sábado, 27 de diciembre de 2025

Calaveras y Grilletes - 0 - Comienza la aventura


Bienvenidos a Los Grilletes

Acercaos, acercaos... esas monedas de plata brillan más que el sol sobre un banco de arena, y por ellas os contaré lo que las cartas náuticas de los abotargados mercaderes de Avistan no se atreven a mostrar. Bienvenidos al laberinto de agua, a la nación de los que no tienen dueño: los Grilletes.

Mirad hacia el norte, donde ese remolino de nubes negras desgarra el horizonte. Es el Ojo de Abendego, un huracán eterno que es nuestra escudo y nuestra frontera. Para los chelios, es una maldición; para nosotros, es el muro que mantiene a sus fragatas lejos de nuestros tesoros. Pero no os confiéis, chiquillos, porque el Ojo escupe tormentas que medimos por "los Versos"; una tormenta de un verso es un baile, pero una de nueve es el mismísimo Gozreh reclamando tu alma.

Nuestra historia no empezó con barcos de madera, sino con el Imperio de Ghol-gan. Hace milenios, los cíclopes gobernaban aquí, dejando ruinas macabras con tallas de canibalismo y sacrificios que hicieron que los primeros exploradores chelios se santiguaran y marcaran estas tierras como "embrujadas". Aún hoy, en la Isla de los Ojos Vacíos, esas estatuas sin gemas en las cuencas vigilan a los incautos que buscan oro entre piedras milenarias.

Si buscáis el corazón de este reino, ese es Puerto Peligro, la capital del vicio donde el Rey del Huracán, Kerdak Puño de Hueso, gobierna desde su fortaleza con un brazo de metal y una fascinación por los cañones de Alkenstar. Allí, el saqueo fluye como el ron y nadie te pregunta de dónde vienes, sino cuánto acero tienes para defender lo tuyo.

Pero cada isla tiene su propia cara. En Quent, sobre la Isla Motaku, encontraréis la belleza de Tessa Viento Favorable, una capitana tan ávida de fama como de oro. Si navegáis hacia los Arcos del Diablo, veréis los diablillos revoloteando sobre los tejados de Muelle Infierno, donde Arronax Endymion, un desertor de Cheliax, vigila con paranoia que ningún espía de su antigua patria ponga un pie en sus muelles.

¿Queréis peligro de verdad? Acudid a la Isla Tiburón, donde los sahuagin merodean y se dice que recala el señor pirata Avimar Sorrinash, un hombre lobo que no conoce la piedad. O peor aún, las Islas Caníbales, hogar de los degenerados kuru, que adoran a una Reina de Sangre de otro mundo y os pasarán a cuchillo antes de que podáis pedir clemencia.

Aquí la vida es un trato con la Reina Pirata, Besmara. Ella es lujuriosa, polémica y ávida, pero leal a quienes se arriesgan. Por eso nunca silbamos en cubierta, llevamos joyas de oro para ahuyentar espíritus y derramamos un poco de alcohol en las maderas para que la vieja Bes nos dé suerte. Porque en estas aguas, entre serpientes marinas gigantes que te arrancan de cubierta y krakens como Tupta-Wa, que despierta cada doce veranos, lo único que tienes es tu fortuna, tu ingenio y tu sable.

La vida pirata a la sombra de Besmara

Así que guardad bien vuestras pertenencias y no os caigáis por la borda. En los Grilletes, los mansos no heredarán la tierra, porque aquí el mar se traga a los débiles antes de que puedan tocarla.


Historia del Archipiélago

Echad otra moneda en el jarro, que hablar de sangre y traición reseca la garganta más que un mes a ración de galleta rancia. Si queréis saber cómo este nido de ratas se convirtió en una nación y por qué los diablos de Cheliax nos miran con hambre, escuchad bien, porque la historia de los Grilletes está escrita con tinta de calamar y sangre de almirantes.

Todo cambió hace poco más de un siglo, en el 4606 RA, cuando el dios Aroden estiró la pata y el Ojo de Abendego se rasgó en el mar. Ese rugido eterno se convirtió en nuestra muralla; un muro de nubes y relámpagos que nos separó de los reinos "civilizados" del norte. Antes de eso, éramos solo un puñado de capitanes peleándonos por las sobras de Ghol-gan, pero el Ojo nos dio un patio de recreo donde nadie se atrevía a entrar sin nuestra pericia.

La verdadera unión llegó en el 4674 RA. Los capitanes más fuertes se cansaron de hundirse unos a otros y se reunieron en Puerto Peligro para trazar un código y elegir a un jefe. El primero en ceñirse la Corona del Huracán fue Turpin Hierros, un viejo lobo que descubrió las cavernas secretas bajo Fuerte Obstáculo para esconder su botín y su barco, el Esposa del Mar. Pero aquí la lealtad dura lo que un trago de ron; su propio oficial, Glick Hyde, lo traicionó usando un dragón de bronce muerto viviente para reclamar el trono. Así es como hacemos las cosas aquí: si quieres la corona, tienes que arrancarla de una cabeza fría, sin reparar en medios.

Pero lo que realmente puso a los Grilletes en el mapa de los odios fue nuestra danza con Cheliax. En el 4640 RA, cuando la Casa Thrune y sus diablos tomaron el control del imperio, la colonia de Sargava les dio la espalda. El barón Grallus, muerto de miedo, nos llamó. Nos ofreció barcos llenos de oro y esclavos a cambio de protección. En el 4643 RA, la Armada Imperial de Cheliax vino a reclamar lo suyo, y les dimos una paliza que aún les escuece; hundimos sus barcos y enviamos sus almas al infierno antes de tiempo. Lo intentaron de nuevo en el 4660 RA, pero los guiamos directos a las fauces del Ojo de Abendego y el mar se tragó sus ambiciones. Desde entonces, Sargava nos paga un estipendio anual para que mantengamos a los Thrune a raya.

La Flota Infernal del Imperio de Cheliax

Ahora, nuestro Rey del Huracán es Kerdak Puño de Hueso. Lleva treinta y ocho años en el trono, el reinado más largo que hayamos visto. Dicen que su mano derecha es puro hueso nigromántico porque hizo un trato con la liche Raugsmauda. Es un viejo astuto que le ha robado dos veces el elixir de orquídea solar a Ezaliah Thrune, un pez gordo de Cheliax que buscaba la juventud eterna y solo encontró nuestras burlas.

Pero cuidado, que el éxito trae complacencia. Puño de Hueso se ha vuelto arrogante en su fuerte, rodeado de tesoros, mientras en las sombras los traidores dentro de su propio consejo, y los diablos de Cheliax, afilan los cuchillos con los que afeitarán su famosa barba a ras de cuello.

Así que disfrutad del sol de las islas mientras podáis, porque cuando los chelios decidan que el Ojo ya no les da miedo, el mar Febril va a hervir con más sangre que agua.



Tiburones y otros peces gordos

Echad otra moneda en el jarro, forasteros, y os hablaré de los que realmente mueven los hilos en este laberinto de coral y sangre. En estas aguas, conocer la bandera que te persigue es la diferencia entre un botín de oro o un paseo por el tablón.

Los Capitanes Libres de los Grilletes no somos un ejército, sino una jauría de lobos independientes que solo doblamos la rodilla ante el Rey del Huracán, Kerdak Puño de Hueso, y su Consejo Pirata. Nos unimos hace décadas, cuando el Ojo de Abendego nos regaló un muro de rayos que nos protege de las naciones del norte, y desde Puerto Peligro coordinamos ataques que hacen temblar los mercados de todo Golarion. El Consejo está formado por los capitanes más poderosos; arbitran disputas entre piratas, reconocen nuevos capitanes y deciden castigos cuando alguien rompe las pocas normas que nos mantienen vivos. ¿Leyes? Pocas y claras: no traigas una guerra extranjera a los Grilletes, no robes abiertamente a otro capitán sin aceptar las consecuencias, y acata el fallo del Consejo si no quieres acabar colgado del mástil.Aquí se respeta el valor y la astucia por encima del linaje; cualquiera con un barco puede llamarse Capitán Libre, pero solo los más fieros mantienen su plaza en el Consejo y su cabeza sobre los hombros.

Kerdak Puño de Hueso

Luego están los diablos de Cheliax, esos que visten de seda y azufre bajo la bota de la Casa Thrune, rumiando una venganza que lleva cien años gestándose. Lo que antaño fue la joya de la corona del imperio de Taldor es hoy una nación que vendió su alma al Infierno para detener una guerra civil, permitiendo que la Casa Thrune ascendiera al trono con el apoyo de Asmodeo y sus legiones de diablos. Desde su capital, Egorian, dictan leyes de hierro y mantienen un orden asfixiante mediante inquisidores y Caballeros Infernales, mientras su Armada Imperial vigila la entrada al Mar Interior con ojos hambrientos. Son imperialistas que no perdonan nuestra independencia ni las humillantes derrotas que les hemos infligido en el pasado, y sueñan con encadenar los Grilletes para convertirlos en una colonia de esclavos bajo su bota diabólica. En este mismo momento, la almirante Druvalia Thrune afila sus ganchos al rojo en su buque insignia, el Furia de Abrogail, atenta a cualquier indicio de debilidad que le permita ensañarse con nosotros.

Druvalia Thrune

Si hay alguien que sepa cómo exprimir una moneda hasta que grite, ese es el Consorcio de Aspis, una organización mercantil multinacional y de infame reputación que tiene su sede principal en el imponente Edificio Aspis de Ostenso, en el corazón de CheliaxEs de dominio público que financia expediciones, controla rutas comerciales, comercia con bienes exóticos y emplea agentes y intermediarios en puertos y ciudades importantes. Su reputación es la de una entidad pragmática y despiadadamente eficiente: cumple contratos cuando le conviene, rompe acuerdos cuando deja de ser rentable y rara vez se preocupa por consideraciones morales. Son famosos por no perdonar a ningún pirata que ose apresar sus propiedades o vender a sus tripulantes; si lo hacéis, no tardarán en enviar bandas de cortagargantas contratados para asesinaros y recuperar su botín. Son capaces de mover convoyes cargados con el tributo de un año entero procedente de los puertos de Garund, siempre bajo la guardia de infantes de marina y capitanes dispuestos a todo, pues para ellos el comercio es sólo otra forma de guerra.

El Marqués, agente del Consorcio de Aspis

Ah, la pobre Sargava, nuestra vaca lechera favorita, que prefiere darnos su oro a nosotros que su cuello a los Thrune. Fue el barón Grallus quien nos llamó cuando los diabolistas tomaron el control de su antigua patria, y desde entonces nos pagan un estipendio anual en maderas nobles, especias y esclavos a cambio de nuestra protección naval. Es una tierra letal de selvas mwangi y tensiones constantes, aislada por la gran tormenta y dependiente de nuestros sables para no volver a caer bajo el yugo de Cheliax.

Las implacables junglas de Sargava

Si divisáis velas amarillas en el horizonte del Obari, rezad a Besmara, pues son los Esclavistas de Okeno buscando carga viva para sus mercados. Operan desde la isla Espina de Piedra, donde las Ferias de la Carne son el nexo de miseria más grande del Mar Interior y los medianos son su mercancía más valorada. Prefieren las galeras de remos porque su peso les da ventaja al abordar y permiten poner a trabajar a los capturados de inmediato, agotándolos para evitar revueltas antes de ser vendidos por tipos como Xiren Bhey.

En la Isla Mediogalti acecha algo más que simples piratas: allí reinan la orden de asesinos de la Mantis Roja desde las sombras de la Ciudadela Carmesí. Su puerto, Ilizmagorti, es un refugio para los canallas más perversos, siempre que respeten las leyes de esos asesinos enmascarados que ven el magnicidio como un rito sagrado a su dios Achaekek. Viven en una paz tensa con nosotros, bajo el mando de la misteriosa y eterna Señora de la Sangre Jakalyn, pero nadie es tan necio como para provocar a quienes consideran que todos somos piezas a cobrar.

Tributo para el Dios Mantis

Finalmente están los Corsarios de Andoran, esos que se hacen llamar libertadores pero que actúan como sabuesos de presa tras nuestro rastro en el mar. Sus Corsarios Grises patrullan con patentes de corso, cazando esclavistas y piratas por igual bajo un estricto Código de Caballeros que les obliga a aceptar rendiciones honorables. Son fanáticos de la libertad dirigidos por la almirante Carillia Weathers, y si os capturan, no os torturarán, pero os veréis balanceándote en una horca de "justicia democrática" por vuestros pecados en el mar.



Plegarias al Ron y al Rayo

Echemos un trago camaradas, que hablar de los cielos y los abismos requiere que el gaznate esté bien lubricado. En los Grilletes, no rezamos para salvar nuestras almas, sino para que el mástil aguante y el botín no se hunda. Aquí los dioses son tan caprichosos como el viento y tan codiciosos como un contramaestre en día de paga.

La Reina Pirata, Besmara, es nuestra madre y nuestra perdición, una diosa caótica que navega por el caos del Maelstrom a bordo del Espectro del Mar. No busca oraciones santurronas, sino el estruendo de la batalla, el rugido de los cañones y el brillo del oro arrebatado por la fuerza. En estas islas, su Jolly Roger es la única ley que respetamos, y hasta el capitán más impío arroja un cofre al mar para calmar su sed antes de un abordaje arriesgado. Es una matona inteligente que mantiene a raya a los monstruos de las profundidades como si fueran perros sanguinarios, y nos enseña que la prudencia no es cobardía, pero que los débiles no tienen sitio en su mesa.

Gozreh, el Amo de los Vendavales, es el horizonte mismo donde el cielo besa las olas en un baile que a menudo termina en muerte. Se le teme más que se le ama, pues es el autor de las galernas que medimos por "los Versos" y de esa calma chicha que te pudre los pulmones bajo el sol del trópico. En el mar se nos muestra como una mujer de cabellos de alga, y en el cielo como un anciano con barba de tormenta, cambiando de humor según caprichos que ningún mortal puede predecir. Sus sacerdotes escrutan el vuelo de las aves y el movimiento de los peces, sabiendo que una ofrenda de los huesos de una gran captura puede ser la diferencia entre un puerto seguro o una tumba de coral.

Si lo vuestro es mover carga por los ríos o burlar las patrullas de los reinos del norte, vuestro hombre es Hanspur, el Rata de Agua, el auténtico dios de los contrabandistas. Este patrón de los viajes fluviales y los secretos de los canales no pide grandes templos, sino el silencio de quien sabe desaparecer en la niebla con una bodega llena de mercancía ilícita. Sus fieles simulan el acto de ahogarse en ritos extraños para ganar su favor, creyendo que el destino de un marino está ligado al agua de forma más fuerte que cualquier ley de tierra firme. Es un patrón huraño que protege a quienes consideran que las fronteras de las naciones no tienen jurisdicción sobre las corrientes.

En las sombras de Puerto Peligro o bajo las catacumbas de Playero, se susurra con temor el nombre de Norgorber, el dios de los secretos y la avaricia. Los espías y los que comercian con información le llaman el Segador de Reputaciones, pues para él un secreto bien guardado es una moneda más valiosa que la vida de un rey. Tiene cuatro caras siniestras, desde el Maestro Gris que bendice a los ladrones hasta Dedos Negros, el patrón de los venenos que tanto nos gustan para las dagas de abordaje. Sus seguidores ocultan su identidad tras máscaras negras y ritos silenciosos, moviendo los hilos de los Grilletes como la grasa necesaria para que el mecanismo del crimen nunca deje de girar.

No podéis pasar por Quent sin ver las brillantes cortinas de seda de Calistria, el Aguijón Placentero, donde el placer y la venganza se sirven en la misma copa. Es la favorita de los elfos y de aquellos que buscan la suerte en los dados o el sabor dulce de un agravio devuelto con el triple de intereses. Sus cortesanas en el Látigo de la Sirena son las mejores informadoras del archipiélago, capaces de sacarte un secreto de Estado mientras te vacían la bolsa y te sonríen con malicia. En los Grilletes, Calistria representa la libertad de vivir sin inhibiciones y la determinación de que nadie, absolutamente nadie, se vaya sin pagar su deuda de sangre.

Levantad vuestra jarra por Cayden Cailean, el Héroe Borracho que ascendió a la divinidad tras superar la prueba de la Piedra Estelar con una cogorza de leyenda. Su templo en la capital es una taberna llamada La Copa y el Timón, porque no hay mejor forma de rezar a Cayden que con un buen jolgorio y una pelea justa contra la opresión. Es el dios de los impulsos valerosos, del buen ron y de la libertad individual, bendiciendo a los piratas que rechazan las cadenas de los tiranos del norte. Sus fieles son tipos exuberantes que no temen ensuciarse las manos ni partirse la cara si con eso defienden su derecho a beber y vivir como les plazca.

Me he dejado para el final a la Dama de las Tumbas, Pharasma, la que sostiene el reloj de arena roja y nos espera a todos al final del Gran Viaje. En los Grilletes, su fe es silenciosa pero constante, pues ella es la jueza severa que decide el destino de vuestras almas en su Osario una vez que el mar os reclama. No le importa si fuisteis un almirante o un grumete, solo que cumpláis vuestro destino, y por eso sus clérigos odian a los muertos vivientes con una saña ciega, viéndolos como una corrupción de la carne que debe ser eliminada de este mundo... Muchos de nosotros trazamos su espiral en el pecho cuando el mar se pone negro y las olas amenazan con hundirnos, sabiendo que ella ya conoce todos los caminos que podríamos haber seguido desde nuestro nacimiento,. Al menos, rezarle a la Vieja Muerte asegura que nuestras sombras no regresen a este mundo como cáscaras vacías, pues nada la ofende más que un cadáver que se niega a soltar el cabo de la vida.

Así están las cosas, turistas. Rezad a quien queráis, pero hacedlo rápido, que Besmara no tiene paciencia con los que se quedan mudos cuando el agua empieza a entrar por la borda.



Fondeaderos de Renombre

Echad las últimas monedas, gaznápiros, que el sol ya castiga y la marea no espera a ningún turista. Si buscáis los lugares donde un hombre puede gastar su botín sin que una serpiente marina le arranque la cabeza —al menos no de inmediato—, debéis conocer los puertos donde la "civilización" pirata ha echado raíces. Aquí tenéis los fondeaderos más famosos, esos que aparecen en cualquier carta náutica que se precie.

Puerto Peligro es la joya de nuestra corona de espinas, una metrópolis que se alza en el continente, protegida por los riscos de la Bóveda del Metal. Allí, el Rey del Huracán gobierna desde Fuerte Obstáculo, bajo la luz de la Baliza de Besmara, un faro que guía a los leales y estrella a los enemigos contra los bajíos. Es un lugar de vicios infinitos, desde los mercaderes del Puerto Mercante hasta las tabernas de Puerto Creciente, donde los recién llegados deben pasar cuarentena mientras el capitán de puerto, el enano Kreidoros, inspecciona su carga, y la Mano del Huracan, Vargo Hane, mantiene en tierra algo parecido a la paz del Rey con la ayuda de su banda de matones, los Postes Negros. Si tenéis oro, en Puerto Peligro podéis comprar desde especias de Mwangi hasta secretos arcanos en el Reducto del Místico, pero guardad bien la bolsa, pues en la calle del Lucio te roban hasta el aliento.

Puerto Mercante

Quent es, para muchos de nosotros, el mejor puerto de aguas profundas del archipiélago, situado en la pintoresca Isla Motaku. Es el dominio de Tessa Viento Favorable, una capitana que convierte a los lobos de mar en perritos falderos con una sonrisa y tiene su flota de guerra, el Echado a Suertes, siempre lista para el saqueo. La ciudad es un hervidero de marineros que buscan el placer en la Casa de los Besos Robados de Calistria o gastan su fortuna en las mansiones de la Cresta del Despilfarrador. Es un puerto de verdad, con astilleros y artesanos como Halgo Tewey, capaz de forjar sables que cortan el aire, siempre que estéis dispuestos a esperar su larga lista de encargos.

Muelle Infierno es un nido de arquitectura chelia y caliza, construido sobre ruinas de Ghol-gan y famoso por los diablillos que revolotean sobre sus aleros como gorriones del averno. Su señor es Arronax Endymion, un desertor de la Armada Imperial que huyó tras un escándalo y ahora gobierna con una paranoia tal que prohíbe la entrada a cualquier chelaxiano, temiendo espías en cada rincón. Es un puerto profundo y fácil de defender gracias a sus altas torres de vigilia, ideal para quienes buscan un refugio robusto y no les importa el olor a azufre que impregna sus calles. Es el lugar perfecto para ver cómo la disciplina de Cheliax se pudre bajo el sol del trópico.

Puerto Empapado

Puerto Empapado, en Cayo Tempestad, es un lugar lúgubre donde la lluvia nunca cesa y el olor a madera podrida es la norma, pero es una escala vital para evitar el Ojo de Abendego. La ciudad se construyó de forma anárquica con restos de naufragios, y es el hogar de muchos piratas de etnia ulfen que beben la famosa cerveza negra de algas de El Enano Ahogado. Su gobernante, el enigmático druida conocido como el Amo de los Vendavales, apenas se deja ver, pues prefiere navegar en su jabeque negro, el Kraken, haciendo tratos con el mismísimo huracán. Venid aquí si buscáis perlas o si queréis esconderos bajo un aguacero que borra cualquier rastro de vuestro pasado.

Cala Zafa, en la Isla del Saco, es el refugio de los medianos libertadores liderados por el carismático Jolis Rifas, un antiguo esclavo que se amotinó contra sus amos chelios. La ciudad es un faro de libertad en un mar de cadenas, dedicada a hundir barcos esclavistas y liberar a sus hermanos, lo que les mantiene en una guerra constante con los rakshasa de las Islas Rampore. No es el lugar más lujoso, pero el vino con miel de Mantequilla de Ron es legendario.

Más allá de nuestras islas, en la costa de Mwangi, encontraréis Cala Sangrienta, un puerto exótico y peligroso donde el asesinato es moneda de cambio bajo el mando del almirante Harthwik Barzoni. Es un punto vital para comerciar con las riquezas de la jungla mwangi, pero tened cuidado: los almacenes son sagrados y cualquier pirata que robe en ellos acaba flotando en el puerto sin cabeza. Es un lugar para negociar el botín, no para saquearlo, pues sus leyes son tan implacables como el río Vanji que lo alimenta.

Ilizmagorti es un refugio de belleza mortífera anidado en una laguna de la Isla Mediogalti, un puerto libre pero inquietante donde los piratas más desalmados del océano Arcadiano recalan para vender su botín bajo la estricta vigilancia de los Mantis Roja. Aunque la ciudad rebosa libertinaje en sus muelles y tabernas, reina una tregua civilizada nacida del puro terror, ya que cualquier mendigo o comerciante puede ser un asesino entrenado con permiso para usar fuerza letal contra quien amenace la seguridad de la isla. Si osáis entrar en sus aguas profundas y sortear sus arrecifes, recordad arbolar la bandera de Mediogalti (un sable aserrado de plata) por encima de la vuestra para mostrar respeto a la orden de asesinos que gobierna este nido de víboras sin tolerar organizaciones rivales. Hagáis lo que hagáis durante vuestra visita, nunca olvidéis que en este puerto legal la discreción es el único seguro de vida mientras las sombras de la Ciudadela Carmesí vigilan desde la jungla.




miércoles, 26 de noviembre de 2025

La Maldición del Trono Carmesí - 2.7 - INTERLUDIO - La Caída de la Casa Jalento

LA RECEPCIÓN DE LOS HÉROES

El gran salón del palacio brillaba con el esplendor de cien candelabros, y el murmullo de conversaciones corteses llenaba el aire con una falsa sensación de normalidad. La Reina había convocado a todos los notables de la ciudad en una ceremonia pública, una demostración de poder y gratitud hacia aquellos que habían salvado Korvosa del Velo Carmesí. Mientras esperaban su llegada, los aventureros tuvieron ocasión de socializar con la flor y nata de la ciudad, navegando entre cortesías vacías y miradas calculadoras.

Recepción oficial en el castillo Korvosa

Junto a Cressida, quien mantenía su semblante profesional pero dejaba entrever cierta tensión en la rigidez de sus hombros, los héroes recibieron tres visitas que marcarían el rumbo de lo que estaba por venir.

El embajador y la oferta de Cheliax

Darvarne Gios Amprey se acercó a Gûnther con la elegancia depredadora característica de los diplomáticos de Cheliax. El embajador había regresado a la ciudad portando una propuesta envuelta en terciopelo, pero con el filo de una daga bien afilada. Tras los sonados triunfos del ulfen, el Imperio de Asmodeo había averiguado su verdadero linaje, y el templario no era un simple guardián errante, sino un príncipe de su estirpe. Una pieza valiosa en el tablero político del norte.

La oferta era tan generosa como peligrosa. Cheliax patrocinaría su ascenso al trono de Jarl de su abuelo, le proporcionaría ejércitos y recursos, y más tentador aún, le revelaría los nombres de quienes instigaron el asesinato de sus padres. El precio era, en apariencia, modesto: convertirse en un aliado pacífico que respetara las rutas comerciales del Imperio. Amprey habló con la confianza de quien conoce el valor exacto de lo que ofrece, sabiendo que cada palabra calaba en las viejas heridas del norteño. Cuando se retiró con una reverencia cortés, dejó a Gûnther con un dilema que no podría posponer indefinidamente. Los muertos clamaban venganza, pero ¿a qué precio?

Darvarne Gios Amprey


El heredero y la promesa

Amin Jalento llegó con el rostro iluminado por una alegría que contrastaba con la solemnidad del evento. El joven noble había sido enviado por su padre Tavius para representar a la casa, pues el astuto patriarca no deseaba dar legitimidad a la reina con su presencia personal. Desde que había asumido el control de la fortuna de los Carowyn, Tavius encabezaba la oposición a Ileosa en el Consejo de Mercaderes, una posición peligrosa en tiempos donde la disidencia se pagaba cara.

El viejo Ausio, devastado tras el salvaje ataque de Jolistina sobre su casa y el espantoso asesinato de su esposa Olauren, había terminado por ceder legalmente su fortuna a los Jalento en agradecimiento por su cuidado, y para proporcionarles los recursos necesarios para hacer justicia. Era un gesto desesperado de un hombre roto, pero que había convertido a los Jalento en uno de los poderes comerciales más significativos de la ciudad.

Amin saludó a su hermanastro Rhorcyn con un abrazo que rebosaba afecto genuino. Le comunicó que su padre estaba inmensamente orgulloso de él, tanto que había tomado la decisión de adoptarle formalmente como miembro de la casa Jalento. Más aún, planeaba comprarle una capitanía para que pudiera seguir ganando gloria y prestigio, elevando el nombre del linaje. El joven noble hablaba con entusiasmo de planes futuros, de cómo la familia crecería en influencia, de cómo juntos honrarían la memoria de todos los Jalento que habían venido antes. Cuando finalmente se despidió con otro abrazo, radiante de esperanza, ninguno de los dos podía imaginar que aquellas serían las últimas palabras felices que compartirían.

Amin, orgulloso de su hermanastro


La profetisa y las sombras venideras

La aparición de Keppira d'Vir provocó un silencio incómodo en su entorno inmediato. La Suma Sacerdotisa de Pharasma se apoyaba pesadamente en el brazo de su acompañante, tremendamente desmejorada por los efectos de la plaga. El Velo Carmesí había estado a punto de matarla de forma completamente antinatural, como si la enfermedad hubiera sido diseñada específicamente para atacar a los siervos de la Señora de las Tumbas. Solo tras la destrucción de la estatua de Urgathoa por parte de los aventureros había parecido recobrar algo de sus fuerzas, casi por ensalmo, como si un peso invisible hubiera sido levantado de su pecho. Su asistente la había mantenido con vida durante aquellos días oscuros, velando junto a su lecho mientras la muerte acechaba con paciencia infinita.

Dicho asistente era presentado simplemente como Andreas, un imponente elfo de cabello azabache que emanaba una presencia inquietante. Había algo profundamente extraño en él, una cualidad sombría que era difícil de definir pero imposible de ignorar. Sus ojos parecían observar no solo el mundo visible, sino también algo más allá, como si pudiera ver a través de los velos que separaban el reino de los vivos del de los muertos. El propio Gûnther, que conocía a la mayoría de los miembros de la congregación de Pharasma, no le reconocía, y eso por sí solo era significativo.

Andreas, misterioso guardián

Keppira no se molestó en dar más detalles sobre su misterioso acompañante. En su lugar, pronunció una serie de comentarios que helaron la sangre de quienes la escuchaban, palabras que sonaban inequívocamente proféticas, cargadas con el peso de visiones arrancadas del tapiz del destino. Su voz, aunque débil, resonaba con una autoridad que no admitía dudas. 

"Escuchad bien," susurró con voz que parecía venir desde el fondo de una tumba, y sus palabras tomaron el ritmo de un cántico fúnebre:

En los umbrales del Más Allá resuenan
los edictos que las sombras dictan y encadenan.
Coronas marchitas, gemas lavadas en muerte,
los mercaderes caerán sin memoria ni suerte.

Sus casas arderán bajo un juicio inapelable,
y la hoz caerá en silencio, firme e implacable.
Las palabras contra el trono se borran en la nada,
la traición es un tajo que siempre halla su entrada.

Robusteced el alma o seréis deshechos,
cuando la serpiente ascienda a reclamar sus derechos.
Su verdadero rostro será promesa y perdición,
y su veneno, dulce, tomará vuestro corazón.

Un monarca desquiciado alzará su reino vacío,
breve su corona, su imperio nacido del desvarío.
En rincones ocultos donde la luz no persiste,
las bestias antiguas despiertan… y nada resiste.

La muerte avanza, paciente, hacia cada destino,
mas no recorre igual cada tramo del camino.
Uno se salvará cuando caiga la cuchilla sin pena,
otro será ungido… marcado en su propia condena.

Tras pronunciar aquellas palabras, sufrió un terrible acceso de tos que sacudió todo su cuerpo. Andreas la sostuvo con gentileza y se la llevó de inmediato, su figura oscura abriéndose paso entre la multitud como una sombra que cruzara un jardín iluminado por el sol. Los aventureros quedaron profundamente intranquilos, intercambiando miradas cargadas de significado. Antes de que pudieran discutir las implicaciones de aquella profecía, el sonido de trompetas anunció la llegada de la reina, y todos los presentes se giraron hacia el estrado.

Keppira d'Vir, tras el Velo

EL DISCURSO DE ILEOSA

Con tremenda pompa, Ileosa Arabasti hizo su entrada triunfal. La joven monarca parecía brillar con luz propia mientras ascendía al estrado, y cuando impuso las medallas a los aventureros, su sonrisa era la perfección encarnada. La sustanciosa recompensa que entregó provocó murmullos de aprobación entre los nobles reunidos. Parecía el epítome de la gratitud real, una soberana generosa recompensando a sus campeones. Cuando finalmente quedó sola en el atril, dio comienzo su discurso, y fue entonces cuando se reveló en todo su terrible esplendor.

El discurso como tal esta registrado en el blog como parte del epílogo del capítulo 2.

Su voz no era simplemente hermosa. Era gloriosa, cargada con un poder que trascendía la mera retórica. Cada palabra parecía resonar en lo más profundo del alma, y su presencia se expandió por el salón como un astro luminoso que eclipsaba todo lo demás. Las palabras fluían de sus labios con una maestría hipnótica: dolientes y tristes al principio, cuando hablaba de las pérdidas sufridas por la ciudad; reivindicativas después, cuando señalaba a los culpables de aquellas desgracias; y gloriosamente poderosas al final, cuando proclamaba el destino grandioso que aguardaba a Korvosa bajo su gobierno. La concurrencia cayó en su embrujo como marionetas cuyos hilos fueran arrancados de sus manos. Los nobles aplaudían con fervor desmedido, los comerciantes gritaban su nombre con devoción casi religiosa, y hasta los guardias más veteranos tenían lágrimas en los ojos.

El discurso de la reina

Pero los aventureros permanecieron inmunes al hechizo. Quizás fue la advertencia de Keppira resonando en sus mentes como una campana de alarma. Quizás fueron las durísimas experiencias que habían galvanizado sus espíritus, forjándolos en un acero que no se doblegaba fácilmente. Pudieron contemplar el espectáculo como meros espectadores, observando con horror creciente cómo la reina se apoderaba de la voluntad de todos los presentes. Cuando el discurso alcanzó su clímax y la sala tronó en aplausos y ovaciones, ellos permanecieron en silencio, conscientes de que acababan de presenciar algo profundamente antinatural.

Fue entonces cuando sucedió. La mirada esmeralda de Ileosa se deslizó por el salón con aparente casualidad, barriendo sobre las masas de aduladores que clamaban su nombre, hasta que se detuvo. Se posó directamente sobre ellos, sobre los únicos que no habían caído bajo su poder. Y en ese momento, toda la calidez desapareció de aquellos ojos verdes, reemplazada por una frialdad que cortaba como el filo de un cuchillo de hielo. La sonrisa que curvó sus labios no tenía nada de humano. Era la sonrisa de un depredador que ha identificado a su presa, de un jugador de ajedrez que acaba de prever las próximas diez jugadas y sabe que su oponente está perdido.

Luego el hechizo se rompió, como por ensalmo. La gente pareció recuperarse por completo, y la sala se llenó del ruido súbito de conversaciones que reanudaban, como si nadie se hubiera percatado de absolutamente nada. Inquietos, los huérfanos decidieron que era hora de marchar.

Terminada la ceremonia, cuando los aventureros recogieron sus armas en el vestuario, un criado de palacio se acercó a Rhorcyn con una elegante sombrerera de terciopelo carmesí. El elfo la aceptó con extrañeza, pensando quizás en algún obsequio adicional de la corona. Pero cuando levantó la tapa, el aire se le escapó de los pulmones.

Dentro no había sombrero alguno. Solo una nota, escrita con grandes letras en tinta carmesí que parecía demasiado espesa, demasiado oscura. Las palabras estaban trazadas con la irregularidad de quien escribe presa de la demencia, pero el mensaje era perfectamente claro:

NADA ACABA HASTA QUE YO DIGO QUE ACABA

Un obsequio que trae tortuosos recuerdos...

Las piezas encajaron con terrible claridad. La advertencia de Keppira sobre los comerciantes que caerían. Las amenazas veladas contra los que se oponían al trono, entretejidas hábilmente en el discurso. Tavius Jalento lideraba la oposición en el Consejo de Mercaderes. Amin acababa de despedirse, regresando a una casa que de repente parecía estar marcada para la destrucción.

El elfo dejó caer la sombrerera y salió a la carrera sin pedir permiso, sin esperar órdenes, con el corazón martilleando en su pecho y una certeza terrible apoderándose de su alma. Sus camaradas le siguieron de inmediato, comprendiendo instintivamente que algo horrible estaba a punto de suceder o ya había sucedido.

Por desgracia, ya era demasiado tarde.


LA CAÍDA DE LA CASA JALENTO

La casa Jalento había sido un hervidero de actividad apenas unas horas antes. Ahora solo había silencio.

Un silencio sepulcral.

Cuando forzaron la entrada, el olor a muerte les golpeó como un puño. La servidumbre yacía por todas partes, pero no estaban simplemente muertos. Habían sido... transformados. Cuerpos retorcidos, mutados en criaturas hambrientas que se lanzaron sobre los aventureros con ferocidad antinatural.

No podían detenerse a pensar. Solo combatir.

Humbra conjuraba mientras sus compañeros mantenían a raya a aquellas abominaciones que una vez habían sido personas. Los gritos de batalla de Korag resonaban por los pasillos, Gûnther protegía los flancos, y Drogodor buscaba desesperadamente alguna pista de lo que había ocurrido. Su único consuelo es que Amin no aparecía por ninguna parte.

Dicho consuelo duró poco. Fue Rhorcyn quien lo encontró.

Harkon Brazofuerte, su padre adoptivo, el hombre que le había dado propósito y familia, había sido levantado como un no-muerto de terrible poder. Una cosa monstruosa, enormemente fuerte, poseída por un hambre salvaje y voraz. Los restos de lo que había devorado...

El elfo no quiso pensar en ello.

La criatura se abalanzó sobre ellos con una fuerza casi imparable. Rhorcyn intentó detenerla, pero era como intentar frenar una avalancha. Fue Humbra quien salvó la situación, conjurando un pozo que atrapó a la abominación. Después materializó una enorme vaca sobre el hueco y finalmente llenó el improvisado pozo de aceite alquímico, prendiéndolo todo con un chispazo mágico.

Muerte por vaca, by Lorenzo Menetti

Mientras contemplaba con ojos desenfocados aquel horno funerario, Rhorcyn comenzó a escuchar los lamentos. Una voz femenina, llena de dolor y desesperación.

Elienne.

Subió al piso superior a toda prisa, horrorizado y esperanzado a partes iguales. Solo para encontrarla.

O lo que quedaba de ella.

La señora de la casa, encadenada a su propia cama, había sufrido un final tan atroz que su espíritu no había encontrado paz. Ahora era una banshee naciente, retorcida por el dolor y la locura, su forma espectral flotando sobre el lecho ensangrentado. Cuando vio a Rhorcyn, su grito contenido amenazó con desatarse, pero algo en la mirada del elfo la detuvo.

"Los insectos..." susurró con voz quebrada que parecía venir de muy lejos. "Insectos rojos... con sus hoces... cortando, cortando todo..."

Su forma parpadeaba, inestable, como si estuviera siendo desgarrada entre este mundo y el siguiente.

Elienne Jalento, atormentada incluso tras la muerte

"Harkon... nuestro Harkon... le hicieron... algo. ¡Algo horrible! ¡Sus gritos!"

Las lágrimas fantasmales corrían por su rostro translúcido.

"Y luego... luego lo soltaron... y Tavius..." Su voz se quebró completamente. "Me dijo... me dijo lo que iba a hacerle a Amin... con todo detalle... mientras Harkon... mientras me..."

Rhorcyn dio un paso adelante, reprimiendo su primer impulso de purificar a la criatura con violencia. Reuniendo el valor que le quedaba, extendió su mano hacia el espectro.

"Amin está vivo," dijo con voz firme pero gentil. "Te lo juro por mi honor. Está a salvo. Nadie le pondrá un dedo encima. Lo protegeré con mi vida."

El espíritu de Elienne pareció temblar, como si aquellas palabras fueran un bálsamo sobre heridas que trascendían la carne.

"¿De verdad?" susurró, y por un momento, en sus rasgos espectrales se vislumbró a la mujer que había sido. "¿Mi niño está... a salvo?"

"Te doy mi palabra," respondió Rhorcyn. "Y cumpliré las últimas voluntades de tu esposo. Mantendré su puesto en el Consejo. Lucharé contra la locura que amenaza esta ciudad. Y haré que los responsables de esto paguen por lo que os han hecho."

Elienne cerró los ojos. Una sonrisa triste cruzó su rostro mientras su forma comenzaba a desvanecerse, liberándose finalmente de las cadenas del dolor y la ira.

"Gracias..." susurró mientras se disolvía en la luz. "Cuida... de mi niño..."

Y desapareció como un jirón de niebla arrastrado por el viento, partiendo a la otra vida en paz.

Rhorcyn cerró los ojos con fuerza, luchando por evitar que se le anegasen de lagrimas. El astil de la lanza de Brazofuerte crujió mientras los puños se le crispaban por el dolor y la rabia. Cuando por fín fue capaz de abrirlos, vio las letras escritas groseramente, con sangre, en la pared del dormitorio.

NADA ACABA HASTA QUE YO DIGO QUE ACABA


EL DESCUBRIMIENTO

Cuando las llamas finalmente se extinguieron y el último de los sirvientes mutados dejó de moverse, un silencio enfermizo se apoderó de la mansión Jalento. El aire estaba cargado con el olor a carne quemada y algo peor, algo que reconocían instintivamente como la presencia de magia corrupta. Todos los habitantes de la mansión y sus edificios anexos, incluyendo el viejo y desmejorado Ausio Carowyn, habían sido concienzudamente masacrados. Por mucho que buscaron, no encontraron superviviente alguno. Para su alivio, el cuerpo de Amin tampoco apareció por ninguna parte.

A pesar de que la dantesca escena del crimen removía sus entrañas hasta lo mas profundo, era hora de empezar a investigar a fondo, en busca de pistas que pudieran conducir al asesino o asesinos.

Drogodor fue el primero en registrar la escena con ojo profesional. Fragmentos de tela carmesí, marcas de armas serradas en las paredes, y lo más revelador: un pequeño amuleto con forma de mantis religiosa, caído en un charco de sangre medio seca. Lo levantó con cuidado, sosteniéndolo a la luz.

"Mantis Roja" pronunció en voz baja, confirmando lo que todos habían temido. Los mismos asesinos que había descrito la difunta Lady Jalento.



Pero el verdadero horror se reveló cuando examinaron los restos carbonizados de Harkon. Gûnther, con reverencia propia de quien ha visto demasiada muerte, apartó cuidadosamente la piel carbonizada del torso. Lo que encontró debajo hizo que incluso su férrea compostura se quebrara por un instante.

Bajo la caja torácica, alguien había levantado la piel con precisión quirúrgica, exponiendo las costillas. Y sobre esos huesos había glifos thassilónicos que pulsaban aún con luz mortecina y enfermiza. Los símbolos eran complejos, entrelazados en patrones que dolían a la vista. Después de grabarlos, el perpetrador había vuelto a coser la piel con puntadas meticulosas, ocultando el encantamiento. Era trabajo de artesano, de alguien que encontraba belleza perversa en su oficio.

Humbra se acercó, su rostro contorsionándose en una mueca de repulsión y reconocimiento. Las marcas en los bordes de la incisión contaban una historia aún más atroz.

"Fue hecho con él aún vivo" susurró. "El dolor era parte del ritual. Necesario para que la magia se aferrara."

Extendió su propio brazo, donde las cicatrices de hierros al rojo seguían visibles después de todos estos años, recordatorio de aquella noche en que Gaedren Lamm había llamado a cierto artesano para que le enseñara una lección.

"El Tatuador" pronunció el nombre como una maldición. "Solo él trabaja así."

Los demás guardaron silencio, procesando la magnitud del descubrimiento. Harkon había sido torturado, transformado en una abominación mientras aún respiraba, obligado a experimentar cada segundo de su propia profanación. Y luego había sido soltado sobre su propia familia, convertido en el instrumento de su destrucción.

El mensaje era claro. Esto no había sido solo un asesinato político. Era una obra maestra de crueldad, diseñada para causar el máximo dolor posible. Arte y advertencia, todo envuelto en sadismo refinado.

Cuando todo acabó, Rhorcyn abandonó la casa como un sonámbulo. Se dejó caer en el exterior, incapaz de procesar el horror de lo que había presenciado. Tenía los ojos vidriosos y parecía a punto de desmayarse por el shock.

Fue entonces cuando escuchó un aleteo.

Cuando alzó la mirada, se encontró con los ojos de Andreas, que le observaba atentamente, como si pudiera ver hasta la raíz de su ser.

"Te recuperarás. Te has asomado al abismo, pero te recompondrás. Y si sientes que no puedes... acude a mi."

Extendiendo unas sobrenaturales alas negras, similares a las de un cuervo, el misterioso guardián alzó el vuelo, dejando al dos veces huérfano Rhorcyn solo con sus atormentados pensamientos. 


El Tatuador

EL ÚLTIMO DE LOS JALENTO

La búsqueda de Amin Jalento se convirtió en una carrera desesperada durante las primeras horas tras la masacre. Los aventureros recorrieron sus lugares habituales, interrogaron a conocidos, preguntaron en los establecimientos que frecuentaba. Cada minuto que pasaba sin encontrarlo alimentaba tanto la esperanza como el terror. Si no estaba entre los muertos de la mansión, ¿dónde se encontraba? ¿Había conseguido escapar, o yacía en algún callejón oscuro, víctima tardía de los asesinos?

Fueron Drogodor y Hubra quienes finalmente dieron con su paradero, utilizando su red de contactos en el submundo de Korvosa. Amin había sobrevivido por el más fortuito de los azares. Aquella noche, en lugar de regresar directamente a la mansión tras despedirse de su hermanastro en la recepción, se había escabullido hacia la casa de Lenia, su amada lavandera. El romance era un secreto a voces dentro de la familia, para enorme disgusto del conservador Tavius, quien veía en aquel amor un simple escarceo irresponsable y adolescente. Pero aquella noche, ese idilio clandestino le había salvado la vida.

Cuando los aventureros le encontraron, oculto en el modesto hogar de Lenia en uno de los barrios más humildes de la ciudad, el cambio en el joven noble era palpable. El muchacho radiante que les había abrazado horas antes había desaparecido, reemplazado por un hombre marcado por una pérdida que apenas comenzaba a comprender. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto, pero había en ellos una determinación férrea que no había estado ahí antes. La tragedia había templado algo en su interior, forjando acero donde antes solo había juventud despreocupada.

Su primer impulso había sido volver a la mansión, enfrentarse a lo que quedara, buscar supervivientes. Pero Lenia, demostrando una sensatez que le honraba, le había retenido con argumentos irrefutables. Si los asesinos buscaban eliminar a toda la casa Jalento, regresar era una sentencia de muerte. Debían esperar, ocultarse, buscar ayuda. Y eso habían hecho.

Ahora, sentado en aquella habitación estrecha que olía a jabón y lavanda, con Lenia junto a él sosteniendo su mano, Amin escuchó en silencio mientras Rhorcyn le narraba lo que habían encontrado. No lloró. No gritó. Simplemente cerró los ojos con fuerza, como si quisiera grabar cada palabra en su memoria, cada detalle de cómo habían muerto los suyos.

Reunión de hermanastros

Cuando Rhorcyn terminó, el silencio se extendió pesado entre ellos. Finalmente, Amin habló, y su voz sonaba diferente. Más grave. Más madura.

"Querrían que huyera," dijo. "Todos esperan que huya. Que abandone la ciudad, que me esconda en alguna propiedad lejana hasta que todo esto pase." Levantó la vista, y en sus ojos ardía algo que recordaba inquietantemente a la mirada de su padre. "No lo haré."

Se puso en pie, soltándose gentilmente de la mano de Lenia, y caminó hacia la pequeña ventana que daba a las calles de Korvosa. La ciudad se extendía ante él, caótica y peligrosa, pero era su ciudad. Su hogar.

"Mi padre dedicó su vida a mantener este lugar a flote. A oponerse a la locura, a la corrupción, a defender lo que era justo aunque nadie más lo hiciera." Su voz se quebró ligeramente, pero se recompuso. "Murió por ello. Todos murieron por ello. Y si huyo ahora, si abandono su legado, entonces habrán ganado. Habrán borrado a los Jalento como si nunca hubiéramos existido."

Se giró hacia Rhorcyn, y había lágrimas en sus ojos, pero también una resolución inquebrantable.

"Mantendré su puesto en el Consejo de Comerciantes. No sé cómo, probablemente tendré que luchar por cada voto, convencer a cada mercader de que un joven sin experiencia puede llenar los zapatos de Tavius Jalento. Pero lo haré. Y seguiré maniobrando contra la reina y sus locuras, aunque tenga que hacerlo desde las sombras."

Amin se acercó a su hermanastro y le tomó de los hombros.

"La mansión ya no es segura. Probablemente nunca volverá a serlo. Me quedaré aquí, con Lenia. Nadie espera encontrar al último heredero de una casa noble en una lavandería del barrio obrero. Es el mejor escondite que podría pedir."

Entonces, con un gesto que reflejaba toda la carga de lo que acababa de perder, añadió:

"Pero hay algo que mi padre quería, algo que le prometí que haría." Su voz se volvió más suave, casi vulnerable. "Quería darte nuestro apellido, Rhorcyn. Adoptarte formalmente como Jalento. Para que el nombre no muriera con ellos. Para que alguien digno lo llevara adelante."

Extendió su mano hacia el elfo.

"Acepta, hermano. Por favor. Que al menos una cosa buena salga de esta noche maldita. Que los Jalento sigan existiendo, aunque sea en dos personas escondidas en los rincones de esta ciudad podrida."

Rhorcyn aceptó la mano, y el apellido. Pero cuando intentó pronunciar las palabras de agradecimiento, apenas pudo articular un susurro ronco. El peso de todo lo acontecido, de todo lo presenciado, comenzaba a cobrar su precio. 


LAS NOCHES SIN SUEÑO

Los primeros días después de la masacre, Rhorcyn funcionaba por pura inercia. Se levantaba, se armaba, cumplía con sus deberes en la Guardia. Respondía cuando le hablaban. Comía cuando debía comer.

Pero estaba vacío.

Por las noches era peor. Mucho peor.

Los sueños llegaban con la regularidad de la marea. No eran pesadillas en el sentido convencional. No había monstruos persiguiéndole, ni escenas de horror repetidas una y otra vez. Era algo mucho más sutil, mucho más insidioso.

Escuchaba el llanto de Elienne. Suave, distante, como si viniera de otra habitación. A veces eran solo susurros, voces que hablaban en lenguas que no comprendía pero que de alguna forma entendía en su significado más profundo.

Los estertores de Harkon al arder. El crepitar de las llamas consumiendo lo que había sido su padre.

Y sobre todo, el servicio. Todos ellos, de pie en el umbral de su habitación, mirándole en silencio. Sin acusación, sin ira. Solo mirándole con esos ojos que ya no veían el mundo de los vivos.

Noches sin sueño

Se despertaba empapado en sudor frío, con el corazón martilleando en su pecho. Pero lo peor era que cuando abría los ojos, durante un terrible instante, aún podía verlos. Sombras en las esquinas de la habitación. Presencias que desaparecían cuando parpadeaba.

Se estaba volviendo loco.

Lo sabía. Sus compañeros lo sabían. Podía verlo en sus miradas de preocupación, en la forma en que Gûnther le observaba como si estuviera evaluando si seguía siendo apto para el combate.

Humbra, extrañamente, parecía comprenderlo mejor que nadie. El mediano había estado en un lugar similar, había mirado al abismo y el abismo le había devuelto la mirada. Pero Humbra había encontrado algo en ese abismo. Poder. Propósito. Una conexión con fuerzas antiguas que le habían transformado.

Rhorcyn solo sentía el peso de los muertos.


EL LIBRO DE LAS ALMAS PERDIDAS

Finalmente, el elfo acudió a Andreas en el templo de Pharasma.

El misterioso sirviente de la Señora de las Tumbas le recibió en una estancia privada, lejos de miradas curiosas. Allí le explicó lo que ya sospechaba: algo se había roto en su mente durante aquella noche terrible. Ahora tenía un atisbo del mundo de los que han perecido.

"La pena y la culpa pueden volverte loco," le dijo Andreas con voz serena. "O darte un propósito."

Le entregó entonces un pesado volumen encuadernado en cuero negro. El Libro de las Almas Perdidas.

"Contiene tanto conocimiento como consuelo. Y para algunos, una nueva vocación."

Le explicó que si sentía esa vocación, si deseaba profundizar en ella, debía regresar una vez leído el libro. Entonces, Andreas le tomaría bajo su servicio.

Rhorcyn aceptó el volumen con manos temblorosas. En su interior, algo había cambiado irrevocablemente. Ya no era el mismo elfo que había entrado en aquella casa. La pregunta ahora era: ¿en quién se convertiría?

El Libro


UNA RISA Y UN ADIOS

Los días siguientes transcurrieron en una niebla de funeral y horror. Amin fue puesto a salvo, oculto donde nadie pudiera encontrarlo. Los cuerpos fueron entregados a los templos correspondientes para sus ritos finales. Las investigaciones oficiales comenzaron y se estancaron rápidamente, como era de esperar cuando el rastro conducía hacia lugares donde nadie se atrevía a mirar.

Pero había una pregunta que no dejaba de atormentar a los aventureros. El mensaje en la pared, aquellas letras toscas pintadas con sangre. El estilo brutal, la teatralidad grotesca. Todo apuntaba al Asesino de la Cerradura, a Rolt Lamm. Pero Rolt estaba muerto. Ellos mismos lo habían visto morir, despedazado por las garras de Korag. Habían decapitado su cuerpo y quemado su cadaver. Era imposible que fuese el.

¿O acaso había algo que se les escapaba?

Fue Drogodor quien sugirió la idea. Había alguien que conocía a Rolt mejor que nadie. Alguien que había estado tan cerca del nigromante que podría confirmar o desmentir sus sospechas. Cressida accedió a regañadientes a permitir la visita, con una advertencia: "No os acerquéis demasiado a los barrotes. Y no creáis ni una palabra de lo que diga."

Cressida con la guardia alta

Las mazmorras más profundas de la Ciudadela Volshyenek eran un lugar donde la luz del sol era un recuerdo lejano. Descendieron por escaleras de piedra húmeda, pasando celdas vacías que olían a desesperación y olvido, hasta llegar al nivel más bajo. Allí, en una celda apartada de todas las demás, custodiada por dos guardias que parecían profundamente incómodos con su tarea, encontraron a Jolistina Susperio.


La elfa era una sombra de la criatura que habían capturado en la mansión Carowyn. Flacucha hasta el punto de la demacración, su piel tenía el tono grisáceo de quien no ha visto la luz en demasiado tiempo. Temblaba constantemente, el síndrome de abstinencia del pesh retorciéndola desde dentro. Sus ojos, sin embargo, mantenían un brillo febril, una lucidez fragmentada que resultaba más inquietante que la locura completa.

Cuando los vio acercarse, su rostro se iluminó con una sonrisa imposiblemente alargada.

Jolistina en sus aposentos

"Oh," susurró con voz cascada, "los héroes vienen a visitar a la pobre Jolistina. ¿Habéis venido a presumir? ¿A restregarme vuestra victoria?" Se rió, un sonido quebrado que hacía daño escuchar. "O quizás... quizás habéis venido porque necesitáis algo. Sí, eso es. Puedo verlo en vuestra haaaaaaambrienta mirada."

Rhorcyn se adelantó, con los nudillos blancos de apretar los barrotes con demasiada fuerza. Las palabras salieron con dificultad, cada una de ellas arrancada de un lugar profundo y doloroso. Sostuvo la nota de la sombrerera con dedos temblorosos, intentando controlar su rabia.

"El mensaje," dijo. "Las palabras ensangrentadas en la pared. 'Nada acaba hasta que yo digo que acaba.' ¿Era él? ¿Era Rolt?"

El cambio en Jolistina fue instantáneo y terrible. Su rostro se contrajo en una mueca de furia y dolor mezclados, y se lanzó hacia los barrotes con tal violencia que los guardias dieron un paso adelante, manos en las espadas. Pero se detuvo justo antes de alcanzarlos, temblando, con lágrimas corriendo por sus mejillas hundidas.

"¿Rolt?" Su voz se quebró al pronunciar el nombre. "¿Mi Rolt? ¿Mi amor, mi artista, mi príncipe del terror escenificado?" Se rio de nuevo, pero esta vez el sonido estaba empapado de histeria. "No. No, no, no. Mi amorcito es un artista. Un genio. Cada muerte, una obra maestra, una composición perfecta. Cruelmente sutil. Elegante. Hermoso en su horror."

Se apartó de los barrotes, abrazándose a sí misma mientras se mecía adelante y atrás.

"Escribir letras groseras en una pared. Pintar con sangre como... como un bárbaro sin educación. ¿Y los cuerpos?" Les miró con ojos febriles, hambrientos. "Habladme de los cuerpos."

Los aventureros se miraron entre si, mortalmente serios. Una vez mas, Rhorcyn fue el que rompió el silencio con una voz helada, glaciar, nacida de lo mas profundo de sus entrañas. "¿Como sabes eso?"

"¿Y por que otro motivo habriais de venir, elfo estúpido?" Gruño ella, con una voz ronca llena de desprecio.

Deseoso de atajar la entrevista cuanto antes, y de evitar a su compañero el horror de revivir la masacre, Drogodor desglosó sucintamente, con tan pocas palabras como pudo, la masacre de la casa Jalento y de toda su servidumbre. Cuando acabó, Jolistina emitió un siseo lleno de desagrado.

"Dejar los cuerpos desperdigados sin composición, sin significado..." Escupió las palabras como si fueran veneno. "Eso no es Rolt. Eso es una burla. Una farsa. Una imitación chapucera hecha por alguien que no entiende nada de su arte."

Levantó la vista hacia ellos, y por un momento, la locura en sus ojos se desvaneció, reemplazada por algo más peligroso: lucidez.

"Está muerto, ¿verdad? Lo sentí. Sentí cuando se fue. Una parte de mí se fue con él." Su voz se volvió casi tierna. "Pero su muerte fue... limpia. Final. Él nunca habría vuelto así. Nunca habría permitido que su nombre fuera manchado con trabajo tan burdo."

Se acercó de nuevo a los barrotes, esta vez despacio, casi con reverencia.

"Alguien está usando su nombre. Usando su reputación. Como una máscara barata." Una sonrisa cruel curvó sus labios. Entonces se echó atrás en las sombras de su celda, hasta casi desaparecer y solo sus dientes y sus ojos enloquecidos siguieron brillando a la luz de las antorchas. Empezó como una risita, luego creció hasta convertirse en carcajadas que resonaban por las mazmorras como el aullido de algo roto más allá de toda reparación.

¡¡¡HAHAHAHAHAHAHA!!!

"¡Está muerto! ¡Mi amor está muerto! ¡Y ella lo usa como títere! ¡Como excusa! ¡Como coartada!"

Su risa demencial se elevó en un crescendo histérico, mientras pataleaba en el suelo, con los labios llenos de espuma.

Los guardias les indicaron que era hora de irse. Mientras subían las escaleras, alejándose de aquel lugar de desesperación, la risa de Jolistina aún los perseguía, rebotando en las paredes de piedra hasta que finalmente consiguieron dejarla atrás.

LA DECISIÓN

Una noche, incapaz de soportar más las sombras de su habitación, Rhorcyn salió a caminar por las calles vacías de Korvosa. Sus pasos le llevaron, quizás inevitablemente, al Santuario de Pharasma.

La Gran Catedral se alzaba contra el cielo nocturno como un centinela de piedra, sus torres gemelas alcanzando las estrellas. Incluso a esas horas, el templo nunca dormía del todo. Siempre había alguien velando, siempre había luces encendidas en las ventanas superiores.

Andreas le estaba esperando en el atrio.

El Vanth no mostró sorpresa al verle. Simplemente asintió, como si hubiera sabido todo el tiempo que Rhorcyn vendría eventualmente. Sin palabras, le indicó que le siguiera.

Subieron por escaleras de caracol, atravesaron pasillos silenciosos donde el eco de sus pasos parecía resonar en la eternidad, hasta llegar a una pequeña cámara en una de las torres. Era un lugar austero. Una mesa, dos sillas, estantes llenos de libros y pergaminos. Y sobre la mesa, un pesado volumen encuadernado en cuero negro.

"Lo has leído" dijo Andreas. No era una pregunta.

Rhorcyn asintió. Había leído el Libro de las Almas Perdidas de principio a fin. Dos veces. Después una tercera, más despacio, dejando que las palabras calaran en lo más profundo de su ser.

El libro no ofrecía consuelo fácil. No prometía que el dolor desaparecería o que los fantasmas dejarían de visitarle. Lo que ofrecía era algo diferente: comprensión. Un marco para entender lo que le estaba ocurriendo. Y más importante, un propósito para canalizarlo.

"Lo has leído"

"Las voces" dijo Rhorcyn, su voz ronca por el desuso. "Los susurros. El libro dice que son... reales."

"Lo son" confirmó Andreas. "Tu mente se rompió aquella noche. Pero no se rompió de cualquier manera. Se abrió. Ahora ves lo que otros no pueden ver. Escuchas lo que otros no pueden escuchar. El velo entre los mundos se ha vuelto transparente para ti."

"¿Y eso me convierte en loco o en un vidente?"

"Depende de ti." Andreas se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros fijos en Rhorcyn. "La pena y la culpa pueden consumirte. Puedes dejar que las voces te arrastren hacia la locura, ahogándote en el peso de los muertos. O puedes darles un propósito. Convertir tu dolor en algo más grande que tú mismo."

Rhorcyn cerró los ojos. Podía sentirlos incluso ahora, en los límites de su percepción. Los espíritus que vagaban por la ciudad. Los que habían muerto en la plaga. Los asesinados en las calles. Los que no encontraban descanso.

"El Código del Guardián" murmuró. "Lealtad absoluta. Respeto por el flujo de las almas. Protección de los inocentes..."

"Un camino difícil" dijo Andreas. "Una vez dado el primer paso, no hay vuelta atrás. Ni siquiera en la muerte. Tu servicio no terminará cuando tu corazón deje de latir. Continuará, de una forma u otra, por toda la eternidad."

"¿Y si fracaso?"

"Todos fracasan en algún momento. Pero el fracaso no es el fin, sino parte del camino. Lo que importa es tu voluntad de levantarte y continuar."

Rhorcyn abrió los ojos. En ellos ardía algo que no había estado ahí antes. Una chispa de determinación que la desesperación no había podido apagar del todo.

"Harkon" dijo en voz baja. "Elienne. Todo el servicio. Murieron porque alguien violó el orden natural. Los levantaron como abominaciones, les robaron su descanso eterno. Los usaron como armas."

"Sí."

"Y seguirá ocurriendo. Mientras la reina y sus aliados sigan en el poder. Mientras El Tatuador y otros como él caminen libres."

"Sí."

"Entonces ya he tomado mi decisión."

Andreas asintió lentamente. Se puso en pie y caminó hacia la ventana, contemplando la ciudad dormida bajo las estrellas.

"Acompáñame."


EL JURAMENTO

Los tejados de la Gran Catedral eran un mundo aparte.

Rhorcyn nunca había estado tan alto. Bajo sus pies se extendía toda Korvosa, un mar de tejados y torres que se perdía en la oscuridad. A esta altura, el viento soplaba con fuerza constante, trayendo el olor a sal del mar y los ecos lejanos de la ciudad nocturna.

Pero era el cielo lo que capturaba toda su atención.

Las estrellas brillaban con una intensidad que nunca había visto, como si al estar más cerca de ellas pudiera percibir su verdadera naturaleza. Y entre las estrellas, podía ver... otras cosas. Corrientes de luz tenue que fluían y se entrelazaban. Sombras que no eran realmente sombras. El velo entre los planos, casi visible en este lugar liminal.

Andreas estaba de pie en el centro de un círculo de símbolos grabados en la piedra del tejado. Rhorcyn no los había visto antes, pero ahora brillaban con una luz etérea, pálida como el reflejo de la luna en agua quieta.

El Vanth había dejado caer cualquier apariencia de mortalidad. Su verdadera forma se revelaba ahora: una figura alta y sombría, envuelta en vendas oscuras que flotaban sin viento que las moviera. Su máscara, con forma de cráneo estilizado, reflejaba la luz de las estrellas. Y de su espalda brotaban alas de un negro absoluto, como si estuvieran hechas de la noche misma.

El Juramento

"Acércate" ordenó Andreas, y su voz resonaba con un poder que hacía vibrar el aire.

Rhorcyn avanzó hasta el borde del círculo. Cada paso parecía llevarle más lejos del mundo que conocía y más cerca de algo vasto e incomprensible. Cuando entró en el círculo, sintió como si cruzara un umbral invisible. El sonido de la ciudad se desvaneció por completo. El viento dejó de soplar. Todo quedó en un silencio absoluto.

Solo quedaron ellos dos. Y las estrellas. Y los muertos, observando desde más allá del velo.

"Arrodíllate" dijo Andreas.

Rhorcyn obedeció. No sintió el duro frío de la piedra bajo sus rodillas. Era como si estuviera arrodillándose sobre algo más fundamental que la materia. Espacio. Tiempo. Destino.

Andreas extendió su mano hacia él. En su palma apareció un símbolo brillante: la espiral de Pharasma, representando el ciclo eterno de nacimiento, vida, muerte y renacimiento.

Cuando habló, su voz pareció multiplicarse, como si cien voces hablaran al unísono:

"Por los designios de Pharasma, diosa del destino y la muerte, y en nombre de los Guardianes de los Muertos que sirven su voluntad, te llamo a ti, Rhorcyn Jalento, para que te unas a nuestra causa en la búsqueda de la verdad y el equilibrio en el mundo de los vivos."

Rhorcyn sintió el peso de esas palabras asentarse sobre sus hombros como un manto. Podía rechazarlo. Aún podía levantarse y alejarse. Esta era su última oportunidad.

Pero cuando abrió la boca, solo había una respuesta posible:

"¿Estás dispuesto a aceptar este sagrado deber y jurar lealtad a nuestro propósito?"

"Sí, estoy dispuesto." Las palabras salieron firmes, sin vacilación.

"¿Cumplirás con el Código del Guardián, sin eludir ninguno de sus dictados?"

"Sí, lo cumpliré."

Andreas asintió, y el símbolo en su mano brilló con más intensidad.

"Entonces, jura ante los cielos y las estrellas, ante los espíritus de los difuntos y las almas que aguardan su juicio. Jura por tu honor y tu devoción, que cumplirás con esta misión con toda tu fuerza y sabiduría, que protegerás el equilibrio del cosmos y restaurarás la armonía en la ciudad de Korvosa."

Rhorcyn levantó su mano derecha. Mientras lo hacía, pudo verlos con claridad por primera vez. Los espíritus. Los muertos. No como sombras o pesadillas, sino como eran realmente: almas atrapadas entre mundos, esperando guía, esperando justicia, esperando liberación.

Vio a Harkon, no como el monstruo en que había sido convertido, sino como el hombre que había sido. Su padre, orgulloso y fuerte, asintiendo con aprobación.

Vio a Elienne, ya no retorcida por la agonía, sino en paz, sonriendo con tristeza.

Vio a los sirvientes, todos ellos, liberados de su servidumbre antinatural, simplemente observando con gratitud.

Y más allá de ellos, vio a incontables otros. Las víctimas del Velo Carmesí. Los asesinados en los disturbios. Todos los que habían caído en Korvosa y clamaban por justicia, por orden, por alguien que protegiera su tránsito hacia el más allá.

Con voz que resonó como el tañido de una campana funeral, Rhorcyn pronunció el juramento:

"Juro por mi vida y mi alma, por los vivos y los muertos, por los cielos y la tierra, que llevaré a cabo esta misión con honor y cumpliré con la voluntad de Pharasma hasta el final de mis días."

En el momento en que las palabras dejaron sus labios, sintió el cambio.

No fue doloroso. Fue como sumergirse en agua helada y descubrir que podías respirar bajo ella. Todo su ser se transformó, se realineó, se recalibró a un nuevo propósito.

La espiral de Pharasma apareció brevemente en su frente, brillando con luz plateada, antes de desvanecerse dejando una marca invisible pero permanente. Sus ojos, cuando se abrieron completamente, brillaron por un instante con el mismo tono argénteo.

El cambio

Andreas colocó su mano sobre la de Rhorcyn, sellando el juramento.

"Álzate, guardián del umbral entre los mundos. Álzate, espada de los sin voz. Álzate, mi Ujier Mortal."

Rhorcyn se puso en pie. Pero ya no era el mismo que se había arrodillado.

El peso de los muertos seguía ahí, pero ya no era una carga insoportable. Era un recordatorio. Una responsabilidad. Un propósito. Las voces seguirían llegando, pero ahora sabía escucharlas sin perderse en ellas. Los fantasmas seguirían buscándole, pero ahora podría guiarlos.

Y los que violaban el orden natural de la muerte, los que profanaban el descanso de los muertos, los que convertían almas en armas... Esos descubrirían que Rhorcyn Jalento ya no era simplemente un guardia de Korvosa.

Cuando el elfo descendió de los tejados de la catedral, el amanecer comenzaba a teñir el horizonte de rosa y oro. La ciudad despertaba lentamente, ajena a la transformación que había tenido lugar bajo las estrellas.

Sus compañeros notarían el cambio. No inmediatamente, quizás, pero pronto. Había algo diferente en su porte, en su mirada, en la forma en que se movía. Como si llevara consigo un fragmento del más allá.

La masacre de la Casa Jalento había marcado un punto de inflexión. Ya no se trataba solo de sobrevivir en una ciudad caótica. Ahora sabían con certeza que la reina era su enemiga, y que no se detendría ante nada para eliminar cualquier oposición.

Rhorcyn miró hacia el Castillo Korvosa, donde el Trono Carmesí esperaba en su salón de mármol y sangre. Ileosa pensaba que podía jugar con la muerte impunemente. Pensaba que podía levantar a los muertos como marionetas para sembrar el terror.

Se equivocaba. La guerra silenciosa había comenzado. Y en esa guerra, tenían una nueva arma. Un guardián que caminaba entre dos mundos.

Un guerrero consagrado a proteger el sagrado flujo de las almas.

Rhorcyn Jalento, Ujier Mortal