La Presa
O de cómo un gnomo desnudo, un enema y un sangriento abordaje sellaron el destino de un mercante rahadoumita.
O, quizás, de cómo Reyes Vane vendió a sus compañeros al mejor postor para sacarlos de la jaula.
EL BARDO DESNUDO Y EL ECO DEL MAR
La persecución había durado toda la noche. El Amargura acortaba distancias con la paciencia del predador que sabe que su presa ya está agotada, y al clarear el día veintiuno la marinería no miraba el horizonte —donde debería estar mirando— sino las alturas del palo mayor, desde donde llegaba la voz.
La voz pertenecía a Conchobhar Shortstone, gnomo de lengua ágil y costumbres que la tripulación describía con el mismo término que usaban para los percebes: inevitables y difíciles de eliminar una vez que se adhieren. Estaba desnudo. Esto no era lo más preocupante; lo más preocupante era el equilibrio precario sobre la gavia superior, el balanceo desafiante y el tono extático con que declamaba una ensoñación mística que señalaba a Lirael —a quien se dirigía como «diosa bendita por las olas», «sirena de pureza inalcanzable»— ante una tripulación que, bajo el bombardeo de burlas y proyectiles de todo tipo, evaluaba la situación con el pragmatismo del marinero que lleva demasiado tiempo en el mar.
La condestable Riaris Krine tenía una pistola y un propósito. Mujer de pocas pulgas y una sola pierna de madera, administraba el orden del Amargura sabiendo que algunos problemas tienen una sola solución eficiente. Solo Sandara Quinn se interpuso, rogando a los protagonistas que bajaran al gnomo antes de que el plomo o el vacío hicieran lo que Krine tenía en mente.
Aria y Lirael se lanzaron al cordaje con la urgencia de quien sabe que las ventanas de oportunidad en el Amargura duran exactamente lo que dura el humor de quien las abre.
La ascensión fue rápida. La distracción fue fatal. Los atributos del bardo —que la crónica de la tripulación describiría después como «exagerados y bamboleantes»— arrancaron a Aria de su concentración en el instante más inoportuno. Las manos que Vargo Hale había forjado para no fallar fallaron, y la tiflin comenzó a caer.
Fue entonces cuando el aire cambió. Lirael emitió una sola nota. No fue un canto en el sentido que los marineros del Amargura darían a la palabra; fue algo más antiguo y más urgente, el tipo de sonido que resuena en la madera del casco como si el barco lo recordara de antes de ser árbol. Un golpe de viento imposible —imposible en cuanto a dirección, imposible en cuanto a momento— devolvió el cuerpo de Aria a las jarcias antes de que la gravedad terminara su argumento.
El esfuerzo cobró su precio. Lirael quedó con un hilo de sangre brotando de la nariz y el agotamiento específico de quien acaba de pedirle un favor al mar, que nunca lo concede sin cobrar por adelantado. Aria no necesitó más ayuda. Aseguró a Conchobhar con cabos de rescate y lo bajó a cubierta entre el silencio de hombres que habían visto muchas cosas en el Mar Febril pero no exactamente aquello.
MEDICINA DE CHOQUE
En cubierta, el gnomo seguía en trance. Habbly Quarne «el Puntadas», carpintero y cirujano de a bordo, miraba la escena con la sospecha perenne de quien considera su oficio un territorio privado. Isaiah Huxli tuvo que emplear la mejor versión de sí mismo para convencer a los oficiales de que aquello no era locura sino una dolencia con remedio. Sobretodo porque el remedio de la condestable para la locura consistía en una dosis letal de plomo en la sien.
Lo que siguió fue la clase de conversación que solo es posible entre dos hombres que se reconocen mutuamente. Isaiah, recordando las lecciones de su mentor Tidirian, encontró el ángulo exacto para ganarse la confianza del huraño Puntadas. Deliberaron con seriedad clínica y diseñaron juntos un remedio que era lo más extremo y lo más pragmático disponible en ese barco: un enema picante administrado con una herramienta de calafateado de brea.
El tratamiento funcionó con una eficacia que nadie en el Amargura olvidaría. Conchobhar recuperó el juicio con un alarido que recorrió medio barco y terminó zabulliéndose en un barril de agua fría, con la expresión de alguien que ha vuelto de algún lugar y todavía no decide si este es mejor.
El Puntadas, impresionado por el criterio del gnomo verde, le concedió acceso a los tomos médicos del cirujano anterior —tesoros de saber que el carpintero, en su analfabetismo, no podía aprovechar—. Isaiah los recibió sin celebrarlo, que es como se reciben las cosas que se esperaban desde el principio.
PACTOS DE LEALTAD: EL PRECIO DEL ACERO
Con el Promesa de Hombre ya en el horizonte y el rebato de guerra acercándose, los cuatro hicieron lo que hace cualquier persona que lleva semanas sin sus armas y sabe que las va a necesitar en las próximas horas: fueron a buscarlas.
Aria se presentó ante Riaris Krine. La condestable ya se había fijado en ella demostrando una especie de tosca y seca predilección, y tras una ruda conversación entre tajadoras de carne, le devolvió el alfanjón. El acero llegó envuelto en un precio que no era metal: lealtad absoluta hacia Krine, por encima de cualquier otro oficial del Amargura. Aria aceptó. En Krine había encontrado algo que el barco de Harrigan no ofrecía por defecto: un mando que no necesitaba que la eficiencia fuera espectacular para reconocerla.
Veterana de piel curtida y pata de palo, la condestable Riaris Krine es el alma de la brutalidad eficiente a bordo del Amargura. Mujer de lengua afilada y pistola lista, desprecia la gloria en favor de una letalidad quirúrgica, reconociendo el talento marcial allí donde otros ven parias y exigiendo, a cambio de su respeto, una lealtad tan absoluta e inquebrantable como el acero que custodia.
Fue la misma condestable quien los reunió antes del rebato, con esa economía de palabras de los mandos que llevan años diciéndole a la gente lo que necesita saber y no lo que le gustaría oír. El objetivo era el castillo de popa del Promesa de Hombre: tomarlo, asegurar el timón, neutralizar la resistencia antes de que pudiera organizarse. Grupo de abordaje de vanguardia. Sin apoyo inmediato. Los cuatro.
Puso a Aria al mando. No lo explicó porque no necesitaba hacerlo; llevaba días observándola y la decisión era la consecuencia lógica de lo que había visto. Las semanas anteriores, el combate contra el Pieza, el entrenamiento de abordaje, el derribo de Oso Lechuza, la manera de moverse en cubierta: todo había sido, sin que Aria lo supiera, una audición.
Sobre la inclusión de Reyes en el grupo, Krine no dijo nada. No hacía falta: el varisio llevaba suficiente tiempo en el Amargura para saber que el señor Plugg nunca hacía favores sin un precio oculto en el envoltorio. El favor de Plugg era que Reyes estuviera donde estuviera Aria, haciendo lo que Plugg siempre hacía con las cosas que empezaban a volverse peligrosas: mantenerlas dentro de su línea de visión.
Reyes lo procesó sin hacer preguntas. Había sobrevivido a situaciones más complicadas siendo la pieza que varios tableros distintos movían al mismo tiempo.
EN LA NIEBLA
El sol del mediodía caía sobre el Mar Febril, pero su luz no llegaba al Promesa de Hombre. Quisquillosa Cuarto de Penique había tendido sobre el mercante rahadoumita un velo blanco y denso que avanzaba hacia él como un frente de niebla natural —demasiado quieto, demasiado preciso para ser natural—, y el Amargura navegaba dentro de ese velo como un espectro que ya conocía el resultado del encuentro. La sangre de los cerdos sacrificados teñía la estela del barco, atrayendo una legión de aletas grises que acechaban con la paciencia de las cosas que saben que la violencia siempre deja algo flotando.
Los artilleros del mercante lo sabían también. Antes de que la niebla los alcanzara disparaban a ciegas —ballestones y falconetes apuntando al sonido antes que a la imagen—, intentando desaparejar al Amargura. Los proyectiles silbaban sin destino preciso sobre la cubierta pirata, astillando madera aquí y allá, y Harrigan dejaba que sus propios artilleros respondieran con la misma moneda. Fue un intercambio de daño ciego y nervioso, en el que nadie podía saber a ciencia cierta el efecto de sus andanadas. El Amargura seguía reduciendo distancia. La niebla seguía avanzando. Los artilleros del mercante seguían disparando con la desesperación de quien comprende que cuando la niebla los envuelva ya no habrá nada que hacer.
En el castillo de popa, los cuatro aguardaban el impacto con las armas empuñadas. El tablero se había reducido a esto: madera, hierro y el instante exacto en que los cascos colisionaran.
Cuando las maderas de ambos navíos chocaron con un estruendo de astillas y los arpeos volaron, la mayor parte de la tripulación del Amargura saltó. Los cuatro no. La orden de Krine había sido explícita: dejar que el grueso del abordaje absorbiera la primera respuesta enemiga, esperar unos latidos mientras la defensa del Promesa de Hombre se orientaba hacia la amenaza principal, y entonces —solo entonces— lanzarse sobre el castillo de popa con la ventaja de atacar a gente que ya miraba en otra dirección.
Esos latidos de espera fueron los más largos de la jornada. El combate rugía a metros de distancia, los gritos llenaban el aire junto al humo de la pólvora, y los cuatro permanecían quietos en el borde, midiendo el momento. La paciencia como arma, eso también lo había enseñado Hale.
Llegado el instante, saltaron.
EL ABORDAJE DEL PROMESA DE HOMBRE
Aria fue la primera en tocar madera enemiga. Hale le había enseñado que un primer golpe bien ejecutado vale por diez mal calculados, que la velocidad al matar importa más que la espectacularidad de cualquier estocada y que el hombre que duda pierde antes de levantar el arma. El alfanjón trazó el arco para el que había sido forjado, ignorando el cuero de los marineros rahadoumitas. El primer muerto cayó en dos mitades antes de que los otros terminaran de comprender que el combate había empezado. Fue la clase de apertura que establece un tono.
Con una frialdad que helaba la sangre de los defensores rahadoumitas, la tiflin se transformó en una máquina de muerte que aplicaba con precisión quirúrgica las lecciones Vargo Hale. Sus compañeros, asombrados ante el despliegue de eficiente brutalidad, observaron cómo su pesado alfanjón trazaba arcos de destrucción absoluta que ignoraban cualquier intento de defensa; en un momento de letalidad sublime, Aria seccionó a un marinero de forma longitudinal, dividiendo al hombre en dos antes de que sus restos regaran las tablas de la popa.
No hubo en ella rastro de duda ni búsqueda de gloria, solo la eficacia aterradora de quien ha sido diseñada para reventar hombres como si fueran cascos de madera podrida. En aquel puente de mando, entre el clamor del acero y el olor a salitre, Aria reclamó su verdadero lugar en el mundo: no en la servidumbre de la sentina, sino en el corazón sangriento y frenético de un abordaje.
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| Aria desatada |
Reyes habitaba las sombras de la niebla. No buscó el enfrentamiento directo; buscó los flancos, los puntos ciegos, los ángulos desde los que su acero se complementaba con el de Aria, encontrando su camino sin resistencia. Era coordinación sin palabras, la clase que se construye compartiendo largas jornadas de miedo y secretos.
Sobre el clamor del acero y los gritos de los heridos, la voz de Lirael se alzó en algo que no era exactamente un canto. Era un pulso. Una frecuencia que los cuerpos de sus compañeros reconocían y respondían sin que la mente tuviera que dar permiso. Lirael, protegida por su cota de malla recuperada, asestaba sablazos con el arma de Magnus contra cualquiera que intentara romper la formación, y entre golpe y golpe la voz seguía, constante, empujando hacia adelante.
Pero su voz tenía otro registro. Uno que Lirael no usaba a menudo porque era difícil de controlar y más difícil todavía de olvidar después. Un marinero rahadoumita que intentaba flanquear la posición se encontró de improviso en el punto de mira de ese registro, cuando la semielfa giró hacia él y dejó salir algo que no era música sino su inverso: una frecuencia que no empujaba hacia adelante sino que aplastaba hacia dentro, que hacía que el mundo fuera de repente demasiado grande y uno mismo demasiado pequeño. El hombre se detuvo. Soltó el arma. Miró la mancha húmeda que se extendía lentamente por sus pantalones. Y con una expresión de absoluto horror se dejó caer en el suelo temblando.
Fue el único prisionero que tomaron antes de que terminara el combate. Ninguno de los cuatro lo comentó en voz alta, que es la única forma correcta de tratar un momento así.
Desde la retaguardia, Isaiah gobernaba el caos. Las bombas alquímicas salían de su mano con una precisión que convirtió las escaleras del castillo de popa en territorio sin defensa posible; cada detonación desbarataba la reorganización enemiga antes de que pudiera completarse, convirtiendo lo que debía haber sido una resistencia coordinada en una serie de decisiones desesperadas tomadas por hombres que ya sabían que iban a perder.
Por el rabillo del ojo, mientras los defensores del Promesa de Hombre intentaban reorganizarse, Reyes vio al marinero deslizarse hacia la espalda de Harrigan. La forma en que procesó la información fue la misma de siempre: eminentemente práctica. Era bien dudoso que un marinero mercante de tres al cuarto consiguiera acabar con ese demonio. Mejor aprovechar la ocasión para mostrarse fiel.
El varisio gritó una advertencia que cortó el aire sobre el ruido del combate. Isaiah no necesitó más: un frasco salió disparado de su mano y estalló sobre el asesino potencial antes de que pudiera hundir su hoja. Los restos humeantes cayeron al suelo antes de que Harrigan terminara de girarse.
El capitán miró a Reyes. Miró a Isaiah. Asintió con la cabeza. Ese rictus de aprobación pétrea era, en el sistema de comunicación de Harrigan, el equivalente a un discurso largo y una deuda reconocida. En el Amargura, eso valía más que cualquier moneda.
EL FINAL INEVITABLE
El grupo había tomado el timón mucho antes de lo que Krine esperaba cuando el barco tembló bajo sus pies.
No fue el movimiento del combate ni el impacto de los cascos. Fue una detonación en las bodegas del Promesa de Hombre que sacudió las tablas desde abajo como si el barco hubiera recibido un puñetazo desde el interior. El humo empezó a salir por las escotillas. Los cuatro se apoyaron en lo que tuvieran más cerca para no caer, y por un instante el combate en cubierta se suspendió —piratas y defensores por igual buscando equilibrio sobre una madera que seguía vibrando—, y nadie supo exactamente qué había pasado abajo ni si iba a pasar otra vez.
No pasó otra vez. El barco se estabilizó. El combate volvió a arrancar. Pero la pregunta sobre qué había en esas bodegas, y qué lo había hecho estallar, quedó en el aire junto al humo. La niebla se abrió un momento sobre la cubierta principal. Fue un segundo, no más. Suficiente.
Entre el humo de las bombas y los jirones de niebla mágica, la figura de Harrigan apareció en la cubierta principal como se aparecen las cosas que no necesitan anunciarse. Luchaba. No como pelean los hombres sino como pelean las cosas más antiguas y más violentas que los hombres, con esa eficiencia despiadada que no distingue entre adversario y obstáculo. Y tenía, en la mano izquierda alzada sobre los caídos a su alrededor, algo que todavía latia.
Un corazón humano.
Ninguno de los cuatro dijo nada. La niebla volvió a cerrarse. El combate continuó, indiferente al horror que acababan de contemplar, recordatorio de la terrible muerte de Boquerón.
Fue entonces cuando ella apareció.
La oficial veterana del Promesa de Hombre era el tipo de persona que sabe exactamente en qué punto del combate está y qué opciones le quedan. Empuñaba una pica de abordaje mágica —un arma capaz de repeler atacantes con una sola palabra de mando— y buscaba el instante preciso para activarla. Un segundo de apertura en la formación, un momento de distracción: eso era todo lo que necesitaba.
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| La oficial |
No lo encontró. Reyes le bloqueó la retirada antes de que pudiera reposicionarse, Isaiah la hostigo con fuego desde el flanco y el alfanjón de Aria terminó la conversación sin que la mujer llegara a pronunciar la palabra que habría cambiado el resultado. El arma mágica cayó al suelo sin llegar a activarse.
Cuando los marineros supervivientes del Promesa de Hombre vieron caer a su oficial sin haber tenido oportunidad de defenderse, arrojaron las armas. El barco era un trofeo.
TREINTA Y SEIS HORAS
El Mar Febril tiene una forma muy concreta de recompensar la violencia: dejando que quienes la ejercen olviden durante un rato que mañana tendrán que volver a ejercerla. Treinta y seis horas, los vinos y licores de las bodegas del Promesa de Hombre, y una cubierta donde la disciplina del Am argura se relajó hasta volverse irreconocible. Los oficiales también bebían.
Era el tipo de celebración que no celebra nada específico: sólo lava el sabor de la pólvora y el miedo y el olor a sentina que se le pega a uno cuando lleva demasiadas semanas siendo propiedad de alguien. Los cuatro bebieron también, o al menos fingieron hacerlo, porque en el Amargura rechazar el ron en una jarana es la clase de gesto que hace que la gente se pregunte qué estás planeando.
Bajo la mirada dorada y fría de Quisquillosa Cuarto de Penique, que observaba la escena desde el alcazar con la expresión de alguien que cataloga información y no la procesa igual que los demás, el capitán Harrigan tomó la palabra. Cuando Harrigan hablaba en medio de una jarana, la jarana no se detenía, pero se volvía más silenciosa, que es lo mismo pero con más miedo dentro.
El anuncio fue el siguiente: el señor Plugg asumía el mando del navío capturado. Se llevaría la mitad de la tripulación original del Amargura y conduciría la presa a Puerto Peligro para cobrar el rescate. El resto de los puestos los cubrirían los marineros rahadoumitas que habían elegido la lealtad forzada sobre el cuchillo del Maestro Azotes, que era la clase de elección que se toma rápido cuando el cuchillo está lo bastante cerca.
El anuncio desató lo que datan anuncios similares en barcos piratas: un frenesí silencioso de cálculos privados. Cada marinero que guardaba una moneda en la bota empezó a evaluar si le convenía más huir de la sombra asfixiante de Harrigan o quedarse bajo la única protección que esa sombra, precisamente, ofrecía.
Plugg recibió ofertas, sobornos y promesas durante las siguientes horas con la frialdad de quien ya sabe qué va a decidir y disfruta del espectáculo de los demás no sabiéndolo. El Maestro Azotes a su lado dejó que sus dientes de oro brillaran ante cada propuesta con la magnanimidad del que también va a quedarse con algo de todo esto.
Reyes no esperó a que Plugg viniera a buscarlo. Fue él quien forzó la conversación, que es la única forma de tener algún control sobre el terreno en que se desarrolla. El nuevo capitán del Promesa de Hombre era el tipo de hombre que considera cada interacción un duelo y cada duelo una oportunidad de establecer quién tiene más que perder. Reyes lo sabía y lo usó como punto de partida.
El argumento fue construido para el interlocutor específico. Plugg no era un hombre de sentimientos; era un hombre de conveniencias, y las conveniencias se explican en términos de costes y beneficios sin adornos que distraigan. Reyes se lo explicó así: mientras permanecieran bajo la Ley del Hierro de Harrigan, matar a un camarada pasaba por la quilla. Esa ley había protegido a ciertos individuos problemáticos de la justicia sumaria que merecian. Pero en el Promesa de Hombre, lejos del alcance visual del capitán, esa ley no llegaba. El horizonte, en el Mar Febril, es una frontera muy concreta.
Plugg escuchó sin interrumpir, que en él era una forma de interés. Cuando Reyes terminó, el nuevo capitán guardó silencio un momento y luego hizo algo que nadie recordó haberle visto hacer antes: felicitó al varisio por su astucia. Fue un cumplido tan fríy tan inesperado que resultó más inquietante que cualquier amenaza.
Los nombres que Reyes puso sobre la mesa fueron: Aria, Lirael, Isaiah, Sandara Quinn, Rosie la Bien Hablada, Ambrose «Tripas de Pez» Kroop y Conchobhar Shortstone. Alborotadores, inconvenientes, lastre. Exactamente la clase de vocabulario que Plugg usaba para describir los problemas que no había podido resolver todavía.
LO QUE REYES NO DIJO
Una simple traición era algo demasiado burdo para un hombre como El Galeote. Lo que el varisio había calculado en realidad era lo siguiente: en el Amargura estaban atrapados en la jaula más sólida del Mar Febril, bajo la única autoridad capaz de arrancarle el corazón a alguien en medio de una fiesta y volver a su camarote sin cambiar el paso.
En el Promesa de Hombre, la nueva autoridad Plugg prometía cerrarse sobre ellos como una trampa. Pero las trampas son, por definición, estructuras que alguien ha construido con una lógica específica, y las estructuras con lógica específica tienen puntos débiles.
Una tripulación pequeña. La sombra de Harrigan disolviéndose en el horizonte a medida que los barcos se separaran. Plugg confiado en que la Ley del Hierro ya no aplicaba y que el tiempo trabajaba para él. Todo eso eran ventajas que en el Amargura nunca habían tenido y que el Promesa de Hombre ofrecería, si sabían esperarlas.
No lo compartió con los demás. Los rostros de la gente que sabe lo que vas a hacer son el peor tipo de prueba en un barco donde todos se vigilan mutuamente. Aria, Lirael, Isaiah: los vería subir al Promesa de Hombre creyendo lo que quisieran creer, y eso también era parte del plan, porque la incomodidad que muestran las personas que no entienden como se decide su destino resulta extraordinariamente convincente para un hombre como Plugg, que esperaba exactamente eso.
El motín no era ya una necesidad abstracta ni una fecha por determinar. Reyes Vane lo llevaba en la cabeza como un navío lleva el lastre: invisible desde fuera, pero decisivo para todo lo demás.
LEALTAD ENTRE PIRATAS
El peso del alfanjón en la cintura de Aria se sentía distinto esa noche. No era solo el acero recuperado lo que la anclaba a la cubierta del Amargura, sino la promesa de lealtad que le había jurado a la condestable Riaris Krine bajo el sol previo a la batalla. Para una Poste Negro, las palabras no eran aire; eran contratos grabados con la misma permanencia que el tatuaje de tinta oscura que recorría su brazo.
Al ver las luces del Promesa de Hombre, el barco donde el señor Plugg ahora reinaría, Aria sintió una zozobra que nada tenía que ver con el miedo al combate y sí con el código de eficiencia que Vargo Hale le había inculcado: «un cazador cumple lo pactado».
Desde la sombra de la borda, Aria observó a la condestable. Krine bebía a solas, masticando el amargor de una derrota política que dolía más que su pierna de madera. Harrigan le había entregado la presa a Plugg, y la oficial veterana se quedaba atrás. La tiflin sintió una punzada de inesperada simpatía hacia esa mujer dura que, por una vez, la había mirado con respeto marcial y no como a una simple paria.
—No malgastes ni una gota de lástima en ella, Poste Negro —la voz del Maestro Azotes surgió de la penumbra, cargada con el veneno de quien disfruta rompiendo voluntades.
El contramaestre se acercó, haciendo brillar sus dientes de oro bajo la luna. Había detectado la duda en la mirada de la joven y no podía permitir que un grumete se marchara con la ilusión de una lealtad noble.
—Crees que ella te aprecia por tu talento, ¿verdad? —Azotes soltó una risotada seca—. Krine no es tu amiga. Fue ella quien te eligió en Puerto Peligro. Ella fue te marcó a dedo para el reclutamiento. Sabía perfectamente lo que significaba la marca de tu hombro. No te salvó de la miseria; te seleccionó como quien elige un nuevo juguete en una feria o un cuchillo bien afilado en una armería. Solo quería un Poste Negro que le hiciera el trabajo sucio.
Azotes se alejó con un paso renqueante, dejando que su «perla de sabiduría» se hundiera en la mente de la tiflin como carcoma en madera podrida. Aria se quedó inmóvil, acariciando la empuñadura de su arma. Si la lealtad en los Grilletes no era más que una transacción de herramientas, si Krine solo la había «comprado» por su utilidad, entonces el contrato estaba viciado desde el origen. Mientras la celebración proseguía a su alrededor, Aria comprendió que en este mar no había honor, ni gloria, solo el valor que uno mismo se otorgaba antes de que otro decidiera ponerle precio.
EL MAMPARO DE LA SENTINA
Treinta y seis horas de jarana relajan la vigilancia, pero también abren ventanas. Mientras el ron fluía y los oficiales tenían cosas mejores en las que pensar, los cuatro se deslizaron una última vez hacia la penumbra de la sentina.
Reyes los llevó ante el mamparo que había descubierto semanas atrás: aquel panel de madera aparentemente podrida que ocultaba algo tapiado, que no hacía ningún ruido y que nadie del barco mencionaba nunca, lo cual en el Amargura era la descripción exacta de las cosas que merecen atención.
Isaiah lo inspeccionó con la meticulosidad del artesano que no concluye nada hasta haberlo tocado. Las juntas, la estructura del casco, el ángulo de las maderas. El compartimento no tenía trampilla lateral. No había ninguna forma de acceder a él desde ese nivel.
Lo que había por encima de sus cabezas, en la vertical exacta de ese espacio, eran las estancias del castillo de popa: el camarote privado de Harrigan y, muy probablemente, el laboratorio de Quisquillosa Cuarto de Penique, donde la navegante guardaba las cosas que no eran exactamente instrumentos de navegación.
Los cuatro procesaron esta información en silencio. El compartimento sólo podía abrirse desde arriba. Dónde vivían los dos miembros mas aterradores de la colección de canallas y malnacidos que conformaba el paisaje del amargura. La conclusión era tan lógica que no necesitó ser pronunciada en voz alta: mejor dejarlo estar.
Se retiraron antes de ser descubiertos. El mamparo siguió donde estaba, guardando lo que guardara, otro misterio no resuelto de un barco que iban a dejar atrás.
LA GENEROSIDAD DE HARRIGAN
Antes de que las naves separaran sus rumbos, Harrigan presidió el reparto del botín. Cada marinero recibió su parte sin discusión, que en el Amargura ya era una forma de generosidad fuera de lo común, pero el capitán había reservado algo más para los que habían demostrado algo específico durante el abordaje.
Para Reyes, por el grito de advertencia que le había salvado la espalda: un amuleto de armadura natural que dificultaba el trabajo de los aceros enemigos. Para Isaiah, por la bomba alquímica que había resuelto el problema antes de que pudiera volverse un problema mayor: una espada corta encantada que el gnomo sostuvo con la expresión de alguien que recibe exactamente lo que esperaba y prefiere no mostrarlo.
Harrigan no explicó los regalos ni los presentó como tales. Los depositó y pasó a otra cosa, que era su forma de decir que la deuda estaba reconocida sin que nadie tuviera que pronunciar palabras de gratitud en voz alta. En el sistema de comunicación de Harrigan, eso era el equivalente a un abrazo.
Un abrazo de los que sellan destinos para siempre...



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