HUMO EN EL HORIZONTE
Las Tierras Cenicientas avisan pocas veces. La mayor parte de lo malo que sucede en ellas llega sin anuncio, sin prólogo, sin la mínima cortesía de un presagio. Así que cuando los Rompevelos regresaron al punto de encuentro acordado y encontraron silencio donde debería haber guías, caballos piafando desatendidos y una columna de humo negro ascendiendo al noroeste con la solidez de algo que lleva horas quemándose, la conclusión era tan sencilla como desagradable. Algo había sucedido en Vado Llama.
No hubo debate. Montaron y espolearon, y el terreno fracturado de la llanura les cobró su peaje de inmediato: grietas ocultas bajo la capa de ceniza, afloramientos de roca que aparecían con una puntualidad casi malévola, y las limitaciones ecuestres de algunos miembros del grupo que en ese momento se hicieron más evidentes que nunca. Hubo caídas. Hubo juramentos en varios idiomas. Hubo un trecho en que la posibilidad de llegar al combate con el cuello intacto parecía tan incierta como la victoria sobre Ileosa. Pero llegaron, y cuando la última quebrada les escupió al otro lado y la vista de Vado Llama se abrió ante ellos, lo que habían sufrido durante la cabalgada se volvió completamente irrelevante.
El poblado ardía. No en su totalidad, pero lo suficiente para que el humo lo cubriera todo con un velo negro y espeso que las gárgolas Ala de Ceniza atravesaban en espiral, metódicas, imperturbables, sin la menor prisa. Docenas de ellas. Las criaturas arrancaban guerreros shoanti del suelo y los soltaban desde lo alto, o directamente los desgarraban entre sus garras de piedra antes de emprender el siguiente vuelo. Los gritos cruzaban el humo con nitidez sorprendente, como siempre ocurre con los gritos en los que hay verdadero dolor.
A una distancia prudente del desastre, varias figuras ataviadas con una ya conocida armadura segmentada de color escarlata observaban el resultado con una frialdad calculadora que resultaba más inquietante que el propio caos. Los asesinos de la Orden de la Mantis Roja no estaban allí para luchar contra gárgolas. Habían venido con un propósito más concreto, y de momento les bastaba con esperar a que el caos hiciera parte del trabajo.
Sobre el tejado de la gran sala común del poblado, Krojun Come-lo-que-mata se defendía como podía. El nalharest de Korag había arrancado una puerta de sus goznes y la usaba como escudo improvisado, cubriéndose de los pernos que le llovían desde algún punto entre el humo. Alguien le había elegido como objetivo personal, y lo tenía acorralado en lo alto. Los Sklar-Quah conocen ese nombre desde niños, con la misma mezcla de desprecio y miedo con que se nombra a las cosas que llevan décadas haciéndote daño sin que nadie haya conseguido pararlas: El Escoria, el rastreador que más guerreros del Clan del Sol había entregado a las fauces de la muerte en toda la historia de las Tierras Cenicientas. Que estuviera en Vado Llama esa tarde no era casualidad, igual que no era casualidad ninguna de las otras cosas que estaban ocurriendo.
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| Gargola Ala de Ceniza |
EL REPARTO DE LA MASACRE
El grupo tomó decisiones con la rapidez que la gravedad del momento requería. Humbra evaluó el número de alas que oscurecían el cielo sobre el poblado y actuó en consecuencia: si las gárgolas diezmaban desde el cielo a los Sklar-Quah, lo más eficiente era poner entre unas y otros algo que también se moviera en vertical. Los dos enormes elementales de aire que conjuró en los segundos siguientes no eran criaturas de reflexión elaborada ni de estrategia compleja, pero tenían a su favor el volumen, la velocidad y una predisposición razonablemente sólida hacia la violencia cuando se los orienta en la dirección correcta. Se lanzaron contra la bandada como vendavales, y la presión sobre los civiles que intentaban ponerse a cubierto se alivió de forma inmediata y considerable.
Gûnther cargó hacia el corazón del poblado. En el patio principal, un grupo de guerreros shoanti sostenía una línea de defensa terrestre con más orgullo que esperanza, perdiendo terreno despacio y a un precio alto. El clérigo ulfen de Pharasma era el único jinete digno de ese título entre todos los Rompevelos, y llegó hasta los defensores a uña de caballo. Desmontó entre el caos sin especial ceremonia y se puso al frente de la posición sin pedir opinión a nadie. No es un hombre de grandes arengas ni de gestos teatrales, pero basta con que aparezca para que una línea defensiva recuerde por qué merece la pena resistir. Hugin describió dos círculos sobre el tumulto y se posó en el alero más alejado de las garras, desde donde procedió a examinar el espectáculo con su acostumbrada impasibilidad.
Korag no se detuvo a evaluar nada. Ver a Krojun acorralado le bastó como toda la información táctica que necesitaba. El camino entre él y ese tejado tenía un considerable número de obstáculos. Exactamente los mismos que aplastó para llegar hasta su nalharest. Rhorcyn le cubrió los flancos con la eficiencia silenciosa nacida de cien combates librados juntos.
LO QUE EL DESTINO DEPARA A CUALQUIER ESCORIA
Lo que se desarrolló a continuación en los tejados y callejones de Vado Llama entre el humo y las llamas fue un duelo entre maneras de entender la caza. El Escoria conocía bien ese juego, que libraba desde hacía décadas, y cada posición que ocupaba estaba elegida para garantizarse la escapatoria siguiente. Atacaba, se disolvía en el humo, reaparecía desde otro ángulo con el tiempo justo de tensar la ballesta antes de volver a desvanecerse.
Rhorcyn piensa como un estratega: razona a varios pasos de distancia, anticipa las retiradas del adversario y cierra los ángulos de fuga con metódica paciencia. Korag no reflexiona sino que se deja guiar por el puro instinto de lo que es, un depredador de fino olfato al que el vínculo de sangre con su nalharest dotaba esa tarde de toda la motivación implacable que necesitaba. Y luego estaba Drogodor, que piensa de otra manera. El varisio no persiguió al cazador ni intentó cortarle la retirada: simplemente decidió que si El Escoria llevaba toda la batalla escondiéndose entre el humo, lo más sensato era esperar ya escondido en el sitio al que el humo tarde o temprano lo iba a conducir.
Cuando el cazador se coló por la puerta de la choza medio derrumbada convencido de que llegaba primero, Drogodor llevaba un rato allí, quieto en la oscuridad, con la hoja desenvainada. Los tres cubrían el terreno de maneras que El Escoria no tuvo tiempo de considerar. Ya no había ángulo que calcular ni escapatoria que reservarse. Décadas de odio y muerte terminaron allí, en un espacio demasiado pequeño para que la pericia y la veteranía sirvieran de algo. Estoque, mandoble y lanza se cobraron cada virote hundido en la carne de Krojun, hasta que Luto y Ruina puso fin para siempre a la leyenda del Escoria regando el suelo con su sangre y mandando su cabeza volando por los aires.
Los hombres de la Mantis Roja, mientras tanto, habían concluido que Humbra era el blanco prioritario, una deducción razonable dado el papel que sus elementales de aire estaban jugando en la dispersión de las gárgolas. Lo que no habían calculado es que los huerfanos, libres ya del asunto del tejado y listos para ajustar cuentas con aquellos degolladores una vez mas. Cuando Humbra empezó a teleportarse y los fue arrastrando de posición en posición, Drogodor ya estaba, como antes, donde tenía que estar. Los asesinos de la Mantis son letales en el terreno de su elección. En terreno de Drogodor la cosa resultó bastante más unilateral. Tras las primeras puñaladas, Rhorcyn y Korag acudieron para rematar el trabajo sin contemplaciones.
TRIUNFO Y RUINAS
La gárgola líder bajó cuando ya se había perdido el cielo y el suelo. Eligió a Gûnther, que en ese momento sostenía lo que quedaba de la línea defensiva shoanti junto a los últimos guerreros de pie, y se lanzó sobre él con toda la autoridad que le confería ser lo más grande y duro que aún volaba sobre Vado Llama. El combate fue brutal y sin elegancia, del tipo en que nadie cede y nadie retrocede. La cuestión se redujo a quién aguantaba más. Cuando la gárgola cayó con un agujero en su cráneo del tamaño de un puño, lo que quedaba de la bandada Ala de Ceniza comprendió que la jornada estaba perdida, y se marchó hacia el norte sin anuncio formal.
Vado Llama celebró su supervivencia como celebran los Sklar-Quah las victorias: en voz alta y con la herida aún abierta. Krojun, maltrecho pero en pie, condujo a los Rompevelos a la sala común. Bajo una trampilla disimulada en el suelo de tierra apisonada, Akram, el Orador de la Verdad, había pasado el combate entero manteniendo la calma y el silencio de todos los niños del poblado. No era el gesto más espectacular del día, pero era el que más importaba cuando se contó a los que faltaban.
Klar Preparado, jefe del Clan del Sol, había caído durante el ataque. Los Rompevelos habían dado la vuelta a una batalla que estaba perdida, habían salvado el futuro de los Sklar-Quah, habían dado muerte al hombre cuya sola mención había nublado el sueño de varias generaciones de guerreros shoanti. Y aun así, mientras el sol de las Cenicientas comenzaba a caer sobre el humo que seguía levantándose de los tejados quemados, la tribu enterraba a su líder y el aire olía a ceniza y a oscuros presagios.
Entonces los símbolos que marcaban la piel de Drogodor comenzaron a palpitar. Una luz verdosa, insoportable, que los presentes ya habían aprendido a temer. El varisio no tuvo tiempo de decir nada. Un estallido de energía estática, un destello, y el sitio donde había estado quedó vacío. El Ojo del Durmiente Sin Nombre se lo había llevado de vuelta, como si la victoria en Vado Llama y el cansancio acumulado no fueran razones suficientes para concederle un momento de tregua. El grupo contempló el espacio que él había ocupado y nadie dijo nada, porque ya no había palabras nuevas para describir una ausencia que se repetía con implacable crueldad.
LEYENDAS
Los chamanes del Clan del Sol no son hombres dados a las prisas ni a la generosidad espontánea con sus secretos más profundos. La gran yurta olía a hierbas amargas y a la autoridad de quienes custodian un saber que llevan siglos considerando demasiado peligroso para ser compartido. El consejo escuchó en silencio a los forasteros, y su silencio no era hospitalario.
Fue Krojun quien interrumpió con aspereza es debate. Se plantó ante el consejo, todavía con las marcas del combate en el cuerpo, y habló convencido de ser el siguiente jefe, sabedor de que era la única alternativa juiciosa. Respondió por sus nalharest, desafió la parálisis de los chamanes y exigió que los ancianos estuvieran a la altura de sus propias tradiciones.
Fue entonces cuando Akram pidió la palabra. El Orador de la Verdad no necesita elevar la voz para que todos en una yurta dejen de respirar al mismo tiempo. Narró con la precisión absoluta que le impone su oficio: el cuerpo de Gaekhen rescatado de la profanación en la Ciudad de Piedra, el lazo del sredna con Krojun en las llanuras, la Acrópolis de los Guardianes, la Marca Estelar, la purificación del santuario de Desna del Salteador Rojo, el renacimiento de Korag de entre las entrañas ardientes de Fauces de Ceniza, y la muerte del Escoria, el rastreador cuyo nombre había regado de duelo a los Sklar-Quah durante generaciones, caído a manos de los Rompevelos en los callejones de Vado Llama.
Enumeró cada hazaña sin adorno y sin omisión, porque la función del Orador no es convencer sino atestiguar, y lo que había visto no requería embellecimiento. Terminó con las palabras que los chamanes no podían rebatir: «Por cada rito cumplido y por cada vida salvada, han ganado el derecho, por fuego y por verdad, a recibir el saber que custodian vuestros antepasados».
El consejo deliberó poco. Con Krojun mirando a los ancianos de una manera que no requería traducción, los chamanes accedieron.
Lo que revelaron era un peso difícil de llevar consigo. Hacía muchos siglos, un guerrero llamado Mandraivus reunió un puñado de héroes para enfrentarse a Kazavon, un dragón azul cuya crueldad había convertido el norte en un páramo sometido. Una chamana de los Sklar-Quah llamada Amarund fue una de ellos. Cuando regresó, meses después, sus manos temblaban sin que hubiera frío, y gritaba por las noches con un terror que no encontraba palabras. Contó lo que pudo: que Mandraivus había empuñado la espada Serithial y había derrotado a Kazavon, pero que la voluntad del dragón era tan brutal que ni la muerte la contenía del todo. Sus restos seguían moviéndose. Ningún conjuro los destruyó. Mandraivus encomendó entonces a los siete supervivientes que cada uno se llevara una reliquia del cadáver, a distancias y en direcciones que nadie más conocería, para que la dispersión lograra lo que el fuego no había conseguido.
Amarund eligió los colmillos. Los Dientes de la Medianoche. Los ocultó en lo más profundo de la pirámide a orillas de la bahía del Conquistador, y ella y sus descendientes juraron vigilarlos durante generaciones. Cumplieron su promesa hasta que Cheliax invadió Varisia y los expulsó de sus tierras. Los pocos que aún conocían el secreto huyeron a las Tierras Cenicientas con sus clanes, y durante tres siglos el saber fue pasando de chamán en chamán, mientras la ciudad de Korvosa crecía sin saberlo sobre el relicario de la bestia que un día podría resucitar.
No hacía falta explicar lo que eso significaba. El Trono Carmesí. Ileosa. La corona.
Para obtener lo que faltaba, la guía sobre cómo destruir esa corona y qué aguardaba al otro lado del camino, el consejo ofreció realizar su rito mas sagrado para invocar directamente a Amarund mediante el ritual de la Bendición de los Antepasados. El problema era que las Tierras Cenicientas son un lugar inhóspito para las manifestaciones espontáneas, y el rito requería un espíritu intercesor, alguien que ya hubiera cruzado el velo y que conociera a los vivos lo suficiente como para tender el puente desde el otro lado. Todos miraron la baraja de presagiar. Las cartas permanecieron inertes.
Korag no necesitó que nadie le explicara qué tocaría hacer a continuación. Se concentró, y de él surgió lo que siempre surge cuando se permite: la rabia atávica que lo conecta con los suyos, la turba de espíritus enfurecidos que arremolina el aire a su alrededor cuando afloja las cadenas que los contiene. De entre ese torbellino emergió la figura de Zellara, serena entre el caos de las sombras. La vidente silenció a la muchedumbre con un gesto. Miró al félido un instante. Luego miró al consejo de chamanes.
«Yo lo haré», dijo con firmeza. Después desapareció, tras acariciar el rostro del félido con una mano fantasmagórica.
El Chamán del Sol ordenó descansar. El ritual tendría lugar al amanecer, en la Roca Relámpago, bajo el primer rayo de sol que se alzase sobre Vado Llama.
LAS VOCES DE LOS MUERTOS
El frío de las Tierras Cenicientas antes del alba es un frío que la hoguera no alcanza. El grupo aguardó en círculo en torno al fuego sagrado sobre la Roca Relámpago mientras el chamán del sol preparaba el rito, y cuando el primer hilo de luz anaranjada partió el horizonte, el humo de la hoguera hizo algo que el humo normalmente no hace: se detuvo, se espesó, y tomó forma.
Zellara apareció como siempre: serena, ligeramente incompleta, presente a medias. Pero esta vez su mirada no era para los héroes. Extendió la mano hacia el vacío, y en el desgarro del velo que abrió a su alrededor se coló el frío absoluto del Cementerio de Huesos. De allí llegó otra figura.
Amarund era una mujer shoanti de tiempos lejanos, pero su aspecto no era el de un alma en paz. Sus manos no habían dejado de temblar en trescientos años. Sus ojos contenían una clase de terror que no tiene cura porque su origen ya no existe pero el recuerdo sí. Estudió las caras de los presentes una por una, sabiendo ya que lo que venía a continuación iba a dolerle a todos.
Su voz crujió como tierra seca en el primer calor del verano.
«El viento aún arrastra el hedor del rayo y la sangre», comenzó. «Cuando la sombra azul se extendió sobre el norte, Mandraivus trajo la voluntad de los dioses forjada en el fuego de la justicia, y Serithial brilló donde antes solo había oscuridad. Pero la voluntad de Kazavon era más inmensa que su propia muerte. Los fragmentos se agitaban. Yo tomé los colmillos y creí que la piedra de la Gran Pirámide los mantendría en silencio para siempre. Me equivoqué. La Reina Roja ha despertado la semilla, y lo que yo escondí para que no volviera ya está despertando».
Un torbellino espiritual la arrancó del aire sin aviso, sin negociación posible. Amarund desapareció en un grito mudo, devuelta a las fronteras de la muerte antes de poder decir nada más.
Zellara permaneció en silencio unos instantes. Su figura parpadeó, más viva que nunca, y cuando habló de nuevo no fue con su voz de siempre. Era un canto. El último que Amarund le había regalado desde el otro lado del velo antes de ser arrastrada.
Espíritus del viento y la ceniza, escuchad la llamada.
Canto al destino de acero. Canto a la hoja bendita.
Serithial... Serithial...
Buscadla donde el norte llora sangre, en las ruinas malditas del Muro Cicatriz.
Allí aguarda oculta, en su jaula de sombras.
Serithial... Serithial...
Cuatro cadenas de muerte sostienen el sello. Cuatro almas esclavizadas que guardan la traición.
Invocad al primero, el espíritu guerrero, cuya sed es la guerra roja y el hierro del portón.
Serithial... Serithial...
Alzad la vista a la torre de las nubes, donde el alma infernal aguarda en la soledad.
Serithial... Serithial...
Bajad a las perreras de la noche, donde el Gusano de Hueso espera al Cuervo para su juicio final.
Serithial... Serithial...
En el corazón del santuario, donde el tiempo se detiene, buscad las cenizas del obispo sin vida,
el que trascendió la carne para no expirar.
Serithial... Serithial...
Solo rompiendo estos cuatro pilares de agonía el destino de acero volverá a brillar.
Que el mordisco divino quiebre la corona falsa.
Serithial... Serithial...
Para que las dos almas de la reina se separen y el espíritu de la sierpe azul vuelva al abismo.
¡Que la sangre de los antepasados os infunda valor!
Serithial... Serithial... Serithial.
Cuando la última nota se extinguió, Zellara también se fue. El fuego sagrado ardió unos instantes más en silencio y luego se dejó apagar por el viento de la mañana.
Las armas del grupo brillaban con un fulgor que era reflejo del sol. Las armaduras parecían un poco más sólidas, como si manos invisibles hubieran apretado cada correa y cada hebilla. Los ancestros de la tribu les habían bendecido para terrible desafío que les aguardaba.
El camino estaba claro: el Bastión de Belkzen, el Muro Cicatriz, y lo que Mandraivus dejó atrás.
EPÍLOGO
La marcha comenzó con el alba todavía tierna. Los Rompevelos recogieron sus pertrechos en silencio, con ese peculiar estado de ánimo que produce haber recibido demasiada información en demasiado poco tiempo y no haber dormido lo suficiente para procesarla.
Krojun se acercó al grupo antes de que montaran. El nuevo jefe de los Sklar-Quah cargaba lo que acababa de heredar sin doblar el espinazo, al menos de cara a los suyos. Le dio a Korag una palmada en el hombro que habría derribado a un hombre más ligero, y les miró a todos con una ferocidad que en su cara funciona como afecto. Les dijo que no murieran como tshamek en ese castillo maldito, porque el Clan del Sol no iba a aceptar de vuelta cenizas que no ardieran con honor. Y que si no morían en el empeño, recordasen cuando volvieran a enfrentarse a la Reina Roja en su Ciudad de Piedra que no están solos, y que si los necesitan, los Shoanti estarán a su lado. Fue el discurso de despedida más breve y más sincero que ninguno de ellos había recibido en mucho tiempo.
Akram observó la escena desde su sitio habitual, un paso atrás. Ya había visto suficientes hilos de destino entrelazarse como para saber que los finales de capítulo nunca son finales de verdad. Asintió cuando los héroes pasaron ante él. No hizo falta más. Solo dedicó unas palabras a Ghûnther como escueta despedida.
"Que el destino que alcances en ese lugar de muerte te conceda la paz que te falta, amigo sacerdote."
El ulfen se limitó a asentir con respeto. Fue el último en montar. Había estado más callado que de costumbre desde el ritual, y Hugin llevaba un rato inquieto en su hombro con esa inquietud de los córvidos que saben que algo pesa sin poder decir qué. El clérigo de Pharasma miró hacia el horizonte norte durante un momento que se alargó un poco más de lo normal.
La aparición de Amarund, con sus manos que no habían dejado de temblar en tres siglos, le había dejado una pregunta clavada que no era fácil de formular en voz alta: si la simple custodia de un fragmento de Kazavon había bastado para quebrar a un alma de ese modo, ¿qué clase de ruina obraría sobre alguien que llevara sus colmillos encajados en la frente y los usara como corona?
Y... ¿que les haría la sombra de Kazavon a ellos mismos, que osaban alzarse contra el advenimiento de ese mal ancestral?
Los Rompevelos dejaron atrás las fogatas de los Sklar-Quah al trote, con la Canción de Serithial resonando todavía su interior. Muro Cicatriz les aguardaba al norte, como llevan esperando las cosas inevitables desde el albor de los tiempos.








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