O sobre los amargos placeres que el mando reserva a los que deben ejercer su autoridad entre lobos
El Reparto del Pastel
La victoria olía peor de lo que habían imaginado.
Sobre la mesa del antiguo camarote de Plugg todavía quedaban los restos de su anterior comida, revoloteados por las moscas. El olor de los restos se mezclaba con la peste a leonera, el ron derramado y el sudor de los presentes que, por primera vez desde que embarcaran, podían decidir sobre su propio destino. Afuera la tripulación aguardaba expectante, pendiente de cada voz que escapaba por la puerta. Dentro, sin embargo, la euforia del motín se había disipado demasiado deprisa.
Porque ganar un barco era sencillo.
Lo difícil era decidir qué clase de barco iba a ser.
Arya permanecía de pie junto a la mesa de cartas. Notaba los ojos de todos clavados en ella. Esperaban una respuesta. Un gesto. Una orden que marcara el comienzo de una época distinta. Los había convocado a todos —la camarilla al completo, Sandara y Rossie incluidas— y esperó a que el último trasero encontrara acomodo antes de hablar.
Fue directa. Lo había pensado mucho y lo soltó de una vez: Lirael como primera oficial. Sandara como intendente, sometido a votación de la Asamblea de Hermanos. Tripas en cocina con ayudante. Isaiah como carpintero, arcano y cirujano. Reyes como contramaestre. Rossie como condestable. Conchobhar como bardo. La navegación, entre Lirael y ella.
—Si alguien no está conforme, lo hablamos.
Isaiah meneó la cabeza, un punto desaprobado.
—¿Democracia en un barco pirata? —Lo dijo con el tono de quien acaba de ver a alguien echarle azúcar a la sentina.— Nos vamos a pique.
—Hasta en los Grilletes hay cierta democracia, Isaiah —dijo Arya con un tono serio. Nuevo para todos ellos. Tono de capitana.
En el lado opuesto de la estancia, Rossie la Bien Hablada entrechocó el puño con la palma de su callosa manita y sonrió con una fiereza que habría resultado intimidante en alguien el doble de alta.
—¡Sí joder! ¡Os vais a cagar, mierdecillas!
Miró las caras que la rodeaban. Carraspeó.
—Quiero decir... Errr... Será un honor ser tu condestable, capitana.
Arya se inclinó levemente hacia ella.
—Intenta controlarte un poco, ¿vale?
Rossie asintió con una dignidad recién estrenada que le duró aproximadamente cuatro segundos.
Reyes, que había permanecido en silencio mientras procesaba el reparto, alzó un dedo.
—Dos apuntes. Si soy contramaestre, no habrá latigazos. Estableceré mi propio sistema. —Pausa breve. —Y preferiría ser intendente. Sé lo que vale una gema y cómo regatear en un puerto sin que te desplumen. Una sacerdotisa, con todo el respeto, no tiene por qué saber eso.
—¿Un varisio de intendente? —dijo Isaiah. —¡Jamás!
—Isahía —dijo Lirael desde la pared, con una paciencia que sonaba a rodada—, acabas de votar a una tiflin como capitana. Algunos también podrían tener sus reparos al respecto. Así que los prejuicios raciales no los toleraré. No en este barco. Pero si tienes algún otro motivo que alegar, es el momento.
El gnomo abrió la boca. La cerró. Probó con otra apertura. La abandonó también.
—De todas formas —continuó Lirael—, creo que cualquiera de los dos sabría manejarse.
Sandara se encogió de hombros con la tranquilidad de quien lleva mucho tiempo sin necesitar defender su posición.
—A mí contar monedas se me da tan bien como a cualquiera. Pero la intendencia no es solo dinero, y esto debería votarlo la tripulación. No creo que, a día de hoy, Reyes gane esa votación. Yo puede que sí, si la capitana me propone. Y si gano, respetaré la tradición en todo. —Clavó en Reyes una mirada larga e indescifrable. —Eso incluye el ron. Para todo el mundo.
—No vas a tocar el ron, Reyes —dijo Arya. Isaiah no dejó pasar la oportunidad de asentir enérgicamente.
—Podéis poner el ron en la cocina bajo llave —respondió él—. El asunto es saber lo que vale una gema, cosa que Sandara no tiene ni idea.
Sandara sonrió. No era una sonrisa que llegara a los ojos.
—Estaré encantada de sacarte de paseo a ver tiendas por el puerto, ricura.
Reyes la miró un momento.
—No te preocupes, Sandara. Tú negocia bien. Yo me espero a ser de fiar. — El tono no fue acido. Al contrario. Deliberadamente inexpresivo.
Un silencio.
—Por lo visto no lo soy —añadió en voz ligeramente más baja, dirigiéndose a nadie en particular.
—Venga coño. Ninguno somos de fiar —dijo Rossie con su espontanea naturalidad—. Somos putos piratas. —Eructó. Miró las caras. —¿Qué? Es la puta verdad. La cuestión es ser lo suficientemente de fiar.
—Algunos aún estamos aprendiendo —dijo Lirael, con una sonrisa.
Arya decidió avanzar antes de que la conversación se convirtiera en otra cosa.
—Isaiah. Tienes varios cargos. Elige el que prefieras para el reparto y no me pidas más.
—¿Ni siquiera como arcano? — Inquirió el gnomo, ultrajado.
—No eres ninguna de las tres cosas del todo.
Isaiah abrió la boca, para luego cerrarla con dignidad herida.
Lirael aprovechó el silencio.
—Hay otra cosa. Los que han estado de nuestro lado desde el Amargura, reclutados también a la fuerza, deben tener la oportunidad de marcharse si lo deciden. ¿Estamos de acuerdo en que los que se queden lo hagan por voluntad propia?
—En el siguiente puerto, el que quiera puede irse. —dijo Arya. — El que se quede, lo hace bajo las leyes de los Grilletes. Los botines se reparten según esas leyes. Nada nuevo que prometer.
—Lo que habrá que prometer —dijo Lirael— es botín. Y eso implica asaltar barcos. Que os recuerdo que no tenemos patente de corso.
Arya la miró.
—Somos piratas. ¿Necesitamos rellenar algún formulario?
—Para la patente tendríais que ir a Puerto Peligro y...
—Primero asaltamos —dijo Arya. —Luego pedimos la patente.
Pausa.
—¿A quién?
Nadie respondió a eso de inmediato. Era la clase de pregunta cuya respuesta iba a requerir o bien un buen puerto o bien un abordaje previo, preferiblemente ambas cosas en ese orden.
Nuevo nombre, viejos prejuicios
Isaiah rompió el silencio jugueteando con una idea bastante más liviana.
—Ya que vamos a cambiar tantas cosas... habrá que empezar por el nombre del barco.
Aquello provocó un murmullo inmediato. No era una cuestión vital. Precisamente por eso resultaba extraordinaria. Después de semanas obedeciendo órdenes sin rechistar, discutir el nombre de un barco parecía un lujo casi obsceno.
—El Ingobernable —propuso Arya—. Ése sigue siendo mi favorito.
Rossie alzó la mano con toda la solemnidad de quien está a punto de intervenir en un consejo de guerra.
—Yo quería llamarlo El Puto Circo...
Varias carcajadas estallaron antes incluso de que pudiera continuar.
—...pero Concho me ha convencido para cambiarlo por El Delirio.
—Pues me gustaba El Ingobernable... —admitió Lira, riendo todavía—. Aunque, después de los últimos días, reconozco que El Delirio tampoco le queda mal.
Hizo una breve pausa y añadió con resignación:
—Eso sí, como salga elegido, Concho se va a poner insoportable.
—Tú tranquila —respondió Rossie con un desdén magníficamente ensayado—. Ya me encargo yo de ese sorbechuminos.
—Pues votemos ya —intervino Isaiah—. Yo digo El Ingobernable.
—¿Puedo hacer una propuesta? —preguntó Reyes con una sonrisa demasiado inocente para resultar tranquilizadora.
Varias miradas se volvieron hacia él.
—Enano Cabrón.
La carcajada fue casi unánime.
Isaiah abrió la boca para replicar, pero Rossie fue más rápida.
—Gnomo cabrón.
Mientras hacía la corrección, le soltó una sonora palmada en el trasero que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio.
—Acepto la precisión terminológica —refunfuñó el alquimista, recolocándose la ropa con toda la dignidad que pudo reunir—. Lo dejo pasar porque tú tampoco es que seas muy alta.
Reyes se llevó una mano al pecho con teatral indignación.
—¿Y lo mío?
—Lo tuyo no.
—Todos tenemos prejuicios raciales, gnomo —sentenció el Galeote con una sonrisa satisfecha—. No sólo tú.
Isaiah negó despacio con la cabeza.
—Ahí me has pillado, varisio. Pero no te acostumbres. A nadie le gustan los listillos.
Las risas volvieron a recorrer el camarote. Era una alegría torpe, todavía incrédula, la de quienes empezaban a convencerse de que quizá sobrevivir al motín significaba algo más que seguir respirando.
Reyes terminó por levantar ambas manos en señal de rendición.
—Vale, vale. Hablaba en serio. Si hay que proponer uno de verdad... Pesadilla del Mar.
Lira se estremeció de forma casi imperceptible antes de negar con la cabeza.
—Ni. De. Broma.
No añadió ninguna explicación. Nadie la pidió. Después de todo lo ocurrido, aquel nombre sonaba demasiado cerca de un recuerdo que ninguno deseaba conservar.
Liquidación de deudas
Arya terminó de enumerar las opciones que habían ido sobreviviendo a la lluvia de ocurrencias.
—El Ingobernable. El Delirio. Pesadilla del Mar. Olas de Libertad.
Recorrió con la mirada los rostros reunidos en el camarote y luego señaló con el pulgar hacia cubierta, donde aguardaban el resto de supervivientes.
—Todo aquel que quiera permanecer en este barco podrá votar su nuevo nombre.
Entonces Sandara habló. Había estado extrañamente silenciosa el último rato.
—Si se va a votar, entonces primero tiene que salir el lastre por la borda.
No alzó la voz. Ni siquiera se movió de donde estaba. Permanecía apoyada contra el mamparo, con la cabeza baja y los dedos entrelazados sobre las rodillas. Parecía agotada. Vacía. Sin embargo, cuando pronunció aquellas palabras, todos comprendieron que el cansancio no era el problema.
—Hay un hombre que es mío.
La frase cayó sobre la estancia con el peso de un ancla.
Sandara levantó despacio la cabeza. Sus ojos no pedían compasión. Ni permiso. Sólo había en ellos una determinación oscura que heló el ambiente mucho más que cualquier amenaza.
—Quiero abrirle el cuello y ofrecer su sangre a la Dama Negra. Eso es todo.
Nadie habló durante unos segundos. Todos comprendieron tácitamente que aquella petición, planteada en esos términos, no admitía negociación. Sandara no estaba solicitando justicia. Ni siquiera autorización. Estaba confesando un deseo que llevaba demasiado tiempo alimentando en silencio.
Isaiah fue el primero en romper aquella quietud. Lo hizo despacio, escogiendo las palabras con el mismo cuidado con el que mezclaba los componentes de uno de sus brebajes.
—Si un hombre va a morir delante de toda la tripulación, debemos saber por qué.
No había desafío en su voz. Sólo una obstinación serena, casi incómoda. El gnomo no estaba defendiendo al prisionero. Estaba defendiendo algo mucho más frágil: la posibilidad de que aquel barco renaciera para ser en verdad distinto de cómo había sido hasta ahora. Reyes apoyó aquella vez al gnomo, inquiriendo motivos antes de hacer algo tan drástico.
Lirael comprendió inmediatamente el sentido de las palabras de sus compañeros. No se trataba de salvar a un bellaco ni de negar el dolor de Sandara. Se trataba de algo mucho más peligroso: decidir qué clase de autoridad acababa de nacer sobre aquella nave. Su mirada se le desvió un instante hacia Sandara antes de volver a posarse sobre Arya.
—No podemos pedirles que crean en un nuevo comienzo si actuamos igual que Plugg y Azotes. La muerte puede ser necesaria... pero no debe parecer un capricho.
La sacerdotisa de Besmara permaneció inmóvil.
Los dedos, crispados sobre sus propias rodillas, comenzaron a temblar apenas un instante antes de cerrarse con fuerza.
Respiró hondo.
Una vez.
Dos.
Como quien intenta apagar un incendio soplando sobre las brasas.
Cuando habló, la voz ya no era la misma.
—Entonces... que se pudra en la puta isla.
No gritó.
Precisamente por eso resultó mucho más violento.
Se levantó de un movimiento brusco, empujando el banco hacia atrás. La madera chirrió sobre las tablas y, antes de que nadie acertara a reaccionar, ya había cruzado el camarote. La puerta golpeó el mamparo con tal fuerza que hasta la lámpara de aceite osciló unos instantes sobre sus cadenas.
El silencio que dejó tras de sí era de esos que obligan a bajar la vista.
Rossie fue la única capaz de romperlo.
No intentó restarle importancia. Ni buscó una broma que aliviara la tensión. Se limitó a dejar escapar un suspiro cansado mientras se cruzaba de brazos.
—Antes de que me lancéis ese arpeo… No sé qué cojones le hicieron exactamente —admitió al cabo de un momento—. Sólo sé que Azotes no la embarcó con el resto. La trajeron un día después de zarpar. Sola. Drogada hasta las cejas. Como un saco de mercancía.
Las últimas palabras parecieron costarle más que las anteriores.
Miró alrededor buscando algún rostro dispuesto a llevarle la contraria.
No encontró ninguno.
Isaiah dejó caer lentamente la vista hacia el suelo. Algo en aquella descripción empezaba a dibujar una figura demasiado desagradable para seguir ignorándola. Lirael, en cambio, cerró los ojos apenas un instante. No necesitaba completar el relato. Hacía mucho que había aprendido a reconocer el olor de ciertas heridas incluso cuando nadie se atrevía a nombrarlas.
Reyes Vane oyó la palabra que nadie había pronunciado todavía en voz alta. Fue como si algo encajara en la cabeza con un golpe seco: todas las piezas que no terminaban de cuadrar encontrando de repente su lugar, la historia entera reorganizándose en torno a ese dato que había estado ahí desde el principio. Se quedó inmóvil con la expresión de quien acaba de comprender algo que era evidente y solo necesitaba que alguien lo ordenara en el espacio correcto.
Luego se levantó del taburete, sacó una daga y empezó a andar hacia la puerta.
Lirael le cortó el paso con una mano en el brazo. No gritó.
—No. No te corresponde a ti.
La mirada que le lanzó era la que se reserva para cuando la amabilidad ha agotado su función. Reyes se detuvo. Tenía el puño cerrado sobre la empuñadura y respiraba por la nariz.
—Déjame. Si ella no lo cuenta —dijo entre dientes— les voy a sacar la piel a tiras hasta que confiesen quien fue.
Pero algo en los ojos de Lirael lo detuvo mejor que cualquier argumento. La furia de Reyes llegó a su punto máximo, tembló un instante en ese pico, y luego se quebró hacia adentro. Enfundó la daga. Se quedó mirando el suelo con los ojos brillantes.
—Perdón —dijo. La palabra le costó algo. —Yo...
No terminó la frase. Se apoyó contra el mamparo y se dejó caer sentado en el suelo del pasillo con las palmas cubriendo la cara.
Arya permanecía inmóvil.
Capitana.
La palabra todavía le resultaba extraña.
Había imaginado muchas veces cómo sería el primer día de libertad. Se había visto trazando rumbos imposibles sobre una carta náutica, repartiendo puestos, discutiendo nombres para el barco, incluso brindando con la tripulación mientras el Promesa de Hombre dejaba atrás el horizonte.
Jamás imaginó que su primer acto de gobierno consistiría en decidir si una mujer tenía derecho a matar al hombre que la había destrozado.
El peso de aquella certeza le cayó sobre los hombros con una lentitud insoportable.
Fue entonces cuando Lira habló de nuevo. Ya no miraba a Arya. Miraba la puerta por la que Sandara acababa de desaparecer.
—Voy a buscarla.
Arya tardó apenas un segundo en responder.
—No.
Sacudió la cabeza.
—Voy yo.
Durante un instante sus miradas se encontraron. Ninguna de las dos tenía intención de ceder. Finalmente, la semielfa asintió.
—Entonces iremos las dos.
Sin añadir nada más, abandonaron el camarote.
¿Podéis darme eso?
Apenas cruzaron la puerta, el aire del mar les golpeó el rostro con toda la violencia del verano. Sobre cubierta reinaba esa actividad exagerada que sólo existe cuando todo el mundo finge estar ocupado. Los marineros cargaban cabos que no necesitaban moverse, fregaban una cubierta ya limpia o inspeccionaban velas perfectamente tensadas. Ninguno parecía prestarles atención.
Y, sin embargo, todos aguardaban una respuesta.
Nadie supo decir dónde estaba Sandara.
Hasta que un viejo marinero levantó lentamente el brazo y señaló hacia lo alto del aparejo.
Las dos siguieron la dirección de aquel dedo.
Allí, diminuto contra el cielo, un mechón de cabello rojo se agitaba al viento.
La cofa.
Arya echó a correr sin pensarlo.
El aparejo comenzaba casi al pie del palo y ascendía en una intrincada maraña de obenques y burdas que terminaban por perderse entre las velas. Arya no necesitó preguntar nada más. Llevaba suficiente tiempo en el Promesa de Hombre como para saber que aquélla era una de las pocas partes desde las que podía contemplarse el océano entero sin que nadie viniera a molestarla. Si Sandara buscaba un lugar donde esconderse del mundo, difícilmente encontraría otro mejor.
Mientras se dirigían hacia el palo, los marineros fueron apartándose a su paso con esa discreción torpe que sólo poseen quienes intentan fingir que no escuchan una conversación evidente. Nadie hacía preguntas, aunque todos parecían formular la misma. ¿Qué iba a ocurrir ahora? ¿Qué clase de capitana acababa de ganarles la libertad? Bastaba recorrer con la mirada aquellos rostros curtidos por el sol y la sal para comprender que ninguno esperaba un discurso. Esperaban hechos.
Arya apoyó una bota sobre el primer travesaño y comenzó a ascender sin detenerse. El esfuerzo le resultaba familiar; durante semanas había aprendido a moverse por el barco con la soltura de cualquier marinero veterano. Aun así, notó cómo el cansancio acumulado por el motín empezaba a protestar en cada músculo. Las manos le escocían bajo las vendas y el hombro derecho aún recordaba el golpe recibido durante la lucha. Nada de aquello importaba demasiado. Lo único que ocupaba su pensamiento era la figura inmóvil que se recortaba contra el cielo, apenas una mancha rojiza balanceándose con el viento.
Lira inició la subida unos metros por detrás. Su cuerpo no estaba hecho para aquel ejercicio, pero compensaba la torpeza con una obstinación que Arya había aprendido a respetar. Ninguna de las dos hablaba. El jadeo del esfuerzo y el crujido de las cuerdas bastaban para llenar el silencio.
Fue precisamente ese crujido el que hizo que Arya levantara la cabeza.
No era un sonido especialmente fuerte. Cualquier marinero lo habría confundido con uno más entre los innumerables lamentos del barco. Sin embargo, quienes pasan suficiente tiempo sobre una cubierta aprenden a distinguir cuándo una madera protesta y cuándo una cuerda empieza a rendirse.
Sintió el aviso un instante antes de comprenderlo.
La maroma cedió con un chasquido seco.
El cuerpo de Arya perdió de golpe el único punto de apoyo firme que conservaba y quedó suspendido en el vacío. Durante una fracción de segundo no existió más que la sensación absurda de no pesar nada, seguida inmediatamente por la certeza brutal de que iba a precipitarse desde una altura suficiente para partirse la espalda contra la cubierta.
No llegó a gritar.
Su cuerpo reaccionó antes que el miedo. Buscó instintivamente otra presa mientras las cuerdas golpeaban su costado y el mundo giraba alrededor del palo mayor convertido en una confusa espiral de velas, cabos y cielo.
Abajo alguien lanzó una exclamación. Después otra. Varias cabezas se volvieron al mismo tiempo y el movimiento se propagó por cubierta con la rapidez de un incendio. Allí donde un instante antes los hombres fingían trabajar, ahora todos contemplaban la misma escena con el aliento suspendido.
Lira apenas alcanzó a comprender lo que estaba sucediendo.
Vio romperse la cuerda. Vio desaparecer el apoyo bajo los pies de Arya. Y sintió, antes incluso de formular pensamiento alguno, esa punzada inconfundible que precedía a la fuerza que se manifestaba a través de ella. No hubo plegaria consciente ni invocación solemne. Sólo una necesidad desesperada de impedir aquella caída.
El mar respondió.
No lo hizo con estrépito ni con una ola gigantesca digna de las canciones de taberna. Bastó una sacudida inesperada del casco, una embestida oblicua de agua contra la amura que hizo escorar el navío apenas unos grados. Tan poco que casi nadie reparó en ello. Lo suficiente para que el cuerpo de Arya oscilase hacia el palo en lugar de alejarse de él.
Sus dedos encontraron otra jarcia.
La agarró con tanta fuerza que las uñas se desgarraron bajo la presión.
Permaneció colgada unos instantes, respirando con violencia, mientras el pulso trataba de convencerla de que seguía viva. Sólo entonces volvió la vista hacia su compañera, que seguía con una mano extendida hacia ella como si aún temiera verla caer. La semielfa sangraba por la nariz y jadeaba con un extraño resuello, súbitamente agotada. Exactamente como cuando rescataron juntas a Concho.
Arya sonrió con una mezcla de alivio y vergüenza, levantó el pulgar en un gesto tranquilizador y, tras recuperar el resuello, reanudaron la ascensión.
La cofa de mesana no era grande: del tamaño de una mesa de comedor, con la madera húmeda y el viento soplando desde el sur. Sandara Quinn estaba sentada en el suelo con la cara entre las manos. No había oído llegar a ninguna de las dos.
Arya se sentó junto a ella y la abrazó desmañadamente sin preámbulos.
—Sandara. Si quieres justicia la tendrás, o venganza, lo que prefieras. ¿Te forzaron? ¿Quieres contárnoslo?
Un sonido estrangulado escapó entre las manos aplastadas contra el rostro. Sandara negó con la cabeza una vez. Hundió la cara entre las rodillas. Se dejó abrazar. No respondió.
Lirael se quedó de pie, observando. Cuando habló fue con calma, dejando que las palabras encontraran su propio peso.
—Haremos justicia. —Y siguió un apasionado alegato que fue granando en intensidad mientras la oráculo intentaba llegar al corazón de su compañera. —Me gustaría ver cómo rajas a ese hijo de puta. No solo por ti. Para que algo semejante no vuelva a suceder. Por todas las mujeres de este barco que…
La gaviota apareció sin previo aviso y sin la menor consideración por el momento. Chocó con la cabeza de Lirael a plena velocidad, sobresaltando a las tres. Por un instante, la sorpresa superó la tensión dramática de la situación. Lirael se miró la mano con la que había estado gesticulando, como si se preguntase si sus poderes, rebeldes a menudo, hubieran provocado aquella extraña interrupción.
—Joder —dijo.
En el rostro de la sacerdotisa de Besmara ocurrió algo que ninguna de las dos habría podido predecir. No era exactamente una sonrisa; era su estructura, el fantasma de lo que podría ser una si se le daban las condiciones adecuadas.
—No está mal, mi primera. Habrías convencido a una piedra. Si no fuera por...
Señaló el cielo con la barbilla.
—Si no fuera por la gaviota.
Lirael soltó una carcajada. Corta. Real.
El hielo se rompió lo suficiente para que Sandara apartara las manos del todo. Los ojos enrojecidos, las estelas de lo que había sido llanto grabadas en la mugre del rostro. Pero los ojos vivos. Se sacó de la manga un pañuelo que tendió a la semielfa.
— Vaya pintas nos gastamos las dos. — Dijo con tono lacónica la sacerdotisa.
Lirael tomó con cuidado aquella ofrenda, y se enjugó la nariz. Carraspeó. Y trató de recuperar el hilo interrumpido por la gaviota con la parsimonia de alguien que lleva demasiado tiempo aguantando cosas y no piensa dejar que un pájaro le arrebate el argumento.
—Como iba diciendo. Déjame ser tu guía durante el castigo. Estar a tu lado. Besmara aceptará ese sacrificio, estoy segura. Pero necesitamos que seas fuerte. Por ti y por todas las mujeres de este barco.
Se inclinó un poco.
—No diremos nombres. No te mencionaremos. Solo pediremos a la sacerdotisa de la Reina Pirata que ejecute una sentencia.
Sandara la escuchó. Inhaló largamente. Como para cortar otro acceso de llanto. O para aclararse la cabeza. No quedó claro.
—No lo hago por todas las mujeres. No lo hago para dar ejemplo. No quiero dar un puto discurso. Solo cortarle el cuello. Sacar su cabeza por la borda. Y ver cómo se desangra hasta morir. Y el que quiera entender... — Os mira de nuevo con fijeza, a ambas. — Que entienda. No quiero tener que decirlo en voz alta. No quiero escucharlo de vuestros labios. Solo quiero... — Se mira las manos, temblorosas. — Paz joder. Quiero dejar de sentir esta... Esta mierda que me come por dentro.
Se calla. Mira de nuevo el vacío, abrazandose las rodillas.
— ¿Me podéis dar eso? — Dice con voz átona, muy cansada, casi un susurro.
Fue el denso silencio que siguió lo que empujó a Lirael a decir lo que llevaba dentro desde antes de subir.
—Pues al menos déjame hablar por mí. Porque estoy cansada de tener que defenderme con una daga. De estar alerta. De sentir miradas que no deseo.
La voz le salió más rota de lo que pretendía.
—Porque quiero sentir la misma puta libertad que siente un hombre. Y porque intentamos construir algo diferente. Si lo hacemos a tu manera, no seremos diferentes de Harrigan. Distintos perros con el mismo collar.
No recibió ninguna respuesta. Solo un gesto lento de negativa, mientras los ojos de la sacerdotisa se apartaban, hoscos, para contemplar de nuevo el Mar Febril. Arya apoyó una mano en el hombro de Sandara. Intentó otro acercamiento. Duro. Contundente. Al modo de Vargo.
—Puedes cortarle el cuello. — Concedió, intentando ser tan delicada como su naturaleza se lo permitía. —Sin decir una palabra. Y a partir de ese momento, cada castigo en este barco irá acompañado de una explicación.
Silencio de nuevo. La oferta de aquella excepción tampoco pareció conmover a la pirata pelirroja. Las dos oficiales intercambiaron una mirada. La tiefling negó una sola vez, con claro pesimismo.
—No quiere hablar Lira, hay que respetar eso.
Lirael esperó un momento más. Sandara seguía mirando al mar. Finalmente, la semielfa dejó escapar el aire, aceptando el frustrante trago amargo que suponía aquella situación. Para el barco. Para Sandara. Para ella.
Se volvió hacia el cordaje con el semblante triste.
—Avísame si necesitas algo.
Y empezó a bajar.
Con los pies ya en la primera jarcia y la sangre todavía seca en la nariz, escuchó la voz de Sandara, baja y áspera, dirigida a Arya.
—Jodida y puta florecilla. Es como... —Una pausa. —Es como una de esas canciones que se te meten en la cabeza y no cesan. Igual es verdad que es una sirena.
Lira no se detuvo. Siguió bajando hacia la cubierta, sintiendo la garganta seca y un extraño cansancio en los huesos.
Se tenia que decir y se dijo
Un silencio incómodo se había instaurado en el camarote del capitán. Los tres miembros restantes de la camarilla se concentraron en no romperlo por un rato, concentrados cada uno en su propia manera de digerir lo sucedido.
Isaiah no leyó la habitación. En su defensa, era una habilidad que nunca había cultivado con especial dedicación.
—A ver —dijo, dirigiéndose al vacío general del camarote con el tono de quien está a punto de impartir sensatez—. Ese pájaro debe ser juzgado y, si lo merece, colgado del palo mayor. Pero con un juicio justo. Sandara se está volviendo majara; nunca ha sido santo de mi devoción, pero alguien tiene que decirlo. Bastante jodida es nuestra vida desde que embarcamos en ese maldito barco como para andar con dramas. Y dicho esto —se frotó las manos—, vamos a beber algo de ron con Tripas y olvidamos esta reunión de mierda. Después tengo que montar un laboratorio, una carpintería y una enfermería por una parte de botín que no da ni para los clavos.
Rossie la Bien Hablada se miró las uñas con una atención completamente desproporcionada para lo que había en ellas, que era mugre. Dejó que el silencio se extendiera unos segundos más de lo cómodo.
—¿Has acabado ya, guaperas? —preguntó con una voz extrañamente inexpresiva.
Isaiah la miró. Luego miró a Reyes, que seguía en el suelo con las palmas sobre la cara sin haber dicho nada. Luego volvió a mirar a Rossie.
En ese momento tomó la decisión que tomó.
—He acabado, sí. Oye, Rossie. ¿Cuánto hace que no echas un polvo? Yo ni me acuerdo del mío, y además lleva sin ponérseme dura desde que conocí a Quisquillosa, así que creo que ya es hora de solucionar las dos cosas. Y además me gusta que me insulten mientras. ¿Te apuntas?
Desde el suelo, Reyes levantó un centímetro la palma derecha. La volvió a bajar. Meneó ligeramente la cabeza.
— Eh Reyes, — preguntó Rossie con el mismo tono extrañamente plano, mirando a Isaiah con los ojos entrecerrados. —ya que nos hemos quedado los tres solos, ¿dirías que mi nombramiento como la jodida Condestable es oficial?
—Dejadme en paz. — El Galeote no lo dijo con rabia. Ni siquiera con fuerza. — Podéis iros a beber, a follar o las dos cosas a la vez.
Rossie asintió lentamente, con la gravedad de quien acaba de escuchar a un filósofo vudrano describir el sentido de la vida.
—Me lo tomo como un sí.
Y le encajó al gnomo un puñetazo en toda la nariz.
Isaiah consiguió dar un paso atrás en el último instante, amortiguando en parte el impacto. Salvó el tabique nasal pero no la dignidad. Rossie no interpretó eso como éxito.
—¡¡¡La próxima vez que quieras quitarme las telarañas del coño no llames loca a mi mejor amiga, puto tarado!!! — Bramó, roja como un pez diablo.
—¿Pero entonces es que no? — preguntó Isaiah.
Lo que siguió fue una demostración de que el vocabulario de Rossie la Bien Hablada, cuando se le daba motivo, no tenía fondo visible. Salido. Chupavergas. Bebeorines. Comebragas. El aire del camarote empezó a tener un sabor específico. Cuando la retahíla alcanzó una altitud que Isaiah juzgó incompatible con su integridad física, optó por la única estrategia disponible: correr hacia el biombo del fondo y ponerse a cubierto detrás de él.
Un orbe de Golarion pasó a una cuarta de su cabeza justo antes de resguardarse.
—¡¡He captado el mensaje!!
—¡¡¡Chupacabras!!! ¡¡¡Follapuercos!!! ¡¡¡Sorbemierdas!!!
La andanada continuó hasta que Rossie tuvo que detenerse a respirar. En el suelo, algo había cambiado. El mutismo indiferente de Reyes Vane se habían ido transformando por etapas —perplejidad, asombro, una especie de gratitud incrédula— hasta que las carcajadas le vencieron sin que pudiera impedirlo. Aplaudió desde el suelo.
—Bravo, Rossie. Acabas de ganarte mi respeto y mi apoyo total como condestable. —Se puso en pie con un gruñido y un crujido de rodilla, el cuerpo castigado resentido por las bondades de la Isla Quiebrahuesos — Gnomo, eres gilipollas, y como yo me siento igual de gilipollas hoy, vamos: te acepto esa copa.
—¡Pero corre, varisio! — Isaiah asomó apenas un ojo claramente alarmado desde su endeble cobertura. — ¡Me ha roto la nariz y ahora quiere romperme la cabeza!
—Pasa de él, Rossie. — Repuso Reyes, un punto hiriente en el tono. —Está idiota.
Una mirada de rencor cruzó la habitación. El ojo visible de Isaiah se convirtió en una rendija que rezumaba inquina.
—Sí, mírame como quieras. — Le espetó el Reyes, un punto de veneno en la voz. — Antes te tenía por buen camarada. Cuando confiabas en mí a ciegas dándome una moneda aunque todas las pruebas estaban en mi contra. Ahora eres un capullo con todo tu no confío en ti, dame pruebas. Que te jodan. Tírale más cosas. El ron no.
Fue ese gesto —la mano de Reyes levantada apenas, deteniendo el brazo de Rossie justo antes de que el licor se fuera al traste— lo que cambió el eje de la escena. Rossie se quedó con el brazo levantado un momento. Se lo pensó. Lo bajó. Suspiró con ese sonido específico de quien abdica de algo que tenía muchas ganas de hacer.
—He sido un puto gilipollas Rossie. — Admitió el gnomo con tono mortificado, lúgubre. Se arriesgó a mostrar un poco más la geta con semblante cariacontecido. —Un lamebragas sueltapolladas. ¿Compartimos ese néctar y olvidamos lo que ha pasado?
La mediana no respondió de inmediato. Arrancó el corcho de la botella y lo tiró por ahí. Le dio un tiento poderoso. Se la pasó a Reyes.
—Ven, puto gnomo. — Concedió al fin. —No quiero amargarme la fiesta antes de empezar. Vamos a finiquitar el puto regusto que nos dejaron esos cabrones. Borrón. Cuenta nueva. Limpieza. Y mañana, mar plana y nueva vida.
Isaiah asomó desde detrás del biombo con la cautela de alguien que no confía del todo en que la tregua sea definitiva.
—El dios que sea te oiga, Rossie. Que te den, Reyes. Me gustabas más borracho.
Reyes notó el temblor en sus propias manos cuando recibió la botella. Solo un sorbo, se dijo. El ardor de la garganta le repasó las grietas internas con esa brutalidad honesta que tiene el alcohol cuando uno lo necesita de verdad. Cerró los ojos un momento. Le entregó la botella a Isaiah con un gesto extrañamente rígido.
—Lo sé, gnomo —Dijo con una súbita ronquera. —Lo sé.
Se levantó y se fue a su camarote. O al que creía que era el suyo.
Isaiah se quedó mirando la puerta. Dio un largo trago de aquel licor poderoso y traicionero. Luego miró a Rossie.
—Bueno. ¿Me voy a la cama o hay más botella?
Rossie tomó la damajuana y le dio otro largo tiento. Lo miró. Lo miró largamente hasta que el insigne alquimista, cirujano y carpintero llegó por si mismo a una conclusión.
—Dónde quiera que esté mi cama —dijo Isaiah, con una resignación genuina—, mañana será otro magnífico día en el Ingobernable.
—El Delirio —le corrigió ella mecánicamente, dando otro trago. —Y aún hay que cerrar toda esta historia.
Fuera, la tripulación seguía esperando sus primeras decisiones.
La libertad de escoger
El silencio se apoderó de la cofa tras la marcha de Lirael. Arya no hizo esfuerzo alguno por romperlo, ella misma no era de muchas palabras, y cuanto había que decir, estaba dicho ya. De modo que simplemente se quedó allí, junto a Sandara.
La sacerdotisa permanecía sentada sobre el borde de la cofa, con las piernas colgando hacia el vacío. Sus ojos seguían fijos en el horizonte, allí donde el cielo comenzaba a confundirse con una línea de agua plateada que el sol del atardecer convertía en un filo de acero.
— Tu que dices Postes. — Dijo al fin, con tono apagado, estrujándose las manos. — Te hemos hecho capitana. Esto es prácticamente lo primero que harás cuando bajemos ahí abajo y le contemos a toda la tripulación que vamos a hacer a partir de ahora ¿Crees que peloverde tiene razón? - Un punto de duda que antes no existía flotaba ahora en sus palabras.
Arya enarcó una ceja, sorprendida por aquellas palabras. No solo por la pregunta de Sandara. Ella había crecido como una chiquilla callejera, sobreviviendo en los oscuros rincones de Puerto Peligro. Un lugar donde la justicia solo existía como un concepto vago, y donde crímenes y afrentas se solucionaban de formas sencillas y directas. Ella podía entender el ansia de Sandara. Que mas daba una muerte mas o menos. Eso es lo que habría dicho la Arya de ayer.
Pero… había más cosas que considerar. Mucho más. Joder, ahora era capitana. Lirael se había asegurado de ello al cambiar su voto cuando la nombraron. Ya no podía actuar como una cazadora solitaria. Debía pensar en todos aquellos idiotas que aguardaban abajo a que les comandase.
— Creo que tiene razón. — Dijo finalmente. Con un tono medido que la sorprendió a ella misma. — Pero pienso que no tienes por qué hablar de ello sino quieres. Solo dime una cosa. ¿Fue eso lo que pasó?
Sandara traga y asiente con rigidez, muy lentamente. Los ojos pardos vidriosos, clavados en el mar con una extraña fijeza.
— No... No recuerdo todo con... Nitidez. Pero si sus rostros. Sobre todo, esa asquerosa nariz enorme.
Calla. Aprieta la mandíbula.
— Al principio... Al principio quise creer que era una pesadilla. Inducida por el veneno. Pero Azotes... — Aprieta los dientes. — No se lo pudo quedar callado. Dijo algo... De una cicatriz que tengo. Que pocos han visto. El muy...
Calla de nuevo. Palpa su símbolo sagrado y luego lo aprieta en su mano derecha.
— Le crucé el rostro de un revés, delante de todo el mundo. — Arya recordó el episodio, que Lira había observado desde el puesto de vigía que le había tocado en suerte aquel día, y que luego refirió a los demás. — Lo tomé por un cerdo de los que espían a hurtadilla. No… no até cabos a pesar de ese rumor sordo que sonaba en mi puta cabeza.
Suspiró y cerró los ojos, abrazándose el torso.
—Cuando colgaba del techo de ese nido horrible, y los grindylows nos pinchaban y rajaban, caía inconsciente y despertaba. Una y otra vez. Entonces, de repente, de alguna forma... Todo cobró sentido en mi cabeza. Lo entendí.
Te mira por fin a los ojos. Es una mirada tortuosa. Llena de una mezcla sorda de sentimientos.
—Entonces recé. Recé con furia y ansia a la Dama Negra. Pero no para que me salvase... Para que me diera venganza. Y entonces...
Hace una pausa. Sonrió de nuevo, de esa forma quebradiza.
—Entonces aparecisteis vosotros.
Arya asintió despacio, asimilando todo aquello. El silencio que siguió ya no resultaba incómodo. Era el silencio respetuoso que sólo nace cuando nadie cree tener nada digno de añadir.
Arya fue la primera en moverse. Se frotó las manos mientras tomaba aire.
—Bajemos.
Sandara asintió y ambas se pusieron en pie sin prisas. Cuando pusieron de nuevo los pies sobre las tablas de la cofa y se asomaron hacia abajo, la tripulación seguía esperando. Algunos fingían trabajar; otros ni siquiera se molestaban ya en disimular. Todos miraban de reojo a la nueva capitana.
Sandara siguió aquellas miradas con expresión ausente.
—¿Qué vas a hacer... capitana?
La palabra le salió todavía extraña.
Movió apenas la barbilla hacia los prisioneros.
—Ya no tengo tan claro lo que quiero. No sé si... —Buscó sin querer la figura de Lira mientras la semielfa desaparecía bajo cubierta. — No sé si bautizar nuestra libertad con sangre. Una vez esas tablas se manchen... quizá no podamos limpiarlas jamás.
Arya permaneció callada un momento. La respuesta fácil habría sido decidir por ella. La respuesta cómoda, esconderse tras el viejo Código o tras el deseo de la tripulación. Sin embargo, comprendió que ninguna de aquellas opciones le pertenecía.
—No voy a quitarte esa decisión. — Su voz sonó serena, firme, sin dureza. — Si decides ejecutar a ese hombre, estaré a tu lado. Si prefieres que responda ante el Código, también. Y si al final concluyes que lo más justo es abandonarlo en la isla junto a los demás... seguiré respaldándote.
Negó despacio con la cabeza.
—No te voy a imponer una decisión. Te debo la libertad de escoger.
Sandara bajó la vista hacia el amuleto que todavía sostenía entre los dedos. Permaneció así varios segundos. Cuando volvió a levantar la cabeza, algo había cambiado. El odio seguía allí, intacto, pero ya no parecía empujarla con la misma urgencia.
—Necesito tiempo.
Arya asintió sin vacilar.
—Entonces tómalo.
Tomó un cabo y se deslizó con facilidad junto al palo. Aterrizó limpiamente y se volvió inmediatamente hacia la cubierta. Bastó un cambio casi imperceptible en su postura para que la capitana sustituyera a la compañera.
—¡Tripas!
El cocinero levantó la cabeza como un resorte.
—Haz lo que puedas con la cena. Comeremos más tarde si hace falta.
Sin esperar respuesta, señaló a los prisioneros.
—Quiero cuatro hombres vigilándolos. Que roten cada poco. Nadie se acerca a ellos sin mi permiso. — Miró en derredor, el ceño fruncido — ¡Y despejar esto por los dioses! Parece un basurero y ya no estamos encallados. Quiero esto como la patena para la cena.
Las órdenes comenzaron a propagarse por cubierta con la rapidez de una costumbre antigua. Marineros que un instante antes aguardaban inmóviles encontraron de pronto algo que hacer; unos corrieron hacia proa, otros revisaron cabos, otros fueron a relevar a los centinelas.
Mientras el barco recuperaba lentamente el pulso de la vida cotidiana, Sandara permaneció unos segundos más donde estaba, contemplando el ir y venir de aquella gente. El viento agitó sus cabellos rojizos y ella cerró los ojos, aferrando con fuerza el cordaje. Como si las ráfagas arrastrasen palabras que solo ella podía escuchar.
Ecos del Amargura
Lira atravesó el ir y venir de los tripulantes sin detenerse. Los marineros la seguían con la mirada apenas un instante antes de volver apresuradamente a cualquier tarea que justificara tener las manos ocupadas. Todos comprendían que algo importante acababa de suceder en la cofa. Ninguno se atrevía a preguntar.
La semielfa apenas reparó en ellos.
La ascensión, el esfuerzo de contener a Sandara y el precio que el mar le había cobrado al sostener a Arya durante la caída le pesaban ahora sobre el cuerpo con una intensidad insoportable. Sentía las piernas de algodón, un zumbido persistente detrás de las sienes y ese desagradable vacío que siempre dejaba la magia cuando se empleaba más allá de lo prudente.
Empujó la puerta del que había sido el camarote de Azotes y estuvo a punto de dar media vuelta.
—Joder... Reyes. ¿Éste también es tu camarote?
El varisio levantó la vista desde el catre con una expresión de desconcierto que tardó apenas un instante en transformarse en una mueca divertida.
—Mierda.
Miró alrededor, como si esperara encontrar una explicación escrita en las paredes.
—He asociado a Azotes con el contramaestre. Me he equivocado.
Lira intentó devolverle la sonrisa, pero sólo consiguió que una comisura de los labios le temblara un instante.
—Mala suerte para ti.
No había ironía suficiente en la frase para convertirla en una broma. Sólo cansancio.
Se dejó caer sobre el borde del catre y comenzó a murmurar unas palabras apenas audibles. La magia respondió con docilidad. El calor familiar de la energía curativa recorrió su cuerpo dos veces, cerrando heridas superficiales y mitigando el agotamiento físico, aunque fue incapaz de aliviar el peso que seguía oprimiéndole el pecho.
Cuando terminó, se dejó caer de espaldas sobre el colchón con un suspiro.
—Mataría por un trago de ron.
Reyes vaciló un instante.
—Creo que Rossie ha encontrado una botella de Plugg. Mañana buscaré alguna para ti.
Ella negó muy despacio.
—Sólo necesito dormir. Ha sido... un día intenso.
La frase quedó suspendida entre los dos. Había demasiadas cosas que cualquiera de ellos podría haber dicho y ninguna parecía adecuada. Reyes observó durante unos segundos el techo del camarote. Luego se incorporó con decisión.
—Dormiré en el sollado.
Lira volvió ligeramente la cabeza hacia él.
—¿Estás seguro?
El varisio asintió mientras recogía sus pocas pertenencias.
—Ahora mismo necesitas más este sitio que yo.
No esperó agradecimientos. Tampoco intentó aligerar el ambiente con uno de sus comentarios habituales. Simplemente salió del camarote y cerró la puerta con cuidado, procurando que la madera apenas hiciera ruido al encajar.
Lira permaneció unos instantes contemplando aquella puerta ya cerrada.
Dejó escapar un largo suspiro.
—Cobarde...
La palabra sonó casi cariñosa.
Después intentó cerrar los ojos.
El sueño se resistió a hacer acto de presencia y terminó contemplando el techo, sintiendo el barco crujir bajo el balanceo de la marea. Todas las emociones del día rompieron contra ella como las olas contra las rocas de un acantilado: una tras otra, sin darle tiempo a recuperar el aliento. La adrenalina del combate, la euforia de la victoria, la rabia por las revelaciones, el deseo... y después, todo lo ocurrido con Sandara.
Y de todo aquello, esto último era lo que más le había afectado.
Porque había despertado una antigua rabia que llevaba un tiempo enterrada.
La llevó de vuelta a sus primeros días en el Amargura. A las miradas de Azotes recorriéndola de arriba abajo, como si ya no fuese una persona, sino una posesión. A la repulsión que sentía al notar cómo la evaluaba. Recordó lo vulnerable que se había sentido, desarmada como estaba. Rodeada de hombres que tenían más fuerza, más poder y más libertad que ella. Hombres capaces de acorralarla en cualquier rincón oscuro mientras ella, por primera vez en mucho tiempo, no tenía una forma real de defenderse.
Por eso intentaba no quedarse sola en ningún momento. Si tenía que bajar al sollado o acercarse al pañol de intendencia, primero se aseguraba de que Azotes y sus amigos estuvieran ocupados con sus propias tareas. Aprendió rápido qué rincones del barco evitar y en qué momentos podía moverse sin llamar su atención.
Por eso recurrió a las drogas.
Nunca llegó a confesar a sus compañeros de cautiverio el verdadero motivo de aquel plan desesperado. Sin armas, sin una forma de plantarles cara, fue lo mejor que se le ocurrió para mantenerlos lejos de ella.
No recordaba en qué momento las miradas cargadas de deseo se transformaron en odio.
Ahora entendía por qué.
El contrato. Plugg la había apartado de sus manos porque no les pertenecía. Era una mercancía valiosa que pensaba vender al mejor postor. Ya no podían tocar aquello que habían considerado suyo. La frustración se convirtió en desprecio. El desprecio, en rabia animal.
Por eso no podía simplemente juzgarla.
La entendía.
Entendía el dolor. Entendía la necesidad de devolver el golpe. Entendía esa parte de una persona que, después de haber sido impotente durante demasiado tiempo, solo quiere que alguien más sienta por fin lo mismo.
Pero ahora era la primera oficial de un barco que le ofrecía algo que nunca había tenido.
Una elección.
Una oportunidad de construir algo diferente.
Todos ellos habían luchado para cambiar las cosas. Para dejar de ser víctimas. Para demostrar que podían escribir su propio destino.
Y si ahora derramaban sangre por venganza en lugar de por justicia, acabarían convirtiéndose en aquello que más habían odiado.
Carniceros con una bandera diferente.
Si querían que la tripulación confiase en ellos, tenían que demostrar que había una diferencia entre hacer justicia y alimentar la crueldad. Que no habían tomado el barco para convertirse en nuevos tiranos con mejores intenciones.
Intentó explicárselo a Sandara.
Pero la sacerdotisa no escuchaba. La rabia era demasiado fuerte. El deseo de venganza había ocupado todo el espacio donde antes estaba la razón.
Entonces llegaron aquellas palabras:
—Simplemente ve y mátalo. Tienes mi permiso.
Y fue entonces cuando algo dentro de Lirael se apagó. No porque la frase fuese cruel, sino porque comprendió que la nueva capitana no parecía ver las implicaciones de esa decisión como lo hacía ella.
Bajó de la cofa frustrada, con la amarga sensación de haber fracasado y una certeza fría asentándose en el pecho.
Porque no era la sangre lo que la preocupaba. Había derramado sangre antes, y volvería a hacerlo si era necesario. Pero un barco no podía sostenerse si cada herida se pagaba con otra, si cada afrenta se resolvía con un arma desenvainada entre sus propias cubiertas sin una razón que la sustentase.
Y si ahora estaban dispuestos a quebrantar aquello que debía mantenerlos unidos, entonces quizá ese no era el tipo de barco en el que quería estar.
Un nuevo sistema
Reyes encontró a Arya donde esperaba encontrarla: recorriendo la cubierta con paso constante, comprobando por sí misma que cada orden terminaba convirtiéndose en trabajo. Los prisioneros seguían bajo vigilancia, Tripas había conseguido poner en marcha la cocina y, poco a poco, el barco empezaba a parecer menos el escenario de un motín y más una nave preparada para hacerse a la mar.
—Capitana.
Ella levantó la vista.
—Como te dije... si soy contramaestre, aquí no volverá a haber latigazos.
Arya no respondió. Esperó.
—He aprendido algunas cosas de los cheliaxianos. No las que enseñan con el látigo, sino las que hacen que un barco funcione. Quiero saber para qué sirve cada marinero y ponerlo a trabajar donde más rinda. Revisar el barco cada mañana. Arreglar los problemas antes de que se conviertan en desgracias.
—¿Y cuando alguien decida escaquearse?
—Trabajo extra. Sentina. Levantar barriles con Rossie mientras los demás descansan. El que cumpla tendrá más ron de vez en cuando y algún turno libre. El que no... trabajará más.
Arya meditó unos segundos.
—El botín no se toca.
—Pensaba proponerlo, pero me parece justo. El botín es suyo.
—Y los castigos graves los decido yo.
Reyes asintió.
—Yo mantengo el barco funcionando. Tú decides justicia.
Por primera vez desde que empezó la conversación, Arya sonrió.
—Llegaremos a un acuerdo.
Lo estudió durante unos instantes.
—Te quiero en ese puesto precisamente porque sabes lo que es estar al otro lado del látigo. No necesito otro Azotes.
Reyes bajó la vista con una mueca incómoda.
—No pienso serlo.
—Más te vale. Porque te estás ganando mi confianza. Y creo que también la del resto.
El varisio respiró hondo.
—No la cagaré, capitana.
—Eso espero. ¿Tenemos un trato?
Arya le tendió la mano. Reyes respondió con un saludo exageradamente marcial.
—Sí, mi capitana.
Arya resopló.
—Dame la mano, coño.
Lo agarró ella misma de la muñeca y tiró de él hasta estrecharlo en un abrazo breve. Cuando se separó de el, le sostuvo aun durante un momento, las manos sobre los hombros para mirarle directamente a los ojos.
—Nos guardamos las espaldas.
Reyes asintió firme, con una sonrisa torcida.
—Uno a cada lado del enemigo. Como siempre.
—Y ahora vete. Dentro de poco volveremos a necesitar a mi contramaestre.
Por primera vez desde el motín, Reyes sintió que aquel barco también empezaba a ser un poco suyo.
Siguiendo el Código
El sol cayó sobre el Promesa de Hombre sin que Sandara hubiera tomado ninguna decisión en voz alta. La tripulación trajinaba sobre cubierta intentando poner orden, con la paciencia relativa de personas que han pasado semanas sin saber qué iba a ocurrir al día siguiente, y han desarrollado cierta tolerancia ante la incertidumbre. Arya organizó la vigilancia sobre los prisioneros, encargó la cena a Tripas y esperó. Esperó tanto como consideró prudente.
Finalmente, cuando estimó agotado el tiempo, buscó de nuevo a Sandara.
Había adecentado su aspecto en la medida en que el barco lo permitía. Llevaba la pipa de barro encendida y un semblante que ya no era el del derrumbe sino el de alguien que ha escogido un rumbo.
Arya se le acercó.
—Se acerca la hora. Necesito saber lo que has decidido.
Sandara rascó el suelo con la bota. Miró la isla. Luego miró a Arya a los ojos.
—No me corresponde a mí decidir cómo empieza tu mando, capitana. Haz lo que debas. Yo haré lo propio.
Pausa.
—Seguiré el Código. Solucionaré mi asunto según el Código. En privado y sin implicar al navío ni a su tripulación.
Desvió la vista hacia la isla. Los ojos se habían convertido en dos ranuras frías.
—No he debido meteros en esto. Ha sido un error. Debí zanjarlo durante el motín, pero...
Una sombra de algo que podría haber sido orgullo cruzó su cara.
—Sois jodidamente buenos. No tuve oportunidad. Habrá otras. Seguro.
Y se quedó callada, fumando.
Arya la miró un momento. Según el Código… La tradición, basada en las viejas leyes de los Grilletes, es que no se consentía ninguna pendencia a bordo. Las peleas entre tripulantes estaban totalmente prohibidas y severamente castigadas. Cualquier disputa entre hermanos que requiriera los drásticos medios propios de la violencia, debía solventarse en tierra. Al invocar el Código, Sandara convertía la cuestión en algo estrictamente personal.
Le quitaba todo el peso de encima. Asumía toda la responsabilidad. Arya masticó aquello por unos instantes. Finalmente asintió con rigidez. No era una solución perfecta. Pero quizás no existía una solución perfecta para algo semejante.
—Será un recuerdo de lo que no se permitirá en nuestro... —Se detuvo. La palabra le había salido diferente de cómo la había dicho siempre, con un peso distinto. —...en nuestro barco.
Sandara asintió a su vez, muy despacio. Siguió fumando mirando la isla con la paciencia serena de quien sabe exactamente lo que va a hacer y solo está esperando a que llegue el momento.











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