Noches Chelias
Minirelato de Isaiah
Escrito originalmente por Obijuan
"[...] y al llegar la noche en Magnimar, los crueles chelios se abalanzaron sobre la desprevenida ciudad, acabando con todos los niños que pudieron encontrar. Una nación sin futuro es una nación débil y sin motivación. La primera de las noches Chelias de Magnimar fue la más amarga de las siete."
MARCHETTI DE KORTOS - Guías para el Viajero Optimista — Tomo III
Cae la noche en el Amargura como un manto de cansancio sobre la tripulación. Los marinos duermen por el agotamiento provocado por la exigente vida a bordo. Isahia sospecha que si no trabajasen hasta la extenuación, ninguno podría descansar, la conciencia les pesaría demasiado.
Protegido por la oscuridad, el gnomo se escabulle entre las sombras de cubierta hasta llegar a la cocina. El ebrio resoplar del sueño de tripas resuena tras su puerta, vía libre para Isahia. Intentando no hacer ruido el alquimista prepara todos sus ingredientes: algo de pólvora, alcohol etílico del ron, pedazos de raros seres marinos con extrañas propiedades y otros ingredientes menores que ha recolectado con paciencia desde el infausto día en que dio con sus pequeños huesos en este barco.
Intentando no perturbar la calma chicha que impera en los dominios de Barnabás
Comienza la danza frenética del joven alquimista sobre el mostrador de la cocina. No recuerda cómo cojones se preparaba la especia de Huxli, y joder, lo bien que le vendría acordarse ahora. Potenciar sus pociones le daría la pequeña ventaja que marcaría la diferencia entre morir agotado o sobrevivir con algo de dignidad al día a día de los marineros.
A la luz de un pequeño mechero de laboratorio improvisado con algo de aceite y unos cilindros metálicos que recuperó de intendencia, Isahia comienza a limpiar, limar, triturar, reducir, picar, destilar, moler, precipitar, sublimar y evaporar toda la materia prima de la que dispone para obtener su esencia más pura. Una vez hecho el trabajo preparatorio, escribiendo en su cuaderno de laboratorio para no olvidar nada, comienza a recorrer los recovecos de su fragmentada memoria intentando recordar olores, gestos, proporciones y tratamientos que puedna acercarle a su objetivo: fabricar a bordo del Amargura la interesante sustancia cuya fórmula su maestro le legó.
Tras unas horas de intensa actividad, parece que Isahia al fin tiene algo. Si no recuerda mal, si todo el proceso hubiese sido correcto, al enfriarse la mezcla, ésta debería tomar un color rosáceo y tener un olor ligeramente parecido a los humores del hígado. Los minutos suceden con cruel parsimonia mientras la expectación crece sólo para dar paso a la más miserable decepción: el olor es dulzón y el color no es ni por asomo el correcto. Isahia ha fracasado, aunque después de todo no parece que ese destilado tenga del todo mala pinta. Huele bien ¿Por qué no probarlo? Los experimentos de los grandes hombres de ciencia siempre han comenzado por ellos mismos, no nos olvidemos del afamado y misteriosamente desaparecido Cyrian tres brazos. Su mano acerca la redoma a sus labios e Isahia bebe. Nada sucede. La decepción le abruma, el fracaso es evidente. Decide volver a la hamaca antes de que alguien se de cuenta de su falta, ya estará bastante cansado mañana como para empeorarlo con el castigo por salir de la bodega a medianoche.
Así, el gnomo vuelve a su hamaca, triste, hundido, pasando cerca del castillo de popa dónde un tenebroso marinero controla el rumbo del navío y sin poder evitar preguntarse cuándo demonios el timonel del Amargura sustituyó sus manos por poderosos tentáculos.
Oh diantre. Así que ESO es lo que le pasó al pobre Concho. Le espera una noche interesante...


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