos un reglamento que nos proteja a todos por igual. Todos lo firmaremos. Quien no quiera hacerlo puede bajar en el puerto y nos desearemos suerte.
Su mirada se endureció.
—En este barco se acabaron los latigazos, los castigos crueles y el favoritismo. En este barco remamos juntos y comemos juntos; habrá comida abundante para cada uno de nosotros o nos moriremos de hambre todos juntos, sin distinciones. Saciaremos la sed día a día con agua fresca...
Una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro.
—Y cuando nuestra señora Besmara nos bendiga con conquistas, gloria y valiosos botines, nos emborracharemos con grog hasta que el mar tiemble con nuestro canto.
Arya miró entonces hacia el horizonte. Cuando volvió a dirigirse a la tripulación, su voz recuperó toda su firmeza.
—Tripulación, el horizonte es nuestro y el viento sopla a nuestro favor. No os prometo un viaje sin tempestades ni batallas sangrientas, pero sí os prometo que intentaré ser la capitana más justa que jamás haya surcado estos mares.
Dejó una última pausa antes de rematar el discurso.
—Mantened la cabeza alta, servid con orgullo a vuestros compañeros y defended este barco, porque a partir de este instante...
Alzó la voz.
—¡Somos dueños de nuestro propio destino!
Sus palabras no solo cortaron el aire pesado de la jungla, sino que se hundieron en los corazones de los marineros como un ancla en arena firme. Los rostros curtidos de los supervivientes del Amargura se iluminaron con una chispa que la tiranía de Harrigan casi había extinguido: la esperanza de un mando basado en el respeto y no en el capricho.
En el silencio que siguió a sus palabras, un albatros negro como la noche —una sombra desprendida del propio Maelstrom— descendió de los cielos con una fijeza sobrenatural. El ave se posó en la baranda, frente a la capitana, y con un movimiento preciso dejó caer en su mano una moneda con una calavera labrada.
Fue una señal inequívoca del favor de la Banshee del Mar. Los marineros, hombres curtidos cuya única brújula es la superstición, se descubrieron al unísono, quitándose los sombreros en un silencio reverencial que solo se rompió cuando el ave se perdió de vista en el horizonte. En ese instante, Arya dejó de ser una amotinada para convertirse en una capitana bendecida por Besmara.
Siguiendo la tradición que rige en los Grilletes, Arya sometió al juicio de la asamblea la identidad del navío. Tras semanas siendo una "presa" o un juguete de Plugg, el derecho a elegir un nombre parecía un lujo casi obsceno. Entre vítores y algún brindis anticipado, el consenso fue unánime: el navío fue rebautizado oficialmente como El Ingobernable. Un nombre que nacía como un escupitajo a la cara de los tiranos y una promesa de libertad absoluta.
Bajo este nuevo pabellón, la capitana presentó a su estado mayor, una oficialidad ratificada por el rugido de aprobación de la tripulación:
- Lirael, la Perla del Mar: Primera Oficial y brújula mística del grupo.
- Sandara Quinn: Ya nombrada como Capellana y ratificada mediante votación obligatoria como Intendente. Ella, guardiana de la fe y el ron, juró que la tradición de Besmara sería la ley en la bodega.
- Reyes Vane: Contramaestre. El hombre que sobrevivió a las galeras chelias prometió una disciplina de hierro, pero sin el silbido del látigo.
- Isaiah Huxli: Nombrado Carpintero, Arcano y Cirujano, el gnomo verde ya planeaba cómo convertir el barco en una fortaleza flotante. Se le asigna como aprendiz a Jack el Tallador para que asuma el puesto de carpintero en el futuro, cuando el alquimista tenga un laboratorio y necesite centrarse en sus experimento.
- Rossie la Bien Hablada: Condestable, encargada de que nadie rompa la paz del Código sin pagar el precio en sangre.
- Abrose "Tripas de Pez" Kroop: maestro de fogones, con Samms Toppin «la Descalza» como ayudante para mantenerle siempre aprovisionado de pescado y... vigilado.
- Conchobhar Piedracorta: Bardo oficial y cronista de las futuras hazañas.
El anuncio de Reyes Vane como Contramaestre hizo que los murmullos recorrieron la cubierta como ratas: muchos recordaban a Reyes como el "favorito" de Plugg, el hombre marcado por la predilección venenosa de los antiguos oficiales.
Fue Lirael quien atajó la discordia antes de que se convirtiera en clamor. Situándose junto al varisio, la oráculo silenció las suspicacias con una sentencia que resonó en las cuadernas: les recordó que acababan de elegir a una capitana tiflin rompiendo todo prejuicio y que no permitiría que buscaran fantasmas en un hombre que había remado a su lado en la sentina. «O remamos juntos y nos fijamos en los méritos reales de cada uno, o nos iremos todos a pique», advirtió, dejando claro que en El Ingobernable solo importaba la lealtad presente.
Entonces llegó el momento de la verdad. Arya presentó el Código de Abordo que había escrito con la ayuda de Reyes (quien conocía bien la meticulosidad de los contratos). No era papel mojado; era el pacto sagrado que definía el reparto del botín, la prohibición de las pendencias a bordo y la obligación de poner cada talento al servicio del barco. Uno a uno, casi todos pasaron a estampar su firma o su marca de "X" sobre la barrica de pólvora, transformándose de "carne fresca" en piratas de pleno derecho. Unos pocos, como los marineros rhadomitas, decidieron postergar la decisión.
Pero el Código también exige justicia. Arya dictó la sentencia para aquellos que habían elegido la sombra de Plugg hasta el final: Tam Tate, Aretta Bansion, Fipps Chumlett, Chiste Ictérico y Syl la Escurridiza. Sin excepciones, los fieles al caído capitán fueron condenados al abandono. No serían ejecutados, pero la Isla Quiebrahuesos sería su hogar definitivo en cuanto la tripulación terminara de aprovisionarse y lograra arrancar el palo mayor del esqueleto del Infernus.
La sonrisa helada con la que Sandara miró a Tam Tate dijo cuanto hacía falta para rematar la sentencia. Pronto, de un modo u otro, todas las deudas pendientes quedarían saldadas.
Con la ley establecida y el rumbo fijado, la tensión estalló en una celebración que el Mar Febril recordará durante años. Ambrose «Tripas de Pez» Kroop obró milagros con las provisiones, sirviendo una cena que supo a gloria tras semanas de bizcocho salobre. El ron fluyó por orden de Sandara, lavando el sabor del miedo de las gargantas.
Un destello de humanidad iluminó la celebración cuando Lirael intentó rescatar algún rastro de identidad en el pozo vacío de la memoria de Oso Lechuza, preguntándole por sus padres o por el nombre que alguien le hubiera dado al nacer. El gigante, que hasta entonces solo había conocido el escarnio y la humillación, negó con la cabeza desde el abismo de sus limitadas facultades, pero su mirada se encendió al elegir para sí mismo el nombre de Bizcocho, un homenaje a su golosa debilidad por el único consuelo dulce que recordaba haber probado a bordo. Tras dar también por buenos los nombres de Timmie o Timón cuando se los propusieron, la criatura dejó atrás definitivamente su estatus de «mascota» para ser reconocida, entre brindis y salomas, como un camarada de pleno derecho bajo el pabellón de El Ingobernable.
El momento estelar de la noche llegó cuando Concho, con su sombrero púrpura ladeado y una elocuencia inflamada por el ron, dedicó una balada improvisada a Lirael. La canción fue un despliegue de metáforas tan espectacularmente empalagosas y públicas que la Primera Oficial, capaz de mirar a la muerte a los ojos sin pestañear, no pudo encontrar un rincón de la cubierta donde esconder su profunda vergüenza ante los vítores y las burlas cariñosas de sus camaradas.
La música y los bailes se prolongaron bajo las estrellas hasta que los cuerpos no pudieron más. Aquella noche nacía algo más que una tripulación: comenzaba la andadura de una nación de hombres y mujeres que, bajo el nombre de El Ingobernable, acababan de declarar la guerra al mundo entero.
Un secreto que compartir
Tras una noche donde el ron y las salomas silenciaron por unas horas el peso de la travesía, el amanecer en la Isla Quiebrahuesos trajo consigo la cruda realidad del mando. No basta con bautizar un barco; hay que alimentarlo y repararlo. Con la disciplina que solo el miedo al hambre impone, la capitana Arya dividió sus fuerzas: Rosie la Bien Hablada encabezó un destacamento hacia el interior de la selva, con la misión de asegurar provisiones suficientes para alcanzar los Embozos del Destartalado. Mientras tanto, El Ingobernable soltaba amarras para bordear la costa, buscando los dientes de coral donde el viejo Imperio dejó su huella.
Aprovechando el pausado rodeo del navío hacia los arrecifes orientales, Lirael convocó a sus camaradas más cercanos a una reunión de oficiales. El aire en el camarote estaba cargado de una tensión distinta a la del combate. La oráculo extrajo de entre sus ropajes las páginas que, con la presteza de un raquero, había sustraído de la bitácora de Plugg tras sus crípticas últimas palabras.
—No quería enseñárselo a nadie más... esto podría complicarnos las cosas - confesó Lirael mientras extendía los papeles húmedos de salitre ante la mirada de Arya, Reyes e Isaiah.
Fragmentos del Cuaderno de Bitácora del Señor Plugg
Día 21: El Desglose del Lastre
Harrigan me ha entregado la llave de mi futuro envuelta en
madera rahadoumita. Cree que me vigila a través de sus espías, pero no sospecha
que cada "insubordinado" que he pedido para mi tripulación de presa
ha sido seleccionado con la precisión de un carnicero. He cargado el Promesa
del Hombre con el ruido y la furia de los que nadie echará de menos. Entre
ellos, el activo principal. Harrigan ve en ella un estorbo místico; yo veo el
oro que pagará las velas del Severo. El rumbo a Puerto Peligro es una mentira
para los tontos; mi destino es la Costa Serpentina.
El cliente es un demente, pero su dinero no tiene mácula.
Sus instrucciones son absurdas: "Expón al activo al abismo; deja que el
terror le arranque la voz". Dice que esa resonancia que porta en la sangre
solo despertará si camina sobre el filo de la navaja. Me irrita tener que
arriesgar la mercancía de esta forma, pero el pago prometido compensa cualquier
escrúpulo. Si sobrevive al proceso, el precio será doble. Si muere, el mar
simplemente habrá cobrado su tasa. Yo solo tengo que entregar lo que quede al muchacho
que ha de hacer de contacto en los Embozos del Destartalado y cobrar. Azotes me
atosiga al respecto, dice que es mejor decir que se la tragó el mar y venderla
al primer esclavista con el que tratemos. La verdad es que sacaríamos un buen
pellizco por ella… Pero el riesgo es excesivo. Con ese hombre no se juega. Aún
tengo tiempo para tomar una decisión…
La tormenta de anoche no fue natural, y los arrecifes a los
que nos arrastraron no estaban en mis cartas, pero el Mar Febril es una amante
caprichosa. El Promesa ha encallado en esta roca olvidada por los dioses. Un
capitán inferior vería el desastre; yo veo la oportunidad. La Isla
Quiebrahuesos es un osario de naufragios y ghouls. Es el laboratorio perfecto.
El azar me ha servido en bandeja el escenario de espanto que el chiflado de los
Embozos tanto ansiaba.
He ordenado a los alborotadores y al activo que bajen a
tierra. Dicen que buscan agua dulce; yo sé que buscan su tumba. He instruido a
Azotes para que no les proporcione apoyo; quiero que se sientan abandonados en
el corazón de la selva. Si el comprador tiene razón y su "don"
florece ante la muerte inminente, regresará con ese brillo que las gemas no
pueden imitar. Y si no regresa... bueno, me habré librado del lastre y
conservaré el depósito del contrato. Es un duelo en el que yo ya he ganado
antes de que se dispare la primera salva. La paciencia es la virtud del
tiburón, y esta isla está sedienta de sangre.
Concluida la lectura, el grupo comprendió que su llegada a los Embozos del Destartalado no sería el retiro tranquilo que esperaban para maquillar el barco; allí les aguardaban quienes esperaban la entrega de la oráculo. Sin embargo, en los Grilletes, una amenaza es solo una oportunidad con otro nombre. El consejo de oficiales acordó unánimemente que, en lugar de evitar el encuentro, intentarían echar el guante a los compradores, apropiándose del pago acordado por la cabeza de la semielfa antes de borrar definitivamente el rastro de El Ingobernable.
Sin tiempo para más conspiraciones, el barco alcanzó la zona de arrecifes donde el Infernus descansaba sus huesos. La escena era la de una geografía de pesadilla: con la bajamar de las primeras horas, el casco podrido del navío chelio emergía de las aguas como la caja torácica de una bestia devorada por el mar. En el centro de ese amasijo de madera podrida y coral muerto, el misteriosamente indemne palo mayor se alzaba hacia el cielo como un dedo acusador, desafiando el paso de los años.
El momento era crítico. La marea baja abría una oportunidad tan estrecha como el filo de un alfanjón. Se botó el esquife y los protagonistas, con el agua ya lamiéndoles las botas, se dirigieron hacia el pecio imperial. Sabían que el aire que rodeaba al Infernus era pesado y rancio, y que en su bodega inundada algo más que el eco del Imperio les estaba esperando entre las sombras. Había llegado la hora de mojarse los pies y reclamar lo que el Mar Febril aún no se había atrevido a digerir.
ESPINAS DEL VIEJO IMPERIO
DEUDA DE SAL
LA DISTANCIA JUSTA
PRECIO TASADO EN SANGRE
EMBOZOS
COMPARTIENDO HUMO
Minirelato de Reyes Vane
Escrito originalmente por VICTORGI




















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