El Oro de los Diablos
O de cómo una moneda, una melena y tres días de tormenta convirtieron a cuatro supervivientes en camarilla de futuros amotinados
Solo los tontos y los muertos hacen como si no lo supieran.»
— Dicho de los tasadores de Puerto Peligro
El Mar Febril no perdona los secretos. Lo que sí hace, con una generosidad perversa que los marineros conocen bien, es guardarlos durante el tiempo justo para que quien los posee crea estar a salvo; y entonces, cuando el momento resulta más inconveniente posible, los devuelve con intereses. Reyes lo sabía. Por eso el silencio que siguió al chapoteo en el entrepuente no era para él un alivio sino una cuenta regresiva.
El Maestro Azotes no era un hombre que aceptara lagunas en los informes. Cada marinero caído en su turno, cada cuerpo que el mar se tragaba sin testigos cómodos, era una deuda que alguien tenía que pagar. Y Reyes, que había pasado dos días construyendo la imagen del colaborador ambicioso, era ahora el deudor más visible del contramaestre. La ironía tenía el filo de un cuchillo bien afilado: había traicionado a los esbirros de Azotes desde dentro, y ahora esa misma posición le exigía dar explicaciones sobre exactamente aquello que había destruido.
El varisio apeló a Isaiah con la urgencia contenida de alguien que necesita ayuda pero no puede permitirse que parezca urgente. Lo que necesitaba era una coartada con peso físico. Lo que le pidió al gnomo fue lo más valioso que Isaiah tenía en ese momento: la moneda de platino que el capitán Harrigan le había arrojado en un rapto de generosidad casi insultante el día anterior. Un talismán de favor real, brillante y concreto, exactamente el tipo de cosa que hace que las mentiras resulten plausibles.
Isaiah la entregó. La lógica era impecable y el momento no admitía reparos sobre la injusticia del asunto.
Pero la farsa tenía un requisito más: necesitaba una coartada. Aria no fue la opción más elegante. Fue la más eficaz. El puñetazo fue quirúrgico —la clase de golpe que imparte alguien que ha aprendido a medir la fuerza exacta que se necesita para cada resultado— y dejó al varisio en el suelo con la expresión convincente de un hombre al que la fortuna ha tratado mal. La pantomima estaba completa.
El testigo estaba muerto. La coartada preparada. Solo otro día más en la vida de Reyes Vane.
EL MARCO CHELAXIANO
Excepto que antes de entregar la moneda, los ojos de Reyes la habían examinado con el automatismo del hombre que ha pasado suficiente tiempo en mercados de puerto como para que la lectura del metal sea un reflejo antes que un pensamiento. Y lo que leyeron lo dejaron inmóvil durante un segundo que, en la economía de tiempo del entrepuente, era un segundo demasiado largo.
La moneda era un marco chelaxiano. Recién acuñado. El escudo de la Casa Thrune en el reverso, limpio y sin desgaste, el oro de los diablos de Egorian reluciendo con esa frialdad específica que tienen las cosas que no saben que deberían avergonzarse de sí mismas.
En un barco cuya tripulación juraba odio eterno a Cheliax, donde los hombres escupían al mar al mencionar la Casa Thrune con la religiosidad de quien cumple un rito, el capitán Harrigan repartía el oro de los Señores de Inferno con la naturalidad de quien no ve ningún problema en ello.
Reyes guardó la información. No con la comodidad del secreto bien llevado, sino con el peso específico de las cosas que queman cuando las tocas y que no puedes soltar porque soltarlas sería peor. La moneda pasó a manos de Azotes. La pregunta sobre de dónde venía quedó en el interior del varisio, envuelta en el silencio que se dedica a los problemas que no tienen solución inmediata pero que tampoco van a resolverse solos.
EL FAVOR ENVENENADO DEL SEÑOR PLUGG
El señor Plugg era el tipo de hombre que no necesita levantar la voz porque tiene algo mejor: la paciencia. Una paciencia fría y sin urgencia, del mismo tipo que la del tiburón que no persigue sino que espera, que sabe que tarde o temprano todo en el mar termina pasando por donde él está.
«Averigua quién mató a mi marinero», le dijo a Reyes, con esa sonrisa que arrancaba en los labios y se detenía mucho antes de llegar a los ojos, «o la quilla será tu próximo lecho». No había ira en la voz. Había algo peor: la frialdad tranquila y serenade quien ya ha calculado todas las posibilidades y en ninguna de ellas pierde.
Pero el castigo de Plugg no fue el látigo ni la quilla. Fue algo más refinado y más cruel: comenzó a demostrarle a Reyes, en público, una predilección venenosa. Lo señalaba ante la tripulación como su informador preferido, se dirigía a él con una familiaridad ostentosa que los demás marineros podían leer sin necesidad de subtítulos. El mensaje era transparente: este hombre es nuestro. Tratadle en consecuencia.
El odio de los compañeros no llegó en forma de amenazas explícitas. Llegó en forma de miradas que se apartaban, de espacios que se abrían en la cubierta cuando Reyes se acercaba, de esa clase de soledad activa que una tripulación puede construir alrededor de alguien sin decir una sola palabra. El varisio caminaba ahora por el filo de una navaja con Azotes respirándole en la nuca por un lado y el desprecio creciente de los hombres que tendría que convencer algún día de que valía la pena seguirlo, por el otro.
SECRETOS EN LA SENTINA
Al destino decidió jugar una carta oculta en la oscuridad de la sentina. Reyes Vane, cuyos dedos conservaban la memoria táctil de mil alijos prohibidos, sintió algo que no encajaba en la estructura del barco. Mientras achicaba agua estancada, su mano recorrió un mamparo que, a ojos de cualquier marinero, era simple madera podrida, pero que para un perista varisio gritaba «compartimento de contrabando». Estaba totalmente tapiado, sin trampilla aparente, una tumba de madera para un secreto que Reyes, carente de herramientas, no podía profanar solo.
Al alba del día siguiente, el varisio intentó una maniobra arriesgada. Se escabulló de su puesto para buscar a Habbly Quarne, "El Puntadas". Pero el carpintero, un hombre forjado en la aspereza del roble y el pragmatismo del mar, no vio en Reyes a un aliado, sino a un grumete holgazán. Con un gruñido hosco, denunció la supuesta vagancia del varisio al Maestro Azotes, quien recibió la noticia con la alegría sádica de quien encuentra un juguete nuevo para la Hora Sangrienta.
Cuando el sol comenzó a declinar, Reyes fue conducido al palo mayor. Ante la mirada de la tripulación, se le ordenó desnudarse el torso. Fue entonces cuando el murmullo de los piratas se extinguió, reemplazado por un silencio cargado de asombro y respeto involuntario. La espalda de Reyes no era piel, era un pergamino de dolor: una red de cicatrices blancas y queloides que se entre cruzaban como las jarcias de un galeón, testimonio mudo de sus cinco años encadenado a los remos de las galeras chelaxianas. En su hombro, la marca grabada a fuego brilló bajo el sol poniente, identificándolo como un criminal a ojos de la Casa Thrune.
Azotes, ajeno a la magnitud de lo que tenía delante, hizo restallar su látigo. El primer golpe cortó el aire, pero al impactar, apenas si hizo mella en la piel de Reyes, que se sentía bajo el cuero como «cuero viejo», endurecido por un sufrimiento que el contramaestre no podía ni empezar a imaginar. Un golpe, dos, tres... Reyes no gritó, ni siquiera jadeó. Recibía el castigo como quien saluda a un viejo conocido, con la mirada perdida en el horizonte del Mar Febril.
La frustración de Azotes creció hasta volverse frenética. Sus golpes perdieron precisión, su rostro se desfiguró en una mueca de odio ante lo obviamente fútiles que resultaban sus azotes contra aquel hombre de hierro y salitre. Estaba perdiendo los papeles, su autoridad se desmoronaba con cada latigazo que no arrancaba un lamento. Fue el señor Plugg quien, con una señal gélida de su mano, detuvo castigo antes de que se convirtiera en carniceria.
Plugg observó la espalda de Reyes con una nueva e inquietante curiosidad. A partir de ese momento, el varisio dejó de ser un simple cautivo para convertirse en una pieza de valor estratégico a ojos de los oficiales. Reyes había sobrevivido a los amos más crueles del mundo; un matón de barco pirata no iba a ser quien lo doblegara. El secreto del mamparo de la sentina tendría que esperar, pero ahora Reyes sabía que su piel curtida le había comprado algo más valioso que el descanso: el interés de los depredadores y el respeto de las ratas que ansiaban tanto como el la libertad
Aquella noche, el veneno habitual se transformó en un tributo: no solo recibió su ración reglamentaria de ron para mantenerlo saciado y sumiso, sino que manos callosas le tendieron jarras extras, invitándole a tragos que eran, en realidad, reconocimientos silenciosos a su resistencia. Sin embargo, para Reyes, el alcohol no era una celebración, sino un escudo contra los tambores y los latigazos que aún resonaban en su cráneo.
A medida que el ron quemaba su garganta, los diablos de sus recuerdos —los cinco años encadenado al remo en las galeras chelaxianas y el hierro al rojo vivo del Imperio marcando su antebrazo— empezaron a desvanecerse en una nebulosa de olvido. Las compuertas de su autocontrol se abrieron de golpe, liberando años de tensión acumulada y rabia contenida en un torrente de licor que terminó por apagar su conciencia, tal y como le había sucedido tantas veces.
El amanecer no lo encontró en su hamaca, sino en la penumbra de la bodega inferior, entre el ganado que aguardaba su turno para la cocina. Reyes despertó con el sabor del salitre y el bizcocho rancio en la boca, cubierto de paja y suciedad, pero no estaba solo. Se encontraba abrazado a una de las cerdas de la cochiquera, un animal que, en un giro extraño de fortuna pirata, parecía haber reconocido en el varisio a un alma tan cautiva y castigada como la suya. Desde ese día, la cerda le mostró un afecto sin fisuras.
TRES DÍAS DE TORMENTA
Llegó cuando el cielo tomó el color de una herida infectada, ese verde oscuro y sucio que los marineros del Mar Febril reconocen con la misma mezcla de respeto y fatalismo con que los devotos reconocen la presencia de su dios. Llegó sin prisa, como llegan las cosas que saben que van a ganar.
Durante tres días, el Amargura no fue un barco; fue una cáscara de nuez en las manos de algo que no tenía nombre ni cara ni la menor intención de negociar. Las raciones desaparecieron. Quedó el bizcocho salobre y el agua turbia y el látigo para quien flaqueara, porque el Amargura no distinguía entre tormentas externas e internas y Harrigan tampoco.
Aria subió a las jarcias con la cara de quien ha tomado una decisión. La tormenta era salvaje y el viento cortaba y las cuerdas mojadas se volvían cable de acero bajo las palmas, pero la guerrera trabajó con una ferocidad que mantenía a raya incluso a los piratas más veteranos, esa clase de ferocidad que no viene del entrenamiento sino de un lugar más profundo y más difícil de tocar. Sus manos sangraban. No paró.
Isaiah combatió su propia tormenta en la cocina, donde los calderos se convertían en proyectiles y mantenerse en pie mientras el barco se inclinaba treinta grados en una dirección y luego en la contraria era, literalmente, su única tarea durante horas. El gnomo la cumplió con la concentración de quien sabe que si falla aquí no hay segunda oportunidad.
Mientras las olas decidían el destino del barco, Lirael se movía entre las sombras con la facilidad de los que cortan mas con su lengua que con su espada, recuperando unas ganzúas preciosas de un escondite que la tormenta había puesto, milagrosamente, al alcance. Las deslizó a manos de Isaiah con el sigilo de quien ha aprendido que los mejores regalos son los que nadie ve llegar.
EL PRECIO DE UNAS GANZÚAS
Las ganzúas no habían aparecido de la nada. Lirael había cerrado el trato con Grok Garganta Cortada en el rincón más oscuro del pañol, en ese espacio reducido donde el intercambio entre dos personas que no se fían del todo la una de la otra requiere la clase de honestidad descarnada que solo funciona cuando no hay público.
Grok no pidió monedas. Las monedas eran demasiado fáciles de conseguir y demasiado fáciles de rastrear. Lo que pidió fue algo que valiera de verdad, algo que nadie regalaría si no estuviera realmente dispuesto a pagar el precio de lo que quería a cambio. Que Lirael no dudó demasiado tiempo lo dijo todo sobre su estado de ánimo en ese momento.
El hierro de las tijeras de Grok segó la melena color aguamarina de Lirael con la eficiencia impersonal de quien ha cortado muchas cosas a lo largo de su vida y no ve motivo para la ceremonia. El pelo cayó al suelo del pañol y se quedó allí, ese color peculiar entre el verde y el azul que hace que quien lo ve en el mar se pregunte si está viendo el reflejo de algo que no debería existir. Lo que quedó fue una cabeza rapada y una deuda saldada y las ganzúas en la mano, frías y pequeñas y exactamente lo que se necesitaba.
Lirael no dijo nada sobre lo que había entregado. Las cosas que se pierden de verdad no necesitan anunciarse.
LA SIEMBRA DE LA DISCORDIA
Isaiah recibió las ganzúas y guardó silencio sobre sus designios al respecto. Incluso a sus propios compañeros les ocultó el plan; era el tipo de operación que funciona mejor cuanto menos gente sabe los detalles, no por desconfianza, sino porque los secretos tienen el hábito desastroso de reflejarse en la cara de quien los conoce.
La tormenta había hecho un favor involuntario: toda la marinería estaba en el velamen, luchando contra el viento, sin nadie que vigilara las taquillas de la bodega. El gnomo aprovechó esa ventana con la metodología de un artesano que conoce bien su oficio.
Anchoa y Boquerón eran los esbirros predilectos de Azotes: el tipo de hombres cuya lealtad era proporcional a la cantidad de monedas en el bolsillo del que los utilizaba.
Isaiah abrió ambas taquillas con la paciencia que dan las manos pequeñas y la práctica. Vació las monedas de Anchoa. Pero el robo era solo el cuerpo del plan; el alma era lo que dejó atrás: las gemas robadas a Anchoa, plantadas con cuidado en el fondo del baúl de Boquerón, donde descansarían como semillas hasta que la desconfianza las hiciera germinar.
Isaiah no buscaba riqueza. Buscaba algo más valioso en ese momento: una fractura en el corazón de la camarilla de Azotes. La paranoia es el arma más eficaz en espacios cerrados, más letal que cualquier cuchillo, porque trabaja sola, sin que nadie tenga que estar presente para empujarla. Cuando Anchoa y Boquerón descubrieran el desequilibrio —y lo descubrirían, porque esa clase de hombres cuentan sus posesiones con la regularidad de los obsesivos— la duda haría el resto del trabajo. El gnomo lo calculó todo con la satisfacción tranquila de quien siembra en el momento justo y solo tiene que esperar la cosecha.
ROSIE LA BIEN HABLADA Y LAS FAUCES DE BESMARA
El grito que cortó el viento en la tercera noche llegó desde babor: «¡Hombre al agua!». En el Amargura, esas palabras tenían el valor exacto que Harrigan les asignaba, que era ninguno. El protocolo de la tripulación respecto a los marineros que caían al mar podía resumirse en una sola instrucción no escrita: sigue navegando. Rosie la Bien Hablada —la mediana que había pasado la tormenta con el mismo humor sombrío y la misma resistencia que una escarpa de roca— había sido engullida por una ola negra y montañosa.
Paralizada por el horror, Sandara Quinn solo es capaz de contemplar con los ojos desorbitados como su camarada inseparable desaparece entre las olas, dándola ya por muerta. El agua del Mar Febril bajo la tormenta no es un lugar; es un argumento. Un argumento irrebatible sobre la insignificancia de los cuerpos pequeños ante las fuerzas que no tienen ni conciencia ni interés en los resultados.
Lirael se lanzó al abismo sin deliberar demasiado, que es la única forma en la que los actos verdaderamente audaces son posibles. La tormenta se cerró sobre ella con la misma indiferencia con que se había cerrado sobre Rosie. Pero bajo el agua, Lirael se movía con una fluidez que no pertenecía exactamente al catálogo de habilidades humanas habituales: el cuerpo cortando las corrientes como si las conociera, como si hubiera un idioma antiguo entre ella y el agua que los años en tierra habían adormecido pero no borrado. Encontró a Rosie. La sujetó.
En cubierta, el resto no esperó las órdenes de nadie. Aria ancló el cabo de rescate con el peso de todo su cuerpo, las venas del cuello tensas, los pies buscando la tracción en la madera mojada como si fueran raíces. Isaiah y Reyes tiraron junto a ella con cada gramo de voluntad que les quedaba después de tres días de tormenta, ignorando el agotamiento que amenazaba con apagar los sentidos como se apaga una vela, porque había momentos en que el cuerpo simplemente no tenía la opción de rendirse.
Cuando izaron a Lirael y a Rosie sobre la cubierta, el silencio que cayó fue distinto a todos los silencios anteriores del Amargura. No era el silencio del miedo ni el de la amenaza ni el del cansancio. Era el silencio que se produce cuando un barco entero ha sido testigo de algo que no esperaba y no sabe todavía cómo catalogarlo.
Rosie la Bien Hablada tosió salitre y miró a los cuatro con los ojos aún abiertos de par en par por la sorpresa de seguir viva. Entre todos los protocolos que el Amargura tenía para tratar con los marineros caídos al agua, «saltar a por ellos» no figuraba en ninguno de ellos. La mirada que Sandara les dirigió a todos, especialmente a Lirael, hablaba por si sola. La servidora de Besmara no olvidaría esto nunca.
La tormenta empezó a amainar en la madrugada del cuarto día, con esa calma incompleta de las cosas que se retiran sin haberse ido del todo. El Amargura siguió navegando, como siempre, porque para Harrigan la tormenta era una pasajera molestia, no un estado de excepción.
LA ULTIMA HORA SANGRIENTA DE BOQUERON
La calma que sucedió a la tempestad fue un velo tendido sobre el Amargura con la misma honestidad con que se tienden las trampas: perfectamente quieto, perfectamente engañoso. El aire denso y estancado de cubierta vibraba con una tensión que no tenía nada que ver con el viento y que los marineros veteranos reconocían sin necesidad de nombrarlo. Antes siquiera de que el salitre terminara de secarse en las maderas, antes de que el primer oficial tuviera constancia oficial del robo en las taquillas, el señor Plugg hizo llamar a Reyes.
Plugg no necesitaba gritar. Tenía algo mejor que la ira: la paciencia fría del hombre que ya sabe el resultado y solo está esperando el momento de formalizarlo. El Maestro Azotes, a su lado, observaba la escena con la diversión descuidada de un espectador que ha pagado la entrada y confía en el espectáculo; sus dientes de oro brillaban con cada mueca como pequeñas sentencias de metal.
El ultimátum de Plugg fue el mismo de siempre: el nombre del asesino del marinero desaparecido, o la quilla como lecho de noche. Reyes, cuya piel de cuero viejo conocía bien el sabor del miedo sin rendirse por ello ante él, barajó sus opciones en el tiempo que tarda un corazón en latir dos veces. El gnomo ya había sembrado su discordia en las taquillas de Anchoa y Boquerón, pero eso era un secreto que Reyes no conocía; lo que el varisio tenía era solo el instinto y la necesidad. Y una certeza: si tenía que señalar a alguien para salvar el pellejo, que al menos fuera alguien al que despreciara de verdad. Balbuceó una historia de deudas de juego y rencores antiguos entre el finado y esa malhadada pareja de perros traperos. Era una mentira nacida del puro odio, que es quizás la clase de mentira que suena más verdadera.
Esa misma tarde, Anchoa descubrió el vacío en su taquilla. No tardó en correr a lamer las botas de sus amos con la noticia. Era lo que Isaiah había planeado: no el robo, sino la denuncia. El dinero era accesorio; lo que importaba era la fractura.
Barnabas Harrigan se dirigió a la tripulación reunida en cubierta con esa frialdad que no era calma sino la ausencia de algo: de duda, de vacilación, de cualquier cosa que en un ser humano normal se interpone entre el pensamiento y la acción. Su voz llenó el espacio disponible con la eficiencia de las cosas que no necesitan esforzarse para ocupar todo el lugar que tienen a su disposición.
«Es intolerable», dijo, y en su boca esa palabra no era una queja sino un diagnóstico clínico. Anunció que, aunque esa noche dejarían descansar a la tripulación —la generosidad de quien sabe que el descanso es también una herramienta—, al alba registraría cada taquilla sin excepción. El culpable recibiría un castigo ejemplar. No lo describió. No hacía falta.
La media noche cayó sobre el Amargura con un peso que los cuatro protagonistas notaron en la espalda incluso mientras fingían dormir. Reyes, que llevaba años durmiendo con un ojo abierto y había perfeccionado esa técnica hasta convertirla en un arte, vio la silueta de Boquerón deslizarse de su hamaca. El cuchillo en el puño del matón no era una amenaza: era una decisión ya tomada. Y el rumbo de esa decisión apuntaba inequívocamente hacia el varisio. Al varisio le asaltó el recuerdo vívido de la daga de Boyd en la sentina del Barracuda, aquella noche que casi le cuesta la vida en circunstancias idénticas
Lo que pasó a continuación tuvo la cualidad de lo inesperado que, en retrospectiva, resulta completamente lógico. Una risita cacareante —aguda, antinatural, del tipo de sonido que el cerebro tarda un segundo en catalogar porque no lo ha oído antes en el mundo razonable— rasgó la penumbra del sollado. Quisquillosa Cuarto de Penique se materializó desde la oscuridad con la fluidez de quien sabe exactamente cuándo tiene que aparecer para que el efecto sea máximo. Sus ojos de ámbar anómalo brillaban con algo que no era luz reflejada. Boquerón quedó inmóvil; no dormido, no inconsciente, sino detenido, con toda la rabia y todo el impulso del momento congelados dentro de un cuerpo que había dejado de obedecer órdenes. Una estatua de carne y odio.
Y entonces bajó Harrigan. Con la armadura de las calaveras aullantes que absorbía el sonido de sus pasos y hacía que su llegada fuera siempre una sorpresa aunque uno supiera que venía. Cruzó entre las hamacas con la parsimonia de quien no tiene ninguna prisa porque el resultado ya está decidido, y se detuvo frente a Boquerón.
El discurso fue breve. Las leyes del hierro que mantienen unidos a los hermanos piratas. La confianza como única moneda que vale algo en altamar. La traición como el crimen que no tiene precio de rescate. Los cuatro escucharon sin mover un músculo, porque en ese momento moverse habría sido llamar la atención en la dirección equivocada, y llamar la atención en la dirección equivocada cuando Harrigan está hablando de traición es el tipo de error que no se comete dos veces.
Harrigan registró las manos de Boquerón. Las gemas que el hombre ocultaba con la desesperación de quien sabe que son su sentencia aparecieron con la inevitabilidad de las cosas que Isaiah había calculado que aparecerían. El pobre infeliz se había condenado al intentar deshacerse de ellas. La prueba era incontestable. El capitán no la anunció con palabras; simplemente la sostuvo un momento, la dejó ser vista, y la dejó caer.
El guantelete de Harrigan brilló con una energía que no pertenecía exactamente al catálogo de lo físico antes de hundirse en el pecho de Boquerón. Lo que siguió fue rápido.Harrigan no era un hombre que disfrutara de la lentitud en estas cosas. El metal del guantelete brilló con una energía depredadora antes de hundirse en el pecho de Boquerón con un crujido que recordaba a ramitas pariéndose. Con un movimiento dantesco y escalofriante, el capitán arrancó el corazón aun palpitante del hombre. Lo mostró a todos deliberadamente, sin que una sola emoción aflorase a su semblante pétreo. Y luego lo aplastó como si fuera fruta podrida.
Harrigan dio media vuelta y regresó a su camarote. Solo cuando tanto el como su bruja desaparecieron, el cadáver mutilado se desplomó en el suelo dando un susto de muerte a una tripulación que ya estaba totalmente aterrada.
Con sorprendente frialdad, Sandara se hizo cargo del cadaver. Solo Aria fue lo suficientemente valiente como para ayudarla. Cuando lo sacaron al exterior, Quinn demostró ser una mujer práctica. Se repartió las pertenencias de Boquerón con la tiflin antes de arrojarlo por la borda con una plegaria tan despectiva como certera.
Al amanecer, el registro de las taquillas anunciado la noche anterior no se produjo. No hacía falta. El terror, cuando está bien administrado, limpia mejor que cualquier inspección; y Harrigan era, entre otras cosas muchas, un administrador excelente del terror. Los protagonistas comprendieron, cada uno a su manera y con el vocabulario específico que cada uno tenía para este tipo de comprensiones, que en el Amargura la única ley que latía de verdad era la voluntad de un hombre capaz de reclamar órganos como tributo. Y que ese hombre dormía encima de ellos todas las noches.
UN PLAN SIN FISURAS
Minirelato de Lirael
Escrito originalmente por Liselle
La gente tendía a subestimarme. Supongo que una chica guapa y alegre no encaja en la idea que la mayoría tiene de “amenaza inminente”. Qué cosas.
No aparté la mirada cuando el hijo de puta del capitán Harrigan le arrancó el corazón a Boquerón con sus propias manos y lo alzó como si fuera un trofeo antes de convertirlo en pulpa. Ni un pestañeo. Ni un gesto. Aunque, eso sí, algo se me revolvió por dentro. Una tiene sus límites estéticos.
Horas más tarde, con el estómago ya en su sitio, repasé mentalmente la impecable cadena de decisiones que había llevado a la pintoresca muerte del pobre desgraciado: bragas, drogas, ganzúas… y la espada de Magnus. Un plan sin fisuras, tan elegante que casi daban ganas de aplaudir… si no fuera por la sangre, claro.
Todo empezó días atrás, cuando decidí visitar el pañol donde Grok, la intendente, “custodiaba” nuestras pertenencias. Custodiar es una palabra generosa, pero digamos que encaja en ciertos contextos.
Tras intercambiar un par de frases perfectamente inútiles, me ofreció un trato: cinco bragas usadas, una por día, a cambio de recuperar mi espada.
Confieso que me sorprendió. No por el precio, los he visto peores, sino por lo barato que salía recuperar un arma. ¿De verdad era tan fácil? ¿O es que ella también había decidido subestimarme? Qué halago.
Me tomé mi tiempo antes de estrechar la mano de la semiorca. Lo justo para no parecer ansiosa. Una tiene una reputación que mantener, después de todo.
Todos saben que en el mar las leyes y la moral se diluyen como la sal en el agua. Y en el Amargura la única ley era la que imponía su capitán, Bárnabas. Un tipo encantador si lo que te gusta es el sadismo y las sonrisas que hielan la sangre.
No me habían pasado desapercibidas las miradas lascivas de algunos de los marineros. Y yo solo tenía una daga roñosa que me había dado Grok, creo que por lástima. Hasta los dieciséis años, a bordo del Presagio quien había intentado tocarme había probado la ira del capitán Magnus. Después descubrí que el mundo era más grande, más sucio… y mucho más peligroso. Y que nadie iba a protegerme.
Así que se me ocurrió una idea. Había visto al gnomo preparar mejunjes sospechosos en la cocina. Cosas que burbujeaban demasiado y olían peor. Le pregunté si podía conseguirme un alucinógeno potente. Titubeó. Y luego sonrió. En el Amargura nada se consigue gratis. Me dijo que podía darme una dosis… si yo le devolvía sus “herramientas”. Así las llamó. Su equipo de ladrón. Los dos lo sabíamos.
Trato hecho.
Tuve que esperar a la cena para escabullirme sin levantar sospechas y volver a ver a Grok. Me observó en silencio, ladeando la cabeza como si me estuviera evaluando pieza a pieza.
—¿Qué tinte usas? —preguntó, señalando mi melena aguamarina.
Suspiré.
—Es natural.
Lo sabía. Claro que lo sabía. Pero le divertía hacerme decirlo. Sonrió.
—Quiero tu cabello.
Parpadeé.
—¿Perdona?
—Aféitate la cabeza. Déjame la melena —dijo con total tranquilidad—. Y tendrás las herramientas.
Ahí estaba el precio.
Imaginé a alguna dama en una corte lejana, con una peluca del color de las aguas tropicales cubriendo su grisáceo y triste cabello. Sonreí. Ridículo, pero divertido.
Grok iba a sacar un buen pellizco con aquello.
Y yo… bueno. El pelo vuelve a crecer. Además, quizá me daría un aspecto más peligroso. Más duro. Más difícil de tocar. O eso quería creer.
Trato hecho.
Cómo Isahiah consiguió los ingredientes para la droga es otra historia, llena de garracifes, erizos rosas y algún gnomo malhumorado. Pero esa epopeya la dejaré para otro momento.
Dejé volar unos rumores sobre Lira la Bendita por las olas. Y En un barco lleno de supersticiosos, los chismes se reproducen más rápido que las ratas. Solo faltaba que algún pobre desgraciado se embarcara en un viaje lisérgico gracias a mi ropa interior “aderezada” y acabara convencido de que yo era especial… especial, temible y de mal fario. Tocar un solo cabello mío podía arruinarle la vida
Pronto averiguaría si mi loca idea surtía efecto.
Lo que el gnomo hizo con sus “herramientas” es un misterio. Pero Anchoa denunció un robo. Boquerón pagó el precio. Y sospecho que el imbécil no tenía la habilidad ni el talento para haber forzado la taquilla de su amigo, ni habría dejado las gemas en su propia taquilla… porque hay que ser muy lerdo.
Suspiré y pensé que, de alguna manera, yo había sido responsable de manera muy indirecta de su fin. Qué manera más elegante de ganar puntos de karma… si es que el karma existiera en un barco lleno de piratas.
UN BAILE CON EL PIEZA
El eco del castigo de Boquerón aún vibraba en las cuadernas del Amargura cuando un nuevo foco de tensión comenzó a gestarse entre la tripulación. Carmesí Cogward, a quien todos conocían como «el Pieza», era un hombre que parecía vivir en un estado de vigilia violenta, con el cuello siempre encendido por una furia que solo la oración a Farasma lograba contener a duras penas.
Reyes, siempre buscando hilos de los que tirar para asegurar su supervivencia, intentó acercarse al matón. Sin embargo, el Pieza, que profesaba un odio visceral hacia cualquier oficial o aquel que pareciera oler a su favor, rechazó los avances del varisio con un gruñido cargado de sospecha. Pero en sus ojos pequeños y paranoicos, Reyes detectó un brillo distinto cuando miraba a Aria: no era lujuria, sino el reconocimiento de un depredador hacia otro. El Pieza conocía la marca; sabía que Aria no era una simple grumete, sino una Poste Negro de Puerto Peligro, una asesina forjada por la Mano del Huracán.
El estallido ocurrió durante la hora del rancho, bajo un sol que castigaba la madera con la misma saña que Azotes castigaba la carne. Mientras la tripulación engullía en silencio el bizcocho salobre, el Pieza rompió la calma con una voz que sonó como cristal roto. Interpeló a Aria de malas maneras, escupiendo el término «Poste Negro» ante los oídos de todos, buscando humillarla al recordar su pasado como sicaria de los muelles. Aria, fiel a su entrenamiento de ignorar el ruido innecesario para concentrarse en el objetivo, ni siquiera alzó la vista de su cuenco.
La indiferencia de la tiflin fue el combustible que el Pieza necesitaba. Enfurecido por lo que consideraba un insulto a su propia peligrosidad, el matón dio un paso al frente y puso una mano pesada sobre el hombro de Aria, obligándola a encararle. Fue el último error que cometió ese día. Con una rapidez que desafiaba la vista, Aria abandonó su inmovilidad. No hubo palabras, solo el sonido seco y nítido de dos dedos rompiéndose bajo la presa de la tiflin. El grito de dolor del Pieza fue sustituido de inmediato por un rugido de rabia ciega mientras se abalanzaba sobre ella con toda su corpulencia de jabalí acorralado.
Aria no retrocedió. Aplicando la lección más valiosa de Vargo Hale —«un cazador de hombres no reparte daño, lo concentra»—, la tiflin encontró el punto débil en la guardia descuidada del gigante. Ante la mirada atónita de veteranos y novatos, Aria descargó un único y devastador puñetazo que pareció llevar consigo todo el peso del barco. El impacto fue seco, quirúrgico, absoluto. El Pieza, uno de los marineros más temidos y beligerantes del Amargura, se desplomó como un fardo de velas mojadas, quedando KO antes incluso de tocar las tablas de la cubierta.
El silencio que siguió fue sepulcral. Aria regresó a su sitio con una frialdad que helaba la sangre, mientras los inteligentes comprendían que el equilibrio de poder entre las ratas del barco acababa de cambiar. Ya nadie miraría a la «hija del carpintero» como simple carne de labor; ahora sabían que en sus puños habitaba la eficiencia de la muerte.
SOPA DE CANGREJO
La ley del hierro del Amargura había mutado en algo más complejo y venenoso. Tras el dantesco espectáculo del corazón arrancado de Boquerón y el fulminante golpe de Aria que silenció al Pieza, los cuatro supervivientes dejaron de ser simple carne de labor para convertirse en piezas de valor en el tablero de Harrigan.
Se había consolidado un equilibrio precario: Lirael hechizaba a la marinería con su lengua de plata y su voz de sirena; Reyes habitaba el filo de la navaja, atrapado en un doble juego donde su mentira sobre las deudas de Boquerón se había convertido en su verdad oficial; Isaiah gobernaba los fogones con una mano maestra, mezclando potajes con la misma discreción con la que preparaba mejunjes alquímicos; y Aria se había alzado como la muerte silenciosa, que se expresaba a través de sus puños con más elocuencia que cualquier palabra.
El señor Plugg y el Maestro Azotes, depredadores natos, decidieron que Reyes era el sustituto perfecto para el finado Boquerón. Lo elevaron a la categoría de favorito e informante, una posición que le granjeaba el odio de la tripulación y la caída en desgracia de Anchoa, ahora degradado a los trabajos más bajos y humillantes del navío. Sin embargo, el favor de Plugg siempre viene acompañado de un veneno sutil. En el Día 11, con el Amargura navegando por las aguas cristalinas de la costa Serpentina, surgió la oportunidad de la prueba final.
Plugg convocó a los cuatro a la cubierta principal. Frente a ellos, cuatro jaulas para cangrejos y un arrecife de coral que emergía del mar como un esqueleto blanqueado. «El capitán quiere cenar cangrejos frescos», sentenció el primer oficial. Pero antes de que saltaran al agua, Plugg se detuvo ante Aria. Con una sonrisa torva que no ocultaba su intención, lanzó una indirecta que cortó el aire más que el látigo de Azotes: mencionó que en los arrecifes siempre ocurren «accidentes», especialmente para aquellos que son delatores o traidores, clavando su mirada en Reyes. Era un contrato de asesinato no escrito: Plugg quería que la tiflin quitara de en medio al varisio bajo el amparo de la espuma.
Pero el primer oficial subestimó el vínculo forjado en la sentina y el ron. Al sumergirse en las aguas tranquilas, los cuatro no buscaron la traición, sino la eficiencia. En el corazón del arrecife, la belleza del coral se tornó mortal cuando dos garracifes surgieron de sus grietas. Estas criaturas, tenaces y feroces, atacaron con una furia ciega, buscando carne humana con sus pinzas envenenadas. Fue allí donde la coordinación del grupo brilló: Aria no buscó el cuello de Reyes, sino que defendieó el flanco del varisio mientras Lirael coordinaba sus movimientos bajo el agua y Reyes aplicaba su ingenio de superviviente.
Vencieron a los garracifes a pesar de su ponzoña, luchando hasta que las criaturas exhalaron su último aliento salobre. Cumplieron la cuota asignada de cangrejos para la mesa del capitán, pero la verdadera victoria fue el botín oculto que Isaiah recolectó con la presteza de un experto: un pez de glándulas venenosas y unos exóticos erizos rosas. El gnomo, mientras regresaban al barco, ya calculaba las proporciones exactas para cumplir los deseos de Lirael y fabricar un potente alucinógeno. Aquel mejunje no solo alimentaría los proyectos de la oráculo, sino que serviría para saldar las deudas, incluido el pago por protección pactado con la implacable Aria.
En el castillo de popa, Plugg sonrió complacido. La supervivencia de Vane parecía habar confirmado una puesta personal de la que, de una forma u otra, sacaría partido.
VIOLENTA VALÍA
El sol del decimocuarto día no trajo consigo la rutina de los fregoteos y el chucrut rancio. Bajo la mirada de Riaris Krine, la condestable de piel curtida y pata de palo, los protagonistas fueron arrojados a un esquife para aprender el arte de engarfiar y asaltar un navío en movimiento. Mientras el resto de los reclutas vacilaban ante la lluvia de desperdicios y agua de sentina que los piratas arrojaban desde la borda para entorpecer el ascenso, Aria se movió con una precisión que rozaba lo inhumano. Lanzó el arpeo con la fuerza exacta y trepó por la cuerda ignorando la inmundicia, demostrando esa eficiencia de Poste Negro que Vargo Hale le había grabado a fuego en el alma: «no honor, no gloria, solo eficacia».
Aquel despliegue de talento marcial no pasó desapercibido para Krine, quien observó a la tiflin con un brillo de aprobación en sus ojos expertos, acostumbrados a tratar con marineros de agua dulce que no sabían distinguir un cabo de una soga. Al caer la tarde, durante la Hora Sangrienta, la atmósfera en la cubierta principal estaba más cargada de lo habitual. Isaiah, Lirael y Reyes observaron desde la distancia una encendida discusión entre Riaris Krine y el señor Plugg. Aunque el estruendo del mar ahogaba sus palabras, los gestos de la condestable eran agresivos, defendiendo un punto que Plugg parecía rechazar con su habitual rictus imperturbable. La disputa solo se zanjó cuando el Harrigan intervino con una breve orden, cortando la tensión con la misma frialdad con la que mandaba a un hombre a la quilla.
La resolución del alto mando se manifestó de una forma inesperada. El Maestro Azotes, en lugar de convocar a Reyes para sus habituales juegos de humillación, gritó un nombre que resonó como una sentencia: «¡Aria el Poste, al frente!». La tifling dio un paso adelante bajo su nuevo mote, aceptando el desafío con su silencio característico. Fue entonces cuando las rejillas de carga de la bodega inferior chirriaron y, mediante un polipasto, alzaron a la superficie a Oso Lechuza Esquilavenados. El gigante deforme parpadeó ante la luz del atardecer, con su único ojo sano buscando una guía en medio de las mofas y las apuestas de la tripulación.
Lo que siguió fue una pelea barriobajera y brutal. Aria se enfrentó a una masa de músculos y confusión; Oso Lechuza luchaba como un niño asustado en el cuerpo de un titán, sollozando y riendo de forma errática mientras lanzaba puñetazos descompasados. Los protagonistas sintieron una punzada de lástima al ver la idiotez casi infantil del bruto, que solo servía como juguete para el sadismo de Plugg. Sin embargo, Aria no permitió que la compasión nublara su juicio. Con una serie de golpes quirúrgicos y aprovechando el punto ciego del gigante, Aria logró derribar al coloso.
La victoria fue total. Mientras Oso Lechuza era conducido de vuelta a sus cadenas, Riaris Krine se acercó a Azotes con una sonrisa sardónica, cobrando una apuesta privada que dejó al contramaestre mascullando maldiciones entre sus dientes de oro. Aria, ensangrentada pero firme, comprendió que en el infierno del Amargura finalmente había encontrado a alguien que apreciaba su verdadero talento: la condestable Krine la miraba no como a una prisionera, sino como a un arma que estaba deseando desenvainar en el próximo abordaje.
BRILLO, ERROR Y OPORTUNIDAD
El sol se recostaba perezosamente en el horizonte.
Un sol menos, y sigo vivo, pensó Reyes mientras se apoyaba en la baranda de babor. Escuchó un aleteo a su lado y vio al loro medio desplumado que lo observaba con la cabeza ladeada, curioso. Justo le había dado un grano de maíz antes de que el ocaso lo despistara.
—¿Maíz? —gorgoteó la criatura, dando un par de pasos laterales, oscilando como si quisiera acercarse y huir al mismo tiempo.
Reyes metió la mano en su gabardina y sacó el puñado que le había dado el gnomo. Lo mostró sobre la madera astillada.
—Sí, bicho. Aquí tienes maíz.
El animal se acercó estudiándolo de arriba abajo, como memorizando la cara de un futuro proveedor. Comía con ese equilibrio raro entre hambre y miedo, tensando las alas tras cada grano, listo para salir volando.
—¿Quién es tu amo? Está claro que tu dueño murió. A veces la suerte trae mala suerte. Pero alguien te mantiene vivo. Puede que sepas algo… o que sirvas a alguien.
—¿Maíz? —repitió el loro, que había acabado con el puñado en segundos.
—No, no hay más maíz, lorito. Ni mucha fiesta hoy. Estoy hecho polvo de trepar y hacer ejercicios de combate. No sé cómo cojones la gente se alista en ejércitos.
—¡¡Maldito esclavo! ¡Maldito esclavo!! ¡¡Por la gloria del Imperio!! —chilló el animal, aleteando hasta alejarse un par de metros.
—Joder… Tenías que ser un loro chelaxiano. Maldita sea mi suerte —gruñó Reyes, agitándolo con la mano para que volviera a su jaula mientras el pájaro repetía: “¡Esclavo, esclavo!”.
Los últimos haces del día iluminaron entonces a Sandara, la sacerdotisa pelirroja, que vertía su grog al mar como cada tarde, murmurando una plegaria.
Reyes dio un par de pasos hacia ella.
—Una verdadera lástima —dijo, justo cuando ella abrió los ojos.
—No quiero hablar contigo, Reyes. La mitad del barco quiere ser tu amiga, y la otra quiere apuñalarte. Y todos cambian de opinión tres veces al día.
—No hables. Solo escucha.
Se humedeció los labios resecos. De pronto, una sed de ron le dejó el paladar como serrín.
—He cometido un error. Contigo, Sandara.
Respiró hondo.
—Tengo bastante claro a qué atenerme con el gnomo: lo bastante listo para hacer pociones y lo bastante idiota como para darme una moneda de platino con el viejo truco del “tengo un plan”. Sé de qué pie cojea la tiefling: cuidadosa, pero incapaz de noquear a un débil mental sin sentirse una mierda, como se ha visto hoy.
Lo de la semielfa es de traca: se ha jugado la vida para salvar a tu amiga en plena tormenta. Es demasiado buena para este barco. Todos lo sabemos.
Se pasó una mano por la cara.
—Todo lo que hago se basa en que esos tres fueron secuestrados conmigo, así que están tan jodidos como yo. Contigo…
Se detuvo un segundo, buscando las palabras.
—Contigo vi ese brillo desde el día que nos conocimos. Cuando nos dijiste que permaneciéramos juntos y discretos. Ese brillo es peligroso, sacerdotisa.
Respiró como quien recuerda un golpe en el hígado.
—Un día ves ese mismo brillo en los ojos de una rubia de rizos dorados, te haces el chulo y ella le garantiza un ascenso a su noviete, capitán de la guardia, diciéndole: “Podréis coger a Reyes en el Cruce del Cuervo Verde. Ahí se hará el intercambio”.
Y zas, a prisión.
—He puesto mi vida en tus manos y todavía no sé si eres de las que, cuando todo se pone feo, le susurra al Azote entre las mantas: “Reyes te está engañando. Aquella noche del asalto me ayudó”.
Y esa es la pena. Que ese brillo me haya vuelto a confundir. Como a un gato callejero detrás de un espejito.
La mirada de Sandara se afiló y su boca se frunció en una fina línea.
—Si todavía no sabes eso, además de comediante eres idiota, Reyes Vane.
Y se marchó a grandes pasos hacia Rosie, que lo miró con un “te parto la cara, hijo de la gran puta” perfectamente claro.
Reyes suspiró y volvió a apoyarse en la baranda.
Ojalá mañana traiga una oportunidad, pensó.
La vio solo un segundo antes de oír el grito.
—¡¡Vela!! ¡¡Vela en el horizonte!! —vociferó el vigía mientras toda la tripulación se ponía en movimiento.
Ahí estaba.
La oportunidad.




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