Minirelato de Lirael y Reyes
Escrito originalmente por VICTORGI y Liselle
Cronológicamente ubicado entre:
El amanecer encontró al Promesa de Hombre con un aspecto distinto. Los dos cadáveres que durante meses habían sembrado el terror entre la tripulación se mecían ahora de los palos, balanceándose al ritmo perezoso de la marea. Plugg colgaba inmóvil, con la mandíbula desencajada y la expresión estúpida que solo concede una muerte inesperada.
Unos metros más allá, Azotes ofrecía un espectáculo mucho menos digno. Arya había considerado que el contramaestre merecía una última lección de disciplina y le había encajado su propio gato de nueve colas allí donde jamás volvería a blandirlo contra nadie. Cada balanceo del cuerpo arrancaba alguna carcajada entre los marineros, y nadie pareció encontrar el castigo excesivo.
Nadie los descolgó. Aquel era el mensaje. El viejo orden había terminado y convenía que el Mar Febril lo contemplara durante unas cuantas horas más.
Solo entonces, con la cubierta todavía oliendo a sangre, alquitrán y libertad recién conquistada, Arya, Lirael e Isaiah empujaron la puerta del camarote de Plugg para someterlo al mismo destino que a su antiguo dueño.
Cajones arrancados, armarios vaciados, colchones rajados y baúles abiertos con las llaves que encontraron al saquear el cadáver del vencido. Mientras la capitana y el gnomo separaban monedas, armas y cualquier objeto de valor, Lirael solo buscaba una cosa. Las últimas palabras de Plugg seguían clavadas en su cabeza como un anzuelo.
Cuando por fin dio con el cuaderno de bitácora del capitán, pasó sus páginas a toda velocidad. De pronto se quedó inmóvil. Su rostro palideció primero y se endureció después.
—¡Será hijo de puta...!
Arrancó varias hojas de un tirón, cerró el cuaderno de golpe y salió del camarote echa una furia, dejando a los demás con la sensación de que acababan de perderse algo mucho más valioso que cualquier tesoro.
Le llevó un rato calmarse, las uñas clavadas a la baranda del barco. Solo cuando la rabia comenzó a ceder, buscó por la cubierta hasta dar con una figura familiar.
Lirael se acercó a Reyes con paso ligero. Aunque estaba más calmada, su rostro aún dejaba entrever cierta preocupación. El varisio por su parte arrastraba un rostro pensativo, aun digiriendo su cruce de palabras con Sandara.
—Sígueme—susurró con discreción antes de dirigirse a la cubierta inferior, buscando un rincón donde pudieran hablar sin ser escuchados.
Reyes caminó con paso cansado detrás de Lirael hasta un pequeño camarote que en ese momento estaba vacío. La madera seguía oliendo a sangre, sudor y victoria reciente. Ella cerró la puerta detrás de ellos. Se colocó frente a él y sostuvo su mirada. Tardó unos segundos en hablar, como si estuviera ordenando sus pensamientos.
—¿En qué punto estamos, Reyes? Ayer me amenazabas con tu acero y hoy lo has empuñado a mi lado. No sé si puedo confiar en ti. Y no sé si tú confías en mí. Necesito una respuesta. Aquí y ahora. —Su expresión era seria, pero no había enfado o amargura en su tono. Solo una pregunta sencilla y directa.
Él se dejó caer contra la pared, como si el barco entero le pesara encima.
—¿En qué punto estamos…? —repitió, con la voz ronca, sin molestarse en suavizar nada—. La pregunta de moda joder. Pues mira, Lirael, estamos en un punto curioso: hemos ganado un motín, tenemos un barco que antes era de un cabrón que nos trataba como ganado, y aun así aquí estoy, explicándome como si fuera yo el que os ha traicionado.
Le sostuvo la mirada. No había desafío, solo cansancio y una verdad que no pensaba endulzar.
—Te apunté con la ropera. Sí, puede que me pasara. Pero en una isla llena de muertos que caminan y monstruos que salen de cualquier árbol, si empiezas a hablar raro y a gritos, lo mínimo es pensar que algo te ha metido la mano en el alma. No es personal. Es supervivencia.
Se frotó la frente con los nudillos, como si las ideas se le agolparan.
—Y, aun así, cuando tocó jugársela, cuando tocó subir a cubierta y decidir quién mandaba y quién acababa colgado de una cuerda… estuve a tu lado, castigando a esos hijos de puta. Mira Lirael, soy consciente de que no parezco de fiar. Lo que hice en el Amargura era lo correcto para salir vivos y porque, joder, alguien tenía que hacer lo que nadie quería hacer.
Respiró hondo. No para calmarse, sino para seguir.
—Dices que no sabes si puedes confiar en mí. Pues te diré algo: yo tampoco sé si puedo confiar en nadie ahora mismo. Me secuestraron igual que a vosotros, me golpearon igual que a vosotros, y todo lo que he hecho desde entonces ha sido empujar para que llegáramos a este punto. A este barco. A esta victoria. A esta libertad.
La miró con un gesto breve, casi imperceptible, pero sincero.
—En realidad, ayer tú fuiste la única que no pidió que me cortaran la mano. Eso pesa. Más de lo que crees. Tú me sacaste del agua y el aire de mis pulmones sigue siendo tuyo.
Se incorporó un poco, enderezando la espalda, como si por primera vez desde el motín recordara que ahora era libre.
—Así que… ¿en qué punto estamos? En uno nuevo. En uno jodido, sí, pero nuestro. Hemos ganado un barco. Hemos ganado una oportunidad. Y yo no te he fallado. Tú tampoco me has fallado. Podemos construir algo encima de eso. Si no, si tu camino es como el del gnomo, a tomar por culo. Seguiré haciendo lo que hago: mantenerme vivo.
Después de escuchar sus palabras, Lirael pareció relajarse visiblemente. No necesitaba tanto, pero tampoco quiso interrumpir la perorata de Reyes. Era mejor que el varisio descargase su frustración.
—La pregunta era necesaria, y no voy a disculparme por hacerla. Porque ya he vivido esta situación muchas veces. Más de las que me gustaría.
Hizo una pausa, bajando la mirada apenas un instante.
—Un día rescatas a alguien del agua, evitas que caiga de las jarcias o impides que su bote se estrelle contra las rocas. Y entonces te dan las gracias, te regalan palabras bonitas o incluso te atan un hilo.
Una sonrisa amarga cruzó su rostro.
—Pero al día siguiente el viento deja de soplar, la pesca escasea o se desata una tormenta… y entonces te escupen cuando pasas a su lado. O intentan tirarte por la borda. O acaban echándote del barco. Incluso llegan a amenazarte con una espada.
Negó lentamente con la cabeza.
—Y al final eres tú quien termina cambiando de barco y de puerto cuando las cosas se complican.
Volvió a mirarlo.
—Así que no te culpo. No estoy enfadada. Reaccionaste como todos los demás. Aunque confieso que en ese momento me sentí decepcionada.
Lira bajó un instante la mirada al nudo de lana rojo, sopesando su valor. Luego volvió a clavar la vista en Reyes. Había tomado una decisión.
— Si estás aquí ahora, es porque confío en ti más que en el resto. Incluso aunque esa confianza no sea perfecta.
A continuación, metió la mano en el escote y sacó lo que parecían unas páginas arrancadas de un cuaderno. Se las tendió sin apartar la mirada de él.
— No sé qué coño significa todo esto, pero pienso averiguarlo. No quería enseñárselo a nadie más. Si ya piensan que soy un bicho raro, esto podría complicarme las cosas. Por no hablar de la recompensa.
Reyes tomó los papeles notando algo húmedos los bordes, quizá del sudor de Lirael. Aún conservaban el calor de ella y la primera impresión del varisio fue que podía tratarse de alguna suerte de confesión amorosa.
— Yo no me preocuparía por lo de bicho raro, eso ya no hay quien lo arregle. —Bromeó.
Ella no reaccionó a su puya. Se mordió el labio, inquieta, observando a Reyes mientras sus ojos recorrían las páginas arrancadas del cuaderno de bitácora de Plugg.
Cuando empezó a leer en silencio su expresión mudó a seria, levantando la mirada de vez en cuando hacia la semielfa.
Reyes cerró los ojos un instante.
No para calmarse.
Para contener algo más oscuro.
Cuando habló, su voz salió baja, áspera, casi un gruñido:
—Esto lo aclara todo. Una sentencia. Y no solo para ti. Para todos los que estábamos allí. Lo tuyo, no fue un secuestro fortuito. Fue un negocio. Una compra de alguien que hace contratos, que paga con moneda en flor de cuño. Y que es capaz de ofrecer un buen pellizco de monedas por ti, una parte por adelantado, y el doble si desarrollas tus…poderes místicos.
Ella se encogió de hombros.
—Lo de los poderes místicos, la resonancia o como cojones quieran llamarlo, ha sido un fracaso. Porque después de enfrentarme al abismo en esa puta isla sigo siendo la misma. Una lástima, porque si tuviera super poderes ahora podría ser la reina de los mares. —A pesar de la ligereza del comentario, su semblante seguía serio.
Reyes tampoco sonreía.
— Lirael —dijo el varisio bajando la voz. —Ambos sabemos la procedencia de ese contrato. Cheliax.
Lo dijo con rabia. Y miró al horizonte.
— Si quieres mi consejo: huye. Tíñete el pelo y ve en dirección contraria al Embozo de Destartalado. Pero los dos sabemos que, aunque pudieses, que no puedes, no me harías caso.
Levanto la mirada. No parpadeó.
— Eso fue lo primero que pensé, Reyes. Incluso lo de pedirle a Isahiah que me tiñera el pelo. Pero después de todo lo que hemos pasado no voy a dejar que unos putos chiflados me asusten. Así que mi respuesta es NO. No voy a hacerte caso. Además, tenemos la ventaja de la sorpresa. ¿Qué te parece si cobramos ese trabajito?
—Entonces ya has decidido. No quieres mi consejo, quieres mi ayuda. Y has confiado en mí a pesar de que podría ganar mucho dinero con esta información. Lo voy a tomar en serio. Muy en serio.
Endureció un poco su tono, con compromiso.
—No voy a dejar que esto te explote en la cara. Ni que te usen. Ni que te vendan por unas monedas.
Inclinó la cabeza apenas, como si sellara un pacto que no necesita palabras bonitas.
—Ya lo he leído. Ahora es asunto mío también. El comprador no dará la cara, habla de un muchacho como contacto.
Paladeó como si su boca estuviera seca de repente
--¿Vas a dejar fuera a Arya y al gnomo? Si el rumbo nos lleva a una potencial emboscada, deberían saberlo. Pero tú decides cuándo y cómo. No voy a romper tu confianza y además no estoy en muy buen momento con ninguno de los dos
— No, claro que no. En algún momento tendré que contárselo a la capitana, pero... es solo que…— hizo una ligera pausa recordando lo que hizo con el cadáver de Plugg —espero no haberme equivocado al cederle el mando. Hablaré con ellos más tarde. Aunque prefiero guardarme estos papeles para mí.
Hizo una pequeña pausa antes de volver al asunto principal.
— En cuanto al muchacho, creo que sé de quien se trata. Fue un imbécil con el que me acosté hace unos meses. Me robó un colgante que solo tenía valor para mí. Luego me atrajo hasta Puerto Peligro para recuperarlo. Y caí en la trampa como una estúpida. — Su expresión se volvió amarga.— No creo que vaya él solo a recoger la "mercancía” — Dijo enfatizando la palabra —. Pero no debería ser difícil tenderle una trampa. ¿Qué opinas?
Reyes escuchó en silencio, aunque hizo un pequeño guiño de ojo cuando Lirael mencionó lo de haberse acostado con el muchacho. Después pareció buscar algo en su chaqueta. Un puro, que encendió con un yesquero.
--Me ayuda a pensar. — Dijo a modo de disculpa.—Bien —dijo al fin—. Eso ya es otra cosa. Huir es instinto. Plantarte es decisión. Y si quieres cobrar ese trabajito… —una sombra de sonrisa, seca, peligrosa— entonces vamos a hacerlo bien. Si Cheliax quiere jugar a contrabandistas, vamos a enseñarles lo caro que sale equivocarse de mercancía.
Dió un par de bocanadas.
— El muchacho, el imbécil del colgante, que hayas sido ligera de cascos con él es… Perfecto. Un idiota con ego y que ha triunfado. Es el tipo de gente que Cheliax usa como carnada. No irá solo, no. Pero tampoco será difícil hacer que crea que controla la situación. Una trampa para un hombre que cree que te conoce. Eso juega a nuestro favor. Los que creen que ya te han tenido… Se creen intocables. Se creen listos. Y lo único que tienen es un buen día y una polla mediocre. Siempre bajan la guardia. Ahí hay una grieta.
Luego, su mirada se afiló. El puro ardía entre sus dedos como una declaración.
—Solo una cosa, Lirael. Si vamos a cazar a este cabrón… lo hacemos juntos. Y si Cheliax me cerca, no dejaré que me cojan vivo. Nunca más.
No era una promesa. Era un hecho.
—Eso no va a pasar. No dramaticemos. Y si pasa, no te preocupes, que ya te rajo yo la garganta. —sonrió quitando peso a las palabras del varisio. — Además, manda cojones que precisamente tú me llames ligera de cascos. ¿Eso es lo que piensas de todas las mujeres con las que te acuestas? ¿Qué pasa? ¿Que una mujer no puede echar un polvo sin que la tachen de furcia? Hasta donde yo sé, el placer es mutuo. Y libre. Y para tu información el revolcón estuvo más que bien. — Suspiró con teatralidad—Lástima que tengamos que matarlo después de que nos haya dado toda la información. Porque llevo demasiado tiempo en dique seco. Aunque ahora que somos libres, igual es momento de ponerle solución. — Sonrió con picardía y le guiñó un ojo.
Reyes soltó una carcajada breve, seca, casi un bufido.
—Ja!. Me ofendes con lo de las mujeres —dijo, apartando el puro un instante—. Yo no soy de esos.
La mirada que le lanzó no tenía ni rastro de vergüenza ni de disculpa. Era la de alguien que sabe exactamente quién es y quién no.
—Si me acuesto con alguien, es porque quiero. Y porque ella quiere. Punto. No voy por ahí llamando furcia a nadie. Ni juzgando a quien disfruta. Así que no me vengas con esas mierdas.
Le dio otra calada al puro, expulsando el humo hacia un lado. Lo de “ligera de cascos” era por él, no por ti. Ese imbécil cree que por un revolcón te tiene calada… y ese es el tipo de idiota que comete errores.—La observó un segundo más, como evaluando si había quedado claro.
Ella recuperó la seriedad del momento, y continuó hablando.
— También te equivocas en eso. No me conoce una mierda. Solo bebimos, nos emborrachamos y follamos. Así que no sabe nada de mí. Y en realidad eso es una ventaja. Porque todo el mundo tiende a subestimarme. ¿No es así? —Alzó una ceja y miró a Reyes de forma acusadora.
—Que te subestimen es una ventaja, no lo desperdicies. —Replicó el varisio con media sonrisa y un guiño.
Lirael miró a Reyes pensativa.
— ¿Por qué crees que esto tiene que ver con Cheliax? Esa moneda pudo salir de cualquier parte.
—Sobre el imperio, la primera pista me la dio el platino del gnomo —dijo, tocando con el dedo índice uno de los bordes de las páginas—. Moneda chelia. Sin circular. Directamente de las fábricas del Imperio.
Su voz se volvió más baja, más tensa.
—La bitácora de Plugg está llena de pistas. Contratos. Órdenes. Condicionantes. Alguien a quien Plugg consideraba que no se debía jugar con él. Un militar… o algo peor.
Se detuvo. Un recuerdo le cruzó la mirada como una sombra.
—Un invocador de demonios interesado en tu sangre especial.
El puro tembló apenas entre sus dedos.
—Todo esto apesta a ellos —continuó—. Ojalá pudiéramos echar el guante al contrato. Los chelios lo detallan todo. Lugares, tiempos, formas de pago. No dejan cabos sueltos.
Alzó la vista hacia ella, serio, firme.
—Plugg sabía que no debía fingir tu muerte y venderte a cualquier esclavista. No se incumple un contrato chelio, Lirael. Y por eso creo que esto parte del imperio. No por intuición. Por patrón. Por método. Por la forma en que huelen sus malditos negocios.
— Creo que deliras, Reyes. No sé qué coño estás fumando. Suena muy rebuscado todo. — Se limitó a encogerse de hombros.
El varisio sonrió antes de dar una última calada, aplastó el puro contra su bota y añadió:
— Ojalá tuviera otra explicación. Te garantizo que me estoy encontrando muchas más banderas chelaxianas de las que esperaba cuando me vine a los grilletes. De todos modos, lo descubriremos.
Se detuvo, paladeando su boca seca.
— Necesito un trago, ¿tienes idea que quien guarda el ron?
— Pues ahora que lo dices, yo también mataría por un trago ahora mismo. Sé quién puede tener algo, pero no creo que en este momento esté muy dispuesta a compartirlo contigo.
Se acercó a Reyes más de lo prudente y apoyó una mano en la pared, dejándolo atrapado entre ella y la madera.
— En este barco todo tiene un precio — Dijo imitando la voz de Grok, ronca y grave.
Luego se inclinó hacia él y le susurró al oído, esta vez con su propia voz. — ¿Qué puedes ofrecerme a cambio que me interese?
El aire se tornó más denso entre ambos, sosteniendo aún el humo del puro en suaves volutas. El susurro de ella le rozó la oreja. Junto con el suave cosquilleo de su aliento le llegó un olor almizclado de sudor de batalla, salitre y piel.
Aquello pareció descolocarle más que cualquier golpe por la espada. Reyes no respondió de inmediato. La miró. Despacio. Como si evaluara si ella estaba jugando… o si hablaba en serio.
Cuando habló, su voz salió más baja que antes, casi un gruñido contenido:
—¿Qué puedo ofrecerte… que te interese? — Levantó una mano y, sin tocarla, la dejó cerca de su cintura. Lo suficiente para que ella sintiera la intención, no el contacto.—Puedo ofrecerte algo que aquí nadie más tiene. Algo que no se compra con ron, ni con oro, ni con favores.
Su mirada se clavó en la de ella, fija, sin parpadear.
—Puedo ofrecerte que, si te metes en un lío… yo entro contigo. Ahora eres parte de una familia varisia. Y creo necesario equilibrar las cosas entre nosotros. Te ofrezco poner una jarra de ron y música sobre la mesa cuando acabemos con esa amenaza, y dejar que la noche decida.
Hizo una pausa, como un esgrimista analizando una finta.
—Aun así. — Forzó más la distancia dejando que el humo denso de puro que les rodeaba bailase en su contorno. —No soy un paladín de honor elevado. Así que no abras un melón que no quieras comerte Lirael. Hace tiempo decidí no convertirme en un viejo que se reprocha oportunidades perdidas. Ya tengo suficientes cosas que echarme en cara. No necesito más.
Luego añadió, con un tono más bajo, más firme:
--Si me tocan palmas, bailo. — Cerró la distancia un poco más y sus cuerpos se tocaron. — Y si apareces en plena noche a tocar la puerta de mi camarote con una botella de ron en la mano... Esa puerta se abrirá, para ti.
Ella no se apartó, manteniendo aquel contacto físico, ligero pero peligroso.
Entonces soltó una carcajada pura, cristalina.
— Pero mira que eres tonto. Un paladín de honor elevado dices… No sabes nada, Reyes Vane. Hace tiempo estuve con uno, y debajo de su reluciente armadura solo había un hombre, con los mismos deseos y necesidades que cualquier otro. Después de todo lo que hemos pasado, y sigues pensando que soy una cría ingenua o lo que es peor, una dama. — Sonrió con burla. — Se te olvida que me crie entre contrabandistas. Y llevo desde los dieciséis buscándome la vida yo sola. He aprendido sobre la vida por mi cuenta. — Su sonrisa se volvió más desafiante—. Igual que he aprendido a coger lo que quiero cuando quiero.
Inclinó levemente la cabeza.
— Solo una advertencia, no esperes que caiga rendida a tus pies, porque no creo en el amor ni en todas esas tonterías románticas. Solo creo en el placer mutuo. Puro. Sin complicaciones.
Le miró con un brillo peligroso en los ojos.
—Compartiremos esa botella de ron. Y reclamaré mi pago en ese momento. No voy a esperar a mañana ni a que pase ninguna amenaza. Prefiero aprovechar el momento antes de que el viento vire. — Sonrió. — Salvo que sientas algo por la pelirroja. En ese caso, no me interpondré en vuestro camino. Ya me buscaré un apaño. Aunque — puso cara de fingida tristeza — en este barco no hay mucho donde elegir.
No se fue de inmediato, se quedó unos instantes más observando a Reyes. Luego le besó en los labios. Suave. Un beso sencillo, pero cargado de promesas.
Volvió a guardar los papeles en su escote y, tras ensayar una última sonrisa de despedida salió de la habitación.
Reyes quedó solo con sus pensamientos un instante. Supiró y con gesto cansado, encendió otro cigarro. Las brasas alumbraron sus ojos entrecerrados cuando dio una larga calada.
Con cada conversación, la libertad se volvía mas y mas interesante.

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