Cuarenta y Ocho Horas
EL AMANECER DEL DESASTRE
El sol del Mar Febril no distingue entre los que merecen descanso y los que no. Alumbró la cubierta destrozada del Promesa de Hombre con la misma imparcialidad con que habría alumbrado cualquier otra cosa, sin importarle en absoluto las pobres almas desventuradas que llevaban una noche entera repeliendo trasgos marinos. La puntera de la bota del Maestro Azotes resolvió el problema del descanso con su eficiencia habitual.
Lirael fue la primera en ponerse en pie y la primera en encararse con el contramaestre para advertirle. "Cuidado". Solo eso. Pero después de una noche semejante y con el sol tropical empezando a achicharrarles desde lo alto, cualquiera podría haberlo considerado una temeridad. El rostro de Azotes se desencajó en esa mueca que todos reconocían ya. Reyes Vane los sacó a los cuatro de allí a empujones antes de que el látigo encontrara destinatario. No por altruismo (Reyes Vane raramente actuaba por altruismo)sino porque una pelea a primera hora de la mañana era exactamente el tipo de incidente que podía arruinar un plan que llevaba días fraguando.
En la cubierta principal, el panorama no era mejor. El palo mayor había caído sobre la tina del agua potable con la precisión siniestra de las desgracias cuando se acumulan. El señor Plugg los esperaba en el centro de todo aquello con Azotes vertiendo veneno en su oído , y los ojos fijos en Lirael, con esa mirada fría tan suya que recordaba a la de un pez muerto.
El Promesa de Hombre estaba encallado. La isla podía proveer víveres y agua dulce. Los voluntarios serían Reyes al mando, con Lirael, Arya e Isaiah. Cuarenta y ocho horas. Si para entonces la marea alta permitía zarpar y los cuatro no habían regresado, allí se quedaban.
La mano de Plugg descansaba sobre el pomo del sable de abordaje mágico —el mismo que la noche anterior había despachado trasgos marinos con la facilidad con que otros despachan mosquitos— para que nadie confundiera su orden con una propuesta. Reyes escuchó sin gesticular. En algún momento de los últimos días había llegado a la conclusión de que cualquier oportunidad de desembarcar, por mala que fuera la isla, eran preferible a permanecer en el Promesa de Hombre bajo la autoridad de un hombre que tarde o temprano iba a intentar matarlos.
La travesía en el bote fue el primer aviso de cómo iba a ser el día. El laberinto de arrecifes coralinos que rodeaba la isla no admitía improvisaciones, y Reyes, que había establecido desde el primer momento que su condición de líder lo eximia de tocar un remo, provocó una disputa que estuvo a punto de terminar en tragedia antes de que la misión empezara de verdad. El bote cabeceó hacia el coral. Lirael corrigió el rumbo en el último instante. Nadie lo agradeció. Cuando la quilla besó la arena, los cuatro sabían exactamente en qué posición estaban los unos respecto a los otros.
RUINAS SOLITARIAS
La playa septentrional recibió el esquife frente a lo que alguna vez fue una aldea. El tiempo la había reclamado sin prisa ni rencor, con la paciencia de lo que sabe que siempre acaba ganando: chozas de adobe desmoronadas hasta la altura de la rodilla, arena que lo cubría todo, el silencio específico de los lugares donde la vida humana tomó en algún momento la decisión de no continuar.
Sobre los escombros, una pica sostenía lo que quedaba de una bandera de Cheliax. El sol y el salitre la habían reducido a jirones, pero los colores eran inconfundibles para quien los conocía. Reyes los conocía: en las galeras, en los edictos de condena, en la pechera de los oficiales que le habían administrado los años del nhurrkharr. Se acercó a la pica sin decir nada, descolgó la tela, la plegó con una meticulosidad que no pedía comentarios y la guardó en la mochila. No era exactamente un souvenir. Nadie le preguntó.
Las huellas que encontraron saliendo de la espesura no pertenecían a nada que conviniera encontrar. Pies descalzos de mujer en la forma, pero con marcas de garras demasiado profundas para encajar con ninguna criatura razonable. El rastro llevaba al centro de las ruinas, a un pozo seco con la boca abierta entre los escombros. Arya descendió sujeta por una cuerda y encontró al fondo lo que quedaba de un grupo de soldados chelaxianos: armaduras, huesos, y en la pared, grabada con el filo de un cuchillo por alguien que había tenido tiempo de ser conciso antes de quedarse allí definitivamente, una advertencia en tres partes:
No bebas esta agua . Cuidado con las fulanas.
Tu única esperanza está en la Bóveda.
El agua (salobre e inmunda) la descartaron de inmediato. Las «fulanas» eran la razón de las huellas, presumiblemente. Y la Bóveda era un destino que la isla aún no había tenido la gentileza de revelar. Aquel soldado había muerto aquí con la lucidez suficiente para dejar instrucciones útiles. Lo menos que podían hacer era seguirlas. Siguieron adelante, porque era el único rumbo posible.
LOS PASTORES
La jungla de la Isla Quebrantahuesos tenía esa cualidad opresiva de los sitios donde la vegetación ha tenido siglos para ganar terreno sin oposición: senderos que se estrechaban hasta casi desaparecer, un calor que se instalaba entre la ropa y la piel sin intención de marcharse, el sonido sofocado hasta volverse casi inexistente. El grupo avanzaba sin hablar más de lo necesario.
Fue al apartar una cortina de hojas anchas cuando encontraron el primero de los «pastores»: una figura de la altura de un hombre, construida con huesos que habían pertenecido a personas, unida con algas y tendones resecos, y cubierta de tallas que el tiempo y la humedad no habían conseguido borrar. Arya se acercó a examinar las inscripciones con la expresión de quien ya sospecha lo que va a encontrar y prefiere estar equivocada.
No lo estaba. Aquellos "pastores" eran alabanzas a Urgathoa en goblin, promesas de un destino como alimento para quien se internara en la isla, firmadas en los propios huesos con marcas inconfundibles de dientes.
Lo dejaron donde estaba. Había más adelante, flanqueando el sendero a intervalos regulares, con las cuencas vacías mirando hacia el interior de la isla como si esperaran algo que llevaran tiempo esperando.
EL PANTANO
El pantano llegó sin previo aviso, o con el único aviso que dan los pantanos: un cambio en el olor del aire, el suelo volviéndose traicionero bajo los pies, y de repente veintiún metros de arenas movedizas y marisma de agua salada abriéndose delante de ellos. Lo que quedaba del puente sobresalía del barro como dientes rotos: pilotes podridos a intervalos irregulares, suficientes para quien supiera exactamente dónde poner el pie.
Reyes y Arya cruzaron primeros, unidos por una cuerda, saltando de palo en palo. Reyes perdió el equilibrio a mitad del trayecto agitando los brazos desesperadamente para no caer a la inmundicia; Arya tensió la maroma antes de que el pantano decidiera que era suyo, y una rana gigante emergió del lodo en ese mismo instante, lanzando la lengua hacia el espacio que el varisio había ocupado medio segundo antes. El batracio falló de milagro. Atrapado en tan pésimas condiciones, el varisio decidió que lo mejor era correr para alcanzar cuanto antes el otro lado.
Error. En cuanto pusieron una bota en tierra firme, otra rana se les echó encima.
Lirael e Isaiah iniciaron el cruce cuando los otros alcanzaban la orilla opuesta. El gnomo perdió pie casi de inmediato; Lirael se detuvo a sujetarlo, quedando a merced del primer batracio. Isaiah resolvió el problema de la rana con pólvora, lanzando una bomba directamente en sus fauces. La explosión fue eficaz. La cobertura de vísceras y barro que resultó de ella también lo fue, a su manera, cubriendo a Lirael de la cabeza a los pies con una exhaustividad que el azar difícilmente habría podido superar.
No fue eso lo que la hizo caer en las arenas movedizas. Fue intentar retomar la marcha sobre la superficie que la inmundicia había vuelto resbaladiza, y el fango la recibió hambriento. Isaiah cortó la cuerda entre ambos con la frialdad, calculando que dejarse arrastrar no beneficia a nadie. Era la decisión correcta y los dos lo sabían. Lirael tuvo tiempo de reconocerlo mientras el pantano le llegaba al pecho.
Mientras, Arya y Reyes habían acabado con la segunda rana. Coordinandose con Isaiah, sacaron a su compañera de las arenas movedizas antes de que la marisma zanjara la cuestión.
Emergió cubierta de barro, sin un lugar remotamente limpio en kilómetros a la redonda. Y cubierta de sanguijuelas. Antes de que cundiera la histeria, Isaiah se hizo cargo. Usando un puro de Reyes que Lira encendió con magia, el gnomo separó una a una las asquerosas criaturas, consevando algunas de ellas en un tarro.
Compartieron algunas caladas más para templar los nervios, y tras tomar como provisiones ls ancas del monstruoso anfibio de la orilla, siguieron caminando hacia el interior. Lo que el soldado chelaxiano había grabado en el pozo empezaba a parecer una descripción optimista de la situación.
EL TOCADOR DE LAS SEÑORITAS HAMBRIENTAS
El olor llegó antes que la visión: una mezcla de perfume barato con carne que llevaba demasiado tiempo al sol, la clase de combinación que el olfato identifica como señal de alarma antes de que el cerebro haya terminado de procesar exactamente qué está oliendo. Siguiéndolo llegaron a los márgenes del pantano, donde un árbol muerto de grandes proporciones sostenía aves carroñeras en pausa. Bajo su copa marchita se extendían los restos de una tienda de pabellón que el tiempo había convertido en un andrajo de lona manchada.
Lirael intentó acercarse en silencio. El barro pegajoso de sus botas convirtió el intento en algo más cercano a una declaración anunciada de su presencia. Tres figuras salieron de las sombras antes de que el grupo tomara posiciones.
Habían sido mujeres. Conservaban los vestidos de seda, aunque la podredumbre y los insectos habían realizado en el tejido un trabajo concienzudo e irreversible. Quedaba la silueta, la sugerencia de lo que habían sido, y encima de todo eso lo que eran ahora: guls de dientes afilados como agujas y lenguas bífidas, hambrienta carne muerta que el tiempo y Urgathoa habían reclamado para un propósito que no tenía nada que ver con el que aquellas mujeres habrían elegido para sí mismas. El perfume que desprendían encajaba con la advertencia del pozo. Las fulanas.
Reyes fue el primero en recibir el contacto de sus garras. Al primer roce, su cuerpo se paralizó por completo: rígido, inmóvil, a merced de lo que la criatura decidiera hacer con él. Solo la intervención del resto, desviando la atención de la criatura, evitó que la cosa terminara ahí. Isaiah corrió la misma suerte al intentar apoyar con sus mezclas, convirtiéndose en otra estatua de apetitosa carne.
Lirael invocó lo que tenía. Arya no necesitó invocar nada: descargó sus golpes contra las criaturas con esa precisión sin florituras que no pedía permiso ni admitía comentarios. La primera gul cayó al barro decapitada. Las otras dos la siguieron con prontitud. Reyes e Isaiah recuperaron la movilidad. Todos eran conscientes de lo cerca que habían estado del desastre.
El nido estaba decorado con rostros pintados y fragmentos de extremidades que llevaban tiempo separados de sus propietarios originales. Dentro, sobre colchones enmohecidos y nubes de moscas, los restos de las antiguas ocupantes del lugar. Entre la inmundicia encontraron un frasco de cuero en forma de cocodrilo con una poción de curación, tres dagas en buen estado, fuego de alquimista, y junto a todo eso, con la incongruencia de lo que no debería estar ahí: un vestido de novia con perlas y rubíes, un corsé de madreperla, varios alfileres de plata engastados. El ajuar de mujeres que alguna vez tuvieron otra vida en otro lugar. Nadie dijo nada al respecto. Lo recogieron y se marcharon.
Los pastores contemplaron su marcha, tan silenciosos como cabía esperar.
COCOS Y CANGREJOS
La playa apareció doblando un recodo: arena blanca, palmeras de quince metros, agua cristalina. Después del día que llevaban, resultaba casi ofensiva en su belleza.
Lirael se metió en el mar antes de que nadie pudiera objetar nada, porque llevar encima restos de rana gigante más tiempo del estrictamente necesario no entraba en sus planes. Isaiah encendió con prontitud un fuego para aprovechar las ancas antes de que el calor tropical arruinara el ingrediente. Arya y Reyes llevaron la discusión sobre cómo alcanzar los cocos con la energía específica de dos personas que han pasado demasiadas horas juntas en situaciones de tensión extrema y han encontrado por fin un tema que, técnicamente, no pone en peligro inmediato la vida de nadie.
Reyes trepó al final, de mala gana. Y una ve más, la isla decidió demostrar su amistosa personalidad. A quince metros de altura, entre las hojas de la palmera, se encontró cara a cara con un cangrejo de los cocoteros gigante que aparentemente había estado allí durante un tiempo indefinido esperando la cena. Lo que siguió fue razonablemente caótico: Lirael saliendo a toda prisa del agua totalmente desnuda, Isaiah disparando desde su improvisada fogata, Reyes saltando desesperado al vacío mientras otras dos criaturas bajaban de palmeras cercanas con idéntico interés culinario.
Engancharon al primero con un arpeo y lo arrancaron de las alturas. Los ochenta kilos del animal cayeron directamente hacia donde estaba Arya. El poder de Lirael para torcer el infortunio en el último instante actuó con la puntualidad que lo caracterizaba, y la tiflin salió ilesa. Abatieron los otros dos por medios mas ordinarios y compartieron algunas palabrotas dirigidas a la isla en general y a la playa en particular.
Estaba claro que aquel no era un lugar seguro para descansar, pero nada les privaría de su primer banquete en libertad. Amorosamente asados por Isaiah, los cangrejos y el anca de rana, regados por abundante agua de coco, se les antojaron manjares divinos. Por primera vez en un mes, comieron y bebieron cuanto quisieron. Ni siquiera la sensación de peligro acechante que imprimía la isla a cada rincón pudo arrebatarles aquel dulce momento de victoria.
Sin embargo el sol comenzaba a decaer. Con la tripa llena y el ánimo reconfortado, recogieron sus enseres y se pusieron de nuevo en marcha.
EL ÚLTIMO TRIPULANTE DEL INFERNUS
El sendero ascendía por la falda rocosa de un promontorio, dejando atrás un campo de grano asalvajado con tallos de casi tres metros que no invitaban a averiguar qué se movía entre las hileras. La subida fue dura. El agotamiento acumulado pesaba.
Lirael estuvo a punto de perder el pie sobre la roca y despeñarse hacia una mortal caída. Isaiah la sujetó en el último momento. Una vez mas, siguieron.
Lo que esperaba en la cumbre había sido construido por alguien que había tenido mucho tiempo y lo había invertido en hacer visible su miedo: una empalizada de madera bien construida, estacas de mas de dos metros perfectamente afiladas, y bordeando el perímetro, picas que sostenían lo que quedaba de las cabezas de antiguos marineros. Dentro del recinto, el murmullo de un manantial y el chirrido metálico de algo que se balanceaba. La sed que arrastraban desde las arenas movedizas resolvió cualquier duda: bebieron antes de explorar.
Arya detectó a los ahogadores de las enredaderas antes de que saltaran del roble que dominaba el patio. Uno se lanzó hacia ella. El otro atrapó a Lirael e Isaiah simultáneamente, amenazando con estrangularles con aquellas extremidades tan fuertes como cepos. Reyes acudió en su ayuda pero la criatura siguió sin ceder. Isaiah decidió ser expeditivo: estrelló un frasco de fuego griego contra ella y la envolvió en llamas; el ser chilló y se arrojó al manantial. El grupo lo remató mientras Arya terminaba con el suyo con una terrorifica estocada que acumulaba la suma de todas las frustraciones que les había regalado la isla.
Recobrado el aliento, investigaron el lugar. El refugio techado, único edificio en el interior de la empalizada, los aguardaba en la penumbra del atardecer. Del techo colgaba un cadáver.
Hombre. Pechera metálica de oficial chelaxiano, pero vieja, desgastada, mucho tiempo sin mantenimiento. Alrededor del cuello, un collar de ahorcado chelio, esa cadena de cuero y hierro diseñada para trabajos que requieren eficiencia y no dejan margen para la compasión. Llevaba tiempo colgando. Lirael detectó rastro de magia en el anillo que seguía brillando en su mano, la única cosa en ese cuerpo que el tiempo y la humedad no habían conseguido apagar del todo. Arya intentó recuperarlo.
El cadáver se reanimó con violencia espasmódica dándoles un susto de muerte.
El ghast se sacudía bajo la soga mientras la viga del techo crujía con una elocuencia estructural que no admitía optimismo. El hedor llenó la estancia. Lo que siguió no fue elegante: el grupo arrojando todo lo que le quedaba en un espacio demasiado pequeño para tener opciones, hasta que una estocada de Lirael terminó con aquella mortífera cosa, y con los últimos rescoldos de paciencia que quedaban en la habitación. Cuando el polvo se asentó y el olor a tumba empezó a perder terreno frente al de la madera vieja y el salitre, registraron los restos.
El cuaderno de bitácora de aquellos desventurados estaba a pocos pasos del cadáver, sobre un polvoriento escritorio. Un tomo ajado y maltratado, acompañado de un mapa. Fue al abrir esas páginas —manchadas de sal, escritas con una letra que se había ido haciendo más irregular con el paso de las semanas— cuando supieron por fin a quién pertenecía todo esto: Arron Hiedra, último oficial superviviente del navío chelaxiano Infernus.
Había hecho construir la empalizada, afilado las estacas, puesto las cabezas en las picas, grabado la advertencia en el pozo, y esperado en ese promontorio con su catalejo, semana tras semana, hasta que esperar se convirtió en lo único que quedaba por hacer. Lo que el diario explicaba, a través de una prosa que se volvía más fragmentada cuanto más avanzaban las páginas, era como la isla se lo había arrebatado todo poco a poco: primero la tripulación, luego la esperanza, finalmente la cordura.
El catalejo del oficial seguía instalado en el muro, apuntando hacia la cala inferior. Lirael lo usó guiad por las palabras de la funesta bitácora de Arron.
Abajo, entre restos que los trasgos marinos no habían terminado de procesar, un grupo de las criaturas pasaba la tarde sin ningún problema en el mundo. Jugaban. Se repartían lo que habían encontrado. Uno de ellos llevaba algo sobre la cabeza con ostentación casual.
Era el sombrero de tres picos de Sandara Quinn.
El peor destino vacacional del Mar Febril
Minirelato de Lirael
Escrito originalmente por Liselle
“Si algo puede ir a peor, irá a peor”. Últimamente, aquella frase se había convertido en una constante en la vida de Lira. Como acabar con el cuerpo inconsciente de Reyes entre sus brazos, que empezaba a parecer una costumbre preocupantemente habitual. El nudo varisio que llevaba prendido en la chaqueta no parecía funcionar de la forma adecuada.
La isla ya se había encargado de dejar claras sus intenciones nada más llegar. Primero, el mensaje arañado en la piedra del pozo. Después, el pequeño detalle de los cadáveres chelaxianos pudriéndose en el fondo.
Muy acogedor.
Todo intentaba matarlos en aquella maldita isla. Sapos gigantes escondidos en pantanos de arenas movedizas. Furcias convertidas en ghouls. Cangrejos monstruosos. Sanguijuelas. Riscos escarpados.
A esas alturas, Lira empezaba a sospechar que incluso las palmeras estaban esperando su oportunidad.
El único respiro llegó cuando encontraron una playa de aguas turquesas y arena blanca que, por una vez, no parecía ocultar ninguna forma creativa de morir. El mar tiraba de ella, como siempre hacía. Además, necesitaba quitarse de encima el barro, la sangre y los restos de sapo gigante que seguían pegados a su ropa después de una de las bombas de Isahiah. Porque, al parecer, bañarse en vísceras de anfibio era ahora parte habitual de su rutina diaria.
Así que se desnudó delante de sus compañeros —el pudor era un lujo cuando llevabas demasiado tiempo viviendo en un barco lleno de piratas, borrachos y hombres capaces de roncar como criaturas abisales— y se sumergió en las aguas cristalinas.
El océano la envolvió al instante, frío y familiar. Lavó la ropa, las armas y hasta el pelo con obstinación, intentando arrancarse de encima el hedor del pantano y la sensación constante de estar sobreviviendo por pura casualidad.
Durante unos minutos consiguió relajarse. Fingir, aunque solo fuera un rato, que no estaba atrapada en una isla empeñada en devorarlos vivos.
Desde el agua observó a sus compañeros.
Isaiah había encendido un fuego para cocinar las ancas de rana que habían cazado. Reyes trepaba a las palmeras ayudado por Arya, probablemente librando una batalla épica contra su mayor enemigo natural: la coordinación motriz.
Lira sonrió para sí.
Ellos no la miraban como si fuese una rareza incómoda. Simplemente… encajaba. Sentía que formaban un buen equipo. O algo peligrosamente parecido.
Arya era una combatiente formidable, y aquel día se había superado. De no ser por ella, habrían acabado convertidos en comida para sapos gigantes o en el menú principal de los ghouls. Las bombas alquímicas de Isaiah también resultaban sorprendentemente útiles, siempre que una aceptara el pequeño inconveniente de terminar cubierta de sustancias ardientes, viscosas o ambas cosas a la vez.
Y Reyes…
Bueno.
Reyes seguía vivo.
Lo cual, dadas las circunstancias, empezaba a parecer un talento sobrenatural.
Por un instante, Lira llegó incluso a imaginar que podrían desperdiciar la tarde allí: descansando bajo el sol, bebiendo agua de coco y disfrutando de unas pocas horas de libertad lejos del Promesa de Hombre. Quizá algún día tendrían incluso su propio barco. Una tripulación propia. Un lugar donde sobrevivir dejara de ser una actividad a tiempo completo. Donde nadie intentara apuñalarlos antes del desayuno, dormir más de cuatro horas seguidas no se considerara un lujo y la palabra “motín” no apareciera en una de cada tres conversaciones.
Claro que aquello implicaba asumir que la isla había terminado de intentar asesinarlos.
Ni de lejos...
Ni siquiera la supuesta seguridad de la “bóveda” resultó ser tal cosa. Después de todo el misterio, el ominoso mensaje y los cadáveres del pozo, el legendario refugio acabó siendo poco más que una construcción de madera rodeada por una empalizada.
Arron Hiedra fue el último en intentar matarlos aquel día. Incluso ahorcado desde una viga seguía siendo sorprendentemente insistente al respecto. Por suerte, el último tajo de la espada de Lira terminó convenciéndolo de abandonar el esfuerzo.
Y al día siguiente, suponiendo que amanecieran vivos —detalle que ella ya empezaba a considerar optimismo desmedido— irían a buscar a Sandara y a su inseparable compañera Rosi.
Algo le decía a Lira que Reyes afrontaría aquella expedición con sorprendente dedicación, y que el repentino entusiasmo del varisio tenía bastante menos que ver con el deber y bastante más con cierta sacerdotisa pelirroja.
La noche había caído sobre la bóveda cuando terminó de limpiar su espada. El resto del grupo empezaba a acomodarse para descansar y, por primera vez desde que habían llegado a la isla, nadie parecía estar muriéndose de forma inmediata.
Se acercó entonces a Reyes y le cogió la mano extendiendo su palma hacía arriba.
—Tengo algo para ti.
De su bolsillo sacó un pequeño objeto que dejó caer sobre su mano.
—La noche anterior no tenía nada que ofrecerte a cambio. Grok consideró que los adornos de mi pelo formaban parte del trato. Ni siquiera las bragas que llevo son mías —dijo, esbozando una pequeña sonrisa—. Pero creo que esto define quién soy.
Señaló la pequeña concha, alargada y con forma de espiral, de un blanco prístino, sin impurezas. Estaba engarzada en un fino trozo de cuero negro.
—¿Puedo? —preguntó, señalando la bufanda de Reyes.
Él no dijo nada, simplemente la observó y asintió levemente con la cabeza.
Ella le quitó la bufanda con cuidado, evitando las cuchillas que sabía ocultas entre la tela, y la dejó caer al suelo.
Recogió el pequeño colgante y se colocó a su espalda. Lo deslizó alrededor de su cuello y le hizo un doble nudo para asegurarlo con firmeza.
Después se acercó un poco más a él.
Y su voz se convirtió en apenas un susurro, tan suave que casi parecía una caricia sobre su piel.
—El mar siempre escucha, Reyes. Y me protege. Espero que te proteja a ti también.
Volvió a colocarse frente al varisio, sosteniéndole la mirada.
—Si no te gusta, no tienes por qué llevarlo al cuello. Puedes guardarlo en un bolsillo, si lo prefieres. Pero el día que me lo devuelvas, sabré que nuestros caminos se separan.
No dijo nada más.
Simplemente recogió la bufanda del suelo y se la tendió de nuevo.
—Ah, y tranquilo, me aseguré de que no tuviera ningún inquilino de esta jodida isla —añadió antes de alejarse, intentando aligerar la tensión que el silencio de Reyes había dejado suspendida en el aire.
Su voz la hizo detenerse.
—No voy a guardarlo en un bolsillo. Y no te lo voy a devolver.
Ella le sostuvo la mirada y asintió. No hacían falta más palabras.
Que complicado era Reyes, pensó. Normalmente, cuando un hombre la miraba fijamente, sabía exactamente lo que quería. Pero con él no era así.
Su mirada no pedía nada.
Era indescifrable. Como si llevara una máscara construida a fuerza de capas. Y, de algún modo, eso le resultaba más peligroso, porque no sabía manejarlo.
Escrito originalmente por VIkTORGI
Una concha.
Una jodida concha.
Eso pensé cuando cayó en mi mano. Ligera. Pero no de
verdad. Peso del otro tipo. Del que no viene del objeto, sino de lo que
significa. Y los significados siempre acaban dando problemas.
La miré sin saber qué decir. Blanca. Limpia. Intacta.
Demasiado. A mi alrededor todo se mancha con rapidez.
Cuando habló de Grok, de sus adornos, de ropa que no le
pertenecía… algo tiró por dentro. No era rabia. Ojalá. La rabia sé manejarla.
Pidió la bufanda. Asentí. Callado. No me fiaba de mi voz.
Apartó la tela sin rozar las cuchillas. Precisa. Como
todo en ella.
Estar cerca de mí corta. Siempre corta.
Y aun así se acercó. Se puso detrás. Demasiado cerca. Lo
justo para notar su respiración en la nuca y quedarme sin anclaje un segundo.
Un segundo es suficiente.
El cuero frío me tocó la piel. El nudo quedó firme. Su
voz se deslizó por mi nuca.
—El mar siempre escucha, Reyes. Y me protege. Espero que
te proteja a ti también.
No sé qué cara puse. Ella sí. Me sostuvo la mirada como
si buscara algo. O confirmara que ya no está.
Luego lo dijo. Lo del bolsillo. Lo de devolvérsela. Lo
que significaba.
Ahí llegó el golpe. Seco. Limpio.
Sé cómo terminan las cosas. Sé reconocer un final cuando
empieza a asomar. Caminos rotos. Puertas que no se vuelven a abrir.
Esto no era eso. Era peor.
Alguien poniéndome algo suyo en la mano… y dejándome
decidir si lo rompía.
Me tendió la bufanda. La cogí. Pero mis dedos ya estaban
cerrados sobre la concha.
No voy a devolvértela. No voy a dejar que esto se rompa.
No lo dije. Pero lo pensé, claro.
Se giró para irse.
La voz me salió sola. Baja. Áspera.
—No voy a guardarlo en un bolsillo.
Silencio. Un latido.
—Y no te lo voy a devolver.
Me puse la bufanda al hombro. Sin tapar el colgante. Y la
miré. Y no aparté la mirada.
Continuará.
Tal vez…













No hay comentarios:
Publicar un comentario