AMPUTACIONES Y GRILLETES
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| Isaiah Huxli, gnomo alquimista, cirujano y artificiero |
No hay nada más duro que la forja de un pirata en el Archipiélago de los Grilletes. Súmale ser un tipo pequeño con pelo verde, no tener demasiado interés en el pillaje, sentir cierta filia por las amputaciones y serás condenado a ser un descastado, incluso entre todo aquel contubernio de salvajes sanguinarios alimentados por el ansia de riqueza fácil.
Ser el hijo de alguna buena mujer, probablemente asesinada en un abordaje, secuestrado siendo un retoño y apadrinado por Dirándor "El Tuerto"... no es la infancia que a priori hubiera deseado. Menos mal que encontré pronto refugio en el barrio de artesanos de Puerto Peligro, mientras mi padrino se enrolaba durante largos periodos de tiempo en busca de lo que cree que persigue todo pirata (riqueza para retirarse) y de lo que realmente ansía: grog, mujeres y efebos con los que anestesiar la dureza de su existencia.
Los Primeros Maestros
Así, en mi temprana juventud, aquellos artesanos del barrio resultaron ser compañía agradable para un jovenzuelo solitario interesado en aprender algún oficio que le permitiera sobrevivir en un entorno tan despiadado.
Almek Rasdy fue mi primer maestro. Era un excelente carpintero y de él aprendí a trabajar la madera. Recibía un plato de comida caliente todos los días a cambio de duro trabajo en su taller. Su paciencia y amor por la madera me inspiró en aquel estadio tan temprano de mi aprendizaje, permitiéndome desarrollar las habilidades necesarias para poder fabricar miembros protésicos para gente tan propensa a perder partes de su cuerpo como los habitantes de Los Grilletes.
Algo ocurrió un día de intensa calima, hallándome yo construyendo unas magníficas cuadernas para el Belleza Marina. Una barahúnda tremenda en la calle alertaba del accidente sufrido por un marinero herido manipulando explosivos. Tenía pierna y brazo derechos colgando a jirones de su maltrecho tronco. Sus compañeros lo portaban utilizando lona de vela vieja como camilla improvisada.
De repente, un tipo alto, ataviado con un delantal de blanco impoluto, salió a la calle e hizo entrar a tan siniestra comitiva al negocio que regentaba. Mi pequeño tamaño me permitió colarme entre la multitud y observar en primera fila la habilidad de aquel hombre cortando músculo y hueso, cosiendo aquella piel desgarrada, parando las hemorragias y quizás salvando la vida de aquel pobre desgraciado.
Lo que vi y el recuerdo del olor a pólvora y carne quemada de aquella mañana me marcó de por vida.
Cambié el taller de Almek por la enfermería de aquel hombre aparecido de manera providencial aquella mañana, y que sería mi mentor durante los próximos años: Tidirian Huxli. Cualquiera podría decir que era un matasanos del tres al cuarto, pero su rapidez restañando heridas, sin importar demasiado el resultado estético, ha salvado muchísimas vidas en la capital de Los Grilletes. A mí me convirtió en un experto en anatomía y cirugía de emergencia.
No en vano, de él tomé el apellido, porque es la persona que más se ha preocupado por mí y de la que he aprendido el oficio que amo y la persona que soy: Isaiah Huxli.
Aprendizaje en las Calles
Muchas mañanas paseábamos cerca de los fondeaderos de Puerto Peligro con nuestras herramientas prontas para pequeñas operaciones: amputar dedos o extraer muelas destrozadas por el escorbuto. En esos paseos empecé a ver con otros ojos la vida del marinero, a frecuentar compañía pirata y al menos a intuir el placer de capturar un buen botín.
Por mi cuenta, me interesé por el dominio del fuego y la pólvora. En cierto sentido, era la otra cara de la moneda del oficio de cirujano y sabía que no me sentiría realizado si no conociera ambas facetas. En aquellos años curé bastantes heridas producidas por mis experimentos sufridas en mi propias carnes, no sin el reproche del viejo Tidirian, que creía que cualquier día saldríamos ardiendo de su casa sin carne que suturar sobre nuestros huesos.
Fue durante uno de estos experimentos cuando el destino me sorprendió con un descubrimiento fortuito. Mientras intentaba desarrollar un compuesto que mejorara la efectividad de mis bombas alquímicas, una medida incorrecta y una gota de mi propia sangre cayeron en la mezcla por accidente. El resultado fue... inesperado. Aquella sustancia rojiza no solo potenciaba los efectos explosivos de mis preparados, sino que, aplicada con pericia quirúrgica, aceleraba dramáticamente la curación de heridas graves.
La bauticé como "especia picante de Huxli" en honor a mi maestro, orgulloso de compartir con él mi hallazgo. Su reacción, sin embargo, fue de horror absoluto. El viejo cirujano veía en mi descubrimiento no una innovación médica, sino una abominación peligrosa que difuminaba la línea entre salvar vidas y arrebatarlas. Tras una bronca memorable en la que invocó todos los peligros conocidos y por conocer, Tidirian arrojó mis notas al fuego de la chimenea.
Solo logré rescatar un puñado de dosis que escondí en un pequeño saquillo de cuero. No podía culparle por su temor, pero tampoco podía negar el potencial de lo que había creado. Aquel saquillo se convertiría en mi posesión más preciada, un recordatorio de que el progreso siempre camina por el filo de una navaja.
Tidirian por su parte, nunca volvió a verme con los mismos ojos...
Ganándome la Vida
Durante todo aquel tiempo, Dirándor sufragaba parte de mis gastos en la clínica de Huxli, asunto aquel que yo dejaba correr mientras durasen las razones por las que fuera que aquel veterano pirata se sintiera responsable de mi destino.
Pero llegó el fatídico día en que Dirándor vino a hablar conmigo y con mi mentor para decirme que debía ganarme la vida en Puerto Peligro por mi cuenta. Mi periodo de formación como cirujano había terminado. Dirándor ya me consideraba lo suficientemente crecido para valerme por mí mismo. Los escuetos ingresos de Tidirian no podían mantenernos a los dos y tras el incidente con la especia picante mi querido maestro ya no confiaba ciegamente en mi como antes.
Así fue como comencé a trabajar, siempre con mi escueto equipo de cirujano principiante a mano, en el taller de Bitrubius "El Fuegos". Este viejo artillero de barco enseguida vio como ventaja que, debido a mi pequeño tamaño, podría introducirme para limpiar —y otros menesteres— por los rincones más remotos de los barcos y por las bocas de las piezas de artillería más grandes de los navíos fondeados en Puerto Peligro.
Aquellos días no fueron tan felices como los pasados con el viejo Huxli, pero aprendía el uso práctico de la pólvora. Además, restañé y cosí no pocas heridas de estibadores y marineros que se acercaban por el taller de Bitrubius en busca de tratamiento rápido y discreto.
El Comienzo de la Aventura
Esta es mi vida hasta aquella noche en la que caí hechizado por la voz de una hermosa joven, la cual me era completamente desconocida, que cantaba viejas y bellas tonadas marineras en la taberna Doncella Imponente.
Todos los asistentes quedamos maravillados por la actuación de aquella muchacha que transmitía sentimientos intensos con cada nota que su voz emitía. Yo me encontraba en una mesa del rincón, acariciando distraídamente el saquillo de cuero que colgaba de mi cinturón mientras ahogaba mis penas en ron barato. Las palabras de Tidirian aún resonaban en mi mente, mezclándose con la melodía que llenaba la taberna.
Nada hacía pensar que un inesperado suceso daría un giro radical a mi vida y mis aventuras comenzarían de forma tan abrupta. Lo último que recuerdo con claridad es la sonrisa de aquella cantante, el sabor extraño de mi última copa, y luego...
Todo se fundió en negro.


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