Minirelato de Reyes Vane
Escrito originalmente por VICTORGI
La encontró dirigiéndose a la escotilla del sollado, esquivando cajas y rollos de cordaje con la familiaridad de quien sabe moverse en el mar.
Se puso en su camino sin decir nada. Ella frunció el ceño. El gesto era claro: apártate.
No se apartó.
—Así que no confías en mí. Querías una promesa de sangre ante Besmara.
No lo dijo con filo. Lo soltó como se suelta algo que pesa y que se lleva cargando demasiado rato. Los ojos pardos de Sandara lo midieron. Antes de responder, miró sus manos. Ese detalle le dijo a Reyes más de ella que toda la conversación que vino después: sólo quien ha tenido la necesidad de protegerse siempre, controla las manos de quien le habla.
—Quería un resultado —dijo—. Ambos lo queríamos, Vane. Los medios son cosa mía. Y de la Dama Negra.
Los dedos le rozaron el símbolo que colgaba del cuello, casi sin pensarlo. El automatismo de una fe que no necesita demostrarse. Después me estudió con renovado interés, aun recelosa.
—¿Vienes a cobrarte una ofensa o a buscar una disculpa?
Reyes se miró las manos un momento. Las mismas que ella había comprobado. Luego volvió a sus ojos. Su postura no era de pelea. Era la de alguien que lleva demasiado a las espaldas para llegar a una conversación así y pasarlo por alto.
—Ni una cosa ni la otra.
Se apoyó apenas en una de las cajas, abriéndole paso. No era el momento de bloquearle el camino.
—Las ofensas se reparan o se olvidan. Y tú no eres fácil de olvidar.
No era un halago. Tampoco un reproche. Era simplemente verdad, y la dejó caer como tal.
—He venido a entender en qué punto estamos.
Se sorprendió de aquel estamos, de haberse incluido sin proponérselo.
—Creía que tú eras la única que veía algo noble en mí. Así que acláramelo. Tal vez esta vez tu diosa te ha dado otro rumbo.
Hizo un pequeño gesto hacia el símbolo de Besmara. Y luego se quedó quieto.
La respuesta realmente le importaba. Y eso era lo que más lo inquietaba de toda la situación.
Sandara soltó una carcajada seca.
—¿De verdad crees que yo necesito promesas de sangre? ¿Crees que a Besmara le importan un pimiento esas cosas? ¿O que esa daga podrida de los goblins habría tenido poder sobre tu juramento?
Mientras hablaba se pasó una mano por el rostro haciendo aletear los dedos, como un prestidigitador de los que hacen aparecer y desaparecer monedas delante de tus ojos.
—Te creía más listo, Vane. No me digas que solo eres otro bobo más. ¿He herido algo noble en ti?
La sonrisa se borró de repente. Los ojos volvieron a ser dos rendijas duras como el pedernal.
—¿Crees que eres el único que arrastra una historia triste? Anda, pregunta cuántos de los que están en esta cubierta se hicieron a la mar por voluntad propia. Mil cosas habrás hecho para seguir vivo. Como todos nosotros, camarada. Ni mejor ni peor. ¿Crees que Azotes fue el primer hombre que me puso una mano encima?
Se detuvo. Como si acabara de oírse a sí misma. Apretó los labios y alzó la vista, hacia ese punto donde el cuerpo del contramaestre había estado balanceándose hacía no demasiado. Cuando bajó los ojos, el tono había cambiado.
—Queríamos resultados, Reyes. Tenemos resultados.
Lo miró de refilón, desafiante.
—No me juzgues por ello.
Reyes la dejó terminar del todo. Sin interrumpir. Cuando habló, ya no había filo en la voz. Solo peso.
—No te juzgo, Sandara. Te mido. Igual que tú a mí desde el primer día que nuestros caminos se cruzaron.
Medir sin evaluar, sin pedir que pongas encima de la mesa tu pasado. Para mí solo has sido lo que han mostrado tus actos. Cualquiera que sepa ver puede ver los mapas de nuestra piel.
—Lo de Azotes está cerrado. Te medí mal en ese momento. Mi boca suele decir cosas que mi cabeza no ha terminado de pensar. Eso es cosa mía, no tuya.
Aquello fué lo más parecido a una disculpa que fué capaz de componer.
No apartó la mirada.
—No seré yo quien te venda un espíritu noble ofendido. Sobrevivimos. Hacemos lo que hay que hacer.
Desvió los ojos un instante hacia donde había quedado lo que quedaba del Pieza.
—Y funciona. Estamos vivos. Aunque haya que apuñalar por la espalda.
Alzó la vista hacia cubierta y se acercó. Lo justo.
—Somos hombres y mujeres libres. Y cargamos con la historia que arrastramos. Todos.
Se inclinó levemente, sin invadir.
—Pero, hablaste de sueños. Ahí había algo. Algo que no suelo escuchar.
Más bajo ahora.
—En lo que no suelo pensar... Pero me recordaste que se puede. Soñar con algo distinto.
La sostuvo sin esconderse.
—Ese es tu valor. Sandara Quinn.
Se echó medio paso atrás. Como quien recuerda dónde estaba.
—Podemos ser irrelevantes para los dioses. Somos menos que hormigas para ellos. Y aun así importar. A la gente correcta.
Sandara inspiró largo. Se apartó el pelo rojizo, tan húmedo y rígido de salitre como el suyo después de la incursión a nado. Se mordió los labios y lo estudió de arriba abajo con esa expresión de quien está calibrando una ruta antes de decidir si vale la pena navegarla. Había rumbos enteros, tormentas y muerte en esa mirada cuando se volvía franca.
Al final dejó escapar el aliento en un suspiro largo. Cansado. Que sonaba a resignación.
—No te hagas ilusiones conmigo, varisio. Soy material defectuoso. Fruta envenenada. Tendrás más suerte con la florecilla del pelo azul. Al menos ella te ha regalado un beso en la mejilla, ¿no?
Enarcó una ceja, crítica y con algo de malicia en la comisura. Hizo una mueca y escupió recto al suelo, lejos de sus pies. Seco disgusto en el gesto.
—Esa chica rara era la capitana que más nos convenía. A los dos. Arya es una carnicera. Criada por ese perro de Vargo Hale. Los Postes son todos la misma mierda. Espero que no le hayamos dado el timón a otro Harrigan.
Reyes se sostuvo la frente un instante, como si toda la tensión acumulada fuese a derrumbarse por dentro.
—No se trata de suerte —dijo al fin—. De esa ya tengo la justa para mi viaje.
Negó con la cabeza.
— Y no me hago ilusiones. Sería volver a equivocarme.—Hizo una pausa, meneó la caneza reflexivo.—Pero no te compro lo de la fruta envenenada. El veneno de verdad no te advierte. Los perros rabiosos enseñan los dientes primero.
La miró.
—Defectuosos, somos unos cuantos. Y sin embargo, funcionamos.—Se encogió de hombros.—En lo de la capitana... estamos de acuerdo. Esos fueron nuestros votos. Y no creo que la tiefling sea Harrigan. Ni un reflejo de Vargo Hale.
Bajó el tono otro punto, ceñudo.
—Pero si al final resulta que lo es, me encontrará en su espalda con un palmo de acero dentro. Antes de que se sienta del todo al mando.
Se acercó un paso. Lo que quedaba de distancia entre los dos era ya poco.
—Y para eso, prefiero tener a mi lado a quien escupe al suelo...
Lo dijo en un susurro que no llegaba más allá de los dos palmos que quedaban entre ellos.
—...que a quien reza mirando las olas.
Sandara no retrocedió.
Sus ojos cambiaron de una forma que Reyes no supo catalogar del todo. Algo entre el hambre y la advertencia. Le puso una mano en la solapa, primero con suavidad, luego como una garra que estrujó la tela verde.
—Ni te imaginas lo imbécil que eres al calentarme la sangre, varisio. ¿Qué coño quieres de mí? Yo no tengo las llaves de nada como Grok. Si me obligas a rascarme donde me pica, desearás no haber nacido. Por el bien de los dos...
El tirón fue seco. Fuerte. Más de lo que esperaba. Era más fuerte que él, y eso no era algo común. A dos centímetros, su olor era denso, animal, con esa cualidad de repeler y atraer al mismo tiempo. De cerca, Reyes vio las cicatrices suaves de docenas de golpes que, sin embargo, no apagaban nada. Los ojos duros. Los dientes mellados. Marcas y signos de todo un mapa que conformaba una vida que, posiblemente, había sido tan dura como la de el. Y en aquel terrible mapa, por un momento pude entrever algo que...
—...¡déjalo estar, joder!
El empujón llegó sin aviso. Lo descolocó un paso. Y Sandara ya no estaba.
Cruzó la cubierta como un tifón, con los ojos inyectados. Los marineros se apartaron sin pensarlo cuando pasó entre ellos. No pidió espacio. Se lo abrió sola. Los portazos se alejaron hasta que todo quedó en silencio.
Reyes se alisó la chaqueta. Sin prisa.
Tomó la dirección contraria.
Un silbido suave, apreciativo, llegó desde su espalda. Al girarse, vio a Rossie la Bien Hablada apoyada en el palo de mesana, masticando una manzana con la expresión de quien lleva ahí el tiempo suficiente para haberlo visto todo sin que nadie se lo contara.
No tenía ni idea de cuánto llevaba ahí.
—Supongo que eso responde a en qué punto estamos —dijo Reyes—. Mi valiente halfling.
Hizo un breve floreo con la mano a modo de despedida y continuó su camino.
Detrás, dos marineros que habían estado mirando desde una distancia prudente cruzaron unas palabras en voz baja.
—Han estado hablando. —Dijo uno, con juicio clínico.
—Y no ha acabado bien. —Corroboró el otro, ecuánime.
El más joven titubeó antes de añadir:
—Le ha empujado.
Silencio. Nadie añadió nada. No hacía falta. En un barco como ese, esas cosas no se comentaban. No en detalle. Porque cuando dos personas salen así de una conversación demasiado cercana, nadie con dos dedos de frente lo llama el final de nada.
—Eh, pasmarotes.
La voz de Rossie tronó detrás de ellos como un portazo. Los dos dieron un respingo.
—¿No tenéis nada mejor que hacer? ¿Vais a quedaros ahí sentados tomando el fresco? Moved el culo, o voy a moleros a palos de tal forma que echaréis de menos al malparido de Azotes.
Casi chocando el uno con el otro, los marineros salieron zumbando. La mediana se quedó sola con sus reflexiones, dio un mordisco largo a la manzana y escupió el pipo al aire. Desplumado lo cazó al vuelo desde el palo de mesana y se alejó dando las gracias por el diezmo entregado al Imperio, o algo parecido.
Rossie lo miró alejarse. Una palabrota tremendamente elaborada y letalmente soez azotó el aire, como un arcabuzazo de Isaiah.
—Este maldito barco va a ser un punto circo...


No hay comentarios:
Publicar un comentario