SOPA DE PESCADO
By Raquel, publicado originalmente en el blog de "Principiante Roleando".
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| Aria, tiefling exterminadora y destructora de hombres y barcos |
No sabía muy bien cómo iba a ganarse la vida, pero no podía seguir siendo una carga. Tenía que volar, tenía que encontrar algo que se le diera bien o, al menos, algo que le permitiera ganar unas monedas.
Sus aspiraciones en la vida no eran demasiado altas. Con mantenerse viva era suficiente. Todo lo que viniera después sería bien recibido. Sus cuernos no se lo pondrían fácil, nunca lo habían hecho. Siempre solitaria porque no inspiraba afecto ni simpatía en los demás. Curiosidad era lo único que había hecho acercarse a algunos, pero pronto se había disipado como una ola que se acerca ruidosa y con fuerza pero rápido se convierte en espuma y desaparece.
Eso eran todos: ruido y espuma salada.
Esto la había enojado a cierta edad y había terminado en fuertes peleas. Si no tenía amigos porque la despreciaban por su aspecto, prefería que la temieran. No se estaba tan mal sola.
Lo único que había hecho toda su vida era ayudar a su familia con los barcos. Tenían un pequeño negocio familiar en el que construían pequeñas embarcaciones o arreglaban desperfectos, pero últimamente no iba muy bien. Tenían lo justo para vivir y se temían que cada vez había menos trabajo.
Sus manos habían aprendido a leer la madera antes que las palabras. Conocía el sonido de una cuaderna a punto de ceder, sabía dónde aplicar presión para cerrar una grieta, entendía cómo distribuir el peso en un casco. Su padre la había enseñado sin darse cuenta, corrigiendo su agarre, mostrándole dónde meter brea caliente, explicándole por qué esa tabla estaba podrida y aquella otra aguantaría otra temporada.
Pero ese conocimiento no le daba de comer. No cuando nadie contrataba a una tiefling para trabajos honestos.
Había preguntado en algunos negocios si necesitaban un aprendiz a cambio de unas monedas y comida, pero la suerte no la había acompañado. Ni ahora ni nunca. Varios negocios habían sufrido ataques y robos y no podían permitirse contratar a nadie. Había visto todo tipo de razas en el puerto, algo que le había llamado la atención. Parecía que allí su cornamenta no llamaba tanto la atención, pero incluso en Puerto Peligro, las puertas se cerraban cuando ella se acercaba.
Las cosas que se nos dan bien
Con las pocas monedas que había robado en un camino a unos borrachos, entró a una taberna llamada la Doncella Imponente a tomar algo caliente.
—Un plato de lo más barato que tenga mientras sea caliente.
—En seguida te traigo algo de sopa de pescado, joven —le dijo la mujer con una sonrisa.
Pasaron un par de minutos, y mientras esperaba hambrienta su comida, unos tipos ruidosos y algo bebidos de más entraron en la taberna. Saltaba a la vista que no les importaba nada más que seguir tomando tragos. Se quedó observando a uno de ellos de cuyo cinto colgaba una bolsa monedero que sobresalía por debajo de la casaca. En una de las botas llevaba un cuchillo con bastante buena pinta.
Algo que se le diera bien...
La sopa llegó. La amable mujer portaba una bandeja con un plato de líquido humeante, un vaso y un pedazo de pan. Los rugidos de su estómago parecían inundar la taberna. La saliva inundó su boca.
Entonces uno de los borrachos se levantó dando tumbos y golpeó a otro. Éste le empujó y cayó sobre la bandeja haciendo volar todo sobre Aria.
Sus ojos parecieron encenderse y tomar un color amarillo anaranjado. Sentía la sangre hervir bajo su piel y sus puños se cerraron. Se levantó ágilmente y sacudió con todas sus fuerzas un puñetazo en la cara del culpable de que ahora tuviera trozos de calamar en su pelo.
Cuando el tipo cayó al suelo, ella se agachó y, cogiendo el cuchillo de su bota, cortó el cordón que sujetaba la bolsa de monedas al cinto y se lo guardó veloz. Nadie se había percatado del robo. Pateó al tipo y se giró a mirar si sus amigotes pretendían echarle una mano, pero estaban riendo tanto que uno de ellos volcó junto con el taburete y acabó también en el suelo. Tenían una cogorza tan grande que no sabían ni lo que estaba pasando.
A pesar de ello, pasados unos segundos el tercer borracho pareció tomar conciencia de lo sucedido, se levantó y se dirigió a Aria.
—¡Eh, tú! ¡Tiefling apestosa! ¡Vas a pagar caro haberme estropeado la juerga!
Se acercó a la chica, que vio lentamente acercarse un puño. Agarró el brazo del hombre y con una maniobra rápida y controlada le hizo dar una voltereta y caer de espaldas sobre su amigo. Le remató con un codazo en la nariz. La sangre brotó y manchó el suelo de la taberna haciendo un charco oscuro.
Aria se acercó al tercero:
—Saca a tus amigos de aquí antes de que te haga lo mismo y paga mi almuerzo.
El pobre hombre no sabía ni lo que había pasado, pero al mirar a sus compañeros de farra sacó una moneda y se la tendió. Les hizo poner en pie y les sacó de allí como pudo.
La mujer volvió con otra bandeja:
—Siempre han sido unos tipos muy molestos. Lo has hecho bien. ¿Has estado preguntando por un trabajo todo el día, no es así?
—Así es... necesito ganarme el sustento pero no parece haber nada para mí. Tendré que seguir buscando fuera de Puerto Peligro.
—Come y espera un rato. Me ha gustado ver a una chiquilla pelear y poner en su sitio a unos borrachos. Tal vez pueda ayudarte y tú puedas ayudarme a mí.
Con los carrillos llenos, asintió. Tal vez había encontrado algo que se le daba bien. Echó un vistazo al cuchillo que había quitado al tipo. Hizo un gesto sorprendida de haber encontrado algo tan bonito en un tipo tan sucio... lo guardó oculto en su bota.
Mientras descansaba adormecida con un ojo medio abierto y un oído alerta, notó cómo un tipo se sentaba frente a ella.
—Me han dicho que sabes pelear.
—Mmm... sí, eso me han dicho siempre. Al parecer es de las pocas cosas que se me dan bien.
—Si eso es cierto, y no tienes miedo a morir cualquier noche de éstas, tengo un trabajo que ofrecerte...
—¡Habla!
—Los negocios de esta zona, incluida esta cantina, están sufriendo robos de un tiempo a esta parte. Quiero que alguien vigile mi local y quite a los ladrones las ganas de buscarse líos.
—Creo que podría hacerlo... si me proporcionan algún arma. Hablemos de las condiciones.
La Doncella Imponente. Una semana después.
Una semana. Siete días manteniendo a raya a borrachos, ladrones de poca monta y tipos que creían que podían llevarse lo que no era suyo. Siete noches durmiendo en el catre que la tabernera le había cedido en el cuarto trasero, con un ojo abierto y la mano cerca del cuchillo robado. Siete jornadas ganándose el pan a base de puños, intimidación y esa violencia calculada que había descubierto que se le daba mejor que construir barcos.
La taberna seguía en pie. Los comerciantes seguían viniendo. Y ella seguía comiendo caliente.
Pero esta pelea había estado a punto de acabar mal. Debía acabarla del todo.
Un borracho inconsciente gemía en el suelo. Otro sangraba por la nariz. Aria bajó los puños antes de que nadie se lo pidiera. Los nudillos le ardían. Tenía un moratón nuevo en las costillas que se sumaría a los otros cinco que ya coleccionaba. Pero en sus ojos fríos no había miedo. Solo promesas de dolor.
—Ya está —dijo—. Se acabó.
Funcionó. Los demás cambiaron de opinión y desaparecieron, dejando atrás a sus compañeros como quien abandona trastos viejos en el muelle.
Desde la puerta se oyó un aplauso lento. No sarcástico. Medido. Como quien valora madera de calidad en un barco.
—Sí. Se acabó.
El hombre que entró cojeando, arrastrando el golpe sordo de cada paso de su pata de palo. Había hablado sin alzar la voz, pero se había hecho el silencio en la sala igualmente. Chaqueta buena, botas que no habían pisado barro ese día. No llevaba armas visibles, pero no era de los que las necesitaban. La tabernera se tensó y palideció un poco: lo reconoció. Aria vio cómo la mujer tragaba saliva y retrocedía medio paso.
—Bien hecho —dijo el hombre—. Podrías haber seguido. Haber matado a uno de ellos. Nadie te lo habría reprochado. Y, aun así, no lo hiciste.
Se acercó a uno de los caídos, lo observó como quien evalúa una grieta en el casco de un barco. Con esa misma frialdad profesional que Aria había visto en su padre al rechazar maderas podridas.
—Eso me ahorra trabajo.
Levantó la vista hacia ella. Sus ojos eran grises como el agua sucia del puerto.
—Vargo Hale —se presentó sin títulos. No los necesitaba. Todo el mundo sabía quién era la Mano del Huracán. Todo el mundo sabía quiénes eran sus hombres, los Postes Negros. Aria había oído las historias. Las había ignorado, como ignoraba todo lo que no tuviera que ver con su próxima comida—. Trabajo para el Rey Huracán. Mantengo esta ciudad funcionando. No limpia. No justa. Funcionando.
Hizo un gesto a un par de hombres que ya estaban allí antes de que nadie se diera cuenta. Recogieron a los borrachos como sacos de grano y pagaron a la tabernera sin discutir el precio. Aria notó cómo dejaban más monedas de las necesarias sobre la barra manchada.
—Estos idiotas estaban rompiendo un sitio que paga. Los sitios que pagan no se rompen en Puerto Peligro. Los comerciantes no vuelven si creen que aquí no hay control. Sin comercio, hay hambre. Con hambre, hay motines. Y los motines le resultan molestos al Rey.
Volvió a mirarla. Esta vez con algo cercano al respeto. O tal vez solo curiosidad. Con ese hombre era difícil saberlo.
—Tú has puesto orden sin matar a nadie. Eso es raro. Útil, incluso.
Bajó la voz, solo un poco.
—También es peligroso, si lo haces sin respaldo.
Se encogió de hombros, como quien comenta el clima o el precio del pescado.
—Podría ignorarte. En un mes alguien más bruto que tú decidirá probar suerte. O puedes trabajar conmigo y no pelear gratis. Aprender a ser algo más que músculo. Tener respaldo cuando el muelle se llene de cuchillos.
Dio un paso atrás, dejándole espacio. Aria se dio cuenta de que era la primera vez en mucho tiempo que alguien le dejaba espacio para decidir.
—Cuido de mi gente. Les pago. Si caen, no los olvido. A cambio, cuando doy una orden, esa orden se cumple. Y así, el Rey Huracán duerme tranquilo.
Una pausa justa. La taberna empezó a respirar de nuevo. El murmullo bajo de las conversaciones regresó como la marea.
—Mañana, al amanecer. Si te interesa, muelle este. Si decides que no, nadie te tocará esta semana. Ni la próxima. Eso es cortesía.
Levantó la vista y clavó su mirada en ella. Sus ojos no amenazaban. Pesaban. Como una sentencia ya escrita pero aún sin pronunciar.
—Después, Puerto Peligro hará lo que siempre hace.
Se dio la vuelta y se fue. Sus hombres ya habían terminado. La puerta se cerró tras ellos con un golpe suave.
Aria se quedó en la Doncella Imponente, con la certeza incómoda de que no la habían reclutado a la fuerza.
La habían identificado.
Y en esa ciudad, eso era más peligroso que un cuchillo. Más peligroso que el hambre. Porque significaba que ahora era visible. Y lo visible en Puerto Peligro siempre terminaba sangrando o sirviendo.
Miró su reflejo distorsionado en el vaso vacío. Sus cuernos proyectaban sombras torcidas sobre la mesa. Por primera vez no sintió que fueran una maldición. Quizá fueran solo... parte del trabajo.
Muelle de Puerto Peligro. Al Amanecer.
El muelle interior olía a algas, brea y promesas rotas. No había tráfico a esa hora. Solo agua negra golpeando madera vieja y tres siluetas esperando sin prisa, como quien espera que suba la marea.
Aria llegó sola. Eso ya contaba como una respuesta.
Vargo Hale estaba apoyado en un poste negro, uno de los viejos, los que no se usaban para amarrar barcos desde hacía años. La madera estaba pulida por manos, cuerdas, el agua del mar. Y por cosas que Aria prefería no imaginar. Había oído las historias sobre esos postes. Sobre lo que significaban. Ahora estaba a punto de averiguar si eran ciertas.
—Has venido —dijo. No sonrió al verla—. Bien. Eso ahorra tiempo.
No le ofreció la mano. No le dio la bienvenida. Solo la evaluó con esos ojos grises que no revelaban nada.
—Antes de aceptar nada, entiéndelo bien —continuó—. Aquí no se entra por valentía ni por talento. Se entra porque sirves. Y se sigue dentro porque no fallas.
Hizo un gesto con la cabeza. Aria sintió cómo se le tensaba el estómago. No era miedo exactamente. Era algo más cercano a la anticipación. Como antes de zambullirse en agua fría.
—Sígueme.
El almacén no era un cuartel. Era peor. Un espacio funcional, limpio, sin símbolos salvo los postes ennegrecidos alineados contra una pared. Algunos tenían marcas talladas. Nombres, fechas, advertencias mudas que hablaban más alto que cualquier grito. Aria reconoció una de esas marcas: la había visto en el cuerpo que sacaron del agua el mes pasado.
—Aquí es donde se decide quién trabaja para el Rey Huracán... y quién adorna el muelle —dijo Vargo sin énfasis—. No te he traído para hablar.
Un hombre avanzó. Más grande que Aria. Más pesado. Cuchillo al cinto que brillaba con el cuidado de quien sabe usarlo.
—No es una prueba de fuerza —añadió Vargo—. Es de criterio.
El hombre atacó sin aviso. Aria respondió por instinto, con esa violencia acumulada de años de ser la rara, la diferente, la que tenía que defenderse o hundirse. Fue sucia, rápida, deslenguada incluso cuando sangraba. El combate duró poco. Cuando terminó, el hombre estaba en el suelo, respirando mal. Aria también. Sentía el sabor a cobre en la boca y el ardor de un corte en la ceja.
Vargo observó en silencio. Ese silencio que pesaba más que las palabras.
—No has intentado matarlo —dijo—. Bien. Tampoco has dudado cuando había que seguir. Mejor.
Se acercó un paso más. Aria notó que cojeaba menos de lo que aparentaba. Interesante.
—Aceptas renuente. No te gustamos, pero eres práctica. Quieres sobrevivir y eres capaz de tomar decisiones desagradables. Eso también me gusta. Los entusiastas suelen morir jóvenes.
Hizo un gesto a otro de los hombres. Este sacó un cuenco de tinta espesa, casi negra, y una aguja gruesa. Aria había visto esas marcas antes. En los cuerpos. En las sombras. En los que mandaban de verdad en estos muelles.
—Si cruzas esta línea, no hay vuelta atrás —dijo Vargo—. No te prometo gloria. Te prometo uso.
Aria miró los postes. Miró la tinta. Miró sus propios brazos, aún manchados con la sangre de la pelea. Pensó en su familia, en los barcos que ya nadie les encargaba, en las miradas que siempre habían seguido sus cuernos. Pensó en todas las puertas que se habían cerrado. Y en esta que ahora se abría, oscura y terrible y real.
—¿Y si digo que no ahora?
Vargo encogió un hombro.
—Te irás viva. Hoy. Pero Puerto Peligro no suele ofrecer segundas oportunidades.
Aria extendió el brazo. No tembló. Eso al menos lo hizo bien.
No hubo ceremonia. El tatuaje dolió. La aguja entraba y salía, marcando líneas duras, ardiendo como una advertencia permanente grabada en la piel. Como todas las advertencias que nunca le habían hecho falta. Ahora llevaba una que sí importaba.
—Ya está —dijo el tatuador.
Vargo la miró como se mira un arma recién forjada. Con aprobación profesional. Sin afecto.
—Ahora eres de los Postes Negros. Eso te protege. Y te ata.
Dio media vuelta, pero se detuvo. La luz del amanecer entraba por las rendijas del almacén, cortando el espacio en franjas de luz y sombra.
—Y ahora lo importante. No peleas mal. Pero eres lenta en matar. Y eso puede ser peligroso para nuestro trabajo. Yo no necesito matonas. Necesito precisión.
La miró directamente por encima del hombro.
—Voy a invertir en ti. Tiempo. Sangre. Dolor. Te voy a enseñar a elegir a una persona en una sala... y hacer que todo termine cuando caiga.
Pausa breve. Aria sintió cómo se le erizaba la piel bajo los cuernos.
—Si sobrevives al proceso, no volverás a pelear como antes. Pero pocos podrán detenerte. Descansa hoy. Mañana empezamos a quitarte vicios.
Salió del almacén sin mirar atrás. Aria se quedó sola entre postes, tinta fresca en los brazos, sangre en los nudillos.
Ya no era una don nadie. Ahora era una Poste Negro. Y el proyecto de la Mano del Huracán.
Se tocó el tatuaje. Aún ardía. Bien. Que ardiera. Mejor sentir algo que seguir siendo invisible.
El Entrenamiento
El amanecer en Puerto Peligro no era bonito. Era húmedo, gris y olía a sal vieja y óxido. El patio trasero del almacén estaba vacío salvo por postes de madera, marcas de sangre seca y tres hombres armados esperando órdenes sin curiosidad. Como herramientas bien cuidadas en un taller.
—Has demostrado ser útil —dijo con lentitud medida aquella voz que todo el mundo en Puerto Peligro había aprendido a temer—. Pero tienes madera de ser algo más que útil. Hoy empezaremos a pulir tu talento. Te convertiremos en un verdadero instrumento de muerte. Esta ciudad es un manantial de oro. Nosotros hacemos que el manantial nunca cese. No destruimos ni permitimos que otros destruyan. Acabamos con las peleas de forma rápida, contundente. Brutal. Tú aprenderás esa brutalidad medida.
Vargo lanzó algo al suelo. Una hoja de grandes dimensiones, un alfanjón de abordaje que requirió buena parte de su fuerza para elevarse desde las tablas podridas del suelo hasta que los ojos amarillos de la tiefling se reflejaron en el metal. Era hermoso a su manera. Funcional. Letal.
—Dos manos —dijo la voz monótona de Hale—. Una cuchilla contundente, recia. Hecha para despedazar y decapitar, nada de bailes de esgrima. Prepárate.
No se colocó en guardia. No adoptó pose. Solo mantuvo la espada frente a ella, expectante. Como un maestro carpintero que aprestase una nueva herramienta, sopesándola cuidadosamente.
—Escucha bien. Una pelea no se gana. Se acaba. Y se acaba rápido o se alarga hasta que alguien te mete un cuchillo donde no toca antes de que cumplas tu papel.
Señaló a uno de los hombres.
—Ese es tu objetivo.
El tipo tragó saliva. Llevaba protecciones de cuero. Insuficientes. Aria lo sintió: ese momento antes de la tormenta en el que el aire se vuelve denso.
—No quiero que lo mates —continuó Vargo—. Quiero que no pueda seguir peleando en tres latidos.
Aria avanzó. Atacó como sabía. Amplio. Potente. El alfanjón silbó como el viento entre los mástiles. El hombre bloqueó, retrocedió, cayó... pero seguía consciente. Seguía siendo una amenaza.
Vargo no aplaudió.
La golpeó con una vara corta en las costillas. Sin aviso. El dolor la atravesó como un rayo.
—Eso es ruido —dijo—. Mucha fuerza, poco resultado.
Aria se incorporó jadeando. La rabia le subía por la garganta como bilis. Quería romper esa vara. Romper algo. Pero se contuvo. Eso también era aprender.
—Un verdadero asesino de hombres —continuó Vargo, implacable— no pelea contra gente. Pelea contra defectos.
Se acercó al hombre caído, levantando su mentón con la vara.
—Mira. Cadera adelantada. Apoya mal el peso. Respira con fuerza cuando usa esa pierna.
Golpeó con la vara la parte posterior de la rodilla. El hombre cayó gritando. El sonido resonó en el patio como una campana rota.
—No busques matar. Busca destruir. Aplastar.
Volvió hacia Aria. Sus ojos grises brillaban con algo que podría haber sido satisfacción. O simplemente el reflejo del metal.
—Tu arma es larga. Pesada. Perfecta para castigar puntos precisos. Esa es tu ventaja. Elige siempre el punto correcto.
Hizo un gesto.
—Otra vez.
Y otra. Y otra más. Aria perdió la cuenta mientras el sudor y los moratones se acumulaban como capas de barniz sobre madera vieja. Cada golpe enseñaba. Cada error dolía. Y cada dolor se grababa en la memoria de sus músculos.
Atacó de nuevo. Más corta esta vez. Vargo la interrumpió con un empujón brutal que la mandó contra el suelo polvoriento.
—No mires el arma. Mira a tu víctima.
La obligó a colocar las manos. Ajustó el ángulo del alfanjón con rudeza, como quien corrige el agarre de una herramienta mal usada.
—Corte ascendente. Aquí —dijo, señalando el costado bajo—. No atravieses. Rompe.
El siguiente impacto no fue bonito. Fue seco. Preciso. El hombre cayó sin aire, abrazando su flanco como si pudiera contener el dolor con las manos.
Vargo asintió una sola vez.
—Eso habría acabado la pelea.
Se volvió hacia los otros dos.
—Ahora viene lo difícil.
Hizo avanzar a los tres alrededor de Aria. El círculo se cerró. Ella sintió ese viejo instinto de animal acorralado. Pero ahora tenía dientes. Dientes de acero.
—Cuando eliges objetivo, te casas con él. Todo lo demás es distracción. El cazador de hombres no reparte daño. Lo concentra.
Uno de los hombres la embistió. Aria dudó un instante. ¿Cuál? ¿Dónde? Error.
Vargo la derribó con una zancadilla.
—Muerta —dijo—. Por dudar.
La obligó a levantarse de inmediato. Aria escupió polvo y sangre.
—Otra vez. Elige. Ya.
Esta vez Aria no dudó. Ignoró al más cercano. Se lanzó contra el que Vargo había señalado antes, rompió la guardia con el peso del arma y clavó el corte donde le habían enseñado. El hombre cayó. Los otros se detuvieron por instinto, como barcos que pierden el viento.
Vargo sonrió por primera vez. Apenas. Una grieta en una máscara de piedra.
—¿Ves? Cuando el objetivo correcto cae, la pelea muere.
Se acercó, bajó la voz hasta convertirla en algo casi íntimo. Casi humano.
—Esto es lo que harás. Estudiarás a alguien. Encontrarás su punto débil. Y cuando actúes, no habrá segunda ronda.
El sol ya estaba alto cuando Vargo dio por terminada la sesión de ese día.
Sin ninguna ceremonia, tomó el alfanjón de las manos de Aria con un tirón seco. Lo enfundó en una vaina negra, sencilla, funcional. Con rudeza, colocó el correaje del arma en torno a la cintura de la tiefling, asegurándose de que la empuñadura quedara en el sitio correcto. Sus manos eran rápidas, profesionales. Sin calidez pero sin crueldad.
Satisfecho, asintió seco, una sola vez. La miró de nuevo a los ojos.
—Esto es tuyo ahora. Un arma para abrir hombres. Pero también sabes abrir barcos. Esa combinación es rara. Útil.
El patio olía a sudor y miedo y algo más: a propósito. Aria lo sintió en los huesos. Por primera vez en su vida, tenía un propósito que no era simplemente sobrevivir.
—Eso es ser un asesino de los muelles —dijo Vargo—. No honor. No gloria. Eficiencia.
Se dio la vuelta, pero antes de irse añadió:
—Mañana, más duro. Hoy has aprendido a dejar de pelear como una matona. Mañana lo haremos más rápido. Más preciso. Más mortal.
Se quedó sola, acompañada por el sonido del viento y el crujido de la madera. Con lentitud extrajo la hoja de su arma. Su primera arma de verdad. El alfanjón brillaba a la luz del sol como agua negra bajo la luna. Aria lo sostuvo con firmeza, sintiendo que su cuerpo, sus manos y su mirada se habían transformado en una extensión de la hoja.
O tal vez la hoja se había convertido en una extensión de ella.
Ya no importaba la diferencia.
Estopa y Brea
Los días siguientes fueron iguales: dolor, corrección, repetición. Aria aprendía rápido, pero Vargo nunca parecía satisfecho. Siempre había algo que pulir, algo que mejorar.
Una tarde, el sonido de madera astillándose interrumpió el entrenamiento.
Uno de los barcos comerciantes que pagaban a los Postes Negros por su protección había regresado dañado de una escaramuza. Una balista había abierto un agujero en el casco, justo por encima de la línea de flotación. El agua entraba a borbotones y la tripulación corría de un lado a otro con cubos y tablones.
Aria se acercó sin pensar. Sus manos ya evaluaban el daño antes de que su mente lo procesara. Conocía ese sonido, ese patrón de grietas irradiando desde el impacto. Vio dónde la cuaderna se había astillado pero no roto del todo, dónde la presión del agua empujaba contra madera debilitada.
—Necesito una cuña, brea caliente y estopa —dijo, más a sí misma que a nadie.
Vargo apareció a su lado, observando.
—¿Sabes lo que haces?
Aria no respondió. Ya estaba metiéndose entre los tablones, palpando con las manos dónde ceder y dónde resistir. Sus dedos encontraron el punto exacto donde aplicar presión. Cuando llegó la brea, la metió con movimientos precisos, sellando desde dentro hacia fuera. No era bonito, pero funcionaba.
El agua dejó de entrar.
Vargo la miró durante un largo momento.
—¿Quién te enseñó eso?
—Mi padre. Construía barcos.
—Entonces sabes leer estructuras. Sabes dónde duele un casco.
No era una pregunta. Aria asintió de todas formas.
Vargo caminó alrededor del barco dañado, pensativo. Cuando habló de nuevo, había algo diferente en su voz.
—Llevas días aprendiendo a encontrar defectos en hombres. Dónde golpear para que caigan. Pero tú ya sabías hacer eso con otra cosa, ¿verdad?
Aria entendió a dónde iba.
—Con barcos —dijo—. Sé dónde se rompen. Dónde ceden.
—Entonces también sabes dónde romperlos. A propósito.
La miró con esos ojos grises que no revelaban nada.
—Enséñame.
Durante las semanas siguientes, el entrenamiento cambió. Aria seguía aprendiendo a matar hombres con precisión quirúrgica, pero ahora también estudiaba barcos. Vargo la llevaba a los muelles, la obligaba a observar embarcaciones durante horas. No solo para repararlas. Para destruirlas.
—Mira ese balandro —decía Vargo—. Tiene un mes. El carpintero usó madera verde en la popa. ¿Lo ves?
Aria entrecerró los ojos. Sí. Ahí estaba. Una ligera torsión en los tablones que no debería existir.
—Si quisieras detenerlo sin hundirlo, ¿dónde golpearías?
—El timón —respondió Aria—. Está montado sobre ese punto débil. Tres buenos golpes y se sale de las bisagras. El barco se volvería ingobernable.
—Bien. ¿Y si quisieras que se hundiera?
Aria estudió el casco. Lo leyó como su padre le había enseñado a leer la madera.
—Aquí. Donde la quilla se encuentra con la cuaderna maestra. La junta está sellada con brea vieja. Un impacto fuerte en el ángulo correcto y la presión del agua haría el resto. Se abriría como una fruta podrida.
Vargo asintió, satisfecho.
—Eso es lo que necesito. No fuerza bruta. Conocimiento. Precisión.
Le puso una mano en el hombro. Fue el primer gesto casi afectuoso que le había mostrado.
—Lo que tu padre hacía con tablas individuales —dijo—, tú lo harás con barcos enteros. Y lo que yo te he enseñado sobre hombres, lo aplicarás igual. Estudias. Encuentras el defecto. Actúas una vez. Sin segunda ronda.
Hizo una pausa.
—Los Postes Negros tienen matonas. Tienen músculo. Pero tú... tú serás otra cosa. Serás la que sabe exactamente dónde sangra un barco. Y cuando señales ese punto, ese barco está perdido. Aunque su tripulación aun no lo sepa.
El Primer Trabajo
Tres semanas después de unirse a los Postes Negros, Vargo la llevó al puerto de noche.
—Ese bergantín —dijo, señalando una silueta oscura amarrada en el muelle—. Pertenece a un comerciante que decidió no pagar. El Rey Huracán quiere enviar un mensaje, pero no quiere un cadáver. Quiere un barco que no pueda navegar durante un mes. Tiempo suficiente para que pierda sus contratos y reconsidere su posición.
Miró a Aria.
—Enséñame lo que has aprendido.
Aria estudió el barco. No hacía falta acercarse mucho. Conocía ese diseño. Había ayudado a su padre a reparar uno similar dos años atrás. Sabía exactamente dónde mirar.
—El timón —dijo—. Ves cómo está montado? Tres pernos grandes, pero el central tiene un defecto de fundición. Mira cómo refleja la luz de forma desigual.
Vargo entrecerró los ojos. Después de un momento, asintió.
—Sigue.
—Si arrancamos ese perno central, los otros dos aguantarán el peso del timón en puerto, pero en cuanto salgan a mar abierto y el timón trabaje de verdad, cederán. El timón se soltará completamente. Tendrán que volver a puerto, conseguir un carpintero naval, fundir pernos nuevos... mes y medio, mínimo.
—¿Y cómo lo arrancamos sin que se note hasta que zarpen?
Aria sonrió. Era una sonrisa feroz, carente de humor.
—No lo arrancamos. Lo debilitamos. Una grieta en el eje, justo donde encaja con el perno. Se verá como desgaste natural. Nadie lo notará hasta que sea demasiado tarde.
Hicieron el trabajo esa noche. Aria con sus herramientas, Vargo vigilando. Fue rápido, silencioso, quirúrgico.
Cuando terminaron, Vargo la miró con algo que podría haber sido orgullo.
—Eso es —dijo—. No destruyes. No dejas cadáveres. Solo creas un defecto que el mar se encargará de explotar cuando llegue el momento.
Hizo una pausa.
—Así es como se controla Puerto Peligro. No con fuego y sangre. Con precisión. Con paciencia. Con conocimiento.
Aria tocó el tatuaje en su brazo. Ya no ardía. Se había convertido en parte de su piel, como el alfanjón se había convertido en parte de su mano.
—No honor —dijo Aria—. No gloria.
—Eficiencia —completó Vargo.
Y en ese momento, mirando el barco condenado meciéndose tranquilo en el agua oscura, Aria supo exactamente qué era ahora.
No era la hija rechazada de un carpintero naval.
No era la tiefling solitaria a la que nadie quería contratar.
Era la que sabía dónde sangraban los barcos.
Y en Puerto Peligro, eso significaba poder.
Epílogo: La Doncella Imponente
Aquella misma noche, Aria volvió a la taberna donde todo había comenzado.
Ya no era la chica hambrienta con trozos de calamar en el pelo. Llevaba el alfanjón al cinto, el tatuaje de los Postes Negros en el brazo, y una bolsa con monedas que había ganado con su trabajo. La tabernera la saludó con una sonrisa genuina y le sirvió lo mejor de la casa sin que tuviera que pedirlo.
Se sentía bien. Por primera vez en su vida, se sentía como si perteneciera a algún lugar.
Debería haber sabido que nada bueno dura en Puerto Peligro.
La bebida sabía rara. Solo un poco. Aria lo notó en el segundo trago, pero para entonces ya era tarde. El sabor amargo bajo la cerveza, ese toque metálico que no debería estar ahí. Intentó levantarse pero sus piernas no respondieron como debían.
La taberna empezó a dar vueltas.
Vio las siluetas acercarse. Cuatro, tal vez cinco. No eran de Puerto Peligro. Ropa distinta, acento distinto, cicatrices de un mar diferente. Su mano buscó el alfanjón pero sus dedos estaban torpes, lentos.
—Vaya, vaya —dijo una voz—. Una Poste Negro fuera de su territorio. Qué conveniente.
Aria intentó hablar. Las palabras salieron mal.
—El Rey Huracán no controla todo el Shackles —continuó la voz—. Y algunos capitanes necesitan tripulación que sepa de barcos. Especialmente tripulación que no pueda volver a casa.
Intentó pelear. Su entrenamiento gritaba en su cabeza: elegir objetivo, concentrar el daño, acabar rápido. Pero su cuerpo no obedecía. El primer puñetazo la alcanzó en las costillas. El segundo en la cara.
El alfanjón cayó al suelo con un sonido metálico que pareció lejano.
Sintió más golpes. Muchos más. Profesionales. Precisos. Alguien que sabía exactamente cómo dejar inconsciente a alguien sin matarlo. Como Vargo le había enseñado, pero esta vez ella era la víctima.
Lo último que vio antes de que todo se volviera negro fue el techo de la Doncella Imponente. El mismo techo que había mirado meses atrás, hambrienta y sola, preguntándose qué sería de su vida.
Qué irónico. Había encontrado algo que se le daba bien. Había encontrado un lugar. Había encontrado un propósito.
Y ahora todo eso se alejaba, arrastrándose hacia la oscuridad junto con su consciencia.
Sus cuernos golpearon contra el suelo de madera.
Y entonces, nada.
Solo oscuridad.
Solo el sonido del mar.
Solo el crujir de la madera de un barco que no conocía.

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