domingo, 11 de enero de 2026

Calaveras y Grilletes - Origen de PJ - Reyes Vane

EL GALEOTE

 By VICTORG, publicado originalmente en el blog de "Principiante Roleando".

Reyes Vane, pícaro humano, contrabandista y superviviente desafortunado

En la esquina más oscura y sucia de la taberna más oscura y sucia, bebía un varisio. Sucio, como todos los de su raza, de tez oscura.

Su mirada verdeoliva turbia perdida en la nada, y su mente un bullir de tambores, lamentos, dolor y salitre. Apuró su vaso de madera y golpeó contra la barra.

—¡Hekar! ¡Ron! —gritó entre el bullicio de beodos y jugadores de dados.

Un mugriento tabernero, orondo y con la calva brillando por el sudor, giró levemente su cabeza, cruzando la mirada con el varisio, y negó en silencio.

—Puedes irte al infierno con tu ron aguado —alcanzó a mascullar Reyes mientras se servía de una petaca oculta en su espalda.

Echaba de menos a su madre. Se había enterado por un grupo de nómadas de que había muerto de fiebres el invierno pasado. Zenobia Vane, la más valiente y aguerrida de su raza, que con su baile podía conquistar emperadores. Ningún hombre o mujer había podido con ella; habían tenido que ser unas traidoras y perras fiebres.

No se atrevía a volver así, desarrapado.

Decidió que regresaría con un buen cargamento de tabaco, para tener una excusa para visitar a la Descalza. También echaba de menos sus cantes espirituales, de una tierra lejana.

En ese momento la puerta se abrió y un pelirrojo atravesó el umbral. Tras ofrecerle una sonrisa picada, se aproximó a la esquina donde se encontraba el varisio. Tommy Mediodedo.

—Reyes, esta tarde lo has hecho bien. Con tus cantes, piruetas y malabares has distraído al personal —dijo mientras se echaba una mano a la bolsa de donde extrajo un puñado de monedas relucientes—. Esta es tu parte.

—Dáselas a Hekar, creo que no me sirve ron porque le debo las últimas rondas.

—Galeote —negó con la cabeza—. Estás para el arrastre. Quién diría que este hombre sobrevivió a lo que sobrevivió.

—Y este es el precio, Tommy. No poder dormir por el retumbar de tambores y latigazos en mi cabeza. Solo duermo bien cuando el ron me vence.

Mediodedo se sentó a su lado, bajando la voz.

—Nos conocemos hace mucho, Reyes. El arrabal de Magnimar fue duro. Solo gracias a Tina Descalza y su gente dos huérfanos como nosotros pudieron sobrevivir.

Un silencio tenso se instaló entre ambos. Tommy afiló los ojos, como anticipando una futura venganza.

—Creo que ahora El Gordo la está mangoneando...

Negó con la cabeza y cambió de tema bruscamente.

—Anímate, tengo que presentarte a alguien que tiene un negocio para ti. Acompáñame. ¡Hekar! —gritó—. Apunta lo del galeote en mi cuenta.

Al otro lado de la barra, un enorme hombre calvo se encogió de hombros mientras secaba una jarra con un trapo mugriento.


La noche era tibia y oscura. La luna parecía ocultarse bajo un manto de nubes; se percibía el bochorno que precede a algunas tormentas de verano.

Tras contactar Mediodedo con unos tipos en una plaza, les hicieron subir a un carromato sin ventanas y realizaron un breve viaje.

—Esto no me gusta un pelo, Tommy.

—Nuestro patrocinador es precavido, eso es todo. Relájate, galeote.

Unos minutos después llegaron a su destino: una casa en las afueras. No supo determinar dónde exactamente, puesto que el primer lugar al que llegaron fue una cochera. Un par de hombres armados les condujeron a unas escaleras que descendían al sótano. En cuanto franquearon la primera puerta, les acompañaron en silencio un par de semiorcos con gruesa armadura, cuyo rechinar les acompañó escaleras abajo, mientras Mediodedo esquivaba las miradas cada vez más furibundas de Reyes.

El varisio, tras meditar brevemente salir corriendo de allí, decidió que el único camino parecía ser continuar hacia delante.

Por fin llegaron a la sala. De un tamaño indeterminado, pues iluminada tenuemente por lámparas, dejaba mucho espacio en penumbra. Imposible adivinar cuántos hombres se ocultaban allí, con las armas preparadas. Los semiorcos les hicieron una seña para que entrasen y permanecieron en la puerta.

En la mitad de la sala había una gran mesa, y al otro lado de la mesa: su interlocutor. Un hombre moreno, de unos cuarenta años, rubio, con la barba bien arreglada y unas ropas nobiliarias que no encajaban bien con lo curtido de su piel y sus cicatrices. Estaba solo, tomando una copa de vino y picando de una bandeja de fruta. Eso reforzó en Reyes la idea de que las sombras de la habitación estaban pobladas.

El Marqués

—Reyes, te presento al "Marqués". Marqués, aquí está el ex galeote del que le hablé.

El Marqués... manda cojones, este tiene de marqués lo que yo de sacerdotisa de Sarenrae, pensó el varisio.

—Bien —dijo el tipo señalando dos butacones forrados en rojo—. Sentaos. Son de pelaje de fuego, me los han hecho por encargo. ¿Vino?

Les sirvió a ambos y Reyes apuró la copa del primer trago mientras se sentaban. El vino también era caro.

—Bueno —sonrió el tipo—. Lo primero que quiero dejar claro es que podría mataros ahora mismo a los dos con una señal de mi mano. Nadie os buscaría ni investigarían demasiado por un cortabolsas como tú, Mediodedo, y un ex remero varisio. ¿Esa parte os queda clara?

—Transparente —contestó rápidamente el pelirrojo.

—Bastante clara —respondió el varisio.

Estuvo a punto de callarse, pero continuó.

—Salvo por el tema de los butacones.

—¿Los butacones? —inquirió el Marqués.

—Sí, parecen caros. Y es evidente que podría ordenar a sus hombres que nos asaetearan o nos cortasen el cuello ahora mismo. Pero se da la casualidad de que este y yo hemos cenado copiosamente, y los cadáveres pierden el control de sus esfínteres. Así que no creo que nos haya traído hasta aquí para que nos bebamos su vino y nos caguemos en sus preciosos butacones, cuando nos podría haber eliminado en el mismo agujero del que salimos.

Hizo una pausa con sorbo de vino incluido.

—Más bien, usted quiere ganar dinero para más mobiliario de calidad y nosotros podemos ayudarle a hacerlo. ¿Me equivoco?

El silencio que se hizo después fue tenso. Tommy se quedó mirando a Reyes, ojiplático.

El Marqués, que parecía evaluar realmente el coste de sus asientos contra eliminarlos ipso facto, terminó por ofrecer una amplia sonrisa.

—Tienes pelotas, varisio. Lo cual me recuerda un chiste. ¿Sabes en qué se parecen los varisios a los genitales?

—No lo sé —respondió Reyes.

—Pregúntamelo —dijo como arrastrando la palabra.

—¿En qué se parecen...? —comenzó Tommy ante el silencio del varisio.

—No, tú no. Pregúntamelo tú, galeote.

Y seis hombres salieron de las sombras con ballestas, confirmando las sospechas del principio.

Reyes se tomó unos segundos para valorar sus opciones de saltar la mesa antes de que la lluvia de virotes lo transformase en un alfiletero. Finalmente dijo:

—Señor Marqués, ¿en qué se parecen los varisios a los genitales?

—En que son morenitos, tienen el pelo rizado y siempre van juntos.

Y estalló en una sonora carcajada, secundada por sus secuaces. Tommy, desencajado, no se rió. Reyes, que en ese momento decidió que algún día mataría a aquel tipo, tampoco.

—Basta de cháchara —dijo el Marqués—. Traed el tabaco.

Y uno de los hombres dejó dos paquetes sobre la mesa.

—Tommy dice que has sido contrabandista de tabaco. Dime cuál de estos paquetes tiene tabaco de las islas del sur y no falles, o no me importarán una mierda mis butacones. Acierta, y te ofreceré un trabajo.

Reyes desempaquetó cuidadosamente ambos hatillos, manipuló la hoja y la olió como tantas veces había visto a la Descalza hacerlo.

—¿Y bien? —preguntó el Marqués.

—Este de la derecha es claramente tabaco del continente por su color. Alguien de las islas ha hecho el paquete como lo hacen allí, pero no hay dudas, y al olerlo lo confirmo. Es un buen tabaco, pero no de las islas.

—¿Entonces es el de la izquierda, no?

—Tampoco. El color es más acertado. Este tabaco ha sido secado en condiciones de temperatura y humedad controladas, adquiriendo mejor color. Pero eso requiere hacer fogatas y evaporar agua. Parte del aroma de la encina ha pasado a las hojas de tabaco, dándole un matiz ahumado. Es una magnífica imitación. Tabaco del sur, del continente también. Además, el paquete lo han hecho las mismas manos.

El Marqués dejó pasar otros tensos segundos antes de sonreír y servir más vino.

—Prueba superada.

Y sus hombres volvieron a la penumbra. Sacó unos cigarros del cajón y los tres hombres los encendieron.

—Este sí es de las islas, Marqués —dijo el galeote tras la segunda calada.

—Lo sé. Vamos a hablar de negocios, porque viene un barco cargado de tabaco mañana por la noche, y necesito que alguien examine la mercancía antes de pagarla.

Y continuaron hablando en una nube de humo.


Se anaranjaban los tejados de adobe mientras les caía un atardecer perezoso, denso, de finales de verano. Sobre uno de esos tejados, un gato era acariciado, sometido al chantaje de unas suculentas sobras de pescado. Reyes Vane acariciaba al gato, sentado en la cornisa, canturreando una ininteligible tonada. De cuando en cuando daba una calada a un cigarro.

Sin ceremonias, el ventanuco que daba acceso al tejado se abrió, asomándose por él una cabeza pelirroja que contenía, aparte de otras muchas cosas, una perenne sonrisa en mal estado de conservación.

—Reyes —dijo el muchacho sentándose—. ¿Querías verme? ¿Es sobre lo de esta noche? Ya me jodió que el Marqués dijese que mis servicios no serían requeridos cuando me echó de aquella sala. No pude enterarme del plan.

—Sí, y sí, Tommy —respondió el varisio—. Quería verte y tiene que ver con lo de esta noche. En cierto modo ha sido una suerte que no participes. Quiero pedirte un favor. Necesito que prepares la huida por si algo sale mal.

—Va a ir como la seda, Reyes, no te preocupes. El Marqués lo suele tener todo bajo control.

—Esta vez no.

Y le tendió un cigarro que el pelirrojo encendió ávidamente.

—¿Sabes por qué necesita un perista de tabaco? El Marqués es un experto, por eso hasta hoy no le ha hecho falta. Revisa personalmente su mercancía con los contrabandistas. Pero hoy no. Ese barco que fondeará cerca de la caleta redonda no es de contrabandistas, Tommy. ¿No te has dado cuenta? Son piratas. Y el Marqués no va a arriesgar su preciado culo que sienta en caros sillones con esas alimañas. Por eso necesita un tasador. Por eso me envía a mí al barco.

—Piratas —respondió el joven asintiendo, como si las piezas encajasen en su mente—. De acuerdo, prepararé la huida por si acaso. ¿Qué has pensado?

—He tratado poco con piratas, pero sé que son impredecibles. No son como nosotros. Pueden matarte por mirarles a los ojos, o porque no se fíen de que no les mires a los ojos. No estiman a los arrogantes, y detestan a los débiles.

Le tendió una bolsa de cuero.

—Esta bolsa contiene el oro que he podido reunir en estos meses, más un pequeño adelanto que le saqué al Marqués anoche. Consigue un par de caballos y prepara unas cuerdas en los acantilados al sur de la cala. Quédate allí esta noche con una luz roja encendida. Si algo va mal, nadaré hasta allí y nos largamos. Si todo va bien, iré a por ti para gastar a medias el pago del Marqués.

—Caballos, cuerdas, una lámpara con cristal rojo —iba enumerando el joven mientras contaba monedas con la mano dentro de la bolsa—. De acuerdo. Así se hará, Reyes.

Y se descolgó por uno de los canalones hasta un callejón.

—No te escondas, jodía —le dijo el varisio a la luna, que se acercaba a unas nubes—. Esta noche necesito ver.

Un gato maulló. Las sobras se habían acabado.


—Hija de puta...

—¿A quién coño le hablas, varisio, mirando al puto cielo?

La voz ronca del semiorco que remaba en el bote le hizo salir de sus propios pensamientos.

—A la luna.

—Troll que te engendró —respondió el mercenario—. No hay luna, varisio. Se ha encapotado el cielo de nubes. ¿Es que no lo ves?

—Pues por eso... hija de puta...

—Desde luego, sois una raza de tronaos. Déjate de lunas y vamos a hacer el puñetero trabajo para el Marqués. Baja aquí y ayuda a remar, que de eso sabes más que de la luna, lo que os gusta escaquearse del trabajo a los varisios. El barco no debe andar lejos.

La noche era tan oscura que no alcanzaron a ver el barco hasta casi tenerlo encima. Se guiaron por unas luces de señal intermitente.

Era impresionante. Tres mástiles. Reyes le calculó unos sesenta de tripulación y capacidad para cincuenta toneles. Parecía un barco rápido y peligroso.

—Bienvenidos al Barracuda —les recibió un flaco bien vestido y con un curioso bigotillo fino—. Mi nombre es Danny Boyd, contramaestre.

Y realizó una ridículamente exagerada reverencia que provocó las carcajadas del resto.

Reyes calculó a ojo que toda la tripulación estaba presente. Todos ellos bien armados y con aspecto y cicatrices de veteranos. Grunt, que así se llamaba el semiorco, estaba tenso desde el primer segundo.

Reyes no podía reprochárselo. Aquello era muy peligroso, y la mirada del contramaestre, que sonreía ampliamente, le recordaba a la de los mejores timadores de su pueblo. Una mirada de bueno del que te la puede meter doblada.

—Mi nombre es Reyes, soy el perista del Marqués. Y este caballero es Grunt.

—¿Cree el señor Marqués que a su perista le hace falta escolta? —respondió sarcástico el bigotes—. Y, en caso de necesitarla, ¿cree que serviría de algo?

—Por supuesto que no —respondió Reyes sin especificar a qué, a propósito—. Pero no me gusta remar y alguien tiene que hacer la señal a tierra para que envíen la barcaza de carga y el pago.

La mera mención del pago pareció poner de buen humor a la tripulación, y el ambiente se relajó brevemente.

—Su capitán, ¿no participa de esta reunión?

—El capitán pide disculpas por encontrarse indispuesto.

Mentía. Una breve mirada a la ventana abierta del castillo de popa le hizo concluir que el capitán observaba desde la oscuridad de su camarote.

—En cualquier caso, ha dado orden de que se les trate como invitados de honor. ¿Desean algo? ¿Ron?

—Gracias, pero no. Quizá después —trató de aparentar profesionalidad aunque sentía la boca reseca reclamando licor—. Veamos la mercancía.

Los fardos estaban ya perfectamente listos sobre la cubierta. Uno estaba dispuesto sobre una mesa, abierto. Reyes se aproximó con destreza ante el gesto de invitación del contramaestre. A simple vista se detectaba que era buen tabaco. Así que Reyes se giró hacia el bigotes antes de empezar.

—¿Puedo seleccionar otro fardo al azar?

—No, no puedes —replicó con semblante serio, y de nuevo el ambiente se tensó unos segundos—. Es broma, varisio.

Sonrió ampliamente.

—Escoge el que quieras.

Señaló uno cualquiera. Les habían borrado los sellos de procedencia, lo que le hizo sospechar que el tabaco debía ser de alguien poderoso, mercancía de la que quema. Aunque detectó en segundos que también era bueno, Reyes desplegó toda su parafernalia de cata: tocó, olió, y hasta lamió alguna hoja.

—Buen tabaco —dijo al fin—. ¿Puedo preguntar de dónde procede exactamente?

—No, no puedes. Esta vez en serio.

Cortó el aire con un gesto.

Ahí terminó la conversación. El semiorco hizo las señales y en la barcaza de carga llegó su hermano, con la bolsa de las piedras y seis remeros.

El contramaestre comprobó las gemas colocándose unos curiosos anteojos sobre la nariz. Eran buenas. Comenzaron a cruzarse miradas y asentimientos entre los piratas.

Estamos jodidos, pensó Reyes. Este es el momento en el que nos liquidan y se quedan con el tabaco y con las piedras. Di algo... ya.

—El señor Marqués quedará muy complacido de este negocio. Le recomendaré que sea el primero de muchos —dijo el varisio.

Continuaron las miradas y los asentimientos. Sin decir palabra, el contramaestre entró en el camarote del capitán. No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que ahí dentro se estaba decidiendo su destino. Las manos de los dos semiorcos y de los piratas comenzaban a estar peligrosamente apoyadas en las armas. Los mercenarios eran buenos. Calculó que los piratas perderían cuatro o cinco hombres antes de controlarlos. Reyes se giró levemente para no perder de vista la borda desde la que saltaría si todo se iba a la mierda.

Unos angustiosos minutos después, el contramaestre emergió del camarote con una botella de ron en la mano y una amplia sonrisa.

—¡Cargad el tabaco, holgazanes de mierda!

El capitán desea invitaros a un trago y que sea la primera de muchas transacciones beneficiosas.

Reyes se bebió tres vasos de ron seguidos de la pura tensión, y agradeció la brisa en la cara y perder de vista el barco pirata cuando remaban de nuevo hacia la costa con el cargamento.

—Ha ido como la seda. Como se nota que entre alimañas os entendéis.

—No me toques las pelotas, Grunt.

El semiorco tiene razón, pensó Reyes. Tal vez mi suerte esté cambiando...


Lo peor de la realidad es cuando te golpea en el peor momento.

Este golpe llegó en forma de flecha que se clavó en la quilla de la barcaza cuando estaban lanzando fardos al agua para que flotasen hacia la cala, y pudieran recogerlos los hombres del Marqués.

—¡Alto a la guardia!

Otra barcaza se aproximaba a la suya, cargada de hombres armados. A partir de ahí todo sucedió a gran velocidad. Reyes asumió que la gente de la cala, quizá el propio Marqués, estaba ya atrapada.

Agradeció su ingenio y comenzó a buscar una luz roja al sur, cuando los semiorcos comenzaron a responder a las flechas con virotes de ballesta y a repartir espadas entre los remeros.

—Vamos, ¿dónde estás, Tommy? ¿Dónde está mi luz roja?

Nada. Las flechas seguían volando y no había plan de escape.

Maldito seas, pelirrojo. Nos has vendido a todos, pensó. Los acantilados sur están controlados.

Así, Reyes agarró uno de los fardos para mejorar su flotabilidad y se lanzó al mar. En la única dirección que tenía sentido. El barco pirata.


—¡Ah del barco!

Gritó con las fuerzas que pudo reunir cuando dio por fin con la quilla del Barracuda, congelado y agotado. Tuvo la fortuna de que el barco estaba aún preparándose para levar anclas.

—¿Qué demonios es esto? —inquirió uno de los piratas, alumbrando desde arriba con una lámpara.

—Un hombre en el agua, solicito rescate.

Reyes confiaba en que los piratas respetasen los códigos básicos de la marinería.

—Y tengo un fardo de valioso tabaco conmigo.

Por si acaso, apeló también a su codicia.

Debió funcionar, porque lo siguiente que vio asomándose por la borda fue el bigotillo del contramaestre.

—¡El perista varisio! Lanzad un cabo, mequetrefes.

Unos minutos después el barco navegaba a buena velocidad, y Reyes estaba acurrucado en una esquina, cubierto por una manta, apurando un cuenco de sopa tibia. De pollo dijeron, pero él reconoció fácilmente el sabor de la sopa de gaviota.

—El capitán está durmiendo y no se le va a molestar por ti, salmonete. Cuando despierte decidirá qué hacer contigo.

El tabaco y todas sus armas y la ropa mojada habían desaparecido. Vestía harapos secos y la manta. Trató de conciliar el sueño, pero le fue imposible. Con el ruido de las olas y el vaivén del barco acudieron a su mente los lamentos y los latigazos.

Le despertó una patada en las costillas justo después de caer vencido por el agotamiento. Un marinero orondo cubierto de tatuajes tribales era el responsable.

—Arriba, bella durmiente. Disfruta lo que te queda de aire, se te ha llamado a presencia del capitán. Y sonríe, a los tiburones no les gusta la carne triste.

Cruzó la mirada más feroz que fue capaz de componer en esas circunstancias con el pirata, y debió ser ridículo, porque el pirata se carcajeó hasta atragantarse con su propia saliva y toser ruidosamente.

Entonces apareció el contramaestre, impecable.

—Vamos, Gutnar, déjale en paz. A revisar el aparejo del bauprés, que está flojo.

A Reyes le sorprendió la presteza con la que el gigantón obedeció a esa suerte de petimetre marino.

—Y tú —dijo dirigiéndose a Reyes—. Ponte tu ropa, ya está seca.

Y le lanzó un hatillo.

—Y acompáñame. El capitán ya sabe de tu existencia y quiere verte.

Se sintió mejor llevando su camisa roja y su chaqueta verde. Caminó por la cubierta preparándose mentalmente para enfrentarse a uno de esos carniceros del mar. Había conocido a la tripulación, así que asumió que se encontraría con el peor de todos.

Lo que vio salir del camarote le terminó por descolocar por completo.

Una mujer menuda, con el cabello cobrizo bajo un sombrero de cuero desgastado y mugriento, vistiendo una casaca de campaña, también desgastada, y ciñendo dos espadas cortas al cinto.

Su mirada azul claro le atravesó como un virote. Atisbó en ella una serenidad amenazante, como la del mar en calma, que puede engullirte en un cambio súbito. Reyes tragó saliva, no acertando a comprender cómo esa mujer lideraba a sesenta hombres peligrosos, compartiendo travesías de meses con ellos.

—Mi nombre es Jhane Bonny, soy el capitán del Barracuda. Preséntate, rescatado. Tengo que decidir si vuelves al lugar de donde te sacamos.

Levemente aturdido, Reyes trató de componer un discurso. Puso su mejor pose torera, brazos en jarras, y respondió:

—Mi nombre es Reyes Vane, orgullo de la raza varisia, de profesión comerciante, descendiente de faraones según mi madre, que en paz descanse. Me gusta la carne cruda, las mujeres en su punto, y la soledad la espanto con un cigarro y un buen cante. Puedo no ser visto si no lo deseo, y mi palabra es sagrada.

La capitana torció levemente el gesto. Era obvio que no estaba impresionada en modo alguno, y eso no era bueno para el varisio. Nada bueno.

—Sabe de tabaco —intervino el contramaestre—. Y uno de su raza nos vendría bien para negociar con ciertos contrabandistas de las montañas. Ya se sabe que esta gente son todos primos.

—Bueno, Reyes Vane —concluyó ella, más alto para que todos los presentes la escuchasen—. Nosotros somos los dueños de nuestro propio destino y del mar. Solo respetamos el viento y las ondas, y a su progenitor, Gozreh. Todo lo que contiene el mar es nuestro por derecho y lo cogemos. Tú has salido del mar junto con un fardo de tabaco. El fardo ya es nuestro.

Tú... estás a millas de tener lo que hay que tener para ser de los míos, pero puedes pagar tu rescate trabajando de perista en el próximo negocio.

—Prefiero no nadar hoy. Haré lo que me encomiende, Capitán Bonny.

—Bien. Te presentarás ante cierta persona como perista de tabaco y le demostrarás tus habilidades. Luego peritarás un cargamento y le dirás al tipo lo que yo quiera que el tipo oiga. ¿Lo has entendido?

—Transparente.

Ella se giró hacia su camarote sin decir nada más.

El contramaestre le abrazó con un "bienvenido al Barracuda", y le susurró al oído:

—Me debes la vida, varisio. Recuérdalo cuando acuda a ti a saldar mi deuda.


El Precio de la Libertad

Los primeros días a bordo del Barracuda fueron una revelación amarga.

Reyes había cambiado los grilletes de hierro de las galeras por cadenas invisibles, pero cadenas al fin. La capitana Bonny dejó claro desde el principio que no era un tripulante, era propiedad rescatada del mar. Pagaría su deuda trabajando, y cuando ella decidiera que la deuda estaba saldada —y solo entonces—, sería libre de irse.

Si es que alguna vez lo decidía.

El vaivén del barco le traía los fantasmas de vuelta cada noche. El sonido del agua contra el casco se transformaba en latigazos, y el crujir de la madera en el rechinar de cadenas. Despertaba empapado en sudor, con el corazón desbocado y las manos aferradas a mantas que imaginaba grilletes.

De las galeras al Barracuda. De un amo a otro. Siempre una puta pieza en manos ajenas.

Solo el ron conseguía acallar los ecos, y pronto descubrió que a bordo de un barco pirata el licor nunca faltaba. Pero cada trago era una moneda en la cuenta que llevaba el contramaestre Boyd. Cada cigarro, cada plato de más, cada favor. Todo se anotaba meticulosamente en ese maldito libro de cuentas que el bigotes guardaba en su camarote.

—Tu deuda crece, varisio —le recordaba Boyd con esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos—. Pero no te preocupes. Eres útil. Muy útil. La capitana sabe reconocer el valor.

Y ahí está el problema, pensaba Reyes. Mientras sea útil, nunca me dejarán ir.

La tripulación le miraba con una mezcla de recelo y curiosidad. Un varisio rescatado del mar, sin antecedentes piratas conocidos, que dormía poco y bebía mucho. No participaba en los abordajes —Bonny le dejaba claro que su valor estaba en tierra, no en cubierta durante la acción—, pero cuando traían botín, era él quien lo evaluaba.

Y era bueno en lo suyo. Demasiado bueno.

En la primera semana identificó un cargamento de "especias comunes" que en realidad contenía azafrán de Qadira escondido entre pimentón barato. En la segunda, descubrió que tres "barriles de vinagre" eran en realidad ron de calidad excepcional, solo que alguien había cambiado las etiquetas para evitar impuestos. En la tercera, detectó que unas sedas "de Tian Xia" eran imitaciones magníficas hechas en Absalom.

Cada acierto aumentaba su valor. Y cada aumento de valor alargaba su cadena.

Pero también captaba una atención que Reyes no había buscado.

La capitana Bonny comenzó a observarle de manera diferente. No con la frialdad calculadora del principio, sino con algo que Reyes reconocía de sus años en los arrabales de Magnimar: interés. El tipo de interés que complica las cosas.

Empezó con pequeños detalles. Una copa de vino mejor que el ron habitual. Una invitación a su mesa después de evaluar un botín especialmente valioso. Conversaciones que duraban más de lo estrictamente necesario.

—Tienes ingenio, varisio —comentó ella una noche, después de que Reyes identificara un cargamento particularmente complejo—. No solo conocimientos. Ingenio. Eso es raro en estos mares.

Reyes no era idiota. Sabía reconocer cuando alguien mostraba interés, y sabía que corresponder a ese interés de la capitana del Barracuda sería como atarse un ancla al cuello y saltar al mar.

Pero no fue solo Reyes quien lo notó.

El contramaestre Boyd, con su bigotillo impecable y sus sonrisas calculadas, empezó a mirarle diferente también. Había algo en sus ojos cuando Reyes salía del camarote de la capitana después de esas conversaciones. Algo frío y afilado.

Reyes no sabía si Boyd y Bonny habían sido amantes, o si el contramaestre simplemente temía ser desplazado como mano derecha de la capitana. Probablemente ambas cosas. En cualquier caso, la tensión creció.

Las "anotaciones" en el libro de deudas se volvieron más estrictas. Los trabajos que Boyd le asignaba, más peligrosos. Las miradas, más amenazantes.

Y entonces llegó la noche de la daga.

Reyes había bebido más de la cuenta —no era difícil en el Barracuda— y se había retirado a su camastro en la sentina. El sueño le venció rápido, como siempre que el ron ganaba la batalla contra los fantasmas.

Lo que le salvó no fue la suerte, sino los instintos afilados en años de supervivencia.

Un cambio en el aire. Un crujido de madera demasiado cercano. El susurro de acero deslizándose fuera de su vaina.

Reyes se movió sin pensar, rodando del camastro justo cuando la daga atravesaba las mantas donde un segundo antes estaba su cuello.

En la penumbra de la sentina, iluminada apenas por una lámpara lejana, Reyes vislumbró una silueta. No lo suficientemente claro para identificarla con certeza, pero el tamaño y la forma le dijeron todo lo que necesitaba saber.

Boyd. O alguien actuando por órdenes de Boyd.

El atacante no insistió. Simplemente recuperó la daga del camastro y desapareció entre las sombras, dejando a Reyes con el corazón desbocado y una certeza glacial:

Ya no soy útil. Soy peligroso. Y eso significa que soy hombre muerto si me quedo.

A la mañana siguiente, Reyes actuó como si nada hubiera pasado. Sonrió. Trabajó. Bebió. Pero por dentro, su mente trazaba planes, calculaba distancias, buscaba salidas.

Y dos días después, la oportunidad llegó.


La Huida

El Barracuda atracó en Puerto Peril para reabastecerse y vender parte del botín. La capitana Bonny organizó la venta de un cargamento de tabaco que Reyes había evaluado días antes. Era bueno, muy bueno, y los compradores estaban ansiosos.

Bonny decidió que Reyes la acompañaría en tierra para la transacción.

—Necesito que verifiques la mercancía delante del comprador —dijo—. Que vean que mi perista confirma la calidad. Eso sube el precio.

Reyes asintió, pero por dentro su mente ya estaba trazando mapas, calculando distancias, buscando salidas.

Esta es mi oportunidad. Quizá la única.

La reunión fue en un almacén del puerto. El comprador era un tipo nervioso con más dinero que sentido común, rodeado de guardias que parecían más peligrosos que él. Reyes hizo su trabajo: examinó el tabaco, confirmó su calidad, incluso añadió algunos detalles técnicos que hicieron que el precio subiera.

El comprador pagó en gemas. Bonny quedó satisfecha.

Pero entonces cometió un error. Un pequeño error que Reyes había estado esperando.

Se distrajo.

Uno de los guardias del comprador dijo algo que captó su atención completamente. Solo fueron unos segundos, pero Reyes era varisio, y los varisios aprenden desde niños que unos segundos son una eternidad cuando sabes moverte.

Sus dedos se deslizaron hacia la bolsa de gemas. No todas. Eso sería estúpido. Solo un puñado. Las suficientes para comprar su libertad, pero no tantas como para que se notara de inmediato en el peso de la bolsa.

El truco más viejo del mundo. El que le había enseñado Tina Descalza cuando era un crío en los arrabales de Magnimar.

Nunca te lleves todo. Llévate solo lo que puedan perdonar... o lo que no noten hasta que estés muy lejos.

De vuelta al barco, Reyes se mantuvo tranquilo. Profesional. Cumpliendo con su papel de perista obediente. Pero en cuanto cayó la noche y la tripulación se relajó con ron y dados, él se movió.

No fue dramático. No hubo persecuciones ni saltos heroicos. Solo un varisio escurridizo deslizándose por la borda durante el cambio de guardia, nadando hasta el muelle, y perdiéndose entre las sombras de Puerto Peril con las gemas cosidas en el forro de su chaqueta verde.

Libertad.

Por primera vez en seis años, Reyes Vane era libre.


El Superviviente

Sin embargo la libertad tiene precio, y ese precio se paga en miedo. La capitana Jhane Bonny no perdonaba las traiciones. Y robarle —por poco que fuera— era traición.

Durante los siguientes seis meses, Reyes se convirtió en fantasma. Se movió de puerto en puerto, de isla en isla, siempre un paso adelante de los buscadores del Barracuda. Cambió su chaqueta verde por una marrón. Se dejó crecer la barba. Evitó las tabernas piratas donde podría ser reconocido.

Y vendió las gemas. Poco a poco, con cuidado, en diferentes puertos, a diferentes compradores. Nunca todas a la vez. Nunca en el mismo sitio dos veces.

El dinero le permitió vivir, pero vivir huyendo es su propia forma de infierno.

Porque no importaba cuánto se moviera, los fantasmas siempre le seguían. Las noches eran territorio enemigo. El vaivén del mar en cualquier barco donde conseguía pasaje le devolvía a la pesadilla de los remos. Y cuando finalmente conseguía dormir en tierra firme, soñaba con agua salada llenándole los pulmones.

El ron se convirtió en algo más que consuelo. Se convirtió en necesidad.

No podía pasar más de un día sin él. Si lo intentaba, su cuerpo comenzaba a temblar, el sudor empapaba su ropa, y la fatiga se apoderaba de él como una manta de plomo. Los fantasmas volvían con fuerza redoblada cuando estaba sobrio, así que Reyes se aseguraba de no estarlo nunca del todo.

Pero había un problema con el ron. Cuando tenía demasiado a mano —en una celebración portuaria, después de vender una gema, cuando encontraba un barril abandonado en un callejón—, perdía el control.

Era como si todas las compuertas se abrieran de golpe. Toda la tensión acumulada, todo el dolor reprimido, toda la rabia contenida se liberaban en un torrente de alcohol. Bebía hasta perder la consciencia, hasta olvidar su nombre, hasta que el mundo se convertía en una nebulosa confusa de risas, peleas, y decisiones espantosamente malas.

Una vez despertó en un bote a la deriva sin saber cómo había llegado allí. Tuvo que remar durante horas bajo el sol abrasador hasta alcanzar tierra. Sus manos sangraron, sus brazos ardieron, pero continuó. Como en las galeras. Como siempre.

Otra vez amaneció con un tatuaje horrible en el pecho: un besugo bizco mirando hacia la izquierda. Nunca supo quién se lo hizo ni por qué.

En Puerto Sangre se despertó desnudo en el camastro de alguien peligroso —una cortesana que resultó ser informante de la Marina Chelaxiana—. Tuvo que saltar por una ventana, robar ropa de un tendedero, y escabullirse mientras media guardia le pisaba los talones.

Pero siempre sobrevivía. Siempre.

No porque fuera más fuerte que otros. No porque fuera más listo. Sino porque las galeras le habían enseñado algo que ninguna escuela, ningún maestro, ninguna vida normal podría enseñar: cómo continuar cuando el cuerpo grita que se detenga. Cómo respirar cuando el aire es fuego. Cómo mover los músculos cuando cada fibra suplica descanso.

Cinco años encadenado a un remo. Cinco años de latigazos que convertían la espalda en carne viva. Cinco años de hambre —no la incomodidad de saltarse una comida, sino el hambre que te come desde dentro, que hace que tu cuerpo consuma sus propios músculos—. Cinco años de sed bajo el sol del mar, con la lengua hinchada y agrietada, mientras remabas sobre agua que no podías beber. Cinco años viendo morir a los hombres encadenados a tu lado, uno tras otro, y sabiendo que cada amanecer podía ser el último.

Y sobrevivió.

No porque fuera especial. Sino porque cada día, cada hora, cada segundo, apretaba los dientes y aguantaba un instante más que el resto. Porque cuando el látigo caía, su cuerpo absorbía el golpe y continuaba remando. Porque cuando el hambre le destrozaba las entrañas, encontraba la forma de tragar las migajas podridas y continuar. Porque cuando la sed era un infierno, lamía el rocío de la madera y continuaba.

Su piel se había endurecido. El tejido cicatricial formaba una capa sobre su espalda, sus hombros, sus brazos. Una armadura natural, forjada en dolor.

Cuando un matón en Drenchport intentó romperle las costillas durante una pelea de taberna, Reyes recibió tres golpes directos. Otro hombre habría caído. Reyes sintió el impacto —claro que lo sintió—, pero su cuerpo conocía el dolor. Lo recibió como quien recibe a un viejo conocido.

Simplemente escupió sangre, se enderezó, y le rompió la nariz al tipo con un cabezazo.

—Ese varisio está hecho de cuero viejo y mala leche —comentó alguien después.

Era cuero viejo. Literalmente. Piel curtida por el sol, el salitre y el látigo hasta convertirse en algo más duro que la carne normal.

Pero la verdadera marca de las galeras no estaba en su piel. Estaba en su antebrazo izquierdo. Una "G" estilizada con el sello de la casa que le había condenado, grabada con hierro al rojo vivo.

La marca le cerraba puertas en el mundo respetable. Comerciantes que se negaban a tratar con él. Posaderos que le echaban de sus establecimientos. Guardias que le seguían con la mirada.

—No queremos tu clase aquí —era una frase que escuchaba demasiado a menudo.

Reyes aprendió a cubrirse la marca cuando podía, con mangas largas o vendajes. Pero en los Grilletes, donde el calor era implacable, era difícil ocultarla siempre.

Y entonces descubrió algo curioso.

Entre la gente del hampa —contrabandistas, ladrones, fugitivos— la marca resonaba diferente. Respeto.

—Eso dice algo de un hombre —dijo un contrabandista en Ollo mientras negociaban el precio de unos cigarros.

Reyes nunca supo si decía algo bueno o algo terrible. Pero abría puertas en ciertos círculos, donde las magras ganancias que consentían los peces gordos de los ambienten turbios le permitían malvivir, pero nunca ir mas allá.

Y ahí estaba la verdadera maldición de Reyes Vane: la mala fortuna que le perseguía como una sombra.

Porque Reyes era bueno en lo suyo. Muy bueno. Tenía ojo para la mercancía, habilidad con las manos, ingenio para los tratos. En otro mundo, con otra suerte, habría sido un comerciante próspero. Quizá hasta respetable.

Pero el destino tenía otros planes.

De niño en los arrabales de Magnimar, mientras otros huérfanos morían o caían en lo más bajo, él había sobrevivido gracias a Tina Descalza. Tenía talento para el negocio del tabaco. Podría haber prosperado.

Entonces vinieron los problemas con la Sczarni. Una disputa que no era suya. Un cargamento robado del que le culparon. Y de repente, Reyes Vane pasó de ser un contrabandista prometedor a ser carne de galeras.

Cinco años después, salió con vida —algo que pocos conseguían—. Tenía experiencia, conocimientos, contactos. Podría haber empezado de nuevo. Entonces llegó el Marqués. Un trabajo que parecía sencillo. Buen dinero. Y terminó con la traición de Tommy —su único amigo de la infancia— y Reyes nadando hacia un barco pirata para salvar el pellejo.

En el Barracuda demostró su valía. Se convirtió en pieza clave. Podría haber ganado su libertad con el tiempo. Entonces Boyd intentó matarlo. Y tuvo que huir, de nuevo, robando unas gemas para sobrevivir.

Cada vez que parecía que su suerte mejoraba, algo lo hundía de nuevo. Era como si el universo hubiera decidido que Reyes Vane tenía talento suficiente para sobrevivir, pero no la suerte necesaria para prosperar.

Así que sobrevivía. Solo eso. Pero sobrevivir es su propio tipo de victoria cuando el mundo entero parece empeñado en matarte.

Así que hizo lo que siempre haciçia: continuó. Seis meses huyendo. Seis meses vendiendo las gemas poco a poco. Seis meses trabajando de perista libre cuando la ocasión surgía, robando cuando no había otra opción, bebiendo siempre.

Y moviéndose. Siempre moviéndose.

Hasta que seis meses después, con las gemas casi agotadas y cansado de huir, llegó a Puerto Enigma.


La Noche del Olvido

Reyes le lanzó una sonrisa pícara a las gotas de lluvia que, como pepitas de puro oro, decoraban el ventanal de la Doncella Imponente aquella noche. Brillaban a la luz de la lámpara de aceite como brillaba el contenido de su bolsa.

Tras algunas vicisitudes parecía que la suerte volvía a sonreírle. El último trabajo —evaluar un cargamento de especias para un comerciante local— había sido lucrativo. Así que se ajustó la chaqueta esmeralda —había vuelto a su color favorito ahora que la búsqueda del Barracuda parecía haberse enfriado— y franqueó la puerta de la taberna decidido a apagar el ruido del látigo con una buena dosis de ron.

—Eh, Galeote —le gritó un conocido que estaba jugando a las reinas mientras agitaba el cubilete de dados—. Únete a la partida, sé de buena tinta que traes relucientes discos en el bolsillo.

—Prefiero emborracharme primero, Alambre. Ganarte sobrio no tiene ningún mérito.

Rió, y el compinche le devolvió una risotada desdentada.

—¿Tú no ibas en el Barracuda? —le preguntó un barbudo beodo tras los primeros tragos.

—Esa relación terminó, por fuertes desavenencias con la capitana.

Que traten de clavarte una daga mientras duermes también tuvo parte de culpa, pensó.

—Ser parte de una tripulación no es lo mío. Voy mejor por libre.

Bebió, hizo malabares, volvió a beber, invitó a una moza, contó la procaz anécdota del capitán, la puta y el loro. Todos rieron. Volvió a beber, bailó, evitó pelear dos veces a base de palabrería, dos veces ganó a los dados, y luego perdió a las cartas.

Bebió. Conoció a personas que sonrieron. Las olvidó.

Dejó de identificar fácilmente su vaso. Por eso no le extrañó mucho cuando un súbito mareo hizo presa en él mientras meaba.

Mierda, esto no es de la borrachera.

El sonido seco de su cabeza sobre los tablones, como un coco que cae del árbol, fue lo último que oyó.



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